Capítulo 3
Mientras esperaba a ser recibido en casa de los Rourke, Ewan McGomery se preguntó qué diablos hacía allí.
Su intención, cuando había salido aquella mañana del hotel, cuando apenas había amanecido, era dar un largo paseo para aclarar las ideas.
No sabía muy bien cómo había terminado en las estribaciones de la Quinta Avenida, en aquella parte a la que nadie quería acercarse, y, por alguna razón que desconocía, solo tomó conciencia de ello cuando estaba plantado delante de la reluciente y recién estrenada mansión de los Rourke.
La noche anterior había estado precisamente allí, aunque no supo ni adónde iba ni dónde estaba hasta que vio aparecer a la señorita Amelia Rourke entre los invitados y alguien propuso un brindis.
Solo en aquel momento comprendió dónde se hallaba y, pese a no creer en nada que no se pudiera medir y pesar, se preguntó qué acontecimiento extraordinario lo había llevado a estar de nuevo ante la presencia de aquella muchacha.
Todo había comenzado semanas antes.
La familia McGomery, pese a su peculiaridad, estaba muy aferrada a las tradiciones, donde los mayores tenían no solo el poder moral sobre los más jóvenes, sino también el poder efectivo sobre todos ellos.
Ewan había heredado el título de conde de Currie a la muerte de su padre y era a la vez el jefe de su clan, pero nunca, jamás, se le hubiera ocurrido oponerse a las decisiones de sus mayores, y estos no eran cualquiera.
A la cabeza de la familia McGomery estaban sus bisabuelos, ambos nonagenarios, pero con tal energía que parecían querer enterrarlos a todos. Él llevaba su mismo nombre, Ewan, y ella, italiana de nacimiento y escocesa por adopción, se llamaba Gabriella.
Ambos habían sido el ejemplo que seguir desde su nacimiento: decididos, amorosos, firmes cuando era necesario y entrañables cuando la ocasión lo requería.
Dirigían el clan sin herir susceptibilidades; ella, con aquel aire alegre, sureño, que había sido una bocanada de aire fresco en las frías Tierras Altas; él, con el carácter firme de un guerrero escocés que había renunciado a convertirse en rey de Saboya por amor, pero esa era otra historia.
Desde el «terrible suceso», Ewan solo había aparentado una normalidad ficticia cuando supo que su amigo Sebastian Ashdord había regresado a Londres y necesitaba a su lado a un amigo que no le diera problemas.
Durante los días en que lo acompañó se mostró risueño, como antes, alegre incluso, despreocupado, y no se arrepentía de ello. Por un buen amigo había que hacer cualquier cosa, eso era lo que le había inculcado su bisabuelo y formaba parte de él mismo.
Había conocido a la señorita Rourke en una fiesta, en Mayfair, Londres, y debía reconocer que le había agradado al instante, quizá demasiado, y por eso mismo puso distancia entre ambos.
Cualquier acercamiento sería tenido por una traición a su malogrado corazón. Cualquier atisbo de agrado, por un acto deleznable que alguien como él jamás se permitiría.
Si no fuera por lady Gabriella, su bisabuela, él no estaría en Nueva York, sino que seguiría en Glenmara Caste, su posesión en las tierras más al norte de Escocia.
Desde el terrible suceso, la nonna , como la llamaban todos, había estado especialmente pendiente de él, y a ella se debía la ocurrencia de viajar a Estados Unidos a abrir mercado para el magnífico whiskey escocés de los McGomery.
Aquella idea le había parecido a Ewan de lo más estrafalaria, ya que cualquiera de sus agentes comerciales estaría más preparado para ese menester que él mismo, pero la nonna insistió y el abuelo Ewan no le dejó otra alternativa que embarcarse.
De esta manera llevaba varias semanas en Manhattan, alojado en el Hotel Brunswick, donde pronto se había corrido la voz entre la alta sociedad de que un conde británico estaba en la ciudad.
Había tenido que acudir a recepciones, a algún incómodo baile e incluso a la inauguración de una exposición. En el pasado todo aquello le gustaba. Desde lo que sucedió no le encontraba aliciente alguno. Es más, le recordaba lo feliz que podría haber sido.
La noche anterior lo había recogido en el hotel el señor Vanderbilt y, sin saber cómo, apareció en aquella casa de un extremo inhóspito de la Quinta Avenida, tan lujosa que hasta sintió un poco de vértigo a causa de su austero carácter escocés.
El único aliciente fue la aparición de la señorita Rourke, a quien…
—Excelencia.
Ewan salió de sus pensamientos al darse cuenta de que el mayordomo estaba a su lado.
—¿Ha entregado la tarjeta?
El sirviente le dedicó una profunda inclinación de cabeza.
—Los señores lo recibirán ahora.
Ewan carraspeó.
Sí, sus pasos lo habían llevado allí y algún mecanismo desconocido de su mente lo había hecho llamar a la puerta y presentarse ante el mayordomo.
Pero en ese momento, cuando ya no había marcha atrás, se preguntaba por qué había hecho todo aquello y si la señorita Rourke tendría algo que ver en ello.