La reina de la Quinta Avenida (The Dollar Princesses 4) Capítulo 13
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Capítulo 13

Amelia Rourke se había levantado de la mesa sin pedir permiso.

En sus veinticuatro años de vida era la primera vez que lo hacía, y no se sentía orgullosa de ello.

Había tenido ganas muchas veces, por supuesto: a los seis, cuando le sirvieron hígado asado; a los once, cuando falleció su perra durante el almuerzo; o a los diecinueve, cuando una de sus tías abuelas Rourke explicó durante la cena que las muchachas altas tienen más difícil casarse.

Su padre no había dicho nada. Su madre le había pedido que se quedara y terminaran aquella conversación de forma civilizada, pero ella se había sentido incapaz.

Había subido a su habitación y ella misma se había desvestido tras pedirle a Prudence que la dejara sola.

Después se sentó en el borde de la cama y estuvo un buen rato a oscuras, intentando ordenar sus pensamientos.

Lo peor, pensó, era que su madre tenía razón.

La existencia de Amelia hasta ese momento había transcurrido sin sobresaltos, sin altibajos, sin que le faltara nada.

Cada mes llegaba a su nombre media docena de vestidos desde París.

Nadie se había inmiscuido cuando había decidido contratar como doncella a Prudence, una muchacha sin referencias y proveniente del peor barrio de la ciudad.

Su afición por el dibujo nunca había sido censurada, sino más bien aplaudida.

Vivía en una casa magnífica, su padre era un buen hombre y su madre la mejor que una joven de la alta sociedad neoyorquina podía tener.

Así que, si en ese momento le había llegado la hora de corresponder… ¿cómo podía negarse?

Pensó en Chester Merrit.

Intentó visualizar un futuro junto a él.

Se imaginó saliendo de su brazo de la iglesia de la calle Diez, envuelta en las felicitaciones de sus amigas.

Se vio viviendo en una casa de Washington Square con la anciana señora Merrit como huésped perpetua, opinando sobre el color de las cortinas.

Se visualizó en un desayuno cualquiera, y tropecientos más, escuchando una y otra vez cuál es la diferencia entre una yegua de Kentucky y otra de Virginia, y por qué en París se hacen mejor las guarniciones que en Londres.

Se imaginó cómo sería su vida junto a Merrit a los cuarenta. Y a los sesenta.

Se describió a sí misma abandonándolo todo, su pasión por el dibujo, sus ganas de viajar, la posibilidad de, como sus amigas, encontrar el amor.

Suspiró en la oscuridad. Lo peor de todo era que nada de aquello era una desgracia. Merrit era un buen hombre, uno como tantos otros hijos mal criados de la alta sociedad.

Sería una vida cómoda, larga y gris, perfectamente vacía, y ella tendría que sonreír explicando durante interminables cenas sociales lo afortunada que había sido, lo bien que la cuidaba su esposo.

Bajó la cabeza y la hundió entre las manos.

Al parecer, aquella maldición no tenía como fin acabar con ella, sino convertir en un tono inapreciable de gris lo que le quedaba de vida.

Se quitó la bata y se tumbó de espaldas en la cama, mirando el techo en el que los artistas habían dibujado un paisaje exótico.

Y entonces, sin pretenderlo, su cabeza se empeñó en mostrarle otra vida bien distinta, completamente diferente.

Un castillo lleno de corrientes en un lugar perdido en el norte de Escocia.

La lluvia contra unos cristales. Un hombre alto, callado, bajando muy temprano a una cocina donde alguien discutiría en escocés sobre cómo debía madurar una onza de buena malta.

Una bisabuela italiana de noventa y dos años con muchas cosas que contar.

Una mesa larga, dos personas solas, mirándose, ningún invitado, ninguna señora Livingston.

Y su cuaderno abierto mientras ella dibujaba y dibujaba para poder digerir tanta felicidad.

Amelia se incorporó como si un resorte invisible lo hubiera hecho por ella. Tenía el corazón desbocado y sentía el rostro ardiendo.

¿Qué era aquello? ¿Qué era todo aquello?

—Esto se tiene que acabar —se dijo, sin saber muy bien qué significaban aquellas palabras.

Unos suaves golpes en la puerta la salvaron, sacándola de aquellos pensamientos.

Miró el reloj sobre la repisa de la chimenea.

Eran cerca de las once. ¿Quién podía requerirla a aquella hora?

¿Su madre para insistir en que debía aceptar a Chester Merrit?

¿Su padre para pedirle disculpas por su silencio? Decidió salir de dudas.

—¿Sí?

La puerta se abrió. Era un lacayo, con la bandeja de plata del correo y una expresión apurada en el rostro.

—Ha llegado esta carta para usted, señorita. La ha traído un chico de la Western Union.

Sobre la bandeja había un sobre amarillo.

Por algún motivo inexplicable, a Amelia se le heló la sangre en las venas incluso antes de tocarlo.

Una carta urgente a aquella hora de la noche solo podía traer malas noticias.

Pensó en sus amigas: en Violet, que seguía en Inglaterra; en Trix, que estaba pasando unos días en Boston con su flamante marido, Samuel; en Clara, que acababa de parir su segundo hijo.

Antes de que su atolondrada mente le jugara una mala pasada, se abalanzó sobre el sobre y lo rasgó allí mismo, delante del criado, sin esperar a estar sola.

Dentro no había nota alguna.

Solo un naipe.

El lacayo debió de decir algo, porque Amelia oyó una voz muy lejana preguntándole si se encontraba bien, y se oyó a sí misma contestar que sí, que muchas gracias, que podía retirarse, hasta que la puerta se cerró.

El diez de espadas.

Igual que los otros. Seguramente la misma imprenta, el mismo dibujo al dorso, los mismos filos limpiamente cortados.

Solo que este tenía escrita a mano, a lo largo, una línea con una caligrafía inclinada y hermosa que ella ya había visto una vez, en un sobre de papel crema, la noche en que se inauguró aquella casa.

«Siempre ha sido la cuarta, señorita Rourke».

Amelia se quedó de pie en mitad de la habitación con el naipe entre los dedos.

Su mente viajó en el tiempo y volvió hacia atrás doce años: la mesa cubierta con un tapete. El olor a cera y a pachulí. La anciana del turbante con el falso acento francés. Y las cuatro amigas, cuatro niñas nerviosas, a quienes la pitonisa les estaba echando la suerte con los naipes.

Primero Violet. El as de copas.

Después Clara. El as de oros.

Seguida de Trix. El tres de bastos.

Y al final, la última, la cuarta, ella misma.

Amelia se sentó, porque las piernas empezaban a temblarle.

Aquello había pasado en 1871 y solo había cuatro personas que lo sabían. Cinco si se tenía en cuenta a la vieja pitonisa.

El frío que le recorrió la piel empezaba a ser reconocible.

Guardó el naipe junto a los otros dos, se sentó al escritorio y sacó un impreso de telegrama del cajón.

Escribió despacio, con letra clara, una sola línea: «TE NECESITO. VEN CUANTO ANTES».

Trix Sinclair no haría preguntas. Ella, todas ellas, siempre estaban disponibles cuando alguna la necesitaba.

Después dobló el impreso, se echó el chal por encima del camisón y salió al pasillo a buscar a alguien que lo llevara a la oficina de telégrafos en cuanto abriera.

No tuvo que buscar mucho.

Prudence estaba de pie a tres pasos de su puerta, en la penumbra, con una vela apagada en la mano y el pelo recogido de cualquier manera, como si llevara allí un rato reuniendo el valor para llamar a su puerta. Estaba pálida.

—Prudence, ¿qué haces…?

—Señorita. —La doncella tragó saliva—. Tenemos que hablar de algo importante.