La reina de la Quinta Avenida (The Dollar Princesses 4)
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Once años antes…
Sofronia Perkins, conocida como madame Margot cuando ejercía de supuesta pitonisa para entretener las veladas de los acaudalados dueños de aquellas mansiones, salió al fin por la puerta de servicio y tuvo que apoyarse en la pared exterior para recuperar el aliento.
La cabeza aún le daba tumbos y sentía aquellos calambres en los brazos que no se le pasarían hasta que se tomara otros dos buenos tragos de aguardiente.
Le pasaba pocas veces, pero cuando el don , como lo llamaba su abuela, se presentaba solía ser implacable.
Su madre decía que por sus venas corría la peor sangre irlandesa mezclada con la sucia estirpe de los druidas que en un tiempo remoto poblaron aquellas lejanas tierras.
A ella siempre le habían parecido fábulas con las que amedrentar a los niños, hasta que una noche vio en las cartas cómo su padre se ahogaba en el Hudson y una semana más tarde se cumplió la profecía.
¿Eso significaba que Sofronia tenía el don sobrenatural de leer los naipes?
Seguramente no. El viejo señor Perkins trabajaba en el puerto, solía estar borracho antes de que despuntara el alba y en más de una ocasión había estado a punto de precipitarse a las oscuras aguas del río, pero aquella desgracia sembró la duda en su corazón.
Su abuela le aseguró que estaba tocada por los dioses celtas y su abuelo la breó a palos por hacer caso a aquellas habladurías de alcahueta con el cuerpo de su padre aún caliente y oliendo a licor barato.
¿Fue aquello lo que la llevó a utilizar los naipes como modo de subsistencia?
Quizá, pero lo cierto era que a los estirados millonarios de Manhattan les gustaba su atuendo misterioso, a lo cíngaro, el tono que era capaz de darle a la voz, con un ligero acento francés, y las profecías que decía leer en las cartas, que siempre hablaban de encuentros felices, vidas amables y amores satisfactorios.
De vez en cuando, muy de vez en cuando, sentía un escalofrío como el de aquel día y solo entonces el vaticinio se cumplía.
No tenía por qué ser inmediato. Una de las Rhinelander tardó seis años en fallecer al engancharse su toca en las ruedas de su carruaje, como habían vaticinado sus cartas, y otra Roosevelt esperó hasta una década antes de expirar precipitada desde un alto edificio, como ella también había leído en los naipes.
Sofronia se ajustó el chal. Una ráfaga de viento la sacó de aquellos oscuros pensamientos y ansió más que nunca un trago del rancio aguardiente que guardaba en casa, bajo llave, para que nadie se lo afanara.
El negocio de tarotista era fructífero. Por supuesto que nadie podría vivir con los pocos centavos que le pagaban, pero después estaban los suplementos , como a ella le gustaba llamarlos.
Si un caballero estaba inquieto porque su esposa sospechaba que tenía una aventura, por cinco dólares ella le echaba los naipes a la dama y le aseguraba que no había hombre más fiel sobre la faz de la tierra.
O si un negocio parecía poco fiable, por diez monedas ella era capaz de convencer a la otra parte de que aquella empresa le proporcionaría pingües beneficios.
Por eso, cuando aquellas cuatro niñas vinieron a que les leyera el futuro, no pudo menos que embolsarse esos cinco dólares y desplegar las cartas sobre el tapete.
Las tres primeras mocosas sacaron cartas excelentes: as de copas, as de oro y tres de bastos. Se habría inventado un futuro dichoso, en cualquier caso, pero lo cierto era que la felicidad rodearía a aquellas niñas entrometidas y no les faltaría de nada.
Ya iba a despedirlas cuando sacó la última carta, la que correspondería a la última niña, y entonces lo sintió. Los escalofríos, el mareo, los calambres en los brazos.
La miró atentamente. Era una niña preciosa, de grandes ojos grises y mirada melancólica.
Ante ella estaba el diez de espadas, la peor de las fortunas, la más terrible de las cartas.
El futuro de aquella muchacha sería desgraciado y el amor jamás llamaría a su puerta.
A pesar de lo que había cobrado, a Sofronia Perkins, madame Margot, se le encogió el corazón y se juró a sí misma que jamás olvidaría el nombre de aquella pequeña, jamás olvidaría el nombre de Amalia Rourke.