La reina de la Quinta Avenida (The Dollar Princesses 4) Capítulo 2
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Capítulo 2

Prudence miró a su señora a través del espejo y frunció los labios.

—Mejor las perlas —determinó, y dejó a un lado los pendientes de brillantes para colocarle unas sencillas perlas de tamaño discreto.

Amelia la dejó hacer. Aquella mañana su cabeza estaba demasiado ocupada ordenando los acontecimientos de la noche anterior: la inauguración de aquella mansión en la parte menos civilizada de la Quinta Avenida, la recepción de aquel naipe cuyo remitente no había logrado discernir y la no menos misteriosa aparición del señor Ewan McGomery.

¿Qué hacía en Nueva York? ¿Qué hacía en su casa?

Se habían conocido en Londres, por llamarlo de alguna manera, pues el joven aristócrata escocés no parecía haber tenido el más mínimo interés por ella. ¿Tendría él algo que ver con aquella carta del tarot?

—¿Qué le parece, señorita?

La voz de su doncella la sacó de sus pensamientos. Se miró en el espejo y le pareció un milagro que sus cuidados hubieran alejado de su rostro todo rastro de una noche de insomnio y demasiadas copas de champán.

—Cualquiera diría que he dormido a pierna suelta no menos de diez horas.

—Es lo que debería hacer, señorita.

—Tienes toda la razón.

El vestido de mañana que Prudence había elegido para ella era elegante y favorecedor, de un azul apagado que hacía resaltar el tono grisáceo de sus ojos.

Amelia sonrió. Desde que Prudence había entrado a su servicio todo era más fácil, se atrevería a decir que su joven doncella se anticipaba a lo que necesitaba, lo que era, en verdad, extraordinario.

Le dio las gracias con una sonrisa amable.

—Me temo que ahora estás más lejos de los tuyos.

Se refería a la nueva mansión de los Rourke, en la zona más agreste de la Quinta Avenida. La familia de Prudence residía en Five Points, a más de dos millas de distancia, que a pie era un trayecto importante.

Prudence se encogió de hombros.

—Para lo que tengo que ver en casa, señorita, la distancia es una ventaja.

Amelia no quiso insistir. Haberse criado en el peor suburbio de Nueva York y haber sobrevivido ya era un mérito que solo podía admirar.

Ya lista para enfrentar un nuevo día, Amelia salió de sus habitaciones y descendió por la impresionante escalera de mármol blanco.

Ella misma aún no terminaba de acostumbrarse a aquella nueva casa a la que se había mudado hacía poco más de un mes.

Era más grande, más lujosa y mejor acondicionada que cualquier otra mansión de la ciudad, con todas las comodidades que los nuevos tiempos estaban dispuestos a ofrecer a quien pudiera pagarlas, como luz eléctrica, calefacción centralizada y ascensor, aunque a este último no terminaba de acostumbrarse.

Una legión de criados se estaba encargando de recoger los preparativos del día anterior. Algunos retiraban copas y botellas, otros pulían los suelos y los más fuertes reponían las enormes alfombras que habían sido retiradas para la fiesta.

Todo aquello había costado una auténtica fortuna, aunque su padre, como siempre, minimizaba los riesgos y lo veía como una inversión: si un hombre quería prosperar, era necesario que los demás admiraran lo próspero que ya era.

En el comedor de mañana ya la esperaban sus padres. Franklin Rourke despachaba el correo, abriendo los sobres con un abrecartas de plata y ordenando los documentos en dos montones según fueran urgentes o pudieran ser derivados a su secretario.

Dorothea, su madre, repasaba un magacín de moda que había llegado el día anterior con el correo de París. En aquellos tiempos era importante adelantarse a las tendencias, pues una dama de posición debía estar siempre a la última.

—Aún no ha llegado la prensa —se quejó su padre al verla aparecer, como si ella tuviera algo que ver en aquello.

Amelia se sentó en su lado de la mesa mientras un lacayo apartaba la silla.

—Lo que es señal de mal agüero —arremetió su madre.

Sabía que ambos estaban inquietos por lo que los periódicos dijeran sobre la nueva mansión Rourke. Sonrió y pidió una taza de té, que le sirvieron al instante.

—Seguro que Clara Belle quedó fascinada, madre.

Aquel era el seudónimo de la cronista social más prestigiosa del país. Nadie sabía quién era, pero seguro que había estado entre los invitados.

Dorothea suspiró. Aquel proyecto endiablado le estaba desquiciando los nervios.

—La señora Livington parecía muy impresionada —adujo, como si aquello fuera garantía de algo.

—No sabría decirte —añadió su padre— si su rostro apretado era de fascinación o porque tenía necesidad de ir al baño.

—¡Franklin!

Amelia no pudo menos que sonreír. Sus padres se adoraban, aunque la manera de mostrarlo fuera aquella especie de disputa eterna sobre cualquier cosa.

Decidió tranquilizar a su madre.

—Esta casa es una osadía, ya lo sabes. Tardarán en acostumbrarse —se refería a la buena sociedad—, pero terminarán aceptando que es una buena inversión.

Dorothea dejó la servilleta a un lado.

—¿Con las cabras de vecinas?

Su padre intervino.

—Dentro de una década tendrás que desdecirte.

—Dentro de una década estaremos arruinados y pidiéndole limosna a la familia de Prudence en Five Points.

Con su habitual sigilo, la puerta del comedor se abrió y el impecable primer mayordomo, ya que la mansión requería dos, apareció con una bandeja de plata sostenida por sus manos enguantadas y con la prensa del día sobre ella.

El señor Rourke fue a cogerla, pero Amelia fue más rápida y se hizo con el New York Herald , desplegándolo sobre la mesa hasta encontrar la crónica de sociedad, mientras su madre la miraba, impaciente, y su padre atesoraba el resto de los periódicos.

—Me tienes sobre ascuas.

Amelia leyó el titular: Los Rourke se adentran en la selva, como nuevos descubridores , y después el subtítulo: Franklin Rourke inaugura su nueva mansión en una zona de la ciudad donde quizá jamás se construyan más que chabolas .

—¿Ves? —dijo su madre, encogiéndose de hombros.

—Es solo una opinión, mujer —dijo el aludido, señalando el periódico que su hija tenía desplegado—. Hay que ser un visionario para comprender las oportunidades, y ese periodista no lo es.

Amelia leyó el artículo en voz alta. No faltaban alabanzas a la casa, su arquitectura y su exquisita decoración.

Se resaltaban las modernas tecnologías que la convertían en la mansión más cómoda de la ciudad, en la que se había prescindido de chimeneas y donde la cocina tenía un horno eléctrico, todo un adelanto para aquella época.

En cuanto a la ubicación…, el articulista vaticinaba que en unos años aquella zona de la ciudad seguiría siendo un erial y la mansión Rourke, un capricho caro y alejado del centro de la ciudad que no le interesaría a nadie.

Su padre y su madre volvieron a la discusión que mantenían candente desde hacía tres años, cuando él compró la finca y expuso su proyecto.

Amelia decidió echar una ojeada al periódico, esperando que ambos se calmaran, hasta que dio con un artículo en la sección de negocios que hizo que diera un ligero respingo en el asiento.

En él se daba cuenta de que el Providence , uno de los grandes navíos mercantes propiedad de su padre que se encargaban de llevar sus mercancías a un lado y al otro del Atlántico, no había llegado a puerto.

El texto daba a entender que no se tenían noticias de él, incluso que todo apuntaba a que se había hundido en las oscuras aguas oceánicas, llevándose a las profundidades abisales toda su carga.

Amelia alzó los ojos para encontrarse con la mirada fría de su padre clavada en ella.

No hicieron falta palabras. En aquellos ojos había un ruego: que no dijera nada delante de su madre. No quería preocuparla.

Amelia tragó saliva y dejó el periódico a un lado mientras un sirviente le ponía delante un plato de fruta y pan tostado. Aguardaría a que el desayuno acabara y asaltaría a su padre antes de que se marchara a su despacho para que le explicara qué era todo aquello.

De nuevo, la puerta del salón se abrió y el mayordomo hizo otra vez acto de presencia. La misma bandeja de plata. Los mismos guantes impolutos. Esta vez se dirigió directamente a Amelia.

—Es para usted, señorita.

Ella se inclinó sobre la bandeja. Solo tuvo que mirar la tarjeta blanca, del mejor papel, que descansaba sobre la reluciente superficie para que su frente se crispara, porque el nombre que aparecía impreso era el de alguien que no esperaba: Ewan McGomery.