Capítulo 18
—El conde de Currie no recibe visitas antes de las diez de la mañana, señorita.
El recepcionista del Hotel Brunswick parecía decidido a salvaguardar la intimidad de su huésped más aristocrático y quizá la virtud de la dama que tenía delante, cubierta por un velo, y que se había presentado como «una conocida de milord».
El gran reloj del vestíbulo pareció querer acentuar la negativa marcando las ocho y cuarto justo en ese momento. Amelia no se movió de donde estaba y colocó ambas manos sobre el mostrador de pálida madera.
—Lo entiendo, pero le ruego que lo avise de que estoy aquí de todos modos.
—Señorita, con el debido respeto…
—Con el debido respeto —lo cortó ella, sin alzar la voz—, aquí está mi tarjeta y en la puerta media docena de botones ociosos.
O manda a uno de ellos a avisar a lord Currie o subiré yo misma llamando a las puertas del primer piso hasta encontrarlo.
—Esbozó una sonrisa cortesana—. Elija lo que menos le escandalice.
El hombre la miró por encima de las gafas.
Después observó a Prudence, que estaba un paso detrás de su señora con el paraguas en la mano y una actitud que daba a entender que ella misma acompañaría a su señora por los pasillos si fuera menester.
Al fin soltó el aire contenido por la nariz y llamó a un botones con un golpe seco de campanilla.
—Espere aquí, por favor.
Amelia se sentó en un sillón de terciopelo verde, entre dos macetas de helechos, con la espalda muy recta y las manos quietas en el regazo, y se permitió por fin sentir lo cansada que estaba.
No había dormido.
Tras la ópera había llegado a casa pasada la una de la madrugada con el cable de Sullivan en el bolsito y había oído a su padre caminar por el despacho hasta las cuatro.
A las cinco, había sentido llorar a su madre con un quejido contenido detrás de la puerta de su dormitorio, un sonido que Amelia no le había oído jamás y que se le quedó clavado en el corazón.
Ya no quedaban dudas de que el Providence estaba en el fondo del mar, de que el Mariner y el Constance estaban perdidos. Eso sin contar con el incendio y con la decisión del banco de solicitar nuevos avales.
La maldición había despertado, no quedaban dudas, y ella era la poseedora del diez de espadas.
Aquella mañana, antes de llamar a Prudence para que la ayudara a vestirse, supo que poco podía hacer por los suyos, pero retomó la idea de que aún podía salvar a Ewan McGomery.
Por eso, a las siete, había pedido a Prudence que la vistiera y le había dicho que se pusiera el abrigo y la acompañara hasta allí.
Por eso llevaba aquel velo, que no había usado desde el funeral de su abuela.
Por eso estaba sentada en el vestíbulo del Hotel Brunswick a la hora en que las señoritas de su posición todavía no han desayunado, cometiendo el tipo de imprudencia que en Nueva York no se perdona a una mujer, ni siquiera a una mujer que ya no tiene nada que perder.
—Esto es una locura, señorita —susurró Prudence a su espalda y en voz muy baja.
—Lo sé.
—Si alguien la reconoce…
—Nadie me reconocerá. Llevo velo y la gente decente todavía está en la cama.
—Nosotras somos gente decente.
—Nosotras, Prudence, somos gente desesperada.
El botones regresó al cabo de unos minutos, sin aliento.
—Su excelencia la recibirá ahora, señorita. —Se ruborizó—. Dice… dice que suba usted, que no la haga esperar en el vestíbulo.
El recepcionista cerró los ojos un instante, como un hombre que renuncia a comprender el mundo.
Amelia se levantó y se volvió hacia su doncella.
—Volveré enseguida.
Esta dio un paso en su dirección.
—No dejaré que vaya sola.
—Prudence. —Le tomó la mano y se la apretó con afecto—. Lo que voy a decirle a ese caballero debe quedar entre él y yo. Ni siquiera tú puedes escucharlo.
Su doncella pareció mantener una lucha entre lo que creía su obligación y lo que era la petición de alguien a quien admiraba. Al fin asintió, muy seria, y apoyó la contera del paraguas en el suelo con un golpecito.
—Diez minutos, señorita. Si en diez minutos no ha bajado, subiré a buscarla, aunque tenga que aporrear con el puño del paraguas todas las puertas del hotel.
Amelia siguió al botones con una sonrisa en los labios y mil mariposas alojadas en su estómago.
El ascensor hidráulico del Brunswick era más lento que el de su casa, pero hacía el mismo ruido infernal.
Recorrieron el pasillo del primer piso con el corazón golpeándole en la garganta, contando las puertas sin saber para qué, y cuando el muchacho se detuvo ante la número veintitrés y llamó con los nudillos, tuvo el impulso de darse la vuelta y olvidarse de todo.
Esta se abrió antes de que pudiera hacerlo.
Ewan McGomery apareció bajo el marco, con un brillo de preocupación en los ojos y aún a medio vestir.
Llevaba los pantalones del traje de mañana y una camisa blanca aún abierta hasta la mitad del pecho, sin cuello y sin corbata.
Tras él, al fondo, un hombre de cierta edad, con el pelo cano y cara de pastor de las Tierras Altas, aguardaba con un gemelo de oro entre los dedos a que su señor le permitiera terminar de vestirlo, sin saber muy bien qué estaba sucediendo.
Ewan olía a jabón de afeitar, a bergamota y a algo más, algo caliente, que Amelia no supo identificar y que le llegó directamente al estómago.
Había visto a su padre en bata. Había visto a los estibadores del muelle remangados hasta el codo.
Pero nunca había visto la garganta desnuda de un hombre que no fuera de su familia, y descubrió en ese instante que era una parte de la anatomía masculina que una mujer no debería observar sin sentir aquello entre sus piernas.
—Señorita Rourke.
Ewan no intentó cerrarse la camisa, preocupado como estaba por aquella visita intempestiva. Ambos permanecieron así tanto tiempo que solo el carraspeo de su valet lo hizo volver a la realidad.
—Murdo —le pidió a su ayudante—. Déjenos unos minutos a la señorita y a mí.
El criado miró a su señor para después observar a la dama del velo. Se permitió alzar una ceja reprobatoria, dejó el gemelo sobre la cómoda y salió por la puerta de la habitación contigua sin decir una sola palabra.
Cuando la puerta se cerró, se quedaron solos, y solo entonces él tuvo el tino de invitarla a pasar.
Era un saloncito pequeño, con dos butacas junto a la ventana, una mesa con el desayuno sin tocar y los periódicos de la mañana doblados junto a la taza.
Por la ventana entraba la luz gris de Madison Square.
Sobre el respaldo de una silla colgaban el chaleco y la levita.
Amelia pensó que él se los pondría de inmediato, pero no fue así.
Ewan se quedó de pie en mitad de la habitación, con los puños de la camisa sueltos sobre las muñecas y el pecho medio descubierto, aguardando.
Amelia tomó aire. Era la primera vez que estaba sola con un hombre en sus propias habitaciones y había en ello algo tan peligroso como estimulante. Tomó fuerzas y se apartó el velo.
—Perdone la hora, milord.
—No se disculpe. —Su voz sonaba grave, preocupada—. ¿Hay algo que pueda hacer por usted?
—Me temo que sí.
A él no le pasó desapercibido el tono lúgubre de su voz.
—¿Quiere sentarse?
—No. —Debía ser concisa y marcharse de allí antes de que su corazón la traicionara—. Lo que tengo que decirle será breve.
Él inclinó la cabeza.
Amelia tomó aire. Había ensayado aquel discurso desde que tomó la decisión de ir a buscarlo al hotel; tragó antes de empezar.
—Mi familia se hunde, lord Currie, y no es una forma de hablar. Esta mañana todo Nueva York sabe que estamos acabados, y lo que no se sepa no tendrán inconveniente alguno en inventárselo.
Él no dijo nada. Ella prosiguió.
—Usted ha tenido la bondad, o la imprudencia, de colocarse de nuestra parte.
Se lo agradezco. De verdad que se lo agradezco.
—Notó que la voz empezaba a fallarle y alzó la barbilla para armarse de valor—.
Pero yo no le he pedido que se ponga de nuestra parte y le rogaría, le suplicaría, que no volviera a hacerlo.
Una sombra cruzó el rostro de Ewan, pero nada en él cambió.
—Mi familia necesita que yo tenga un buen matrimonio.
—Tragó saliva—. Y eso debe suceder antes de que se ejecuten los préstamos que ha contraído la compañía de mi padre.
—Se atrevió a mirarlo. Los ojos azules del hombre casi le incendiaron la piel, pero logró mantenerse firme—.
No sé si lo sabe, milord, pero cada vez que usted se sienta a mi lado en público, hay un caballero de esta ciudad con una respetable fortuna que se lo piensa dos veces antes de hacerme una proposición.
—Alzó un poco más el mentón—. Aunque usted crea lo contrario, su presencia no nos ayuda.
Nos estorba. —Tragó saliva—. Lord Currie, usted vino a Nueva York a vender su whisky , no a enterrarse con una familia que ya está arruinada.
—Señorita…
—No he terminado. —Le salió más brusco de lo que quería, pero no se disculpó—.
Hay cosas que usted no sabe de nosotros, milord, y no pienso contárselas.
—Se le quebró la voz en la última palabra y la recompuso—.
No quiera usted cenar en una casa apestada, milord.
Váyase. Deje de venir a visitarnos, deje de escribirme.
De ahora en adelante, cuando nos crucemos, salúdeme como a una mera conocida, incluso no me salude, se lo ruego.
Y en primavera, cuando embarque de nuevo hacia Escocia, le ruego que no vuelva la vista atrás.
Así terminó y, junto con una sensación de cansancio aún mayor, sintió que algo muy dentro de ella se rompía.
El silencio que vino después fue el más largo de su vida.
Ewan no se movió de donde estaba, pero tampoco apartó la mirada de sus ojos.
Se quedó allí, con las manos a los costados y los puños prietos, mirándola con aquellos ojos azules que a la luz gris de la mañana parecían casi negros, y dejó que las últimas palabras de Amelia resonaran, se apagaran contra las paredes, mientras ella se sentía clavada contra el suelo, incapaz de moverse.
Después, cuando supo que ella empezaba a calmarse, dio dos pasos hacia ella, los justos para que Amelia pudiera ver una gota de agua bajándole desde el pelo aún mojado por la sien, por la cicatriz, hasta perderse en el cuello abierto de la camisa.
Se detuvo tan cerca que habría podido tocarle el cabello con la mano sin estirar el brazo, y la mano, traidora, se le cerró sobre el bolsito para no hacerlo.
—Se equivoca de estrategia conmigo, señorita Rourke —dijo al fin, sin acritud.
La voz sonó pausada, tranquila, casi un murmullo, y aun así Amelia la sintió en cada trozo de su piel.
—Soy un hombre que ha enterrado a la mujer que amaba. Ya estoy maldito. —Hizo una pausa, pero no apartó los ojos de los suyos ni un solo instante—. Y dos malditos, créame, son inmunes el uno al otro.