La reina de la Quinta Avenida (The Dollar Princesses 4) Capítulo 6
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Capítulo 6

La cena en casa de los Merrit, una de las viejas familias fundadoras de la ciudad, estaba programada desde hacía semanas, por lo que Amelia, pese a las pocas ganas que tenía de volver a ver a Chester, no pudo negarse.

Se trataba del único vástago del antiguo clan, un joven inconsistente y vanidoso al que Dorothea siempre había señalado como el marido perfecto al reunir las dotes que debía tener su yerno: fortuna, posición y una buena familia que lo respaldara.

Durante el trayecto en carruaje y mientras sus padres discutían sobre si era conveniente o no ampliar el servicio, ella permanecía pensativa, con la mirada perdida a través de la ventanilla.

Ewan McGomery había acudido a su mente varias veces a lo largo de aquel día, lo que era extraño para una mujer que había cerrado las puertas a cualquier sentimiento.

Había llegado a pensar que el cínico destino se empeñaba en encontrar a dos personas maldecidas para jugar a un extraño juego donde no había felicidad posible.

La llegada a la mansión la sacó de sus oscuros pensamientos y la amable recepción de la familia Merrit le dio paz por unos instantes. Serían pocos a la mesa. Diez comensales de la mejor sociedad neoyorquina que, juntos, tenían recursos para adquirir un pequeño estado.

A Chester lo sentaron a su lado, como ya había supuesto. No era mal parecido, tampoco desagradable, pero se mostraba tan orgulloso de sí mismo y tenía tan poco interés por todo que a Amelia le causaba sopor.

Aldous Merrit, el patriarca de la familia, era magnífico.

Rubicundo, ruidoso, dado a los excesos y con un tono de voz que se imponía sobre los demás, por lo que estaba acostumbrado a llevar la voz cantante.

Había sentado a su padre a su lado, como era habitual, y pronto se enzarzarían en discusiones de negocios como los tenían acostumbrados.

Dorothea se había propuesto defender con uñas y dientes la ubicación de su nueva casa y si, hacía unos minutos, se quejaba de lo lejos que quedaba todo, en ese instante le contaba a la señora Russell lo encantada que estaba con poder respirar aire fresco cada mañana lejos de las pestilencias del centro.

Mientras Chester le hablaba sobre la yeguada que había adquirido en su última visita a Filadelfia y Amelia hacía como que lo atendía, en verdad tenía toda su atención puesta en la conversación que mantenían su padre y el señor Merrit, porque la casualidad había querido que escuchara la palabra Providence .

—¿Y qué harás? —le acababa de preguntar el magnate.

Amelia no quiso girar la cabeza, pero aquella demora en contestar le dijo que su padre no se sentía cómodo con aquello.

—Rezar si supiera —contestó Franklin—. Espero que solo sea un fallo en los equipos de comunicación y el barco no se haya hundido en medio del océano.

Seguían sin tener noticias del Providence .

Los periódicos lo daban por hundido, pero su padre decía que el telégrafo marino solía fallar, que el Atlántico estaba en época de tempestades y que el hábil capitán que lo comandaba habría sabido salir de un atolladero, aunque ello le hubiera hecho retrasar el regreso en varios días.

—¿Lo ha atisbado algún otro buque de la ruta comercial? —insistió el señor Merrit.

—No.

—¿Han encontrado restos de un naufragio?

—Tampoco.

Hubo un silencio. Amelia escuchaba la voz monocorde de Chester hablándole del pelaje de esta o aquella yegua y del tipo de guarniciones que quería encargar en París. El señor Merrit volvió a hablar.

—¿Los otros barcos están a flote, Franklin?

La voz de su padre sonó ronca.

—Ayer dejaron de enviar sus cables dos de ellos.

Amelia sintió que el corazón se le encogía. El señor Merrit bajó la voz, tanto que le costó trabajo entenderlo.

—¿En qué situación te dejaría todo esto si al final fuera un desastre?

Su padre suspiró, teniendo la misma precaución de bajar la voz.

—En una situación desesperada, amigo mío.

—Sabes que me tienes si necesitas ayuda.

—Pues me temo que hay muchas posibilidades de que tenga que tomar tu mano tendida.

Al parecer, la cosa era más grave de lo que había supuesto.

Si bien perder el Providence y toda su mercancía era un desastre, que el mar se tragara a otros dos de los barcos de su padre era una desgracia difícil de cuantificar.

Sintió que la mano que sujetaba la servilleta le temblaba ligeramente cuando su madre, ajena a todo, la llamó.

—Amelia, querida, ¿te ha hablado Chester de su nueva yeguada?

La señora Rourke los miraba a ambos con una sonrisa espléndida, como si su mera contemplación no la pudiera hacer más feliz.

—No hace otra cosa —contestó, algo crispada.

El joven Chester no entendió el cinismo de sus palabras y se sintió halagado.

—Sé que le encantan los caballos, señorita Rourke.

Su madre intervino antes de que ella dijera una inconveniencia.

—Quizá deberías ir a verla, querida. —Su sonrisa se ensanchó cuando se dirigió a Chester—. ¿Está usted muy ocupado mañana, señor Merrit?

—Dudo que Chester tenga tiempo para… —quiso desviar el desastre, pero él no la dejó terminar.

—Será un placer acompañarla a mis establos y explicárselo todo.

La mirada de Amelia se afinó.

—¿Explicármelo?

—Saber de caballos no es propio de una señorita —contestó él con convencimiento.

La mirada de Amelia podría asesinar a alguien, a Chester, por ejemplo, y su sonrisa se congeló en sus labios.

—Monto desde los seis años —expuso—. Me he caído de un caballo más veces de las que soy capaz de recordar.

Su madre intervino de inmediato para corregirla.

—Por supuesto que ya no lo hace. Una dama no puede poner su vida en peligro con ese tipo de cosas.

Chester no se dio cuenta de nada y continuó con su ofrecimiento.

—Puedo recogerla…

—Me será imposible, pero gracias. —Amelia se puso de pie—. Vaya, ya nos levantamos.

Y así era. La señora Merrit había dado por terminada la cena, como era su prerrogativa, y en adelante los caballeros se reunirían en la biblioteca para fumar y ellas, en el salón de música para tomar un licor.

Por suerte, su madre se sujetó al brazo de Chester para que la acompañara, un movimiento que encerraba un último esfuerzo por colocar a su hija y para que ella no soltara otra impertinencia.

Amelia se entretuvo a posta; quería hablar con su padre, pero este pasó por su lado del brazo de la señora Merrit, lo que abortó su intento de informarse. Iba a seguir a la comitiva cuando la voz ronca del señor Merrit la detuvo.

—Mi querida Amelia, tan bella como siempre. —Se giró. La miraba con la amabilidad de un buen padre—. Hacía tiempo que no teníamos el placer de su compañía.

Ella se lo agradeció. Lo conocía desde niña y sabía que la tenía en gran estima pese a su negativa a saber nada de Chester.

—Estos últimos meses han sido complicados —expuso.

—Lo entiendo. Sus amigas se han casado y las bodas suelen ser laboriosas.

—Así es.

—En mi juventud todo era más sencillo —le explicó mientras le tendía el brazo y ambos seguían a los demás, aunque a prudente distancia—.

Las madres y las abuelas se encargaban de todo y nosotros solo teníamos que obedecer —gruñó—.

Espero que esas sufragistas se cansen pronto de sus absurdas reivindicaciones o la sociedad saltará en pedazos.

Ella misma solía asistir a las reuniones sufragistas en las que se pedía el voto femenino, pero era consciente de que decirlo en voz alta en casa de una de las familias más conservadoras de Manhattan no le traería nada bueno. Sonrió, aunque un tanto crispada.

—Es posible.

—No todo era bueno en aquellos años. —La sonrisa bonachona del señor Merrit era irresistible—. ¿Sabe cuál era el tema de moda? El esoterismo. ¿Se lo puede creer? Naipes, videntes y espiritismo.

Un escalofrío le recorrió la espalda a Amelia.

—Es-es curioso, tiene razón.

—¿Cree usted en el destino, señorita Rourke?

Se sintió palidecer. El destino. El diez de espada. Su trágico final.

—No sabría decirle —contestó.

Él le palmeó el envés de la mano, paternal.

—Yo sí, firmemente, y espero que usted tenga un futuro dichoso, es lo que le deseo.

Y a pesar de que la conversación fue amable y distendida, un frío gélido anidó en el corazón de Amelia en ese instante, un frío que duraría toda la noche.