La reina de la Quinta Avenida (The Dollar Princesses 4) Capítulo 14
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Capítulo 14

Había una larga fila de personas por delante de Ewan McGomery y un solo empleado detrás del mostrador. Podría haber optado por mandar a un sirviente, pero sabía que ciertas cosas era mejor hacerlas en persona si requerían discreción.

Se encontraba en la oficina del registro, en City Hall Park.

Una sala de techos altos, fría y que olía a polvo y a tinta.

A su alrededor había abogados jóvenes con carpetas bajo el brazo, escribanos con guardapolvos grises, un tasador que discutía a voces por una servidumbre de paso y, en las estanterías que subían las paredes hasta el techo, la historia de las propiedades de Manhattan encuadernada en piel con los lomos numerados.

—Su solicitud —le había pedido con sequedad el empleado media hora antes, mirándolo por encima de las gafas.

Ewan se la entregó y el hombre la analizó en busca de algún error.

—Necesito el índice de adquirentes de esas doce manzanas en los últimos dieciocho meses —le resumió lo que había escrito en el documento.

El funcionario público parpadeó, como si le acabara de pedir pruebas de la Santísima Trinidad.

—Eso es mucho.

Él sonrió con amabilidad.

—No tengo prisa.

El hombre había apretado los labios y desaparecido por una puerta de la que salía una corriente de aire gélido mientras Ewan se sentaba en un banco de madera, con la espalda apoyada en el frío mármol de la pared, dispuesto a permanecer allí un buen rato.

Evitó pensar en la señorita Rourke, cosa que le resultó más complicada de lo que imaginaba, y terminó rememorando la velada musical de la noche anterior.

Lo había arrastrado a ella el señor Vanderbilt, que parecía haber asumido la tutela del único conde escocés disponible en la ciudad por aquellas fechas.

Se celebraba en casa de los Ludlow, cerca de Washington Square.

Una soprano de Milán cantó a Schubert a un selecto grupo de invitados sentados en sillas doradas bastante incómodas.

Ewan, que en su tierra se había dormido en conciertos mucho más animados, logró aguantar erguido de principio a fin.

Amalia Rourke no estaba entre los invitados. Sus padres tampoco. ¿Había aceptado la invitación con la esperanza de…? Sacudió la cabeza. La señorita Rourke debía salir de su cabeza cuanto antes o se volvería loco.

Retornó a pensar en el salón de los Ludlow. Había sido en el intermedio, cuando volvieron a servir champán, cuando escuchó de nuevo hablar de los Rourke.

Esta vez fue distinto.

Las damas y caballeros que formaban un corrillo parecían apesadumbrados.

Un hombre de frondosas patillas blancas dijo que Franklin Rourke era una persona honrada a quien las desgracias le estaban haciendo pasar una mala racha.

Otro apuntó que en el 73 él mismo había estado a punto de arruinarse a causa de una tempestad que llevó a pique a dos de sus barcos.

Ewan escuchaba en silencio, sin hacerse notar, pues ya sabía que sus palabras en el Union Club habían recorrido la isla de Manhattan como si fuera un incendio.

Una dama añosa, profusamente enjoyada, añadió su parecer.

—Lo que no entiendo —dijo— es por qué se preocupan tanto todos ustedes cuando el asunto está resuelto.

—¿Resuelto? —se extrañó su interlocutor.

—Chester Merrit —expuso, segura de sí misma—. A nadie se le escapa que bebe los vientos por la joven Rourke y, en este momento, con las desgracias que aquejan a esa familia, un compromiso con los Merrit sería una solución magnífica.

La mujer que estaba a su lado le dio la razón.

—Amalia Rourke es una belleza y tiene una educación exquisita. Y al joven Merrit le sobra dinero. Sería la solución perfecta.

El hombre de las patillas protestó.

—Aldous no consentiría un matrimonio así. —Su voz era firme, segura—. ¿Quién querría casar a su único hijo con la heredera de una bancarrota?

La dama enjoyada le puso una mano enguantada sobre el antebrazo.

—Aldous Merrit, querido amigo, es el hombre más generoso de esta ciudad. Jamás tendría en cuenta algo así, y recuerde que él y Franklin Rourke son amigos.

Hubo un murmullo de asentimiento y pronto la conversación giró hacia la última adquisición de los Astor, lo que a Ewan no le interesaba en absoluto.

Se quedó de pie, con la copa en la mano, mientras la soprano volvía junto al piano para darse cuenta de tres cosas: la primera, que tenía los dientes apretados; la segunda, que el programa de la velada, que le habían entregado impecable a la entrada, era en ese momento una bola de papel arrugado dentro de su puño izquierdo; y la tercera y más grave, que sentía celos.

Sabía perfectamente lo que eran; los había sentido siendo muy joven, a los diecisiete años, por una muchacha de Inverness que después se casó con un primo suyo, aunque en aquella ocasión le habían durado tres semanas y los había ahogado con una borrachera.

¿Cómo era posible que se sintiera celoso porque un joven agradable como Merrit pretendiera a una muchacha con quien sabía que jamás su corazón le permitiría formalizar compromiso alguno?

Sacudió la cabeza. Estaba claro que el aire de Nueva York no le sentaba bien y que debería ir pensando en volver a Escocia cuanto antes.

Se puso de pie para despejar su mente. Llegó cerca de la gran escalinata de acceso y apoyó los dos codos en la balaustrada de piedra que daba a la calle.

Desde lejos vio acercarse a uno de los botones del Hotel Brunswick, donde se alojaba, que se presentó con un sobre en la mano.

—Milord. Correo de Escocia.

Había dejado dicho en recepción a dónde iba, por si llegaba un telegrama urgente, pero agradeció la deferencia del hotel.

No tuvo que abrirlo para saber de qué se trataba. El sobre grande, el papel grueso y el sello de los McGomery estampado en cera verde le indicaba que eran noticias de casa, lo que le provocó una sonrisa involuntaria mientras lo abría.

Era una carta de su bisabuela, escrita con la elegante grafía antigua de lady Gabriella McGomery, donde le daba cuenta de todo lo que había sucedido en Glenmara Castle:

¿Se puede ser más testarudo que tu bisabuelo Ewan?

—rezaba—. Se ha empeñado en subir él mismo al tejado del ala oeste y hay que agradecerle a Dios y al jardinero que no se haya matado; la cosecha de cebada ha sido decente sin ser buena; el tonelero de Inverness ha subido los precios y hay que hablar con él antes de Navidad; el párroco nuevo es un poco sordo y grita el sermón como si estuviera enfadado, me provoca dolor de cabeza, querido.

La sonrisa de Ewan se amplió. Ahí estaba su carácter italiano, su tono decidido, su forma de contar la cotidianidad como si él mismo jamás se hubiera marchado de casa.

No me has pedido consejo, muchacho —proseguía— , y por eso no te lo voy a dar, pero te confieso una cosa: te mandamos a América a vender whisky porque queríamos que salieras de esta casa y de los malos recuerdos que te trae.

Sé que las cosas no te van bien con esos americanos que se niegan a apreciar nuestro licor.

También sé que sabrás arreglarlo porque eres un McGomery y si hay algo que os defina, querido mío, es la cabezonería.

Era curioso cómo unas letras trazadas por una mano anciana y el olor a papel podían aportarle aquel calor en el corazón. Al final, una última frase, una pregunta antes de la despedida: ¿Y quién es esa señorita Rourke?

Ewan se la quedó mirando.

Después se rio en voz alta.

No había ningún misterio. Su bisabuela no tenía espías en Nueva York ni recibía la prensa americana, pero sí dos cartas suyas a la semana, como le había pedido, y la experiencia de vida le había hecho percatarse de que quizá aquel nombre se repetía demasiado en la correspondencia de su nieto.

Se sentó de nuevo en el banco. Sí, debía empezar a olvidarse de la señorita Rourke, pues al parecer era más transparente de lo que nunca hubiera imaginado.

Se cruzó de brazos y, para que la joven neoyorquina saliera de su cabeza, repasó un asunto que seguía inquietándole: el domingo por la tarde, al bajar del puente de Brooklyn, dos hombres lo habían seguido desde el puesto de periódicos de la calle Chambers hasta la puerta de su hotel.

¿Tenía que ver con el incendio, con los Rourke, con el maldito whiskey ?

Esa era una de las razones por las que, a las nueve y veinte de la mañana de un miércoles, estaba sentado en un banco esperando que le entregaran unos documentos con los que no tenía claro qué hacer.

—Caballero.

Ewan giró la cabeza en aquella dirección. El empleado público se dirigía hacia él no con un certificado, sino con una torre de seis libros polvorientos que dejó caer sobre el mostrador con un golpe sordo.

—Ahí está todo. Le deseo suerte.

Aquella era su venganza. En vez de ponerle de mal humor le hizo sonreír de nuevo y buscó una mesa libre donde ponerse a trabajar.

Tardó menos de una hora en revisarlo todo, de cabo a rabo.

Los solares de la parte alta de la Quinta Avenida, los mismos de los que se reía todo Manhattan, habían cambiado de manos treinta y una veces en año y medio.

Y no los había comprado nadie que se dedicara a construir.

Los habían comprado, en pequeñas tandas, discretamente, sin escándalo y siempre en efectivo, seis adquirentes distintos:

La Hudson & Battery Realty Company.

La Compañía de Mejoras de Ashgrove.

El señor Peter Lang, sin más señas.

La Sociedad de Terrenos del Norte de la Isla.

La señora Emmeline Trask, viuda, de Nueva Jersey.

Y algo llamado Fideicomiso Carnegie Hill, que no tenía nada que ver con el señor Carnegie.

Seis compradores que no se conocían entre sí. Seis firmas distintas. Seis notarios diferentes, repartidos por toda la ciudad.

Ewan fue pasando las páginas cada vez más despacio.

Porque en aquellos libros, al margen de cada asiento, el escribano del registro anotaba siempre la misma dirección a la que había que devolver el documento original una vez inscrito: despacho de A. Merrit, número 38 de Wall Street.

Ewan McGomery miró al frente, intentando comprender qué diantres era aquello.

Después cerró el último libro con sumo cuidado y le pidió al empleado una copia certificada de cada una de aquellas operaciones.