Capítulo 9
El whisky de los McGomery llevaba ciento cuarenta años sin necesitar que nadie hiciera el esfuerzo de venderlo.
Era lo que Ewan había intentado explicarle, hacía meses, a su bisabuela Gabriella: los buenos néctares de malta como el suyo eran demandados incluso antes de ser producidos, y los americanos sabrían apreciarlo, por lo que aquel viaje comercial a Estados Unidos era innecesario.
La nonna lo había escuchado con aparente atención, había asentido, había sonreído, y cuando Ewan estaba convencido le había anunciado que su barco salía el jueves.
Once semanas más tarde, sentado en un sillón de cuero del Union Club de Nueva York, Ewan comprendió que el whisky de los McGomery llevaba ciento cuarenta años vendiéndose solo porque nadie lo había intentado colocar en aquella ciudad americana.
—Cuatro mil cajas es demasiado, milord —dijo el caballero que tenía delante.
—Hace doce días, señor Halloran, a usted le parecieron pocas.
El importador se rio con un sonido hosco y miró de reojo a sus dos socios, los señores Pell y Brewster, que llevaban veinte minutos estudiando la alfombra con un interés que no merecía.
—Hace doce días yo era un optimista, milord. —Parecía que el título le llenaba la boca—. El mercado ha cambiado. El almacenaje es más caro. Y el consejo de mi empresa prefiere esperar a la primavera antes de comprometer capital en un artículo… nuevo.
Ewan carraspeó.
—Mi artículo tiene ciento cuarenta años, señor. No lo llamaría nuevo.
—En Escocia, milord. Aquí acaba de nacer.
Ewan no discutió. Doce días antes, en aquella misma habitación, aquellos tres hombres le habían hablado de exclusivas para toda la Costa Este, de un anuncio a doble página en el Harper's y de la conveniencia de que un conde escocés se dejara ver en las carreras y en todo evento neoyorquino al que acudiera la alta sociedad.
A eso había que sumarle que, tras haberle rogado que trabajara con ellos, el Fourth National Bank le acababa de solicitar, con la mayor cortesía, dos referencias adicionales sobre la solvencia de la casa McGomery.
Ewan se puso en pie y les tendió la mano a los tres, uno por uno. Así se lo había enseñado su bisabuelo: a un hombre se le conoce por cómo pierde, no por cómo gana.
—Caballeros. —Su inclinación de cabeza fue recia—. Cuando llegue la primavera, saben dónde encontrarme.
Cruzó el lujoso salón del club con el paso tranquilo y la sensación de estar caminando por un espacio demasiado silencioso para la algarabía habitual de los americanos.
El señor Vanderbilt, que lo había acompañado como socio que era, lo esperaba junto a la chimenea del fondo, con un brandy en una mano y el Evening Post en la otra, y tuvo la delicadeza de no preguntar cómo había ido.
—Siéntese, milord. Su rostro refleja que necesita un reconstituyente.
Ewan suspiró.
—Parece que mis futuros clientes son de ideas tornadizas.
—Pues siéntese igualmente. —Le hizo una señal a un camarero—. ¿Puedo hacerle una pregunta incómoda?
Un resoplido se escapó de entre los labios del muchacho.
—Es usted la única persona de esta ciudad que me pide permiso para eso.
—¿Qué relación tiene usted con la familia Rourke?
Ewan tardó en contestar. Hubiera esperado cualquier cosa menos aquello. Si bien era cierto que la señorita Rourke le despertaba un interés que ni comprendía ni estaba dispuesto a admitir, por lo demás solo podía decir que era una familia amable y acogedora.
—Asistí a la inauguración de su casa —dijo con cierta sequedad—. En su compañía, si mal no recuerdo. Y les hice una visita al día siguiente.
—¿Y el incendio?
—Pasaba por allí.
Vanderbilt lo miró por encima del brandy con una expresión difícil de clasificar.
—Pasaba usted por allí a las cuatro de la madrugada, a tres millas de su hotel, y estuvo cuatro horas sacando agua del río con los estibadores de Franklin Rourke —chasqueó los labios—. Lo sabe todo Nueva York, milord. Lo saben hasta en Filadelfia, que ya es mucho decir.
Ewan, que no entendía nada, se encogió de hombros.
—No veo el problema.
—Aparentemente no hay ningún problema, milord. Incluso podría decirse que hizo usted algo heroico. —El financiero dobló el periódico y bajó la voz—. Pero detrás hay una historia y en esta ciudad, milord, un hombre no se arruina por sus malas inversiones, sino por la historia que se cuenta de él.
Los ojos de Ewan se entrecerraron. En Escocia se iba de frente. Si había un problema, se enfrentaba, se solucionaba y se olvidaba el pasado. Parecía que allí no imperaban las mismas reglas. Cruzó una pierna sobre la otra.
—¿Y cuál es mi historia?
Vanderbilt se desplazó hasta el borde de su silla.
—Se lo diría, pero es posible que pusiera demasiados paños calientes y no terminara usted de entenderlo.
—El anciano se levantó, se guardó el periódico bajo el brazo y le puso una mano sobre el hombro—.
Le doy un consejo, milord: si va usted a la sala de lectura y se mueve con discreción, es posible que hoy salga de aquí sabiendo por qué sus negocios empiezan a naufragar.
La sala de lectura del Union Club era una habitación alargada, con una alfombra inmensa ocupando todo el entarimado y biombos de cuero repartidos entre los sillones para que cada socio pudiera fingir que estaba solo.
Ewan tomó un ejemplar del Times , se sentó en el rincón del ventanal y, durante unos minutos, leyó la crónica del día anterior.
Después, unos caballeros empezaron a hablar al otro lado del biombo, y él solo tuvo que escuchar.
Eran tres, quizá cuatro. Uno de ellos tenía la voz cascada, como si arrastrara una enfermedad de pecho.
—…Y le digo que ese almacén estaba asegurado por debajo de su precio. Rourke lleva dos años poniendo hasta el último centavo en esos solares del norte. Si no llega el Providence , la familia Rourke está acabada.
—Todo indica que en estos momentos yace en el fondo del océano.
—Y hay algo más. —Hizo una pausa para ganar la atención de su audiencia—. ¿Han sabido de lo de ese escocés en los muelles aquella noche?
—¿El conde?
—El conde. —Hubo un asentimiento general—. Muy oportuno, ¿verdad? Aparece en Nueva York sin avisar, se cuela en la fiesta de los Rourke y a los cuatro días está apagándoles el fuego en mangas de camisa. ¿Le parece a usted el comportamiento de un caballero con negocios que atender?
—Me parece el comportamiento de un hombre que necesita crear una ascendencia sobre esa familia.
—Ahí quería llegar. —Más asentimientos, como si acabara de dar en el clavo—.
El conde no debe contar con más que un título británico y un castillo lleno de goteras, como todos esos del Viejo Mundo que vienen oliendo el dinero americano.
Dicen que la finca McGomery está hipotecada, que apenas tiene para subsistir.
Ese ha venido a hacer lo que hacen todos: a pescar heredera.
Lo que pasa es que se ha equivocado de presa, porque ha ido a elegir a la única que se va a quedar sin dote.
Hubo un coro de risas.
—Pobre muchacha —dijo otra voz, y la compasión resultó más ofensiva que la burla—. Le queda poco para pasar de ser una de las mujeres más deseadas de Nueva York a la más detestada.
—Yo —dijo otra voz—, con esa familia, no firmaría ni una invitación al teatro.
Ewan dejó el periódico doblado sobre la mesita, sin hacer ruido, y se levantó.
Rodeó el biombo despacio, con aquel caminar felino que no dejaba de ser seductor.
Eran cuatro, en efecto. Cuatro caballeros de excelente factura repartidos en sus respectivos sillones. La conversación se cortó cuando lo vieron aparecer.
—Buenas tardes —dijo Ewan con exquisita educación.
Nadie contestó. En la sala de lectura, cuatro o cinco cabezas se asomaron por encima de sus periódicos con cierta curiosidad discreta.
Ewan habló en voz baja. No hizo ningún esfuerzo por que lo oyeran. Lo que tenía que decir no necesitaba ser vociferado.
—Glenmara Castle, ese castillo del que han hablado, está libre de cargas desde 1802 —puntualizó—.
Si algún caballero desea comprobarlo, la escritura está depositada en el Royal Bank of Scotland y yo mismo firmaré la autorización para que se la enseñen; la casa McGomery lleva ciento cuarenta años haciendo whisky y ni un solo día debiendo dinero, que es más de lo que puede decir cualquier magnate del ferrocarril de este país.
—Hizo una pausa muy corta—. Eso, en cuanto a mí.
Uno de los cuatro, el de la voz torcida, intentó una sonrisa.
—Milord, nadie pretendía…
—En cuanto a la señorita Rourke…
La sonrisa se le quedó helada en los labios.
—Ustedes han utilizado esta tarde el apellido de una dama para calcular el precio de unos solares.
Lo han hecho a unas pocas manzanas de su casa, entre amigos, y llaman a eso conversación.
—Ewan los miró uno por uno, sin prisa, y su acento se volvió más cerrado, como le ocurría siempre que se ponía verdaderamente frío—.
Hace cuatro noches, esa dama estuvo seis horas pasando cubos de agua en un muelle, con las manos ensangrentadas y sin quejarse, junto a los hombres que se habrían quedado sin trabajo por culpa de ese incendio. Ninguno de ustedes estaba allí.
El silencio de la sala de lectura del Union Club era, en aquel momento, el más interesante de Nueva York.
—Y una última cosa, para que no tengan que preocuparse en averiguarla.
No pretendo la fortuna de la señorita Rourke.
—Se puso los guantes, que guardaba en el bolsillo—.
Entre otras razones, caballeros, porque ustedes acaban de decidir que ya no la tiene, y les aseguro que en eso, como en casi todo, se equivocan.
Se marchó sin esperar respuesta, que era lo único elegante que se podía hacer después de aquello.
No llegó a la puerta. Vanderbilt lo interceptó en el arranque de la escalera, con el sombrero ya puesto y una expresión entre el pesar y la admiración.
—Milord, acaba usted de hacer historia.
—Ilústreme.
—Ha hecho dos cosas, una muy noble, como es defender su honor y a una dama. —El financiero suspiró—. Y otra muy estúpida, porque hasta esta tarde solo era usted un extranjero del que se murmuraba. A partir de mañana será el forastero que defendió a los Rourke.
Ewan bajó la escalera de mármol pensando en aquellas palabras.
En el guardarropa, el empleado le tendió el abrigo y se volvió a buscar el sombrero en el casillero.
No hizo falta. Un caballero que aguardaba junto al mostrador, poniéndose los guantes, ya lo tenía en la mano.
Ewan no lo había visto nunca. Ni en la fiesta, ni en el club, ni en ninguno de los salones a los que lo habían arrastrado durante aquellas semanas.
Era un hombre de mediana edad, estatura corriente y traje excelente, pero de esos que uno no sabría describir cinco minutos después de haberse cruzado con él.
—Su sombrero, lord Currie.
—Se lo agradezco. —Ewan lo tomó y lo miró con curiosidad—. Creo que no hemos sido presentados.
—Así es.
El caballero terminó de abotonarse el guante izquierdo con mucho cuidado, como si aquello requiriera toda su atención, y solo entonces levantó la vista.
—Permítame un consejo, milord, ya que esta tarde ha demostrado usted que tiene honor y valor.
—Hizo una pausa. La mirada se aguzó—. Manténgase lejos de la familia Rourke.
Traen mala suerte. —Se caló el sombrero y le dedicó una inclinación de cabeza perfectamente cortés—. Y la mala suerte, aquí, es contagiosa.