La reina de la Quinta Avenida (The Dollar Princesses 4) Capítulo 1
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Capítulo 1

La llave de la caja fuerte de Bartholomew Crane colgaba de la cadena de su reloj, a la altura del corazón.

Nora Mahoney ya había dado tres vueltas pegada a él en aquel vals sin quitarle los ojos de encima.

La llave era pequeña, de latón oscuro, con un paletón de cinco dientes que tintineaba contra el oro del reloj cada vez que su dueño giraba, y el tipo lo hacía como un barril de cerveza rodando cuesta abajo.

Por encima de la llave estaba la pechera almidonada; por encima de la pechera, una papada rosada, y por encima de la papada, la sonrisa de un hombre convencido de que la viuda más elegante del baile no podía apartar la vista de él.

En cierto modo, tenía razón.

—Le confieso, condesa —dijo Crane, con un aliento a cigarro y a ron de laurel que habría tumbado a un estibador—, que a los americanos nos falta su refinamiento europeo. Aquí todo es prisa, dinero, más dinero…

—Pero ustedes saben guardar su fortuna —respondió ella con el acento florentino que llevaba dos meses puliendo frente al espejo—. Eso, en Florencia, ya no lo sabe hacer nadie.

Crane se rio, complacido, y su mano derecha descendió por la espalda de la condesa un par de dedos más de lo que permitía la decencia.

—Ah, el ahorro. Mi gran pasión. Precisamente la semana pasada lo decía en el banquete de la Sociedad para el Fomento de la Previsión: los pobres no saben ahorrar, condesa. Por eso Dios nos puso a nosotros para guardarles el dinero.

Nora sonrió. Fue la sonrisa más difícil de su vida.

Porque a mediados de mayo, la Caja de Ahorros de San Patricio, que aquel hombre dirigía con tanta pasión, había cerrado sus puertas una mañana de lluvia, con medio Five Points agolpado en la acera y un cartel escrito a mano que decía «suspensión temporal de pagos».

Porque entre aquella gente empapada estaba su madre, que llevaba veinte años lavando la ropa sucia de otros para meter cada sábado unos centavos en la libreta.

Y porque, mientras Bartholomew Crane hablaba de la virtud del ahorro en un banquete de cuarenta cubiertos, la libreta de su madre valía exactamente lo mismo que el papel en el que estaba impresa.

Una, dos, tres. Una, dos, tres. Nora se obligó a seguir el compás y a recitar para sí, como quien reza un rosario, las tres reglas de la señora Sofronia Perkins.

Nunca robes a quien no pueda permitírselo.

Nunca hagas daño a quien no se lo merezca.

Nunca te enamores mientras dure el golpe.

Aquella noche, las dos primeras se cumplían solas: a Bartholomew Crane le sobraba el dinero y le faltaban motivos para que nadie lo compadeciera.

La tercera ni siquiera merecía la pena recitarla.

Los hombres de Five Points le habían quitado las ganas de enamorarse para tres vidas seguidas, y los de la Quinta Avenida, a juzgar por el que le estaba pisando el dobladillo, no pensaban devolvérselas.

Bajo el guante izquierdo, entre los tres botones de perla que cerraban la abertura de la muñeca, esperaba la lámina de cera.

Estaba tibia por el calor de su piel y envuelta en un pañuelito de seda no mayor que un naipe.

La señora Perkins se la había entregado esa misma tarde con una sola instrucción: «Lo haces y te largas antes de que te pillen».

La orquesta atacó el último giro del vals.

Nora tropezó.

Fue un tropiezo precioso, de esos que solo saben hacer las damas y las carteristas: un tobillo que cede, un gemido apenas audible, el cuerpo que se vence hacia delante.

Crane la sujetó por la cintura con más entusiasmo que galantería, y la mano izquierda de la condesa, buscando apoyo, fue a caer exactamente sobre su chaleco. Sobre la cadena. Sobre la llave.

Uno. Los dedos se cerraron sobre el metal frío, y la cera, que ya se había deslizado de la muñeca a la palma, recibió el paletón como un colchón recibe a un cuerpo cansado.

Dos. El olor dulzón de la cera caliente, el corazón golpeándole las costillas, la respiración de Crane en la sien.

Tres.

—¿Se ha mareado, condesa?

—Es usted, signor Crane. —Nora retiró la mano, devolvió la cera a su escondite bajo las perlas y alzó hacia él unos ojos verdes cargados de admiración—. Baila demasiado bien para mí.

Él se hinchó como un pavo real y Nora le dedicó una reverencia. Cuando la música terminó, la llave de la caja fuerte de Bartholomew Crane seguía colgando sobre su corazón, pero su forma exacta descansaba en la muñeca de la hija de una lavandera de Mulberry Street, en forma de molde.

Solo entonces se permitió buscar con la mirada al inglés.

Llevaba toda la noche allí. Primero, al pie de la escalinata, cuando ella hizo su entrada del brazo de su dama de compañía; después, apoyado en una columna del salón de baile, con una copa de champán que nunca bajaba de nivel y un clavel en el ojal tan fresco que parecía recién robado de algún jardín.

Alto, de cabello rubicundo, con una boca demasiado generosa para un caballero y unos ojos de un verde muy parecido al suyo que no se habían apartado de ella ni durante la cuadrilla, ni durante la polca, ni durante aquel vals.

Cada vez que Nora lo sorprendía mirándola, él alzaba la copa con una sonrisa insolente, como si brindaran juntos por algo que solo ellos dos sabían.

Otro inglés aburrido , había decidido Nora a la segunda copa: un apellido largo, una fortuna corta y una conversación sobre la lluvia de Londres. En junio, Nueva York estaba llena de ellos.

Cruzó el salón con la barbilla alta hasta la ponchera, donde la baronesa Ilona Vadász, su dama de compañía, interrogaba a un lacayo con un acento húngaro sospechosamente parecido al francés.

—¿Y licor de guindas? ¿No tienen ustedes licor de guindas?

—Me temo que no, madame .

—¿Y a esto lo llaman una casa decente? —La baronesa aceptó una copa de champán como quien acepta una ofensa y se la bebió de un trago—. Traiga otra. Rápido

Bajo el turbante de plumas, el colorete y tres capas de encaje negro, cualquiera habría visto a una aristócrata excéntrica llegada de las orillas del Danubio.

Pero Nora veía a Sofronia Perkins: la mujer que, cuando ella tenía catorce años, la pilló intentando robarle la bolsa y, en lugar de llamar a la policía, le enseñó a hacerlo en condiciones.

La que bebía aguardiente a escondidas, escupía en los jarrones cuando nadie miraba y había pasado treinta años diciendo a los ricos de Manhattan lo que querían oír a cambio de unas monedas.

Y la que, en aquel preciso instante, se escondía detrás del abanico, porque al otro lado de la ponchera acababa de aparecer la señora Livingston, que en otros tiempos la había contratado varias veces como pitonisa para amenizar una fiesta en su salón.

—Hecho —susurró Nora, tocándose la muñeca.

Los ojillos de Sofronia brillaron por encima del abanico. No dijo nada, no hacía falta.

Dos pisos más abajo, entre los abrigos del guardarropa y con una cofia de doncella que no era suya, Lily estaría haciendo lo que mejor sabía hacer: escuchar.

—¡Condesa, condesa, no se me escape!

Augusta Crane se abría paso entre los invitados con la determinación de un acorazado.

La señora Crane coleccionaba títulos nobiliarios como otras damas coleccionaban porcelana de Sèvres, y desde que la condesa di Valsecchi había llegado a Nueva York la exhibía en cada salón como su pieza más reciente.

Arrastraba a alguien del brazo.

Al inglés.

—Permítame presentarle al famoso señor Pinckerville, el que se metió en un banco en llamas para sacar a su hermano. Son gemelos, ¿sabe? Idénticos. Nadie sabe nunca cuál es cuál.

—Yo soy el guapo —dijo él, inclinándose sobre la mano de Nora—. ¿Me concede este vals, condesa, o tendré que conformarme con la polca?

Nora no tuvo ocasión de negarse. Augusta Crane ya se alejaba en busca de otro trofeo y la orquesta empezaba a sonar.

Bailaba bien, eso fue lo primero que la irritó.

Lo segundo fue que la sujetaba con una corrección exasperante, la mano exactamente donde debía estar y ni un dedo más abajo, y que no la miraba como los demás hombres de aquel salón, al escote o a las joyas, sino a la cara, con una atención divertida, como quien estudia una partida de cartas en la que lleva ventaja.

— Mi dicono che Firenze è insopportabile in giugno, contessa.

Le hablaba en italiano. Un italiano de viaje de estudios, correcto y lleno de vocales inglesas.

— Firenze è insopportabile in ogni stagione, signore —respondió Nora sin pestañear—. Per questo l'ho lasciata.

— E il conte?

— Il conte era come Firenze: bellissimo da lontano.

Florencia, insoportable en cualquier estación; el difunto conde, precioso solo de lejos.

Él soltó una carcajada que hizo volverse a dos matronas.

Nora no se inmutó. Su italiano no venía de ningún viaje de estudios: lo había aprendido en la escalera de su casa, de la señora Russo, del señor Abbate y de los seis hijos del zapatero del segundo, y era tan auténtico como el de cualquier condesa de la Toscana. Más, probablemente.

—Curioso —dijo entonces el inglés, ya en su idioma y bajando la voz—. Su acento me recuerda a una panadería de Mulberry Street donde compro el pan los domingos, cuando nadie decente puede verme.

El salón entero se detuvo.

O eso le pareció a Nora, porque la orquesta seguía tocando, las parejas seguían girando y ella seguía sonriendo. O al menos lo aparentaba.

—No conozco esa calle, signore .

—Ni falta que le hace, condesa. Le aseguro que no es para usted. —La hizo girar con una suavidad irritante—. Aunque hay otra cosa que me intriga aún más. Lleva los guantes demasiado ajustados para una viuda, condesa. Como si escondiera algo en la palma de la mano.

El corazón de Nora dio un vuelco, pero su voz salió fresca como un sorbete.

—Las viudas florentinas escondemos muchas cosas, señor Pinckerville. Sobre todo, el aburrimiento.

—Entonces permítame que la entretenga. —Se detuvo en mitad del giro y bajó la vista hacia su muñeca—. Se le ha soltado un botón.

Antes de que ella pudiera impedirlo, le tomó la mano izquierda.

Lo hizo despacio, con parsimonia de prestidigitador, y abrochó la perla rebelde con dos dedos enguantados que le rozaron el pulso, justo en el hueco donde la piel es más fina.

Fue apenas un instante, pero a Nora le recorrió desde la muñeca hasta la nuca una corriente que no tenía nada que ver con el miedo y que la enfureció mucho más que el comentario sobre Mulberry Street.

—Ya está —dijo él, y sus ojos sonrieron antes que su boca—. Sería una lástima que se le cayera algo.

La música terminó. Él le besó la mano, le dedicó una reverencia y se perdió entre los invitados. Antes de desaparecer, Nora lo vio detenerse junto a la ponchera y mirar a la baronesa húngara un segundo más de la cuenta, con la misma expresión con la que la había mirado a ella toda la noche.

Luego, nada. Ni rastro del inglés.

Nora se llevó la mano derecha a la muñeca izquierda y palpó a través del guante. Allí seguía el pequeño bulto bajo las perlas.

Respiró por primera vez en mucho tiempo.

Había ganado.

*****

El carruaje de alquiler olía a cuero viejo y a caballo mojado, y en cuanto la portezuela se cerró, la baronesa Ilona Vadász dejó de existir.

Sofronia se arrancó el turbante, se descalzó con un gemido de alivio, se rascó la cadera derecha con ganas y sacó del corpiño una petaca de plata que no era suya.

—Del señor Crane —explicó antes de darle un trago largo—. Ese hombre guarda un aguardiente que no se merece. ¿Y bien?

Nora sonrió. Era su primer golpe de verdad y le había salido perfecto. Desabrochó uno a uno los tres botones de perla, el último muy bien abrochado gracias a la galantería de un inglés entrometido, y sacó el pequeño bulto con un gesto de triunfo, como quien saca un conejo de la chistera.

Y no, no era un lingote de cera con la llave impresa

Era un tarjetón de cartulina color crema, doblado por la mitad, con una caligrafía elegante y descarada:

«Mañana, a las once. Delmonico's. Invita usted. E. P.»

Nora lo leyó un par de veces. La tinta estaba seca: lo había escrito antes de sacarla a bailar.

Aquel cretino le había robado el molde delante de toda aquella gente mientras ella le hablaba de Florencia.

—Lo mato —dijo, y lo dijo en serio—. Te juro por mi madre que lo mato.

Entonces ocurrió algo que Nora no había visto en los diez años que llevaba a su lado.

Sofronia Perkins se echó a reír.

Ella, que decía que una mujer que dirige una banda de ladronas no puede permitirse que la vean con la boca abierta.

No fue una sonrisa torcida ni uno de esos resoplidos que dedicaba a los clientes crédulos.

Fue una carcajada ronca, larga, que le sacudió los hombros y le corrió el colorete en dos regueros de lágrimas, hasta que tuvo que agarrarse a la ventanilla para no caerse del asiento.

—¿Te hace gracia? —Nora la fulminó con la mirada—. Tenemos siete semanas, señora Perkins. Siete semanas antes de que ese hombre se suba a un barco con el dinero de mi madre, y acabo de perder lo único que…

—Por fin —la interrumpió la vieja, secándose los ojos con el encaje negro— alguien interesante.

Nora fue a replicar, pero Sofronia señaló la ventanilla con la petaca.

En la escalinata de la mansión Crane, bajo la luz amarilla de las farolas de gas, un caballero con un clavel en el ojal las miraba marcharse.

Cuando vio que lo observaban, levantó la mano derecha.

Entre dos dedos, como un mago que enseña la carta elegida, sostenía un pañuelito de seda no mayor que un naipe.

Después, sin prisa, como quien saluda desde un palco, les dedicó la reverencia más exagerada que Nora había visto en su vida: una mano en el corazón, la otra trazando un arco en el aire y la cabeza tan baja que casi rozó los escalones.

El carruaje dobló la esquina de la Quinta Avenida.

Nora se dejó caer contra el respaldo, apretó el tarjetón en el puño y cerró los ojos.

Regla número cuatro, pensó: nunca subestimes a un inglés aburrido.

¿Quieres saber qué pasa mañana a las once en Delmonico's?