Capítulo 4
Amelia aguardó, de pie junto a sus padres, la llegada del invitado.
Dorothea estaba especialmente emocionada.
Tener a todo un conde en su casa a la hora del desayuno era la primera buena noticia desde que su esposo se empeñara en construir aquella mansión en lo más remoto de Manhattan.
Seguro que era un buen augurio, no podía ser otra cosa.
Cuando el mayordomo abrió la puerta y Ewan entró, ambos cruzaron la mirada un instante. Fue algo breve, casi inesperado, pero no por ello menos curioso, ya que la muchacha tuvo la impresión de que lo único que había llevado al aristócrata hacia aquella parte de la isla era aquel gesto.
—Excelencia —su padre se dirigió hacia él con la mano extendida—, qué grata sorpresa.
Ewan estaba tan serio como las otras veces en que se habían encontrado. La tez pálida, la intensa mirada azul intentando no cruzarse con la de la joven Rourke.
—Lamento haberles estropeado el desayuno —se disculpó—. No sé muy bien cómo he podido creer que era una buena idea hacer una visita a estas horas.
—No diga eso y sea bienvenido. —La señora Rourke le tendió la mano y él se la besó. A continuación, señaló un hueco en la mesa y una silla que ya apartaba un criado—. ¿Nos haría el honor de acompañarnos?
Ewan la miró de nuevo, algo breve, como si fuera un náufrago y ella el flotador que lo salvaría de la desgracia. Logró esbozar una sonrisa.
—Un té será suficiente.
De nuevo, todos se sentaron a la mesa. El mayordomo dio instrucciones al servicio para que atendieran al invitado como se merecía todo un conde, y Amelia consiguió apartar la mirada de aquel joven silencioso a quien pensaba que jamás volvería a ver.
—Creo que no hemos sido presentados —dijo el señor Rourke, recordando que aquella era la mínima norma de urbanidad.
Amelia salió en defensa del joven escocés.
—Lord Currie estuvo ayer entre los invitados a la fiesta.
Él se lo agradeció con un gesto de cabeza.
—Podría decirse que me colé —explicó—. El señor Vanderbilt insistió en que lo acompañara y no tuve el acierto de negarme.
Dorothea le dirigió una sonrisa encantadora.
—Pues hizo usted lo correcto.
Sirvieron té y dejaron en el centro una bandeja de aromáticos panecillos. Alguna mirada furtiva entre su hija y el invitado hizo que la suspicacia anidara en el corazón de la señora Rourke.
—¿Ustedes se conocen?
Por algún motivo, Amelia se sintió incómoda e inconscientemente arrugó la servilleta sobre la mesa.
—Tuve el honor de coincidir con milord en Londres —aclaró—. Es un buen amigo de lord Ashford.
—Entonces casi pertenece a la familia —quiso ser amable su padre.
—¿Qué le trae por Nueva York? —volvió la señora Rourke a la carga—. ¿Negocios? —Hizo una pausa significativa—. ¿Quizá la búsqueda de una condesa para su castillo irlandés?
—Madre —se avergonzó Amelia.
—Escocés —logró decir Ewan.
Todos se le quedaron mirando.
—¿Perdón? —inquirió la dueña de la casa.
—El castillo —aclaró—. Es escocés y solo vengo por una cuestión de negocios.
Amelia se sentía verdaderamente incómoda. Si bien admitía que su madre, como toda matrona neoyorquina, se desviviera por casar a su hija con un buen partido, pensar que lord Currie estaba allí para algo más que atender la buena educación llegaba a sacarla de sus casillas.
El señor Rourke, incapaz de ver la incomodidad de su hija ni la del invitado, señaló alrededor.
—¿Qué le parece la nueva casa?
Ewan carraspeó, se acercó la servilleta a los labios y miró lo que le indicaban.
No habían escatimado en gastos. El suelo era una taracea de mármoles de colores que debían de haber costado una fortuna.
Los techos estaban pintados al fresco, los muebles no los había mejores en las grandes mansiones parisinas y el servicio era no solo eficiente, sino exquisito.
Todo ello demasiado para un británico criado en un austero castillo de las Tierras Altas escocesas.
—Moderna y espaciosa —no quiso faltar a la verdad.
La respuesta pareció agradar a su anfitrión.
—¿Y la zona?
Esta vez no tuvo que pensar qué decir.
—He visto en Londres cómo pantanos que todos rehuían se convertían en los barrios más lujosos de la ciudad, así que sospecho que en breve esta mansión estará ubicada en la mejor zona de Nueva York.
El señor Rourke dio una palmada al aire y se volvió hacia su señora.
—¿Ves, mujer? Lord Currie sabe de lo que habla.
Amelia había bajado la mirada y la tenía clavada en su plato vacío.
Por alguna razón, se sentía incómoda ante la presencia de Ewan McGomery.
No le desagradaba, por supuesto, pero para una mujer sin futuro alguno como ella, portadora de una maldición irreparable, que un joven apuesto pudiera llegar a interesarse por ella era, simplemente, inadmisible.
Ewan pareció comprenderlo, así que dejó la servilleta a un lado y se puso de pie.
—No los molesto más —les dedicó una inclinación de cabeza—. Solo pasaba por aquí y me ha parecido que sería indecoroso no presentarme después de haber asistido a su fiesta sin una invitación formal.
Todos lo imitaron. La dueña de la casa parecía encantada.
—Vuelva cuando quiera —se ofreció su marido—, y, si necesita contactos para sus negocios, no deje de mandarme un telegrama. Conozco a todos y me deben algunos favores.
La señora Rourke no perdió la oportunidad de jugar sus cartas amparada en la más encantadora de las sonrisas.
—Amelia —le dijo a su hija con rostro inocente—, acompaña a Su Excelencia a la salida.
Ella se ruborizó al instante, pero fue capaz de esbozar una sonrisa de circunstancia y, mientras el mayordomo abría la doble puerta del salón, salió de él junto a Ewan, en dirección al vestíbulo.
En cuanto estuvieron a solas, ella sintió la necesidad de dar una explicación.
—Mi madre cree…
—No se disculpe —no la dejó terminar—. Suele ser habitual pensar que los británicos que cruzamos el océano buscamos una esposa acaudalada.
A Amelia se le escapó el aire de los pulmones.
Era agradable saber que entre ellos no habría nada más que amistad.
De repente, se sintió estúpida. En algún momento su mente había creado el espejismo de que lord Currie tuviera algún interés…
romántico por ella. Pero aquellas palabras del joven le dejaban claro que no era así.
Posiblemente se había sentido obligado a visitarla por ser amiga de Violet y de Trix, por algún extraño ritual social británico que ella desconocía.
Más relajada, su sonrisa se volvió natural.
—¿Estará mucho tiempo en Nueva York?
Él se la devolvió y Amelia tuvo que convenir en que era muy agradable.
—Aún no lo sé.
—Quizá volvamos a encontrarnos.
Ewan tragó saliva.
—Me gustaría. Tengo pocos conocidos en la ciudad.
Llegaron hasta la gran puerta de salida de la mansión, que un lacayo ya había abierto. Tenía en las manos la chistera y los guantes de Ewan. Se miraron a los ojos. De nuevo apareció en el estómago de Amelia aquel sentimiento extraño y fuera de lugar. Se retorció las manos.
—En Londres —dijo, para intentar acallarlo—, su tío me contó el trágico fallecimiento de su esposa y no tuve la oportunidad de trasladarle mis condolencias.
El semblante de Ewan se ensombreció.
—Se lo agradezco —le dedicó una inclinación de cabeza—. No ha sido fácil seguir adelante sin ella.
Su respuesta la conmovió. Vio en el corazón de Ewan McGomery una losa muy parecida a la que pesaba en el suyo. Se le escapó un breve suspiro.
—Parece que ambos hemos renunciado a la felicidad.
La frente del joven se frunció sin comprender.
—¿Usted? Tiene la vida por delante.
No, no iba a explicarle que hacía muchos años una vieja pitonisa le había echado las cartas y le había vaticinado la peor de las desgracias. La tomaría por loca. Quizá lo estaba. Volvió a sonreír.
—Espero que nos volvamos a ver —cambió de asunto—. Seguro que nos veremos. A pesar de su tamaño, esta ciudad es claustrofóbica.
Él tomó los guantes y la chistera, y le dedicó un último saludo.
—Señorita Rourke.
Ella, una reverencia.
—Lord Currie.
Y mientras él se alejaba por la avenida, Amelia tuvo que reconocer que era una pena que su vida no valiera nada, porque lord Currie no solo era atractivo, sino muy agradable.