La reina de la Quinta Avenida (The Dollar Princesses 4) Capítulo 17
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Capítulo 17

El estrépito de aplausos siguió a la caída del telón tras el último acto de la ópera y solo entonces Amelia se dio cuenta de que llevaba un rato conteniendo la respiración.

Dorothea ya se había puesto de pie y se alisaba los pliegues de su falda.

La salida del teatro siempre era un acontecimiento, pues no era necesaria excusa alguna para acercarse a alguien y dejar caer un comentario que diera paso a una conversación y quizá a una invitación para esa semana, pero Franklin Rourke no se movió de su asiento.

—Esperaremos —dijo sin apenas mover los labios.

Su esposa ya tenía el chal a medio poner.

—Franklin, pero los coches…

—El cochero también sabrá esperar —habló sin alzar la voz, mirando cómo se vaciaban los palcos de enfrente—. Ahí fuera hay centenares de personas deseando pasar a nuestro lado en la escalera para no saludarnos, y no pienso darles ese gusto.

Amelia no necesitó ninguna otra explicación.

En Nueva York, los negocios no eran un juego de mesa donde las rivalidades se despejaban con una sonrisa; eran un duro tablero donde había rencillas antiguas, cuitas no resueltas y la caída en desgracia de un caballero siempre daba la oportunidad de reorganizar el escenario del poder.

Ewan McGomery tampoco se movió de donde estaba.

Amelia esperaba que se despidiera en cuanto terminara la función, como habría hecho cualquier caballero con dos dedos de frente y un negocio que salvar.

En cambio, se quedó sentado en la silla junto a ella, y cuando su madre, por pura educación, le dijo que no se sintiera en la obligación de acompañarlos, él contestó que en Escocia un comensal debe correr la misma suerte que su anfitrión si el ataque al castillo sucede durante una cena, lo que subrayó con una sonrisa amable.

Dorothea no entendió muy bien qué quería decir, pero correspondió del mismo modo y se preparó para permanecer inmóvil en su silla mientras la platea y los palcos empezaban a vaciarse.

El señor Rourke intentó animar el ambiente, que se había vuelto pesado a pesar de que todos intentaban disimularlo.

Habló de la acústica del nuevo teatro, que era deficiente en el lado izquierdo; de la señora Nilsson, que era sueca y se notaba en la forma en que pronunciaba las vocales; de si Fausto hacía bien en vender su alma, y su padre intentó añadir una nota de humor comentando que dependería del precio obtenido por ella.

Fue entonces cuando Dorothea se escandalizó y gritó «¡Franklin!

», y todos sonrieron y agradecieron aquel momento de distensión, como antes, como cuando el diez de espadas no había comenzado a destilar su influjo maléfico.

Todos salvo Ewan, que intentaba comprender la dimensión de todo aquello.

Amelia no necesitó volverse para saber que la estaba mirando.

Lo notaba en la nuca, en la mano que el joven conde escocés tenía apoyada en el terciopelo de la barandilla.

Él respondía cortésmente a su padre sobre la cebada escocesa, a su madre sobre el clima de las Tierras Altas, y tras cada frase, como un reloj, sus ojos se volvían hacia ella y se quedaban un segundo posados sobre su piel.

Amelia se estiró los guantes e hizo un esfuerzo por dejar de sentir aquello que le subía desde el estómago hasta la garganta cada vez que notaba aquella insistencia deliciosa y a la vez inconveniente.

Por supuesto, no lo consiguió, y cuando la platea estuvo casi vacía y los acomodadores empezaban a recoger los programas olvidados entre las butacas, llamaron inesperadamente a la puerta del palco.

—¡Franklin, querido amigo!

Aldous Merrit hizo acto de presencia como si llevara toda la noche aguardando aquel acontecimiento. Rubicundo, espléndido, con el frac tirante sobre el chaleco blanco y una rosa en el ojal. Detrás venía Chester, con la expresión de quien acaba de despertarse de una siesta.

—Nos hemos quedado rezagados a propósito —anunció Merrit, estrechando la mano de su padre entre las suyas—.

Le he dicho a mi hijo: «Los Rourke tendrán la delicadeza de esperar a que se vacíe la sala, y nosotros tendremos la fortuna de saludarlos».

Dorothea, estás deslumbrante. Y la señorita Rourke…

—Se inclinó sobre la mano de Amelia—. De negro. Muy audaz. Muy acertado.

—Señor Merrit.

Amelia lo observó mientras él saludaba a su madre.

No, no llevaba bastón.

Algo se le desató por dentro: un nudo que llevaba toda la noche apretado, pues su cabeza no dejaba de formular confabulaciones.

—Milord. —Merrit se había vuelto hacia Ewan y su sonrisa se había ensanchado—. El famoso conde de Currie. Nos habíamos cruzado sin llegar a conocernos, ¿verdad?, y es algo imperdonable. Aldous Merrit. Mi hijo, Chester.

Ewan, de pie junto a Amelia, les estrechó la mano. Fue un apretón corto, seco, de los que se dan en los mercados de ganado.

—Señor Merrit.

—Sé que ha tenido usted una semana intensa, milord.

Lo del Union Club corrió por toda la ciudad.

—Merrit le guiñó un ojo. Hablaba a Ewan, pero lo decía para que todos lo escucharan—.

Déjeme decirle que en mi casa aplaudimos su gesto.

Defender a un amigo en su ausencia es algo que ya no se estila. Mi padre lo hacía. Yo procuro hacerlo.

—No considero que el señor Rourke me haya dado aún el honor de su amistad —contestó Ewan—. Había que hacer lo correcto. —Miró brevemente a Amelia—. Y lo correcto era poner a cada uno en su sitio.

—¡Ah! Los británicos y las buenas costumbres. —Merrit rio y le dio una palmada en el brazo a Franklin—. Precisamente de eso venía a hablarte, amigo mío. Los rumores se acrecientan y sus consecuencias empiezan a preocuparme.

El señor Rourke bajó la voz.

—Aldous, este no es el lugar.

Merrit chasqueó los labios. Miró con lástima a Dorothea para volver a las pupilas alarmadas de su amigo.

—Franklin. —Le colocó una mano en el hombro—.

Mañana todo el mundo sabrá que estuve aquí, visitándoos, y eso calmará temporalmente las cosas.

—Retiró la mano, como si ya fuera suficiente—.

Beckwith, del Banco Mercantile, es un buen hombre, pero, como todos los cobardes, soporta mal la presión.

Si te exige demasiado, dímelo. Me debe algunos favores y le conviene no olvidarlo.

Y si necesitas algo más… —Hizo una pausa y miró alrededor—.

Bueno. Los amigos están para esto. Para lo que haga falta.

Dorothea se llevó la mano al pecho.

Amelia no dijo nada. Había algo en aquella manera de ofrecerse, de ser amable…

—Es usted muy generoso —dijo Ewan por ella.

—Es lo que se hace entre gente de bien, milord.

—Sin duda. —Ewan permanecía con las manos a la espalda.

Cambió de tema—. Me han dicho que conoce usted esta ciudad mejor que nadie, señor Merrit.

Quizá pueda aconsejarme. En Londres he visto cómo pantanos que nadie quería se convertían en los mejores barrios de la ciudad en poco más de diez años.

¿Usted cree que la parte alta de la Quinta Avenida puede correr la misma suerte? ¿Ha invertido allí?

Hubo un silencio confuso, ya que el arriesgado inversionista en esa zona de la ciudad era Rourke, no Merrit. Pero el joven McGomery era extranjero y no tenía por qué estar al tanto.

—¡Dios me libre! —exclamó el aludido y soltó una carcajada incómoda—. Yo soy un hombre de la calle Catorce, milord, un animal del viejo mundo. A mi edad uno no se compra solares entre cabras. Eso se lo dejo a los visionarios, como mi amigo Franklin.

Se tocó el anillo que lucía en el meñique. Fue un gesto nimio, apenas un roce del pulgar sobre el sello, pero a Amelia le resultó curioso e intentó recordar las otras veces en que se lo había visto hacer.

—Una lástima —continuó Ewan—. Debe haber algunos caballeros que piensen que es una apuesta excelente.

—Cualquier apuesta que se haga con el dinero de los demás es excelente. —Merrit le guiñó un ojo a Rourke—. ¿Verdad, Franklin?

Nadie se río. Chester, que hasta entonces había permanecido en silencio mirando aburrido el techo, eligió aquel momento para inclinarse hacia Amelia.

—¿Le ha gustado la ópera, señorita Rourke?

—Mucho. ¿Y a usted?

—Demasiado larga —bufó—. Aunque las llamaradas del infierno me han parecido interesantes.

—Eso dice mucho de usted, señor Merrit.

Chester parpadeó, confundido, y Amelia sintió el absurdo impulso de mirar a Ewan. Por supuesto que no lo hizo; sería poco decoroso, pero por el rabillo del ojo vio que el conde de Currie había apretado la mandíbula de una manera que no tenía nada que ver con los efectos especiales de la ópera.

Merrit se despidió al cabo de cinco minutos, con otro apretón de manos a su padre, un beso en la mano de su madre y una última sonrisa hacia Ewan que él no le devolvió.

—Piensa en lo que te he dicho, Franklin. Los amigos están para ayudarse.

La puerta se cerró.

Dorothea soltó el aire contenido.

—Qué hombre tan encantador.

—Encantador —repitió su padre y no añadió nada, pero Amelia vio que le costaba un esfuerzo visible no maldecirlo.

Se acercó a la barandilla. La sala estaba vacía y los acomodadores apagaban las primeras lámparas de gas. Enfrente, el palco de los Merrit tenía ya las cortinas corridas.

Amelia se quedó mirándolo, perdida en sus pensamientos.

Aldous Merrit no había llevado un bastón, pero aquel palco había estado lleno de visitas desde el primer entreacto, decenas de caballeros entrando y saliendo, y cualquiera podía ser el hombre de quien sospechaba.

—Señorita Rourke.

Ewan se había acercado a la barandilla, a su lado, y la miraba con una seriedad que ella no le conocía.

—¿Sí, milord?

Él abrió la boca para hablarle, pero llamaron otra vez a la puerta.

Esta vez no era Merrit. Se trataba de un muchacho con la librea de los Rourke, la gorra en la mano, sin aliento, como si hubiera venido corriendo desde la casa familiar. Traía un sobre pequeño, doblado deprisa, con la letra apretada del secretario de su padre.

—Lo ha enviado el señor Sullivan. Dice que es urgente y que no podía esperar a mañana.

Su padre lo abrió de pie, junto a la lámpara.

Amelia lo vio leerlo un par de veces, como si no diera crédito a lo que allí decía. Y se percató de que los hombros de Franklin Rourke se hundían, como si sostuvieran un peso que empezaba a vencerlo.

No dijo nada, pero le tendió el papel a su hija.

Eran solo tres líneas.

«Cable de Halifax, recibido a las diez. Restos del Providence avistados frente a Sable Island. El Mariner y el Constance , declarados perdidos por el Lloyd's. Lo siento, señor».