La reina de la Quinta Avenida (The Dollar Princesses 4) Capítulo 16
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Capítulo 16

Con la familia en la ópera y los criados liberados de sus tareas, la mansión Rourke estaba tan silenciosa que solo se oía, si se prestaba atención, el mecanismo del gran reloj del comedor.

A Prudence aquel silencio no le gustaba, quizá porque no estaba acostumbrada. En Five Points, donde se había criado compartiendo una sola habitación para toda la familia, el silencio era un lujo inaccesible.

El mayordomo principal había dado permiso hasta medianoche a todo aquel personal del servicio que quisiera tomárselo, porque cuando los señores iban al teatro no era necesario tener la casa llena de criados ociosos.

Los que se habían quedado, como la señora Jefferson, dormían desde las diez o se encontraban descansando en sus habitaciones de la buhardilla, ajenos a aquel silencio pesado de la casa.

En aquel momento solo estaban de servicio un portero en el zaguán y dos mozos para atender a los caballos cuando el carruaje estuviera de regreso.

Prudence llevaba varias noches inquieta, ya que era consciente de los oscuros acontecimientos que se cernían sobre todos ellos, así que aquella noche, en camisón, con una toquilla por encima y una vela en un candelabro de bronce macizo, había decidido salir de sus habitaciones y…

No tenía muy claro qué venía detrás de aquel «y»: estirar las piernas, despejar la mente o simplemente huir de aquel silencio que nunca deparaba nada bueno.

Bajaba por la escalera de servicio hacia las cocinas cuando lo oyó. Más abajo, en otro de los tramos.

El sonido era incuestionable, el de un escalón de madera mal clavado que siempre crujía, por lo que delataba la presencia de alguien a pocos metros por debajo de donde se encontraba.

Prudence apagó la vela de un soplo. La portería quedaba al otro lado de la casa y las cuadras más allá, así que quien estuviera ascendiendo por aquella misma escalera no podía ser alguien del servicio.

Se apretó contra el hueco de la pared, donde esta giraba, y esperó con la respiración contenida, las dos manos firmes sobre el candelabro y el corazón golpeándole en los oídos.

No tardó en escuchar los pasos. Hizo un cálculo mental: posiblemente aquel intruso había entrado en la casa por la despensa.

¿Cuántas veces se había quejado a la señora Jefferson de que aquella ventana no cerraba?

Desde allí solo había que recorrer un estrecho pasillo para llegar al arranque de las escaleras.

Habían pasado unos pocos segundos cuando apareció una sombra en el descansillo. Prudence sintió una bola en el estómago y quizá por eso se atrevió. Cerró los ojos, echó el brazo atrás y descargó el candelabro con toda su fuerza contra la figura informe que aparecía en ese momento a su lado.

El sonido la asustó. Era como cuando se parte un melón de verano.

El hombre soltó un juramento, trastabilló hacia atrás y se agarró a la barandilla para no rodar escaleras abajo.

Solo entonces ella retrocedió un par de pasos, buscó los fósforos en la faltriquera y encendió lo que quedaba de la vela con unos dedos que le temblaban tanto que necesitó varios intentos.

La llama se levantó y le iluminó la cara.

Gabriel Shaw estaba doblado sobre sí mismo, con una mano apoyada en la pared y la otra en la sien y, entre los dedos, le bajaba un hilo negro que la vela convirtió en rojo al llegarle a la mandíbula. El hombre se miró la mano empapada de su propio fluido, incrédulo.

—Me ha abierto la cabeza.

—Solo la ceja —lo corrigió Prudence, menos asustada al comprobar quién era y que su golpe no había provocado una catástrofe—. He controlado mi fuerza.

Shaw la evaluó. La mirada de ofuscación fue diluyéndose poco a poco hasta que sonrió, buscó un pañuelo en su bolsillo y presionó con él la herida de su ceja.

—Golpea usted más fuerte que muchos policías —se burló.

Ella alzó de nuevo el candelabro, amenazante.

—¿Qué hace usted en la casa?

La mirada de Shaw se aceró.

—Trabajar.

—¿Intentaba robarnos? Porque está claro que está usted cometiendo un delito.

Él la evaluó de arriba abajo. Era evidente que controlaba la situación y Prudence dudó si no debía golpearlo de nuevo para dejarlo fuera de juego.

Shaw se acercó peligrosamente a ella, pero no la tocó, aunque su presencia hizo que la piel de Prudence se erizara.

—Ese mismo candelabro con el que me ha atacado vale mi sueldo de tres años y llevo el suficiente tiempo en esta casa como para haberme llevado una docena.

—Se recolocó el pañuelo contra la ceja e intentó evitar el gesto de dolor—.

Si hubiera venido a robar, ya me habría marchado y usted ni se habría enterado.

Ella no dio el paso atrás que la cordura le dictaba. Se mantuvo firme, intentando comprender por qué se sentía tan atraída por aquel sinvergüenza.

—¿Cómo ha entrado? —le espetó.

Él señaló hacia abajo con un gesto de la cabeza.

—Por la ventana de la despensa. Está rota.

Ella iba a maldecir cuando, en el piso de arriba, escuchó el sonido de una puerta al abrirse y la voz del mayordomo que preguntaba algo que ninguno de los dos llegó a entender.

Ambos se quedaron muy quietos.

Si la muchacha gritaba, no tardaría en llegar el portero o los mozos, y los criados que descansaban un piso por encima se le echarían encima.

Sin embargo, Prudence no lo hizo. Permaneció callada, con la espalda pegada a la pared y el corazón tan acelerado que él lo hubiera apreciado si su mirada hubiera permanecido unos segundos sobre la piel de su escote.

La forma en que él la miraba cambió.

—Gracias —musitó.

—No lo hago por usted —dijo muy seria—. Lo hago por no dar más preocupaciones a mi señora. Ahora, lárguese o me arrepentiré de no haber gritado.

Una última mirada pareció abrasarle la piel y Shaw retrocedió por donde había llegado, perdiéndose en la oscuridad.

Lo oyó bajar hasta el pasillo, forcejear un segundo con el marco de la ventana y saltar hasta el callejón trasero con un golpe sordo.

Arriba, la voz preguntó otra vez, pero Prudence no contestó.

Aguardó unos segundos. El mayordomo se convencería de que aquellos cuchicheos habían sido cosa suya y volvería…

Pero entonces la vela alumbró algo en el suelo, un par de escalones por debajo.

Era un trozo de papel corriente. Había alguna mancha de la sangre de Shaw.

Se agachó y lo tomó entre sus dedos. Estaba escrito con una letra afilada y masculina, de trazos rápidos y sin apenas tachaduras.

Era una lista en tres columnas perfectamente alineadas: en la primera, un nombre; en la segunda, un cargo; en la tercera, lo que parecían unos horarios.

Prudence la repasó de arriba abajo iluminándola con la vela.

Allí estaba todo el servicio de la casa Rourke, desde el primer mayordomo hasta el mozo de la carbonera.

La hora a la que entraba cada uno a trabajar y a la que se retiraba.

Los días libres. Incluso qué noches dormía en la casa y cuáles no.

Y, en la última columna, apuntado al margen con una letra más menuda, había algo que a Prudence le hizo comprender que aquel hombre tenía a un topo dentro de la casa: los días en que la familia cenaba fuera.

Soltó un suspiro ahogado y volvió a centrarse en aquella letra masculina.

Recorrió los nombres con el dedo, despacio, y encontró el suyo entre la doncella de la señora y la costurera.

«Prudence: Doncella de la señorita. Libra jueves alternos. Suele ir al mercado con la cocinera los lunes por la mañana. Muy bonita».

Se quedó mirando aquellas palabras hasta que la vela empezó a chorrear cera sobre el bronce.

Lo que tenía que hacer estaba tan claro que casi resultaba absurdo dudarlo: subir, despertar al primer mayordomo y contárselo todo.

En menos de una hora ya habría un policía en la cocina, un carpintero arreglando la ventana de la despensa y todos ellos serían interrogados.

Era de Five Points y sabía lo que sucedía a quienes no colaboraban con la justicia.

Si daba parte en ese preciso momento, ella quedaría como lo que era, una muchacha decente que había defendido la casa de su señora con lo primero que encontró.

Pero entonces se dio cuenta de que, en algún momento de ese interrogatorio, alguien le preguntaría de qué conocía al hombre al que le había abierto la ceja, y la señora Jefferson recordaría el día en que la había abordado en el mercado.

Tragó saliva y apagó la vela.

Con movimientos precisos dobló la lista en cuatro partes y se la metió en el corpiño.

Se prometió dos cosas antes de regresar a sus aposentos.

La primera, que la señorita Rourke no podía soportar un disgusto más. Ella la había visto aquella semana intentando sobrevivir a tanta desgracia, había visto la llegada de aquel telegrama de la Western Union y la cara con la que su señora le pidió después que la dejara sola.

Meter a la policía en aquella casa la misma semana en que un banco les reclamaba una fortuna era rematarlos.

La segunda fue por decisión propia. Se prometió que ella misma cazaría a Gabriel Shaw y conseguiría las pruebas necesarias para que terminara con los huesos en una celda sin necesidad de comprometer a su señora, aunque para eso ella misma tuviera que exponerse como cebo.

Ambas razones eran firmes, nobles y requerían valor, pero ninguna de ellas explicaba por qué, al llegar a su cuarto, lo primero que hizo Prudence Mahoney fue mojar un paño en el aguamanil y quedarse un rato mirando la sangre de un desconocido secándose en el borde del candelabro.