Capítulo 10
Prudence, como cualquier niña criada en Five Points, lo primero que había aprendido a percibir eran los pasos que resonaban tras ella cuando transitaba una calle solitaria. Esta habilidad era, muchas veces, la línea que separaba la vida de la desgracia.
Desde que había empezado a prestar atención, se había dado cuenta de que la seguían: el lunes, camino de la botica de la calle Cincuenta y siete, unos pasos cuidadosos se detuvieron cuando ella se paró un instante delante del escaparate de una sombrerería y recuperaron el ritmo cuando ella se alejó.
El miércoles, volviendo del mercado con la señora Jefferson, vio en el cristal de un carruaje el reflejo de una gorra al otro lado de la calle. Cuando se giró, quien la portaba ya no estaba.
Y el viernes por la mañana, mientras planchaba las cintas de un sombrero para su señora, se descubrió pensando en Gabriel Shaw por tercera vez en media hora, y no tuvo más remedio que recriminárselo, ya que aquello era una tontería impropia de una mujer como ella.
Aquella tarde bajó a la carbonera con el paraguas de repuesto de la señorita y estuvo un rato afilando la contera contra el escalón de piedra, con la misma paciencia con que la señora Jefferson afilaba los cuchillos de cocina.
Un paraguas era un objeto perfectamente respetable que cualquier mujer portaba en los días nublados, y en Nueva York, a finales de octubre, la lluvia se hacía presente sobre las cabezas casi todos los días.
El plan se le ocurrió mientras cosía.
No se cazaba a un hombre de tan buena constitución como el señor Shaw corriendo tras él; se lo cazaba haciéndole creer que su víctima era una pobre e inocente mujer que no sabía desenvolverse.
Así que el sábado salió a la hora de siempre, con la cesta de mimbre que solía llevar, y caminó las once manzanas hasta la calle Cuarenta y cuatro sin volverse una sola vez.
El reflejo en el cristal de una pastelería la hizo sonreír. Allí estaba el señor Shaw, justo en la acera de enfrente, con las manos caladas en los bolsillos y sin dejar de mirarla.
Ella, por supuesto, aguantó en su papel de mujer ingenua y continuó su camino como si la presa no hubiera caído ya en su trampa.
En la esquina de la Tercera Avenida, Prudence torció a la izquierda, hacia una lavandería china que se abría en los bajos de un edificio, y se metió por el pasaje que separaba la construcción del almacén de carbón.
Era un callejón estrecho, ligeramente inclinado, con dos hileras de ropa tendida sobre su cabeza y un portón cerrado al fondo que lo convertía en una trampa mortal sin escapatoria.
Avanzó, acelerando el paso, y antes de llegar al final hizo un movimiento brusco para pegar la espalda a la pared, justo donde el callejón giraba y la volvía invisible a quien viniera detrás.
Su perseguidor entró detrás de ella con cierto cuidado, aunque con la confianza suficiente como para ignorar que estaba siendo víctima de un señuelo. Prudence ya tenía preparado el afilado paraguas a modo de estoque y lo alzó a la altura de aquel cuello cuando Gabriel apareció ante ella.
—Buenas tardes, señor Shaw.
Él se detuvo en seco. En su rostro se leía claramente que hubiera esperado cualquier cosa menos aquello.
Observó la punta afilada del paraguas, siguió por la superficie de negra tela encerada, sus ojos recorrieron el mango y al final el brazo de Prudence hasta clavar la mirada en ella.
Y entonces hizo algo de verdad inesperado: sonrió.
—Muy ingeniosa —dijo Gabriel—. Ha usado la sombra de la ropa tendida para que no viera su silueta al doblar la esquina.
Lo cierto era que a Prudence aquello le había pasado desapercibido, pero no iba a negarlo.
—¿Por qué diablos me sigue?
Él amplió la sonrisa.
—¿Puedo bajar las manos o me clavará el paraguas?
Prudence apretó los dientes. No fiarse de tipos como él era otra de las enseñanzas de Five Points. Aun así, bajó el arma, aunque apretó el mango con fuerza por si necesitaba defenderse.
—Lleva usted cuatro días siguiéndome.
—Tres.
—Cuatro.
Shaw ladeó la cabeza y la sonrisa se le quedó a media asta.
—El lunes no fui yo.
El callejón olía a lejía hervida y a carbón mojado, y por un instante Prudence oyó el goteo de la ropa tendida con una nitidez desagradable.
—No me tome por tonta, señor Shaw, porque no lo soy.
Él levantó las palmas de las manos.
—No se me ocurriría hacerlo, y menos desde hoy. La tomo por la mujer más difícil de seguir de esta ciudad, y tengo experiencia en el asunto. —Señaló el paraguas con la barbilla—. ¿Eso lo ha afilado usted?
—Conteste. ¿Por qué me sigue?
—Porque usted es la única persona de esa casa de quien nunca dudaría.
—Ese argumento es absurdo.
Gabriel, pese a estar amenazado, dio medio paso adelante y la contera del paraguas lo detuvo con un toquecito seco. Él bajó la vista hacia el acero, luego la subió hacia los ojos de Prudence, y aquella expresión desenfadada se volvió grave de inmediato.
—Escúcheme bien, porque no voy a repetirlo. ¿Cuánta gente entra en casa de los Rourke cada día? Me refiero a repartidores, recaderos, floristas, carboneros y los hombres del hielo.
—¿Por qué he de responder?
Él achinó los ojos.
—Porque sabe que es por su bien.
Aún lo pensó Prudence antes de contestar.
—Treinta. Cuarenta.
—Cuarenta —le confirmó él—. ¿Y quién los atiende?
La muchacha parpadeó. ¿Qué era todo aquello?
—El segundo mayordomo.
—¿Y quién es la mano derecha de ese mayordomo suyo?
Prudence no contestó, sobre todo porque no tenía respuesta y porque llevaba un rato con la incómoda sensación de que la trampa que había preparado durante cuatro días se había vuelto contra ella.
—El lacayo nuevo —respondió Shaw por ella—. El del ojo derecho más pequeño que el izquierdo. ¿Cuánto lleva en la casa?
¿De qué iba todo aquello?
—Apenas una o dos semanas.
—Dos semanas. Qué oportuno.
Ella tomó aire y lo fulminó con la mirada. Si bien era cierto que el nuevo lacayo no le gustaba un pelo, no iba a permitir…
—No sé de qué, pero está usted acusando a un hombre sin pruebas.
—No estoy acusando a nadie, señorita. Estoy poniéndola en situación.
Ella lo evaluó. Era precisamente el tipo de hombre del que una joven debía tener cuidado: atractivo, lenguaraz y encantador. La peor combinación posible. Ella alzó la barbilla. Orgullosa.
—Todavía no me ha dicho para quién trabaja.
—Así es.
Prudence apretó los labios.
—Vi cómo le pagaban en un callejón muy parecido a este.
Él no se inmutó.
—Lo sé. La sentí mirándome desde la oscuridad.
La sangre le subió a Prudence a la cara y le costó un esfuerzo notable no clavarle el paraguas en la barriga.
—¿Sabe que voy a contarle a la señorita Rourke todo esto?
—Hágalo. —Se encogió de hombros y la miró con calma—. Cuénteselo hoy mismo. La animo a hacerlo.
Y entonces, con mucha suavidad, Gabriel apartó la punta del paraguas con dos dedos, como quien retira una rama del camino, y pasó por su lado hacia la salida del callejón.
Prudence se giró.
—Ni siquiera sabe quién soy —le gritó a su espalda cuando se alejaba.
Gabriel Shaw se detuvo bajo la ropa tendida. Tardó en volverse. Cuando lo hizo, ya no quedaba nada de aquella sonrisa.
—Prudence Mahoney —dijo—. Se llama Prudence Mahoney.
Se hizo el silencio. La joven doncella se había quedado sin habla y un escalofrío helado aún le recorría la piel cuando él volvió a hablar.
—Vigile su casa, señorita Mahoney. La están observando. —Se llevó la punta de dos dedos a la gorra, como aquella primera vez en el mercado—. Y no soy yo quien debería preocuparle.
Salió a la Tercera Avenida y se lo tragó el incesante trasiego de transeúntes.
Prudence permaneció unos minutos donde estaba, con el paraguas colgando de la mano y el agua de la ropa tendida cayéndole sobre el hombro.
En la casa Rourke la llamaban Prudence, a secas, como era costumbre hacerlo con las doncellas. En el libro del servicio también figuraba como Prudence, sin más. Ni siquiera la señorita Rourke, por quien sentía devoción, sabía cuál era su apellido, porque eso jamás se preguntaba a una doncella.
¿Cómo era entonces posible que Gabriel Shaw lo supiera?