La reina de la Quinta Avenida (The Dollar Princesses 4) Capítulo 7
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Capítulo 7

Pese a que Amelia dormía en la segunda planta, los golpes en la puerta de la calle la despertaron.

Se frotó los ojos y miró por la ventana.

Era noche cerrada, ¿cómo era que…? Otra serie de porrazos descompasados le indicaron que no había sido un sueño: alguien estaba aporreando la puerta de la casa y, por lo que parecía, tenía mucha prisa.

Saltó de la cama y se puso sobre el ligero camisón de seda una bata del mismo material.

Se apartó el largo cabello del rostro y salió al pasillo.

Ya se escuchaba jaleo en la escalera de servicio.

A aquella hora todos debían de estar durmiendo, ya que no se quedaba ninguno de los porteros durante la noche.

Avanzó hasta el hueco de la enorme escalera para encontrarse con su padre que, atándose el cinturón de su elegante bata oscura, también se dirigía hacia allí con un rostro que mezclaba la incertidumbre y la preocupación.

—Vete a tu cama —le ordenó—. Si es algo importante, ya te enterarás en el desayuno.

Por supuesto que Amelia no le hizo caso y bajó tras él las escaleras tan deprisa que por dos veces trastabilló y estuvo a punto de caerse.

En el vestíbulo, la puerta principal estaba abierta de par en par y había un pequeño revuelo. El mayordomo, también en ropa de dormir, y un portero discutían con un hombre que parecía muy nervioso y retorcía entre las manos una de esas gorras que solían llevar los obreros.

—¿Qué es todo esto? —bramó el señor Rourke mientras descendía por los últimos escalones.

El desconocido se adelantó un paso y perdió lo poco que le quedaba de compostura.

—Doyle, señor. Sereno del almacén número cuatro.

No hizo falta que dijera nada más, porque Amelia acababa de comprender que el olor que había entrado en el vestíbulo con aquel hombre no era el de la calle. Era un olor dulce y sucio a la vez, un olor que no tenía nada que hacer en un recibidor de mármol blanco a las tres de la madrugada.

—Está ardiendo, señor Rourke. —Al sereno se le quebró la voz en mitad de la frase—. Está ardiendo todo.

Su padre se quedó muy quieto en el penúltimo peldaño. Amelia se detuvo justo detrás, clavada en el suelo, como si acabaran de arrojarle un balde de agua helada.

La perplejidad del señor Rourke duró poco: apretó los puños y atravesó el vestíbulo hasta encarar al sereno.

—¿Está ardiendo toda la nave?

—Al completo, señor. Y el almacén tres ha empezado a prender el tejado. Han venido los bomberos de la Compañía Doce y otros dos más desde Fulton, pero el viento sopla del río y… —el hombre tragó saliva— y hay mucho té ahí dentro, señor. El té arde como el diablo.

El aire contenido le salió por la nariz al señor Rourke. Parecía abatido, pero apenas duró un instante antes de dirigirse al mayordomo.

—Que enganchen el carruaje —ordenó sin levantar la voz, y aquella calma asustó a Amelia mucho más que un grito de desesperación—. Y que alguien despierte a Sullivan y lo mande a casa del señor Fisk. Quiero al perito en los muelles antes de que amanezca.

—Voy contigo —dijo Amelia.

—Ni hablar.

—Iré de todas formas. —Ya subía los escalones de dos en dos—. Puedes llevarme en el carruaje o puedes verme salir andando por la Quinta Avenida en bata. Elige tú, papá.

No hubo discusión, entre otras cosas porque en lo alto de la escalera la esperaba Prudence, aún en camisón y con un vestido de lana oscura doblado sobre el brazo, como si llevara media hora aguardando a que su señora tuviera esa idea.

—Este abriga. —Palmeó la tela la doncella—. En los muelles hace un frío que pela y la seda prende con solo mirarla.

Doce minutos más tarde, el carruaje bajaba por la avenida vacía con los caballos al trote, y un padre y una hija en su interior que no eran capaces de decir una sola palabra.

Nueva York, a las tres y media de la madrugada, era una ciudad distinta: farolas de gas espaciadas como centinelas agotados, carros de leche que empezaban a rodar hacia el norte, un borracho cantando en la esquina de la Cuarenta y dos. Nadie sabía nada. La ciudad dormía.

Y entonces, al torcer hacia el este, Amelia vio el cielo.

No era el amanecer; para el amanecer faltaban aún dos horas y pico.

Era una mancha anaranjada y palpitante recortada sobre los tejados del sur, como si alguien hubiera dejado la puerta de un horno abierta.

Su padre también tenía la mirada clavada en aquel punto.

Ninguno de los dos dijo una palabra en las veinte manzanas siguientes.

El olor llegó antes que el ruido, y el ruido llegó antes que el fuego.

Cuando el carruaje ya no pudo avanzar más, a la altura de Peck Slip, bajaron y siguieron a pie entre una multitud a la que no había convocado nadie. Amelia se agarró al brazo de su padre y se dejó llevar por aquel río de gente que corría en la misma dirección: hacia la desgracia de otros.

El almacén número cuatro de los Rourke ya no era un edificio. Era una hoguera de cinco pisos donde las llamas parecían lenguas de fuego.

Salían por los ventanucos de la última planta con un rugido continuo, plano, sin altibajos, un sonido que Amelia no había oído en su vida y que le pareció, sobre todo, el de un ser hambriento.

Tres bombas de vapor tiraban del agua del East River escupiendo chispas por sus chimeneas, los caballos habían sido desenganchados y apartados, y una docena de bomberos con cascos de cuero encerado sostenían mangueras que temblaban como animales vivos.

El agua entraba entre las llamas y salía convertida en vapor blanco. No parecía servir de nada.

Y por encima de todo estaba el olor. Amelia tardó unos segundos en identificarlo y, cuando lo hizo, sintió unas náuseas absurdas: era dulce. Café tostado, canela, azúcar quemado, el té ardiendo por toneladas. El almacén de su padre olía como una pastelería infernal.

—Los estibadores —dijo Franklin Rourke, y echó a andar.

El muelle era un caos ordenado por la desesperación.

Del tres, el almacén contiguo, salían hombres cargados con fardos, sacos y cajas de té que apilaban en el adoquinado, cada vez más lejos, porque el calor avanzaba.

Y a lo largo del costado que daba al agua, doblando el espinazo, dos filas de hombres se pasaban cubos de mano en mano desde el borde del muelle hasta el arranque de la pared que aún no había prendido.

El que dirigía aquella cadena estaba de espaldas, sin levita, con las mangas de la sucia camisa remangadas hasta el codo y los tirantes negros de hollín.

—¡Hace falta más agua! —gritaba para hacerse oír—. ¡No mojéis la puerta, mojad el dintel! ¡Arriba! ¡El agua sube por la madera, no desciende por ella!

El señor Rourke se detuvo en seco.

—¿Qué diablos…?

Ewan McGomery se volvió al oírlo. Tenía la cara tiznada, una ceja chamuscada y una fina cicatriz en la sien que, a la luz del incendio, parecía recién hecha. Cruzó con Amelia una mirada que duró exactamente el tiempo de un pestañeo y después se dirigió a su padre.

—Señor Rourke. Aquel está perdido, así que cualquier esfuerzo es en vano, pero este otro se puede salvar si aguantamos la pared medianera media hora más.

—Señaló con la barbilla hacia la fila de hombres—.

Necesito otros veinte brazos. Sus estibadores son buenos, pero llevan dos horas así y están agotados.

El señor Rourke, que era un hombre acostumbrado a mandar, hizo algo que Amelia jamás lo había visto hacer: obedeció.

—Aún me quedan fuerzas, muchacho. —Se quitó la levita y se remangó las mangas—. Ya solo hacen falta dieciocho.

Amelia se quedó sola en mitad del muelle, con el calor abofeteándole la cara por un lado y el frío del río mordiéndole la espalda por el otro, y tuvo el pensamiento más inoportuno de su vida: que el conde de Currie, a las cuatro de la madrugada, sucio, ronco y remangado, era la primera cosa verdadera que veía desde que había llegado a su nueva casa.

—Señorita.

Se giró. Ewan estaba a dos pasos de ella, con un cubo vacío en la mano.

Se miraron un instante que a ella le pareció eterno.

Por alguna razón que jamás comprendería se preguntó si su cabello, arreglado de manera apresurada, estaría presentable.

Se lo recriminó al instante, y logró preguntar aquello que arañaba su mente desde que lo había reconocido.

—¿Qué hace usted aquí? —La pregunta le salió a Amelia más brusca de lo que pretendía. Corrigió el tono—. Quiero decir… Son las cuatro de la madrugada y su hotel está a tres millas.

Él miró el cubo vacío. Después hacia el fuego. Volvió a mirarla.

—No podía dormir. Salí a caminar. —Se pasó el dorso de la muñeca por la frente y solo consiguió extender el hollín—. Y caminando se llega a los muelles. No tengo una explicación mejor, señorita Rourke, y le aseguro que llevo dos horas buscándola.

Amelia sostuvo aquella mirada azul un instante más de lo prudente. Los hombros de Ewan McGomery, que no sabían mentir mejor que los del resto de la humanidad, decían que había una explicación y que él tampoco la conocía.

—Deme el cubo —dijo ella.

—Señorita…

—Lléveme a la fila, milord. Hay dieciocho brazos menos de los que necesita y yo tengo estos dos sin nada que hacer.

Ewan la observó de arriba abajo, y por primera vez desde que lo conociera, desde siempre, Amelia lo vio sonreír de verdad: apenas media pulgada de labios alzados, una sonrisa cansada y sucia, pero muy atractiva.

—Póngase junto a su padre —le dijo—. Y por el amor de Dios, señorita Rourke, recójase el pelo.

Ella se sonrojó, pero obedeció sin rechistar, algo tan extraordinario como en el caso de su padre.

Las horas siguientes pasaron confusas.

El peso del cubo, el agua helada del río salpicándole las muñecas, la cadencia —tomar, girar, entregar, girar—, el hombro dolorido, los dedos en carne viva bajo los guantes rotos.

A su izquierda, un estibador irlandés al que le faltaban dos dedos y que le decía «buena chica» cada veinte cubos como quien reza una plegaria.

A su derecha, su padre, que había perdido el corbatín y no parecía echarlo de menos.

Cuando la pared medianera aguantó y alguien gritó que el almacén tres estaba salvado, nadie aplaudió. Los hombres se sentaron en el suelo, sin más, allí donde estaban.

Solo entonces Amelia se dio cuenta de lo cansada que estaba. Se apartó hasta un noray para sentarse, sacó del bolsillo el cuadernito y el lápiz y empezó a dibujar.

Dibujó el esqueleto negro del almacén número cuatro contra un cielo que empezaba a aclarar por el este.

Dibujó a los bomberos sentados en el adoquinado con los cascos en el regazo.

Dibujó de memoria los hombros de su padre.

Y, por pura costumbre, dibujó también a los mirones de la primera fila, esa gente que se queda a observar cómo arde lo de otros: una mujer con un chal, dos chiquillos subidos a un montón de cuerdas, un caballero con un buen abrigo que no parecía tener frío y que apoyaba las dos manos en el puño de un bastón.

Cerró el cuaderno sin mirar lo que había hecho. Ya lo pasaría a limpio en casa, porque dibujar era lo único que le permitía dejar de pensar.

El sol salió a las seis y cuarto sobre Brooklyn y le dio a todo aquello un aire obsceno de postal. El almacén número cuatro humeaba como una chimenea, negro y desdentado, con los pisos derrumbados unos sobre otros y el agua corriendo por el adoquinado en riachuelos grises.

El capitán de la Compañía Doce se acercó a su padre secándose la cara con un pañuelo.

—Lo siento, señor Rourke.

—¿Cuánto hemos perdido?

—Todo lo que había ahí dentro. —El bombero vaciló—. Y le diré algo que no le va a gustar: llevo dieciocho años en esto y no había visto arder un almacén de piedra de abajo arriba y de lado a lado a la vez. El fuego empezó en tres sitios distintos, señor. Como mínimo.

Su padre no contestó. Se quedó mirando el edificio con las manos en los bolsillos, y a Amelia le pareció, por primera vez en su vida, un hombre anciano.

—Estaba asegurado —dijo él para tranquilizarla—. Para eso están los seguros.

El movimiento de sus hombros lo desmintió.

Hacía tiempo que había perdido a Ewan de vista y fue él quien lo vio.

Estaba junto al portón derrumbado, apartando con el pie una viga que aún silbaba, cuando se detuvo y se quedó tan quieto que los tres hombres que iban con él se detuvieron también. Después alzó despacio la cabeza.

—Señor Rourke —llamó, y algo en su voz hizo que Amelia echara a andar antes que su padre.

En el arranque de la nave, sostenida de milagro, quedaba en pie una viga maestra carbonizada, negra y agrietada como la piel de un animal quemado. A la altura de los ojos, hincado en la madera con la fuerza de un brazo que sabía lo que hacía, había un punzón de estibador.

Y bajo la punta de acero, clavado en el corazón mismo de aquel desastre, sin una brizna de ceniza, sin una mancha de hollín, con los bordes tan limpios que parecía recién sacado de la caja, había un naipe.

Amelia no necesitó acercarse más para saber cuál era.

Las diez espadas relucían al primer sol de la mañana como si acabaran de imprimirlas.