Capítulo 11
Cruzar a pie el puente de Brooklyn costaba un centavo y se había convertido en uno de los divertimentos favoritos de la alta sociedad neoyorquina.
—Ve tú, hija —le indicó Dorothea desde el confortable interior del carruaje detenido a un extremo del puente—. A mí las alturas me producen escalofríos, ya lo sabes.
Era una tarde de octubre en la que hacía un frío considerable y Amelia se quedó mirando a su madre con la sospecha de que nada de aquello era casual.
Aquella tarde, Dorothea Rourke le había pedido que la acompañara en un paseo por el flamante puente, inaugurado hacía escasos meses, en compañía de las señoras Van Ness, cuatro hermanas que siempre tenían algo que decir.
Prudence la ayudó a cambiarse y madre e hija subieron al carruaje en dirección al arranque del puente, pero, a la hora convenida, ninguna de las cuatro hermanas había hecho acto de presencia y, en su lugar, con la chistera en la mano y una expresión de sorpresa que a Amelia le pareció, cuando menos, tan sincera como la suya, aguardaba Ewan McGomery.
¡Así que aquello era una encerrona! Apretó los labios antes de hablar.
—Madre.
—Te aseguro que ha sido una casualidad. —La satisfacción en su rostro decía lo contrario—. Ve, ve. A un conde no se le hace esperar.
Ewan no se había movido de su sitio y aguardaba a escasos pasos del carruaje. Amelia comprobó con cierto alivio que él tenía la misma expresión incómoda que ella, por lo que seguro que había atendido a una inesperada nota de la señora Rourke citándolo allí.
—Señorita Rourke.
—Milord. —Le hizo una reverencia y él correspondió con una inclinación—. Permítame ahorrarnos veinte minutos de conversación incómoda —estaba segura de que sus mejillas debían de haberse coloreado—. Ha sido mi madre quien le ha escrito esa carta, no yo.
Él la miró con curiosidad.
—Entonces, ese grupo de amigos con quienes íbamos a pasear por el puente porque un caballero recién llegado jamás debería perderse estas vistas no llegará, ¿verdad?
Ella asintió.
—Así es, así que entendería perfectamente que se marchara y no se lo tendré en cuenta.
Ewan la observó, como si de verdad estuviera sopesando qué debía hacer ante una solución tan inusitada.
Amelia llevaba nueve días esquivándolo. Había contestado de manera escueta las notas preocupándose por el estado de sus magulladas manos y había devuelto con la más exquisita de las cortesías las tarjetas de visita con la excusa de estar siempre ocupada.
Lo mejor que podía suceder después de la encerrona de su madre era que Ewan dijera que sí y se alejara por la escalera del paseo, como haría un hombre a quien le han tendido una trampa. Él sonrió.
—Sería una grosería no acompañarla después de haber pagado un centavo para llegar aquí.
Ella soltó disimuladamente el aire contenido en los pulmones y sintió una satisfacción extraña e incomprensible.
El paseo peatonal estaba elevado sobre el que usaban los carruajes y los coches de cable. Era la idea del señor Roebling y, en opinión de Amelia, la mejor que había tenido nadie en aquella ciudad para dar un poco de paz a los viandantes.
Al principio hablaron del puente, ¿cómo no?
Después hablaron de los barcos que pasaban bajo la arcada y de que en Escocia el mar olía de manera distinta.
Se detuvieron a mitad de la travesía, en el hueco entre las dos torres. Amelia apoyó las manos en la barandilla y miró a un lado y a otro, a Brooklyn y a Manhattan. No había mucha gente, pero hizo reparar a su acompañante en algo curioso.
—¿Se ha dado cuenta de que aquí se hace el silencio?
Él observó a los transeúntes. Sus rostros expresaban una mezcla de miedo a la altura y éxtasis ante lo que tenían delante, pero era cierto: nadie hablaba.
—He venido tres veces desde que lo inauguraron y siempre ocurre lo mismo —le explicó Amelia—.
Ellos creen que es por las impresionantes vistas, pero yo sospecho que es porque han tomado conciencia de que no están en ninguna parte, aún no han salido de Manhattan, pero tampoco han llegado a Brooklyn. Es como estar en el purgatorio.
Ewan tenía los ojos clavados en ella, aunque su expresión era indescifrable.
—En mi tierra llamaríamos a esto un mal negocio.
—En la mía lo llamamos ingeniería —sonrió—, y cobramos un centavo por cruzarlo.
Ewan se rio de buena gana. Fue una risa breve, pero luminosa, que transfiguró su rostro excesivamente serio. A Amelia le dio un vuelco absurdo el estómago al comprender que era la primera vez que lo oía reír.
—¿Sabe quién construyó esto? —le preguntó Ewan, señalando con la barbilla el cable que subía hacia la torre.
—El señor Roebling, por supuesto.
—Tres de ellos. —Le guiñó un ojo, algo impropio de él—.
El padre se destrozó un pie midiendo el emplazamiento y murió tres semanas después.
El hijo bajó a supervisar los cajones de aire comprimido, salió de allí medio inválido y no volvió a pisar la obra, que dirigió durante catorce años desde la ventana de su casa de Brooklyn, con un catalejo.
Y, por último, la señora Roebling, que aprendió el oficio, cruzó este andamiaje cada día durante once años y discutió con los contratistas.
—Conocía la historia. —Ella tenía la sonrisa en los labios. Por alguna razón inexplicable se encontraba maravillosamente a gusto con él.
—¿Y sabía que, cuando lo inauguraron hace unos meses, fue ella la primera en cruzar? Dicen que llevaba un gallo en el regazo, contra la mala suerte.
Era curioso cómo un escocés que apenas llevaba unas semanas entre ellos conocía historias de su ciudad que Amelia creía que solo interesaban a los neoyorquinos.
—¿Y usted cómo sabe todo eso?
—Lo pregunté.
—Los caballeros no suelen preguntar esas cosas. Los que conozco dan su opinión sobre la construcción y sobre el precio del acero.
Él se giró, con el codo apoyado en la barandilla, para tenerla de frente.
—Yo no soy un caballero, señorita Rourke.
Soy un escocés con un título y una destilería.
—Ella también movió su cuerpo hasta encararlo—.
Y, aunque llevo varias semanas oyendo a hombres muy ricos explicarme el porvenir de este país, ninguno me ha hablado de esa mujer, de la señora Roebling, y me parece que es el dato que mejor los identifica.
Amelia se sintió incapaz de sostenerle la mirada, aunque ignoraba a qué se debía. Miró hacia el agua, cuatro pisos por debajo, deseando saber qué más había preguntado por ahí.
Aquel atolondramiento la hizo darse cuenta de que empezaba a moverse en terreno peligroso. Ella era un peligro para todos, también para Ewan McGomery, y debía evitar que su desgracia lo dañara.
Se giró de nuevo hacia el río y habló sin mirarlo.
—Sé lo que ocurrió en el Union Club.
Él no movió un músculo.
—No sucedió nada reseñable.
A Amelia le tembló ligeramente la voz, pero no retuvo lo que tenía que decir.
—Sé que cuatro hombres mal llamados caballeros estaban destrozando el apellido de mi familia y que usted intervino —lo miró, pero fue algo breve, casi esquivo—. No nos debe nada, milord, y, sin embargo, lo hizo.
—Lo hubiera hecho por cualquiera de quien estuvieran hablando injustamente.
—¿Está seguro de eso?
Ewan tardó en contestar. Se quedó mirando la torre de granito, con sus dos arcos gemelos recortados contra un cielo que empezaba a ponerse de color naranja, y, cuando habló, lo hizo en un tono suave que a Amelia le resultó tan doloroso como si le hubieran clavado una daga.
—Mi mujer murió hace tres años —dijo—. Y yo no estaba allí cuando pasó.
Ella se quedó muy quieta.
Sabía lo del fallecimiento; se lo había contado su tío en Londres y ella misma le había dado el pésame en el vestíbulo de su propia casa hacía apenas dos semanas. Lo que no sabía…
—Milord…
—Desde entonces he tomado una decisión un tanto absurda, señorita Rourke, y es no volver a llegar tarde a ninguna parte.
—Seguía sin atreverse a mirarla—. No sé hacer negocios en este país, no sé bailar sus bailes divertidos y no entiendo por qué llaman avenida a un camino de cabras.
Pero lo de llegar a tiempo lo he aprendido muy bien.
Ella parpadeó, confundida.
—¿Responde eso a por qué intervino ante aquellos cuatro mentecatos?
—No voy a dejar pasar la ocasión de hacer lo correcto.
El puente tembló. Fue un temblor duradero, aunque suave, porque uno de los coches del cable estaba pasando bajo sus pies, y Amelia lo aprovechó para apartar la mirada y tomar una bocanada de aire.
—Ahora es su turno —dijo él.
Ella abrió mucho los ojos.
—¿Mi turno de qué?
Ewan se encogió de hombros.
—Yo le he contado por qué defendí a su familia.
Usted lleva tiempo intentando convencerme, con una elegancia exquisita, de por qué debo alejarme de una familia perfectamente honorable.
—La miró a los ojos, y tenía los iris increíblemente azules a aquella luz—.
Y no es porque tema que vaya tras su dinero.
Usted no es una mujer a la que le preocupen esos asuntos. ¿Por qué es?
Doce años. Aquella tienda en una fiesta, la mesa, el tapete, la vieja del turbante, los escalofríos, el diez de espadas.
—Hay familias que traen mala suerte —dijo—. La mía es una de ellas.
Ewan frunció el entrecejo.
—Eso es una superstición.
—Quizá.
—Y usted no es una mujer supersticiosa.
—No lo soy —dijo Amelia—. Pero hay evidencias que es difícil rechazar.
Ewan McGomery abrió la boca, pero volvió a cerrarla.
Un remolcador silbó abajo, en las oscuras aguas del río, mientras las gaviotas se dejaban caer entre los cables, jugando a las acrobacias.
—Enséñeme el cuaderno —dijo él de pronto.
—¿Cómo?
—El cuaderno que guarda en su bolso —su rostro tenía cierto aire burlón—. Lo llevaba en la fiesta y la vi dibujando en el muelle.
Nadie había prestado atención a sus dibujos, solo sus amigas, que estaban muy lejos.
Amelia sintió cierto pudor. Aquellos trazos formaban parte de su intimidad, pero, por algún motivo inexplicable, lo sacó del bolsito, lo abrió por una página cualquiera y se lo tendió.
Los bomberos de la Compañía Doce, sentados en el adoquinado, con los cascos en el regazo.
Ewan lo sostuvo con las manos, protegiéndolo del viento, y lo admiró durante mucho tiempo. Demasiado, quizás; tanto, que Amelia empezó a arrepentirse, a avergonzarse de la torpeza que seguramente él observaría en sus dibujos.
—Estos hombres estaban agotados y usted ha sabido plasmarlo con solo unos trazos —dijo él al fin.
Ella simplemente fue capaz de tragar saliva.
—Usted no dibuja lo que ve, señorita Rourke —le dijo él, devolviéndole el cuaderno y teniendo la prudencia de no mirar otra página que ella no le hubiera señalado—.
Dibuja lo que los otros no saben que están mostrando sin ser conscientes.
Es un talento que he visto muy pocas veces en mi vida, y me pregunto qué habrá descubierto de mí.
La mano de Ewan le rozó la muñeca al entregarle el cuaderno. Fue un instante, con dos guantes de por medio, pero Amelia notó una especie de golpe en la boca del estómago que la dejó aturdida.
Los dos retiraron la mano a la vez y ambos miraron el río.
—Deberíamos volver —dijo ella—. Mi madre estará preocupada por lo que puedan decir.
Ewan sonrió.
—Sospecho que su madre estará estupendamente.
Recorrieron el puente en dirección inversa, hablando de cosas sin importancia, y a Amelia le pareció que el camino de vuelta era más rápido, como sucede con las cosas que no quieres que terminen.
En el arranque del paseo se despidieron.
—Señorita Rourke.
—Milord.
Él se caló la chistera, le dedicó una inclinación de cabeza y echó a andar hacia el sur, hacia la ciudad.
Amelia subió al carruaje, se sentó junto a su madre, se colocó la falda y respondió sin escuchar a las tres primeras preguntas de Dorothea, mientras se repetía en silencio y con toda la firmeza de la que era capaz que no iba a volver la vista atrás.
No iba a volver la vista atrás.
Pero lo hizo, y lo localizó enseguida, alto y elegante entre la gente, subiendo hacia la calle Chambers con las manos cruzadas a la espalda.
Y observó también, a unos veinte pasos de él, cómo dos hombres que hasta ese momento estaban parados junto a un puesto de periódicos se separaban de la pared, se calaban las gorras y echaban a andar detrás del conde de Currie, acompasando el paso al suyo.