La reina de la Quinta Avenida (The Dollar Princesses 4) Capítulo 5
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Capítulo 5

La cocina era una de sus pasiones. La joven doncella pasaba parte de su tiempo libre entre los fogones de la mansión, preguntando el porqué y el cuándo de cada proceso culinario y anotándolo todo en una libreta con su letra apretada.

Quizá porque en Five Points, donde se crio, había pasado mucha hambre durante su infancia, quizá porque la alquimia de la cocina, transformar unos sabores en otros, simplemente le fascinaba, tanto que si no sintiera aquella devoción por la señorita Rourke, habría abandonado su servicio y se habría contratado de pinche en alguna de las grandes casas de Manhattan.

Sus amigas, Addie, Sophie y Therese, le decían que aquello sería una locura. Las doncellas ocupaban un lugar muy por encima de los asistentes de cocina, y tenían razón; aun así, allí estaba, en el mercado de carne, intentando comprender por qué la señora Jefferson elegía ese trozo y no aquel.

—Esta procede de las costillas. ¿Ves las vetas blancas que atraviesan la carne?

Es grasa, y la grasa da sabor y evita que el asado se seque.

La reservaremos para el rosbif del domingo.

—La cocinera gruñó—. Una casa como esta no sirve a sus invitados una pieza correosa, por mucha salsa francesa que le pongamos encima.

—¿Y aquella otra?

—Es lomo. Más tierno, más fino y mucho más caro. De ahí se sacan los filetes para una cena elegante. Se cocina deprisa y se sirve rosado por dentro. Si lo dejamos demasiado tiempo al fuego, habremos convertido varios dólares en suela de zapato.

Prudence no perdía detalle y, cuando el carnicero tomó el trozo seleccionado por la señora Jefferson, recibió una reprimenda previa sobre si debía cortarlo demasiado corto o demasiado grueso, o sobre si ese trozo era mejor o peor que aquel.

Como estaba entretenida con los tejemanejes de la cocinera, no se había percatado del hombre que llevaba varios minutos observándola.

Era alto, fornido, de cabello castaño y vivos ojos grises que parecían diseccionarlas.

Tenía la nariz imperfecta, quizá por una mala soldadura tras habérsela partido, pero aquello le daba un innegable atractivo viril.

Desde la corta distancia parecía diseccionarlas, como si ambas mujeres fueran objetos dignos de estudio.

El joven se recolocó la gorra y se acercó a ellas.

—Parece que sabe lo que compra.

Prudence lo miró de arriba abajo. ¿Le hablaba a ella? Le pareció un muchacho interesante, de su edad, pero demasiado desenvuelto como para dirigirse a una desconocida sin haberle sido presentada. Volvió la vista al mostrador y lo ignoró.

—Necesito un par de filetes jugosos —insistió él—, y no sé ni por dónde empezar.

Prudence lo miró de nuevo. Se había quitado la gorra, que retorcía entre las manos, y tenía el cabello alborotado. Debía reconocer que tenía un aire encantador, al igual que aquella inocente sonrisa que esbozaba. Ella carraspeó.

—¿Son para asarlos? —No quería darle más confianza que la necesaria.

Él se encogió de hombros.

—Supongo.

La muchacha miró el mostrador. Había varios trozos de carne interesantes. Por suerte, la señora Jefferson estaba demasiado entretenida discutiendo con el carnicero como para darse cuenta, porque seguro que la reprendería. Señaló uno de los trozos.

—Ese de ahí. Es lomo de ternera. Si no lo deja demasiado tiempo al fuego, quedará delicioso.

Él pareció satisfecho con el consejo. Demasiado, quizá. Ladeó la cabeza para mirarla con más detenimiento.

—La he visto antes.

Prudence lo miró. Era lo suficientemente bien parecido como para recordarlo si ese encuentro previo se hubiera producido. Se sintió incómoda.

—Lo dudo.

Él chasqueó los dedos; su cautivadora sonrisa se acentuó.

—Trabaja usted para esa familia que ha construido una casa en el extremo de la Quinta Avenida.

Las cejas de Prudence se fruncieron.

—¿Cómo lo sabe?

Por toda respuesta, él le tendió la mano. Ella, por supuesto, no se la estrechó; hubiera sido demasiado atrevido y más aún delante de la señora Jefferson. El joven no pareció molestarse y la apartó.

—Gabriel Shaw, para servirla —se presentó—. Pedí trabajo en la casa Rourke al poco de mudarse, pero no tuve suerte. La vi allí, solo un momento, pero tengo buena memoria. ¿Es usted la doncella?

Las cejas de Prudence no se habían desfruncido. En Five Points, un encuentro así siempre tendría detrás una encerrona. No tenía que pensar lo contrario a pesar de que en ese instante estaba en la zona más sofisticada de Nueva York. Carraspeó de nuevo.

—Atiendo a la señorita Rourke.

—La joven dama. La vi de lejos una vez. Parecía muy agradable.

Todo aquello le daba mala espina y la señora Jefferson ya se había percatado de que la joven doncella estaba hablando con un desconocido. No tardaría en intervenir. Prudence señaló la vitrina.

—¿Ha decidido ya qué pieza va a comprar?

Él no le apartó la mirada.

—Me preguntaba si usted podría interceder por mí ante su señora.

Así que se trataba de aquello. ¡Qué poca vergüenza! Apretó los labios.

—No lo conozco de nada.

—Sabe mi nombre. Yo aún no sé el suyo.

La señora Jefferson ya los miraba con una expresión curiosa y quizás escandalizada.

—Prudence, ¿quién es este hombre?

—Ya se iba —no lo dudó.

—Así que Prudence —Gabriel ignoró a la cocinera—, aunque sospecho que no me va a ayudar.

—No hago favores a descarados desconocidos —mordió la muchacha cada palabra.

Él se hizo el escandalizado.

—No sabe nada de mí como para achacarme ese defecto.

—De donde vengo, señor Shaw —lo dijo en voz baja y amenazante—, solo hay que echar una ojeada para saber de quién no debes fiarte.

La cocinera empezaba a soliviantarse. Aquello era del todo impropio.

—Nos veremos de nuevo —dijo él, llevándose la punta de dos dedos a la frente a modo de saludo.

Ella lo fulminó con la mirada.

—Lo dudo.

Con la sonrisa indeleble en los labios, Gabriel se alejó de ellas, caminando un buen trecho de espaldas, sin dejar de mirarla.

Prudence le mantuvo la mirada, con los labios apretados.

Sabía por experiencia que un depredador era impredecible y no debía descuidarse, y eso precisamente era lo que le había parecido aquel hombre atractivo.

—¿Quién era? —preguntó la buena cocinera.

Por toda respuesta, Prudence cerró su libreta y la guardó en la faltriquera.

—¿Me espera un momento, señora Jefferson? He olvidado algo.

—Pero…

No le dio tiempo a preguntar, porque la joven doncella ya atravesaba el mercado en la misma dirección en que lo había hecho aquel desconocido.

Lo localizó a la salida. Parecía seguro de sí mismo, silbaba y llevaba las manos en los bolsillos. Pese a todo, tuvo que reconocer que era un hombre guapo, de esos que solo pueden traer una desgracia a una mujer.

Se parapetó tras un toldo y aguardó a que doblara una esquina; solo entonces lo siguió.

Tras alejarse de la 44 en dirección al río, la espléndida avenida dejaba de ser maravillosa.

Prudence tuvo cuidado de no ser vista. Se resguardó un par de veces cuando él se detenía; en una de las ocasiones, él miró hacia atrás, pero la joven estaba bajo el toldo de una floristería y no podía verla.

Más adelante, él se metió por un callejón, una de esas tantas calles traseras y peligrosas que tanto abundaban en la ciudad.

Prudence lo dudó antes de seguirlo, pero… ¿para qué había llegado hasta allí si no?

Lo hizo, pero teniendo todo el cuidado del mundo, y cuando lo vio parado en la otra esquina, recortado a contraluz, se escondió tras una cañería de la que emanaba agua fétida para poder observarlo sin ser vista.

No pudo escuchar lo que decían, pero sí vio que el otro hombre, el tipo con el que hablaba, parecía el criado de una gran casa. Lo identificó por la librea. En la mansión Rourke, los lacayos las llevaban y solían portar el blasón familiar en la pechera, además de tener un color identificativo.

Esta era azul y la insignia dorada, aunque no supo distinguirla.

Lo que sí vio con claridad fue cómo aquel criado le entregaba un sobre a Gabriel Shaw, cómo este lo tomaba y cómo contaba los billetes que había dentro antes de sonreír de nuevo de aquella manera encantadora y desaparecer al otro lado del callejón.