La reina de la Quinta Avenida (The Dollar Princesses 4) Capítulo 15
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Capítulo 15

Si algo gustaba en la alta sociedad neoyorquina eran las inauguraciones, y aquella era la más importante de los últimos tiempos, ya que las prósperas familias que habían hecho dinero con el acero y el ferrocarril habían decidido construir su propio teatro, excluidas como estaban de los palcos del aristocrático escenario de la Academia.

Estaba ubicado en Broadway y contaba con ciento veintidós palcos repartidos en tres alturas y un vestíbulo que aún olía a pintura fresca.

Desde que se puso la primera piedra, el nuevo teatro había dado que hablar, pues los cuatrocientos, como eran llamadas las viejas familias que desde siempre habían gobernado en Nueva York, veían en aquel acto una especie de revuelta de los nuevos ricos a la que no estaban acostumbradas.

La jugada era simple, pero eficaz. Si la vieja burguesía estadounidense no permitiría a los señores del acero ocupar sus palcos, se construirían un nuevo teatro para ellos, y así lo habían hecho los Vanderbilt, los Gould, los Morgan y, por supuesto, los Rourke, gastándose entre todos un millón setecientos mil dólares en aquel capricho.

La familia de Amelia llegó cuando gran parte de las butacas estaba ocupada. Era lo mejor, así evitarían tener que dar explicaciones a quienes los parasen en las escalinatas de acceso o en los vestíbulos.

—Es una vulgaridad —apreció Dorothea al acceder al vestíbulo principal—. Y también lo más fabuloso que he visto.

No cabía un alma en la Casa de la Ópera Metropolitana, como se llamaba.

Además, las modernas lámparas de gas que lo iluminaban no se apagarían durante la función, por lo que las tres mil personas que ocuparían palcos y platea podrían entretenerse diseccionando a sus vecinos si lo que ocurría en el escenario no era de su agrado.

El palco de los Rourke estaba en el segundo nivel. Su padre lo había comprado dos años antes, cuando nadie daba un centavo por que aquel teatro llegara a levantarse, y aun así le había costado como una casa nueva en Brooklyn.

Antes de ascender por las escaleras, Franklin Rourke apretó la mano de su esposa para darle ánimo y lanzó una mirada de afecto a su hija.

Amelia llevaba un elegante vestido de terciopelo negro, sin apenas adornos más allá de un escote bien equilibrado.

Ni collar ni pulseras sobre los largos guantes del mismo color.

Solo unos impresionantes pendientes de brillantes y un broche de las mismas piedras sujetándole el cabello junto a bonitas plumas blancas.

Ascendieron despacio. Un saludo aquí, una sonrisa allá, pero nadie se les acercó. A Amelia le dolía la espalda por la tensión contenida cuando, al fin, tomaron asiento en su palco, y se sintió incómoda al ver cuántas miradas estaban clavadas en ellos.

Se representaba la ópera Fausto , y todos querían ver el nuevo montaje, mucho más espacioso que en la Academia. La obertura les dio un poco de tranquilidad, aunque Amelia no dejó de analizar lo que tenía delante.

Durante el primer entreacto, al palco de los Astor accedieron nueve personas. Al de los Cutting, seis. Incluso a las Van Ness, que eran cuatro hermanas insufribles, las visitaron cinco damas que no podían dejar de hacer cumplidos.

Al palco de los Rourke nadie se acercó.

No fue un desaire propiamente dicho. La gente los saludaba desde lejos, con una leve inclinación de cabeza, con una sonrisa amable, incluso afectuosa.

Pero después se daban la vuelta y ahí acababa todo.

No, no era que tuvieran nada contra los Rourke, pero nadie quería ser visto junto a una familia a la que un banco le había pedido avales por seiscientos mil dólares. Eso nunca era una buena elección.

Dorothea, pese a que Amelia sabía lo mal que lo estaba pasando, no descompuso un momento la sonrisa e incluso se atrevió a comentar, encantada, el vestido de la señora Gould.

Su padre estuvo casi todo el tiempo con la vista fija en el escenario o en el programa, pese a que se aburría mortalmente con la ópera.

Amelia, que llevaba dos noches sin apenas dormir desde que Prudence le contó que había un hombre que los vigilaba y que lo sabía todo de ellos, hizo tripas corazón, encajó una sonrisa en el rostro y rogó porque aquello terminara y pudieran volver a salvo al refugio en que se había convertido su casa.

Cuando en el segundo acto la soprano Christine Nilsson salió a escena y cantó las primeras notas, empezó a relajarse, pero justo entonces la puerta de su palco se abrió y…

Amelia supo de quién se trataba antes de volverse, porque su madre soltó un pequeño sonido ahogado y porque, en los palcos de enfrente, una treintena de anteojos de nácar se volvieron hacia ellos.

—Buenas noches. —Ewan les dedicó una inclinación a sus padres—. Señor Rourke. Señora. Espero no molestar.

Franklin tardó un par de segundos en reaccionar.

—Milord… —Se levantó a medias—. Por favor, acomódese.

—Gracias. —Solo entonces se volvió hacia ella—. Señorita Rourke.

Se sentó en la silla libre que había junto a Amelia, en la primera fila del palco, a la vista de todos, y se colocó los guantes sobre la rodilla con la misma tranquilidad que si aquello fuera Covent Garden .

Amelia notó el calor subiéndole por el rostro.

Abajo, en la platea, alguien se inclinó para susurrarle algo a su vecino de asiento. En el palco de los Cutting, dos señoras alzaron los gemelos a la vez con una sincronización admirable. La señora Cheever, tres palcos más allá, se abanicó como si acabara de recibir una noticia magnífica.

Amelia esperó a que la orquesta subiera de volumen y habló sin mover apenas los labios, y sin apartar la vista del escenario.

—Esto no es bueno para usted, lord Currie. Será mejor que se vaya.

—No voy a hacerlo —contestó él con el mismo disimulo.

Amelia lo miró un instante, un solo instante. El frac negro le sentaba de maravilla y había logrado aplacarse el oscuro cabello con alguna resina que no le duraría demasiado.

—Milord, escúcheme bien. —Le costaba mantener el tono apagado—. Ante nosotros están todas las fortunas de Nueva York, aquellos que comprarán su whisky escocés. ¿Sabe lo que dirán mañana sobre su presencia aquí?

Ewan infló un moflete, un tanto cómico.

—Sospecho que usted me lo va a decir.

Ella resopló.

—Van a decir que no es bueno hacer negocios con alguien que elige malas compañías.

Romperán sus tratos de exportación y su whisky escocés languidecerá en los muelles de Glasgow.

—Apretó el abanico—. Váyase ahora, ponga cualquier excusa, y todavía puede decir que se equivocó de palco y no supo cómo reaccionar.

Ewan se quedó callado un momento. Después la miró directamente a los ojos.

—¿A usted le molesta mi presencia aquí?

Ella se sintió enrojecer.

—Eso no tiene nada que ver.

—Para mí tiene todo el sentido, porque es la única razón por la que haría lo que me dice.

—Se recostó en la butaca y logró bajar el tono de la voz, mientras la cantante fraseaba un pasaje lento—.

Y si lo que le preocupa es mi negocio, permítame recordarle que aún no he cerrado contrato alguno, así que no es nada lo que he puesto en peligro.

Ella suspiró.

—Es usted un hombre imposible.

—Eso suelen decir de los escoceses.

Pese a que la situación no podía ser menos tensa, a Amelia se le escapó una sonrisa, breve, casi invisible, pero comprendió al instante y con horror que acababa de regalarles a sus enemigos la victoria que necesitaban.

No volvieron a hablar en todo el acto, aunque la mente de ninguno de los dos estaba en la ópera.

Amelia miraba el escenario. Cuando estaba segura, completamente segura, de que él atendía a la representación, se permitía volver el rostro un cuarto de pulgada para observarlo: el perfil recio y viril, la cicatriz de la sien apenas perceptible, la mandíbula apretada, las manos quietas sobre los guantes.

Después volvía al escenario con el corazón desordenado y se pasaba dos minutos convenciéndose de que no iba a volver a hacerlo, lo que era falso.

Lo que no apreció, porque estaba ocupada en no ser descubierta, fue que Ewan hacía exactamente lo mismo, con la misma prudencia y con bastante menos disciplina.

En algún momento, ella se giró en el preciso instante en que él la miraba y algo muy parecido a carbones encendidos le abrasó las entrañas y a la vez le produjo un escalofrío delicioso sobre la piel. Tragó saliva. Incluso tartamudeó.

—¿Qué-quería decirme algo? —logró disimular.

Él tardó en contestar.

—Sí.

—Pues suéltelo —lo alentó a la manera de Five Points , como hablaba Prudence.

Él evaluó el color de sus ojos unos instantes que a ella le parecieron tan eternos como hipnotizantes.

—Aún no. —Y por primera vez en toda la noche sus ojos fueron de la boca femenina a las pupilas—. No es prudente decir algo a medias, señorita Rourke. Cuando esté seguro de lo que tengo entre manos será la primera en saberlo.

Amelia sintió una punzada de curiosidad, pero también de alivio. Porque una dama a quien quieren casar con el único hijo de un potentado estadounidense para salvar a su familia no puede permitirse que un atractivo conde escocés le cuente secretos. Volvió a carraspear.

—Como quiera —dijo.

Llegó el acto de la iglesia y las luces del escenario bajaron de intensidad. Se subieron las candilejas, y el resplandor de la batería de gas se derramó hacia la sala como siempre ocurre en ese momento, bañando de un blanco desagradable las dos primeras filas de palcos.

Fue entonces cuando Amelia lo vio.

Un destello.

Redondo, metálico. En la fila de palcos de enfrente algo devolvió la luz de una manera que solo tiene la plata bruñida cuando es iluminada.

La mano de Amelia se cerró sobre el abanico. Acababa de reparar en un precioso puño de plata de un bastón.

Amelia subió la mirada muy despacio, siguiendo la madera negra, las dos manos enguantadas que descansaban sobre el puño, el inmaculado blanco de una camisa, la pechera, el frac oscuro; pero no pudo ver el rostro, porque el hombre estaba sentado en la penumbra, medio oculto por la cortina lateral.

Pero el palco no estaba a oscuras. Como los otros, estaba perfectamente iluminado, con todos los asientos ocupados por la familia y sus numerosas visitas, y en la primera fila, aplaudiendo con las manos en alto y esa satisfacción rubicunda de quien ha comprado el mejor sitio del teatro, estaba Chester Merrit, quien posiblemente sería su futuro esposo.

¿Dónde estaba su padre? ¿Era el hombre del bastón?

Amelia dejó de oír la música porque su cabeza no dejaba de divagar: aquel hombre del bastón había estado en los muelles la madrugada del incendio. ¿Tenía alguna importancia o su cabeza estaba trastornada por la cercanía de Ewan Montgomery?

Si el señor Merrit era a quien tenía enfrente medio oculto en las sombras, y estuvo allí aquella noche, viendo arder el almacén de un amigo, con su hija manchada de hollín, pasando cubos de agua…

¿Por qué no se acercó?