Capítulo 12
Amelia supo que algo había ocurrido antes incluso de bajar del carruaje.
Delante de la mansión Rourke había tres coches estacionados, con los caballos cubiertos con mantas de buena calidad, lo que significaba que llevaban allí un buen rato. A aquella hora de la tarde y en esa zona de la Quinta Avenida, donde no vivía nadie, aquello era algo extraordinario.
—Vaya —dijo Dorothea, intentando reprimir una mirada de disgusto—. Espero que tu padre no haya invitado a cenar a nadie sin avisarme.
Desde que habían partido del puente de Brooklyn, su madre no había dejado de hablar.
Por supuesto que había querido saber qué habían tratado ella y lord Currie durante su paseo por la pasarela peatonal: si el conde la había invitado a Escocia o si había mencionado si se quedaría todo el invierno.
Amelia había tenido la paciencia de contestar a cada una de sus preguntas con un esquivo «no», lo que había provocado en su madre una expresión de auténtico sufrimiento.
Mientras la joven era asaeteada a preguntas, lo que no le salía de la cabeza eran aquellos dos tipos que parecían estar siguiendo a Ewan. ¿Eran imaginaciones suyas o se había activado un instinto de supervivencia que veía complots en todas partes?
El mayordomo les abrió la puerta con una expresión en el rostro más seria de lo que era habitual, por lo que sus presentimientos de que algo había sucedido mientras ellas estaban fuera se acentuaron.
—¿Quién está con mi padre?
El sirviente apretó los labios antes de hablar.
—El señor Sullivan, señorita. Y los señores Beckwith y Doyle, del Mercantile Trust. —Una pausa—. Llevan aquí desde poco después de que ustedes se marcharan.
Dorothea se detuvo con el sombrero a medio quitar y, aunque su madre fuera una mujer que se pasaba la vida hablando de setos, de la señora Astor y del correo de París, el matiz en que tornó la piel de su rostro indicó claramente que acababa de comprender lo mismo que Amelia: que algo grave había acontecido.
Por supuesto que no entraron en el despacho.
Habría sido del todo impropio que dos damas interrumpieran lo que parecía una reunión de negocios.
Aguardaron sentadas en la salita vecina, sin decirse nada la una a la otra, hasta que los tres hombres se marcharon a las siete menos cuarto, y entonces asaltaron el despacho como un escuadrón de artillería.
Franklin Rourke las recibió con la corbata deshecha y el chaleco desabotonado. Ellas no tuvieron que hablar porque su rostro lo decía todo.
—Sentaos.
—Franklin, ¿qué…?
—Sentaos, por favor. He de contaros algo que hubiera dado mi vida por evitaros, pero es necesario que lo conozcáis.
Madre e hija intercambiaron una mirada. Dorothea estaba muy pálida. Ambas tomaron asiento en el elegante sofá de piel. Su padre se apoyó en el borde de la mesa, cruzó los brazos y miró un punto indeterminado de la alfombra.
—Esta mañana he recibido una carta del Ohio & Susquehanna. Han resuelto el contrato.
En aquella familia se solía hablar en la mesa de negocios, por lo que no fue necesaria una introducción.
—¿Cuál de ellos? —preguntó Amelia.
—El de los raíles ingleses. El de mayor importe. —Tragó saliva—. Cuarenta mil toneladas, dos años y medio de trabajo, la mitad de la mercancía ya encargada en Sheffield y pagada por adelantado.
Dorothea parpadeó.
—Pero… ¿pueden hacer eso?
—El contrato tiene una cláusula de resolución por conveniencia de la compañía.
—Su padre esbozó algo que no era una sonrisa—.
Es lo habitual cuando se trabaja con estas cantidades.
Todos los malditos contratos de esta ciudad desde hace ochenta años la incorporan, pero ha sido a nosotros a quienes se la han aplicado.
Se hizo el silencio. La mirada de las dos mujeres estaba centrada en Franklin Rourke, que por primera vez en su vida parecía no saber qué hacer.
—¿Y qué argumento han esgrimido para hacer eso, padre?
El señor Rourke se pasó la mano por el cabello despeinado.
—He mandado a Sullivan a que lo pregunte —gruñó—. ¿Hemos tenido una respuesta convincente? Por supuesto que no. Han aducido simplemente que la compañía ha decidido reconsiderar sus compromisos de futuro. ¿Tiene eso sentido? Compromisos de futuro.
Amelia sintió aquel frío que ya empezaba a reconocer, un frío que le empezaba en las muñecas y que terminaría recorriéndole todo el cuerpo.
—¿En qué situación nos coloca eso ante el banco? —preguntó despacio, porque conocía las implicaciones que un acto así provocaba en una compañía.
Su padre tomó aire, se recostó en la butaca y entrecruzó los dedos.
—Si sumamos que el Providence sigue sin aparecer, que hay dos barcos de nuestra compañía sin dar señales, que uno de nuestros almacenes ha ardido con toda la mercancía en su interior, y ahora que el ferrocarril ha cancelado su mayor pedido…
Se detuvo. Fue Dorothea quien preguntó:
—¿Se han negado a financiarnos?
El señor Rourke lanzó un suspiro ahogado.
—Beckwith ha sido muy educado. Ha dicho que confía plenamente en mí, pero que necesitan garantías adicionales sobre los préstamos de los solares.
Amelia se tuvo que recostar en el respaldo del sofá. El escalofrío seguía ascendiendo, avanzando sobre su piel.
—¿De cuánto hablamos?
Su padre apretó los puños.
—Seiscientos mil dólares. Debemos responder de ellos en treinta días.
Dorothea soltó una risa breve, aguda, como la que se le escaparía si una de sus amigas hubiera dicho algo absurdo.
—Eso es imposible.
No hubo respuesta. No era necesario. Todos los miembros de aquella familia sabían lo que aquello significaba, y su padre les pidió que lo dejaran solo mientras escribía algunas cartas a conocidos que pudieran ayudarlos.
Aquella noche cenaron a las nueve.
Fue una comida espantosa. La cocinera se había esmerado y aquello lo empeoró todo, porque ante ellos había una mesa de veinte cubiertos colocada solo para tres, con sopa de tortuga, pescado y un postre del mejor chocolate que costaba lo que el sueldo de un mayordomo.
Amelia comió sin saber qué se llevaba a la boca. La señora Rourke ni siquiera se había cambiado para la cena.
Justo cuando se retiraban los últimos platos, Dorothea miró a su marido y a su hija, y dejó la servilleta sobre la mesa.
—He estado dándole vueltas toda la tarde —dijo.
El señor Rourke, que había perdido su tono amable y las ganas de hablar, también arrojó la servilleta sobre el mantel.
—Dorothea, no es el momento.
—Pues sí que lo es, Franklin. —Dejó los cubiertos que aún no le habían retirado alineados en el plato—. Solo tenemos una salida si queremos arreglar nuestra situación financiera en menos de un mes, y lo sabes.
—Mujer…
—No sabemos si llegarán noticias de esos barcos o si esa compañía se retractará sobre la rescisión del contrato.
—Se volvió hacia su hija—. Lo que sí podemos hacer en tan escaso lapso de tiempo es garantizar los fondos de esta familia, y en Nueva York, en Londres, eso siempre se ha hecho mediante el acuerdo de un buen matrimonio.
Amelia dejó la copa en la mesa con mucho cuidado. Su tez se había vuelto lívida.
—Madre…
—Déjame terminar —le rogó, alzando una mano—.
Tienes veinticuatro años, Amelia. Tus tres mejores amigas ya están casadas, y muy bien, por cierto.
Tú has ido a esas bodas sin preocuparte de nada mientras yo veía cómo desperdiciabas todas las oportunidades.
—Se llevó una mano al pecho. Sus ojos estaban brillantes—.
Nunca te he preguntado por qué. He respetado tus rarezas, tus dibujos, tus estudios de arte y tus reuniones con señoras que quieren votar. Jamás te he obligado a nada.
Amelia tuvo que asentir. Era extraño que una madre no hubiera programado su compromiso desde la adolescencia. La señora Rourke siempre había sido generosa con eso. Incluso le había dicho que la soltería no era un mal camino para una mujer acaudalada.
—Eso es cierto —admitió la muchacha.
Su madre alargó la mano y sostuvo entre sus dedos la de su hija.
—Pues ha llegado la hora de hacer sacrificios, hija mía.
—Se sostuvieron la mirada—. Tu padre lo ha apostado todo en este proyecto, esta casa, esta maldita avenida llena de cabras.
—Se le escapó un suspiro, un gemido—. Si el banco ejecuta los préstamos, no solo lo perderemos todo, sino que el apellido Rourke ya no valdrá nada.
Amelia sintió que las mejillas le ardían. Retiró la mano lentamente.
—¿Y tu solución es venderme?
—Mi solución es casarte, que es lo que se ha hecho toda la vida. —Dorothea alzó una ceja—. Y no pongas esa expresión, que a Violet la casaron con un duque y no parece que le vaya mal.
Amelia gruñó.
—A Violet no la casó nadie. Ella eligió a Sebastian.
—Detalles. —Dorothea se sirvió agua—. Yo tenía otro plan, para que lo sepas. Una idea que te hubiera convertido en condesa y en la envidia de toda Manhattan, y me lo he trabajado duro durante tres semanas.
—Madre…
—Y esta tarde os he puesto por delante el paseo más romántico que se ha inventado en este país, con un puente, un río y dos ciudades enfrentadas bajo vuestros pies. —Dorothea juntó las manos—. ¿Y qué me traes tú? Palabras vanas.
Amelia quería marcharse, quería terminar aquella conversación cuanto antes, pero sabía que no podía hacerlo. Se le escapó un gemido.
—Lord Currie es solo un buen amigo. Lo sabes.
—Y que siga siéndolo, hija mía, porque ese caballero, por muy adecuado que sea, no tiene ninguna prisa por volver a casarse, y a nosotros solo nos quedan treinta días.
De nuevo se hizo el silencio. La impresionante lámpara del comedor silbaba mientras consumía gas metano.
—Chester Merrit —dijo Dorothea sin ningún preámbulo.
Amelia alzó las cejas. ¿Lo decía de verdad?
—¿Chester?
—El joven Merrit tiene veintiocho años, que es una edad más que adecuada para casarse —le enumeró su madre—, no tiene deudas y solo es aficionado al juego.
Además, no tiene hermanos —acentuó esto último—.
Y, sobre todo, Chester Merrit es hijo de Aldous, que lleva sesenta años en esta ciudad, ha sobrevivido a tres pánicos financieros y no ha perdido un solo dólar en ninguno de ellos.
—Como si todo aquello fuera poco, continuó—: Los Astor lo respetan, los Livingston lo temen y los bancos le abren las puertas antes de que llame.
—Se inclinó hacia delante—. Aldous Merrit es nuestro flotador, Amelia.
Ella se cruzó de brazos.
—No quiero casarme con Merrit.
Su madre hizo lo mismo.
—Nadie te ha preguntado.
—Pues hazlo —la desafió—. Pregúntamelo.
La señora Rourke puso ambas manos abiertas sobre el mantel.
—Amelia. Esto no es un juego floral ni una historieta de amor. Hablamos de la supervivencia de tu familia, de ti misma, y todo en esta vida necesita de un sacrificio.
Pese a que su corazón se negaba a admitirlo, lo que su madre acababa de exponerle era cierto. Cerró los ojos y consiguió controlar la lágrima que pulsaba por salir. Se volvió hacia el otro extremo de la mesa.
Desde niña, cuando su madre se ponía imposible con los vestidos, los pretendientes, ella miraba a su padre y él soltaba aquella carcajada de capitán bajo el palo mayor, aquella carcajada que dejaba a Dorothea protestando entre risas y a todos reconciliados, como si no hubiera pasado nada.
—Papá —salió apenas de sus labios.
Pero Franklin Rourke tenía las dos manos apoyadas a los lados del plato y su rostro estaba serio, helado.
No dijo nada.
Se quedó mirando el mantel, como si allí pudiera hilvanar alguna otra solución que no le llegaba, y Amelia, que llevaba toda la vida leyendo los gestos de los demás, no necesitó palabras.