Capítulo 1
Hay tres ventajas en saberse condenada a la desgracia para siempre: no se teme a las malas noticias, no se envidia la felicidad ajena y, sobre todo, se es completamente inmune al encanto de los hombres.
Amelia Rourke, la última soltera de las cuatro herederas más célebres de la Costa Este, se repitió esa pequeña doctrina mientras la señora Livingston, una de las invitadas a la fiesta, alzaba la copa en mitad del salón de baile y proponía un brindis.
—¡Por la reina de la Quinta Avenida!
El sarcasmo era evidente y, aunque las risas fueron elegantes, cualquiera podía ver en ellas cierto grado de mala fe.
Un abanico aquí, una tosecilla allá, veinte sonrisas idénticas multiplicadas por los espejos de aquella nueva casa construida en una avenida que la acaudalada sociedad de Nueva York consideraba, en el mejor de los casos, un chiste, y en el peor, una vulgaridad.
Porque aquello era exactamente lo que celebraban esa noche todos aquellos invitados: que Franklin Rourke, en un arrebato que Manhattan aún no le perdonaba, hubiera plantado un palacio de piedra caliza en el tramo salvaje de la Quinta Avenida, treinta manzanas más arriba de donde cualquier multimillonario juicioso querría vivir.
Allá en lo alto, frente al parque, la avenida más ilustre de América era todavía una promesa entre peñascos: solares vacíos, media docena de chabolas olvidadas y un rebaño de cabras célebres que pastaban entre las rocas ajenas al mundo que se les venía encima.
—Dentro de diez años, esta avenida valdrá cada céntimo invertido —había proclamado su padre.
—Dentro de diez años, seguiremos siendo vecinos de las cabras —había puntualizado su madre con voz amarga.
Y la sociedad neoyorquina, que jamás rechazaba visitar una nueva mansión donde afilar la lengua, había acudido en pleno a la inauguración de aquella noche para darle la razón a la señora Rourke con todo el champán que fuera posible.
Amelia atravesó el salón hacia el brindis con su copa en alto y su mejor sonrisa, la que encajaba cuando la otra opción atentaba contra las normas sociales, la que se colocaba desde niña con la misma destreza con que otras mujeres se colocaban un broche.
—Querida señora Livingston —dijo, con una dulzura que hizo que las conversaciones cercanas bajaran el volumen por puro instinto de supervivencia—, acepto esa corona que se empeña en otorgarme.
Al fin y al cabo, las damas más ilustres de esta ciudad reinan sobre avenidas que ya existen.
Reinar sobre una que empieza a levantarse es un reto y todo reto tiene una recompensa.
—También brindo por su optimismo, querida. —La señora Livingston no había llegado a vieja gloria de Manhattan sin saber devolver un golpe—. Reconocerá que su padre ha elegido un reino… pintoresco. Dicen que aquí los setos amanecen mordidos por las cabras.
Hubo risas a su alrededor que Amelia ignoró.
—Lo que supone un ahorro en jardineros. —Amelia bebió un sorbo, inmutable—.
Considérelo una ventaja: en esta casa, cuando un seto amanece mordisqueado, sabemos que es una cabra.
En la otra parte de la calle, en cambio, nunca se sabe si se debe a un jardinero mal pagado o a que una de nuestras vecinas más ilustres pasa hambre.
Hubo quien se rio con ganas, y la señora Livingston se retiró a reponer municiones al otro extremo del salón.
Amelia la vio alejarse con una punzada de afecto.
Aquellas viejas fragatas de guerra no lo sabían, pero eran su distracción favorita: llevaban tantos años mintiendo con sus palabras que ya solo decían la verdad con el movimiento tenue de los hombros, y los hombros de la señora Livingston acababan de confesar, en su retirada, que la casa le parecía magnífica y que eso, precisamente, era lo que no pensaba perdonarles jamás.
A Amelia le habría gustado dibujarla. Su pequeño cuaderno descansaba en su escondite de siempre, en el bolsito de mano, pero ni siquiera la «reina» de una avenida inexistente podía ponerse a retratar a sus invitados en mitad de su propio baile, así que hizo lo que hacía siempre: guardar aquel gesto en su memoria para robárselo al mundo más tarde, a solas y a lápiz.
—Estás disfrutando —la acusó su madre por lo bajo, materializándose a su lado con esa capacidad suya de aparecer siempre cuando no se la esperaba—. Te ruego que te comportes, Amelia. Esta noche es importante para tu padre.
—Por eso disfruto, mamá.
—Y te recuerdo que la señora Livingston es íntima de la señora Astor.
—La señora Livingston es íntima de cualquiera que tenga un buen salón y el suficiente oro en una caja fuerte del banco.
—Amelia se compadeció de su madre y le apretó una mano con afecto—.
Respira. La mansión es todo un éxito. Mañana no se hablará de otra cosa en Nueva York.
Además, mamá, vivimos a cuatro manzanas del único vecino de esta ciudad que me interesa: el Metropolitan.
Su madre resopló. No estaba tan segura.
—Ve a decírselo a tu padre, anda, que lleva media hora acorralado por los Schuyler y le hace falta un descanso.
Salvarlo no era necesario. Franklin Rourke, plantado bajo la gran lámpara de gas del salón como un capitán bajo su palo mayor, estaba en su elemento: grande, rubicundo, feliz, explicándole a un corro de caballeros escépticos, con planos imaginarios dibujados en el aire, el porvenir dorado de su avenida.
Amelia se detuvo a unos pasos, solo para mirarlo.
Su padre creía en la Quinta Avenida como otros hombres creían en Dios: contra toda evidencia y con la chequera abierta. Se había gastado en aquella fe la mitad de su fortuna, y la otra mitad navegaba en ese momento hacia Nueva York repartida en las bodegas de media docena de barcos.
Fue entonces cuando Amelia notó el cambio.
Fue un acto sin importancia: un lacayo que cruzó el salón demasiado deprisa para lo que era habitual, un mayordomo que se inclinó al oído del secretario de su padre, el secretario que dejó de sonreír.
Nadie más lo advirtió; las conversaciones siguieron, la orquesta atacó una polca.
Pero Amelia llevaba toda la vida leyendo los rostros de las personas como otras leían novelas, y se dio cuenta de que algo acababa de suceder.
Llegó junto a su padre en el momento exacto en que el secretario terminaba de susurrar. Vio a Franklin Rourke seguir sonriendo a los Schuyler mientras su mano izquierda, a la espalda, se cerraba despacio sobre un papel hasta hacerlo desaparecer dentro del puño.
—¿Papá?
No tuvo que decir más. Entre ella y su padre sobraban las palabras.
—Nada, tesoro. —Le brillaban los ojos con una alegría que ya era solo una ficción—. Cosas de puertos. El Providence se retrasa.
—¿Cuánto?
—Los barcos se retrasan, Amelia. Para eso están los seguros. —Y alzó la voz de nuevo hacia el corro—: ¡Caballeros, no me han dejado terminar lo del alumbrado eléctrico!
El Providence .
La carga del Providence valía por sí sola dos de aquellos solares sobre los que bailaban esa noche aquellos invitados. «Se retrasa». Los hombros de su padre, por encima de la sonrisa, decían algo diferente. Los hombros de su padre temían que no fuera a llegar a puerto.
«No es nada», se dijo. Los barcos no suelen ser puntuales.
Y entonces, como si el pensamiento hubiera sido una invocación, el lacayo apareció a su lado con una bandeja de plata.
—Señorita Rourke. Me han indicado que le entregue esto.
Sobre la bandeja había un sobre pequeño, de un papel crema de la mejor calidad, sin escudo, sin remite, con su nombre trazado en una caligrafía inclinada y hermosa que no reconoció.
—¿Quién lo envía?
—El caballero no dio su nombre, señorita. Dijo… —el muchacho vaciló, consciente de pronto de que la frase, dicha en voz alta, sonaba distinta— que era de parte de un admirador.
Amelia sonrió porque era lo que debía hacer una dama de la buena sociedad cuando no sabe qué hacer.
Un admirador. Los admiradores eran para las mujeres con futuro, y ella había renunciado al suyo hacía tiempo con la serenidad de quien cierra una cuenta sin fondos.
Aun así, deslizó un dedo bajo la solapa allí mismo, entre la polca y las lámparas, porque una carta anónima era, como mínimo, más interesante que los Schuyler.
Dentro no había una misiva escrita en papel.
Dentro había un naipe.
El mundo hizo una cosa extraña entonces: siguió exactamente igual —la orquesta, las risas elegantes, el temblor fino de las copas— mientras a Amelia Rourke se le helaban las manos dentro de los guantes.
Porque conocía aquel naipe.
Lo conocía como se conoce una cicatriz.
El diez de espadas.
Levantó la vista y barrió el salón con la mirada, despacio, como le habría gustado que la vieran hacerlo sus tres mejores amigas: buscando una mano culpable entre aquellas manos enguantadas, un rostro que la observara, un hombro que confesara.
Nadie la miraba. Todos la miraban. Era una fiesta: mirar era el único ejercicio permitido.
Y entonces lo encontró.
Al fondo del salón, junto a las puertas de la terraza, quieto entre el oleaje de sedas como una roca en mitad de un mar de frivolidad, había un hombre que no aplaudía, no bebía y no sonreía.
Un hombre alto, moreno, con una fina cicatriz en la sien izquierda y el frac que le encajaba como si hubiera nacido con él puesto. Un hombre que la miraba fijamente desde el otro extremo de aquella casa recién estrenada con los ojos más azules del Imperio británico.
A Amelia se le olvidó respirar, cosa que su doctrina de mujer condenada tenía terminantemente prohibida.
Porque a cinco mil kilómetros de donde debería estar, en el último lugar del mundo donde tenía derecho a aparecer, sosteniéndole la mirada por segunda vez en su vida con el diez de espadas ardiéndole a ella entre los dedos, estaba Ewan McGomery.