CAPÍTULO 40. La corona de las arenas #3
Miré las estrellas. Miré la estatua. Miré la niña.
Y sentí una paz que no había sentido desde hacía dos años, desde la noche de los cirios rotos, desde el crujido de la cimitarra, desde la sangre en las losas del patio de los arrayanes.
Una paz que no era ausencia de dolor. No era olvido.
No era indiferencia. Era aceptación. Era la certeza de que el dolor existe y no puede borrarse, pero puede cargarse, puede llevarse, puede convertirse en algo que no destruye sino que sostiene, que no hunde sino que ancla, que no mata sino que recuerda.
Cerré los ojos. Respiré. El aire olía a mango y a tierra mojada y a leche y a sangre y a vida.
Olía a todo lo que había perdido y todo lo que había ganado.
Olía a Rodrigo. Olía a Yusuf. Olía a Zoe.
Olía a Fray Anselmo. Olía a Kael-Amun. Olía a Elvira.
Olía a Idris. Olía a la niña que dormía en mis brazos. Olía a mí.
Pero entonces, la niña abrió los ojos.
No con el parpadeo lento de una recién nacida que se despierta.
No con el bostezo de un bebé que tiene hambre.
Con una apertura súbita, total, alerta. Como si algo la hubiera llamado.
Como si algo la hubiera despertado. Como si algo, en algún lugar del mundo, hubiera pronunciado su nombre y ella lo hubiera oído desde el otro lado del sueño.
Me miró. Con aquellos ojos enormes. Con la boca entreabierta. Con una expresión que no era sorpresa. No era hambre. No era incomodidad.
Era reconocimiento.
En el fondo de sus ojos, muy al fondo, tan al fondo que podía ser imaginación, podía ser la luz de las estrellas reflejándose en las pupilas, podía ser un truco de la luna, vi algo que me heló la sangre.
Un destello. Breve. Dorado. Un destello que no pertenecía a una recién nacida.
Un destello que pertenecía a algo más antiguo. Más vasto. Más hambriento.
Parpadeé. El destello desapareció. La niña bostezó. Cerró los ojos. Volvió a dormirse. Volvió a ser una recién nacida con los puños cerrados y los rizos cobrizos y la boca entreabierta.
Me quedé inmóvil. Con la niña en los brazos. Con la espalda contra el árbol de mango. Con la estatua de mármol blanco a mi lado. Con las estrellas brillando sobre mi cabeza. Con el corazón latiéndome de una manera que no era miedo. No exactamente. Era algo más complejo. Más antiguo. Más inevitable.
Era reconocimiento.
Porque el ciclo no había terminado. Porque la sangre no se detiene.
Porque la puerta que se sella aquí se abre allá.
Porque el dios que duerme aquí despierta allá.
Porque el mundo es vasto y hay más tumbas bajo la tierra, más puertas de bronce, más estatuas de oro, más sangre que derramar, más vidas que dar, más mujeres que caminar sobre brasas, más niñas que convertirse en mármol, más hombres que convertirse en oro.
Porque la guerra por el alma del mundo no tiene final. Solo tiene pausas. Solo tiene respiraciones. Solo tiene noches de calma entre una batalla y la siguiente.
Porque yo, Mencía de Lara, reina de Malí, madre de una niña con rizos cobrizos y un destello dorado en el fondo de los ojos, ya no era la mujer que lloraba en la bodega de una galera.
Ya no era la mujer que caminaba sobre brasas y no gritaba.
Ya no era la mujer que besaba a un muerto y lo dejaba ir.
Ya no era la mujer que perdía todo y seguía caminando.
Era otra cosa. Algo nuevo. Algo forjado en el fuego y el oro y el mármol y la sangre y la arena. Algo que no tenía nombre todavía. Algo que iba a tenerlo. Algo que iba a construirse. Algo que iba a luchar.
La niña se removió en mis brazos. Bostezó. Se acurrucó contra mi pecho. Cerró los puños. Respiró.
Y yo, con la mano en su espalda, con la corona en la cabeza, con la obsidiana en el pecho, con la estatua de mármol blanco a mi lado, con las estrellas brillando sobre mi cabeza, con el mundo girando bajo mis pies, miré hacia el horizonte.
Hacia el sur. Hacia el norte. Hacia el este.
Hacia el oeste. Hacia todos los lugares donde una puerta podía abrirse.
Hacia todos los lugares donde un dios podía despertar.
Hacia todos los lugares donde una niña podía necesitar una hermana.
Hacia todos los lugares donde un hombre podía necesitar una reina.
Hacia todos los lugares donde el mundo podía necesitar una mujer que no se rindiera.
Sonreí.
Una sonrisa pequeña. Cansada. Tierna. Feroz.
Una sonrisa que decía aquí estoy, aquí me quedo, aquí me quedo siempre.
Una sonrisa que decía venid, dioses, venid, traidores, venid, puertas, venid, tumbas, venid, muertes, venid, vidas, venid, todo, venid, que estoy lista.
Una sonrisa que decía la guerra por el alma del mundo acaba de comenzar, y esta vez, no voy a caminar sola.
La niña respiró. El árbol de mango susurró. La estatua de mármol blanco brilló bajo las estrellas.
Pero en algún lugar del mundo, muy lejos, muy hondo, muy debajo de la tierra, una puerta de bronce tembló.