La reina de la Quinta Avenida (The Dollar Princesses 4) Capítulo 8
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Capítulo 8

El lápiz se le cayó por tercera vez.

Amelia lo tomó y volvió a mirarse las manos a la luz de la lámpara eléctrica. Las tenía hinchadas y rojas, con dos ampollas reventadas en la base de los dedos y una tercera intacta en el pulpejo del pulgar.

Casi sonrió al recordar que, diecinueve horas antes, aquellas manos habían sostenido una copa de champán.

—Sería mejor que descansara, señorita.

Prudence había entrado sin llamar, cosa que no hacía nunca, y traía en una bandeja un cuenco de agua templada, un frasco de árnica y un paño limpio. Amelia suspiró.

—Dibujar es lo único que me serena.

—Pero está sangrando en el papel.

Era verdad. En el margen inferior de la lámina había una media luna rosada, tenue, que Amelia había tomado por una sombra mal trazada.

Se dejó lavar y vendar los dedos sin protestar, y solo cuando Prudence recogía la bandeja, ya en la puerta, se dio cuenta de que la muchacha llevaba un rato queriendo decir algo.

—Suéltalo —le sonrió—. Cuando me miras así es que tienes que contarme algo que no me va a gustar.

La doncella abrió la boca. La cerró.

—No es nada, pero la señora ha ordenado que no la molesten y que baje usted a cenar cuando le apetezca.

—No creo que tenga ganas.

—Entonces subiré yo con una bandeja y me quedaré mirándola hasta que se lo coma todo. —Hizo una reverencia impecable—. Buenas noches, señorita Rourke.

La puerta se cerró y Amelia se quedó sola con su cuaderno y aquel silencio denso, que pesaba como una túnica de plomo.

Fuera era noche cerrada otra vez. Habían pasado más de doce horas desde aquellos golpes en la puerta que habían anunciado la desgracia.

Su padre llevaba encerrado en el despacho desde el mediodía, con su secretario, Sullivan, con el perito y con dos abogados a los que Amelia no conocía.

Su madre se había retirado con jaqueca a las siete, después de anunciar que aquello no tenía la menor importancia, que los almacenes se reconstruyen y que lo verdaderamente grave era que la señora Livingston se enterase antes que la señora Astor.

Nadie en aquella casa iba a decir en voz alta lo que todos sabían, así que Amelia hizo lo único que la calmaba: colocó el cuaderno bajo la luz, afiló el lápiz con el cortaplumas y empezó a pasar a limpio sus apuntes sobre el incendio.

El tiempo se le pasó volando. Siempre sucedía así, era como si su mente se aislara, se apartara de esta realidad para entrar en otro mundo.

El esqueleto del almacén contra el cielo que empezaba a aclarar tenía tintes realistas.

Los bomberos sentados en el adoquinado con los cascos en el regazo.

Las bombas de vapor. El humo, que era lo más difícil de dibujar.

Y en el ángulo izquierdo, de espaldas, con las mangas remangadas hasta el codo, un hombre alto que señalaba hacia arriba con el brazo extendido.

Amelia se detuvo con el lápiz suspendido sobre el papel.

No recordaba haber decidido dibujarlo. Al menos no conscientemente.

Se recostó en la silla y se permitió pensar en Ewan McGomery.

En su ceja chamuscada. En la voz agradable dando órdenes en un muelle.

En aquella media pulgada de sonrisa cansada cuando le dijo que se recogiera el pelo para no chamuscárselo, y en la vergüenza absurda que había sentido ella al comprender, dos horas más tarde y con las manos en carne viva, que se había llevado toda la noche despeinada delante de un apuesto conde escocés.

Pensó, sobre todo, en la respuesta que le había dado cuando le preguntó qué diablos hacía allí.

«No lo sé».

Amelia había pasado la vida oyendo mentir a la gente con una elegancia exquisita.

Sabía reconocer una mentira por un breve retraso de medio segundo, por la sonrisa que llegaba antes que la palabra, por el hombro que se adelantaba al hablar.

Aquel hombre no había mentido, estaba tan desconcertado como ella.

Y ahí estaba el asunto que llevaba todo el día rodeando la cabeza: Ewan McGomery no le desagradaba. Incluso se atrevería a decir que le gustaba.

Se sorprendió al exponérselo a sí misma de manera tan clara.

Le gustaba el conde de Currie.

Abrió los ojos de par en par.

Le gustaba un hombre.

Era una noticia tan desatinada que casi le dio la risa.

Hay tres ventajas en saberse condenada a la desgracia para siempre, se recordó: no se teme a las malas noticias, no se envidia la felicidad ajena y, sobre todo, se es completamente inmune al encanto de los hombres.

Doce años defendiendo aquella pequeña doctrina, doce años declinando invitaciones con una amabilidad que había convertido en arte, tres bodas de amigas soportadas con la sonrisa y sin una sola punzada de envidia.

Doce años de disciplina impecable. Y venía a fallarle la tercera cláusula, la más importante, por culpa de un viudo taciturno que olía a humo y que ni siquiera había tenido la decencia de coquetear con ella.

—Qué oportuna eres, Amelia —se dijo en voz alta.

La voz le sonó rara en aquella habitación tan grande.

Dejó el lápiz. Se levantó, fue hasta el tocador y abrió el joyero, ese en el que su madre creía que guardaba las perlas de la abuela.

Bajo el terciopelo del fondo había dos naipes.

Los llevó al escritorio y los puso uno al lado del otro bajo la lámpara.

El primero era el de la fiesta. El segundo olía a quemado.

Dos dieces de espadas idénticos. Indudablemente salidos de la misma imprenta.

Amelia tomó una hoja en blanco y trazó una raya vertical en el centro.

A la izquierda, las fechas. A la derecha, los hechos.

El día 4, la inauguración de la casa. Esa noche le habían entregado la carta como si fuera una nota de cortesía.

El día 5, el Providence había desaparecido con toda su carga.

El día 9, otros dos barcos de su padre habían dejado de enviar los cables que tenían pactados.

La madrugada del 12, el almacén número cuatro había ardido desde diferentes puntos de ignición.

Nueve días.

Amelia se quedó mirando aquella columna y sintió que el suelo de la habitación se movía despacio, como la cubierta de un barco.

Y entonces se dio cuenta de algo que hizo que su mano se detuviera en el aire, sus labios se abrieran sin proponérselo y juraría que su corazón se detuvo por un instante.

A ella no le había pasado nada, ni siquiera lo había sufrido: la víspera había cenado faisán en casa de los Merrit y aquella noche dormiría bajo un techo de mármol.

Todo lo que ardía, se hundía y desaparecía pertenecía a otros. A su padre, a los hombres del muelle que se habían quedado sin trabajo.

La pitonisa no había dicho que ella fuera a ser desgraciada, sino que la desgracia aparecería en su camino. ¿Y si era eso? ¿Y si todo lo que tocaba, quienes se le acercaban…?

Allí estaba el mecanismo, sencillo y limpio como una máquina bien engrasada: la carta había empezado a destilar su maldición trayendo la adversidad a todos los que la rodeaban.

Amelia dejó el lápiz sobre la mesa con sumo cuidado. Sintió, para su sorpresa, una especie de calma: su padre. Su madre. Prudence. Sus tres amigas. Toda la gente que había tenido la imprudencia de quererla estaba dentro del perímetro maldito, y ella no podía hacer nada por ninguno de ellos.

Pero por uno sí.

A uno todavía estaba a tiempo de apartarlo.

Contó con los dedos vendados: había visto tres veces a Ewan McGomery en Nueva York. La primera en la inauguración de aquella casa. La segunda durante aquel desayuno en el que él apareció. Y la tercera a la orilla del East River ayudando a que el otro almacén no se quemara.

—No —dijo Amelia en voz alta.

Sería sencillo. Sería, de hecho, lo más sencillo que había hecho nunca, porque no exigía valor, sino modales, y de modales andaba sobrada.

Nada de escenas ni de explicaciones; las explicaciones solo sirven para que el otro se sienta obligado a discutir.

Cortesía impecable y una agenda imposible, eso era: estaría siempre ocupada para el señor McGomery, siempre acompañada, siempre encantadora y siempre a la distancia justa para que la maldición no lo alcanzara.

Su madre lo interpretaría como orgullo; la buena sociedad, como frialdad, y él, con un poco de suerte, como desinterés.

Le costaría a lo sumo un invierno, y en primavera el conde de Currie embarcaría de vuelta a sus Tierras Altas con sus contratos firmados, su whisky vendido y toda su integridad intacta.

Suspiró. Un nudo amargo se le hizo en el pecho y no le encontró explicación. Sacudió la cabeza y volvió al dibujo. Lo necesitaba más que nunca si es que quería sacarse al señor McGomery de la cabeza.

Le faltaba por dibujar los mirones.

Había hecho apuntes, pero los dibujó de memoria: la mujer del chal, los dos chiquillos encaramados a un montón de cuerdas, un guardia con los brazos abiertos conteniendo a la gente, tres, cuatro, seis figuras apretadas en la primera fila del cordón, todas con el mismo gesto, la misma barbilla levantada, la misma luz naranja en las caras vueltas hacia el edificio.

Todas menos una.

Detuvo el lápiz. Casi se detuvo él mismo.

En el extremo derecho del grupo, un poco separado, había un caballero de buen porte.

Lo había dibujado con un detalle que no le había dedicado a nadie más aquella noche: el cuello de astracán, los guantes claros, la raya del pantalón intacta a las cinco de la madrugada y en un muelle encharcado, las dos manos descansando sobre el puño de un bastón.

Un puño de plata, redondo, que ella había sombreado con tres golpes de grafito sin darse cuenta de que lo estaba haciendo.

Amelia acercó la lámina a la lámpara.

Un hombre rico en los muelles a las cinco de la madrugada no era imposible. Un curioso, un armador, un vecino insomne. Podía ser cualquiera.

Lo que no encajaba, lo que su mano había registrado con una fidelidad de la que su cabeza no tenía noticia, era otra cosa.

Todos los demás miraban el fuego.

Aquel hombre miraba hacia el otro lado.

Hacia la cadena de cubos.

Hacia su padre.

Hacia ella.