CAPÍTULO 40. La corona de las arenas #2
La guerra por el alma del mundo no había terminado.
Nunca terminaría. Siempre habría un dios dormido bajo la tierra.
Siempre habría un traidor intentando despertarlo.
Siempre habría una puerta que sellar. Siempre habría una sangre que derramar.
Siempre habría una mujer que caminar sobre brasas.
Siempre habría una niña que convertirse en mármol.
Siempre habría un hombre que convertirse en oro.
Siempre habría un amor que perder. Siempre habría una vida que dar.
Pero esta vez, estaba lista.
Con la mano en el vientre. Con la corona en la cabeza.
Con la obsidiana en el pecho. Con el azahar en la memoria.
Con la canción del ruiseñor en los labios.
Con los rizos cobrizos de una hermana en el corazón.
Con la sonrisa lenta de un esposo en el alma.
Con los ojos dorados de un príncipe al lado.
Con la certeza de que el mundo seguía girando porque alguien, en algún lugar, se había convertido en piedra para que pudiera.
Sonreí.
Una sonrisa pequeña. Cansada. Tierna. Completa. Una sonrisa que contenía todo lo que había perdido y todo lo que había ganado y todo lo que aún podía ser.
El amanecer estaba llegando. La canción iba a cantarse. El rizo cobrizo iba a crecer.
Y yo, Mencía de Lara, reina de Malí, miré hacia el horizonte y esperé al sol.
EPÍLOGO. La hija de las arenas
Dieciocho meses después de la coronación, en una noche de tormenta que hizo temblar los cimientos del palacio de Niani y arrancó las hojas de los mangos y convirtió el cielo en una boca de truenos, nació mi hija.
Nació con los ojos abiertos. No lloró. No gritó.
No se retorció. Salió al mundo mirando, con los ojos enormes y la boca entreabierta y una expresión de sorpresa contenida que me arrancó una risa entre las lágrimas porque era la expresión de Elvira, exactamente la expresión de Elvira, la expresión de una niña que acaba de llegar a un lugar que no conoce y decide que va a explorarlo antes de decidir si le gusta.
Tenía los rizos cobrizos. No oscuros como los míos.
No negros como los de Idris. Cobrizos. Del color exacto de los rizos de Elvira.
Del color exacto de los rizos que brillaban bajo el sol del patio de los arrayanes, bajo la luz de la bodega de la galera, bajo las estrellas del desierto, bajo la luna del desfiladero.
Idris la sostuvo en sus brazos durante un largo rato antes de entregármela.
La sostuvo con una delicadeza que me rompió el alma porque era la delicadeza de un hombre que había sido estatua, que había sido oro, que había sido silencio, y ahora sostenía una vida nueva entre las manos y no sabía si merecía tocarla, si merecía sentirla, si merecía respirar el mismo aire que ella.
—Se llama Elvira —murmuró, entregándomela.
Su voz, ronca. Quebrada. Nueva—. Se llama Elvira porque Elvira lo pidió.
Se llama Elvira porque Elvira lo merece.
Se llama Elvira porque Elvira está aquí.
En sus rizos. En sus ojos. En su sonrisa.
En su terquedad. En su forma de mirar el mundo como si el mundo le debiera una explicación.
Tomé a la niña. La apreté contra mi pecho. La olí. Olía a leche y a sangre y a tierra mojada por la tormenta. Olía a vida. Olía a comienzo. Olía a una promesa que acababa de formularse y no iba a romperse.
Elvira abrió la boca. Bostezó. Me miró. Y sonrió.
Aquella sonrisa. Aquella sonrisa de cascabeles.
Aquella sonrisa que había visto por última vez en el desfiladero, en los labios de mármol, y ahora veía en los labios de una recién nacida que bostezaba y me miraba y decidía que el mundo, a pesar de todo, era un lugar interesante.
La ceremonia del nombre se celebró tres días después, cuando la tormenta pasó y el sol volvió a brillar sobre Niani y la tierra se secó y los mangos recuperaron sus hojas y el mundo pareció respirar aliviado después de tres días de truenos y relámpagos y lluvia que caía en sábanas horizontales.
Toda la corte estuvo presente. Los ancianos del imperio.
Los guardianes del oasis, que habían viajado durante semanas para estar allí, para ver a la niña, para tocar sus rizos cobrizos con dedos temblorosos y murmurar oraciones en aquella lengua muerta que precedía a todas las lenguas.
Los supervivientes de la ciudad de las máscaras, que habían cruzado el Sahel con las pinturas faciales renovadas y las máscaras colgando del cuello como reliquias.
Y la estatua de mármol blanco. Elvira. Mi hermana.
Colocada bajo el árbol de mango, en el centro del jardín, con una guirnalda de flores alrededor del cuello y una vela encendida a sus pies y una inscripción en la base que Idris había tallado con sus propias manos durante las noches de insomnio: Elvira de Lara.
Hermana. Hija. Guardiana. La que selló la puerta.
La que durmió al dios. La que salvó el mundo con catorce años y una sonrisa de cascabeles.
La niña, Elvira, dormía en mis brazos durante la ceremonia.
Dormía con la boca entreabierta y los puños cerrados y los rizos cobrizos pegados a la frente por el sudor.
Dormía con una paz que me conmovía, una paz que no pertenecía a una recién nacida sino a algo más antiguo, más sabio, más esencial, como si el alma que llevaba dentro ya hubiera vivido, ya hubiera muerto, ya hubiera vuelto, y ahora descansara en un cuerpo nuevo con la tranquilidad de quien sabe que el descanso es merecido.
Idris colocó la corona de Malí sobre la cabeza de la niña. No la corona del Mansa. Una corona pequeña, de plata y oro trenzados, con una piedra de obsidiana en el centro. Un guiño. Un recuerdo. Un homenaje. Una promesa.
—Princesa de Malí —murmuró Idris, con la voz grave y perezosa del hombre que me llamó rosa castellana—. Hija de la selladora. Hija de la estatua. Hija de las arenas. Hija de dos mundos. Hija de tres sangres. Hija de una promesa que no va a romperse.
La multitud rugió. Los tambores sonaron.
Las mujeres cantaron. Los hombres golpearon el suelo con los bastones.
Los guardianes murmuraron sus oraciones.
Y yo, Mencía de Lara, reina de Malí, madre de una niña con rizos cobrizos y sonrisa de cascabeles, miré hacia la estatua de mármol blanco bajo el árbol de mango y murmuré una palabra que solo Elvira podía oír.
Gracias.
Aquella noche, cuando la fiesta terminó y los invitados se retiraron y las antorchas se apagaron y el palacio quedó en silencio, me senté en el jardín junto a la estatua de mármol blanco con la niña dormida en mis brazos y la espalda apoyada contra el tronco del árbol de mango.
El cielo estaba limpio. Las estrellas brillaban con una intensidad que no había visto desde el desierto, desde aquella primera noche que Idris me sostuvo bajo la manta y su pulgar trazó un arco sobre el dorso de mi mano y el mundo se redujo a un palmo de espacio compartido bajo un cielo de estrellas indiferentes.