La Reina De África: Granada, siglo XIV CAPÍTULO 40. La corona de las arenas
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CAPÍTULO 40. La corona de las arenas

La coronación se celebró tres lunas después, cuando las lluvias habían terminado y la tierra de Malí brillaba bajo el sol con un verde pleno, exuberante, obsceno en su abundancia, un verde que decía la vida insiste, la vida se niega a morir aunque la maten, aunque la encierren, aunque la conviertan en estatua, aunque la fundan en oro, aunque la sellen bajo la tierra.

Idris fue coronado Mansa en la plaza central de Niani ante diez mil personas que llenaban la plaza y desbordaban las calles y se asomaban a las ventanas y trepaban a los tejados para ver al príncipe que había vuelto de la muerte, al hombre que se convirtió en estatua y volvió a ser carne, al hijo del Mansa que cruzó un continente encadenado y regresaba con una corona y una mujer castellana y una estatua de mármol blanco que iba a colocarse en el centro del jardín del palacio, bajo un árbol de mango.

La corona era de oro. No del oro maldito.

Del oro de Malí, del oro que se extrae con las manos y se trabaja con el fuego y se entrega con orgullo, un oro que no devora ni enloquece ni despierta dioses, un oro que simplemente brilla, que simplemente adorna, que simplemente dice esto es lo que somos, esto es lo que ofrecemos.

El anciano que colocó la corona sobre la cabeza de Idris tenía las manos temblorosas y los ojos llenos de lágrimas que no se molestó en ocultar, y cuando el metal tocó el cabello del príncipe, la multitud rugió con un sonido que sacudió las paredes de la plaza e hizo temblar las hojas de los mangos y se elevó hacia el cielo como una oración colectiva, como un agradecimiento que llevaba generaciones acumulándose.

Después Idris me miró. Me extendió la mano.

Caminé hacia él con los pies calzados por primera vez en meses, con unas sandalias de cuero que una sirvienta me había traído aquella mañana, y sentí la tierra bajo las suelas y pensé en Elvira, en la estatua de mármol blanco que descansaba bajo el árbol de mango, y pensé en Rodrigo, en el polvo dorado que se elevó hacia el cielo ceniciento, y pensé en todos los que no estaban, en todos los que no iban a estar, en todos los que habían dado la vida para que yo pudiera caminar hacia un trono en una plaza de Malí con los pies calzados y el cabello trenzado y un vestido de seda azul bordado con hilos de oro.

Idris me colocó la corona. Una corona más pequeña. De plata y oro trenzados, con una piedra de obsidiana en el centro, un guiño, un recuerdo, un homenaje a la piedra que me guio, que me devoró, que me llevó hasta él.

—Mi reina —murmuró, con aquella voz grave y perezosa del hombre que me llamó rosa castellana bajo el azahar—. Mi rosa. Mi castellana. Mi vida.

—Mi rey —murmuré—. Mi príncipe. Mi estatua. Mi carne. Mi todo.

Nos besamos ante diez mil personas. Ante el cielo de Malí.

Ante la tierra que nos sostenía. Ante la estatua de mármol blanco que descansaba bajo el árbol de mango.

Nos besamos con la boca llena de lágrimas y sonrisas y la certeza de que aquel beso no era un final sino un comienzo, no era una despedida sino una promesa.

La fiesta duró tres días. Tres días de música y comida y vino de palma y danzas que hacían temblar la tierra y cantos que se elevaban hacia las estrellas y niños que corrían entre las piernas de los adultos y ancianos que lloraban de alegría y mujeres que se pintaban las manos con henna y hombres que golpeaban tambores hasta que los dedos les sangraban.

Yo observaba desde el balcón del palacio.

Con una copa de vino en la mano. Con la corona de plata y oro sobre el cabello.

Con la obsidiana brillando en el centro de la frente.

Observaba el mundo que Idris iba a construir.

El mundo que Elvira había comprado con su vida.

El mundo que Rodrigo había perdido la cabeza por proteger.

El mundo que Yusuf había intentado devorar. El mundo que seguía girando.

Pero en la tercera noche, cuando la plaza se vació y las antorchas se apagaron y el palacio quedó en silencio y los sirvientes se retiraron y las puertas se cerraron y el mundo se redujo a una alcoba con una ventana abierta al jardín donde el árbol de mango proyectaba sombras sobre la estatua de mármol blanco, Elvira vino a visitarme.

No como una aparición. No como un fantasma. Vino como siempre había venido: con los rizos cobrizos cayéndole sobre los hombros, con los ojos enormes, con la sonrisa de cascabeles, con los pies descalzos sobre las losas de piedra.

Me senté en la cama. La miré. No lloré. No grité. No me sorprendí. La esperaba. La había estado esperando desde la coronación. La había estado esperando desde el desfiladero. La había estado esperando desde la primera noche que la sostuve muerta entre mis brazos y le canté la canción del ruiseñor.

—Mencía —murmuró, sentándose al borde de la cama. Con los pies colgando. Con las manos en el regazo—. No tengo mucho tiempo. No tengo mucho espacio. Pero necesitaba veros. Necesitaba deciros. Necesitaba que supierais.

—Os escucho.

—No fue en vano. Nada fue en vano. Ni la bodega.

Ni el zoco. Ni el desierto. Ni la masacre.

Ni Rodrigo. Ni Yusuf. Ni el oro. Ni el dios.

Ni la estatua. Ni el mármol. Cada paso tenía un propósito.

Cada herida tenía un destino. Cada gota de sangre derramada sobre la tierra llevaba hacia aquí.

Hacia esta noche. Hacia esta alcoba. Hacia esta ventana. Hacia este jardín. Hacia esta paz.

—Os echo de menos.

—Lo sé. Yo también os echo de menos. Echo de menos el patio de los arrayanes.

Echo de menos el gato atigrado. Echo de menos la canción del ruiseñor.

Echo de menos vuestras manos apartándome un rizo de la frente.

Echo de menos ser una niña. Echo de menos estar viva.

Pero no estoy triste, Mencía. No estoy sola.

No estoy fría. Estoy en el mármol. Estoy en el jardín.

Estoy en el árbol de mango. Estoy en cada niño que toque la estatua y pregunte ¿quién es?

y cada madre que responda es Elvira, la niña que salvó el mundo.

Se quedó callada un instante. Miró hacia la ventana. Hacia el jardín. Hacia la estatua de mármol blanco que brillaba bajo las estrellas. Después se giró hacia mí. Me miró. Sonrió.

—Vuestro vientre, Mencía. Vuestro vientre ya no está vacío.

Me llevé la mano al abdomen. La apoyé. La sostuve.

Sentí el calor de mi propia piel. Sentí el latido de mi propio corazón.

Sentí algo más. Algo mínimo. Algo casi imperceptible.

Un latido que no era el mío. Un calor que no me pertenecía.

Una presencia que acababa de llegar, que acababa de encenderse, que acababa de existir.

—Hay una vida dentro de vos —continuó Elvira, con la voz suave, con los ojos brillando—.

Pequeña. Nueva. Recién encendida. Una chispa.

Un aliento. Una promesa. Y esa vida lleva algo mío.

No toda. No entera. No la niña que perseguía gatos.

Pero algo. Un fragmento. Un eco. Un susurro.

Un rizo cobrizo. Una sonrisa. Una terquedad.

Una forma de mirar el mundo con los ojos enormes y la boca entreabierta y la certeza de que todo va a estar bien aunque no lo esté.

Las lágrimas me cayeron por las mejillas.

No las limpié. No las ocultaba. Dejé que cayeran.

Dejé que brillaran bajo la luz de las estrellas.

Dejé que Elvira las viera. Dejé que Elvira supiera que lloraba de alegría, de dolor, de gratitud, de una emoción que no tenía nombre porque no existía palabra en ninguna lengua para describir lo que se siente cuando una hermana muerta te anuncia que va a vivir dentro de tu hijo.

—Cuidadlo —murmuró Elvira—. Cuidadla. Contadle mi historia. Cantadle la canción del ruiseñor. Apartadle un rizo de la frente. Decidle que su tía Elvira lo mira desde el mármol. Que lo mira desde el jardín. Que lo mira desde el árbol de mango. Que lo mira desde cada amanecer. Que lo mira siempre.

—Se lo diré.

—Decidle que lo quiero. Que lo quise antes de conocerlo. Que lo quise desde el otro lado. Que lo quise siempre.

—Se lo diré.

Elvira se puso en pie. Se acercó a la ventana.

Miró hacia el jardín. Hacia la estatua. Hacia las estrellas.

Se giró. Me miró. Me sonrió. Aquella sonrisa de cascabeles.

Aquella sonrisa que había visto por primera vez en el patio de los arrayanes y por última vez en el desierto, entre las dunas, señalando hacia el sur.

—Adiós, Mencía. Adiós, hermana. Adiós, rosa castellana. Adiós, madre.

Desapareció. Con una lentitud suave, natural, como la niebla que se disuelve al amanecer. Como el humo que se eleva y se pierde. Como una vela que se apaga porque la cera se ha consumido y la llama ya no tiene nada que quemar.

Me quedé sentada en la cama. Con la mano en el vientre. Con la ventana abierta al jardín. Con la estatua de mármol blanco brillando bajo las estrellas. Con el silencio de la noche llenándome los oídos. Con el latido nuevo, mínimo, casi imperceptible, latiéndome bajo la palma.

Idris entró en la alcoba. Se detuvo en el umbral. Me miró. Vio las lágrimas. Vio la mano en el vientre. Vio la ventana abierta. Vio el jardín. Vio la estatua. Vio todo. Entendió todo.

Se acercó. Se sentó junto a mí. Me tomó la mano. La apoyó sobre mi vientre. La sostuvo. Cerró los ojos.

—Elvira —murmuró.

—Elvira —confirmé.

Asintió. Me apretó la mano. Me sostuvo. Me ancló.

Nos quedamos así. Sentados en la cama. Con las manos entrelazadas sobre el vientre.

Con la ventana abierta. Con las estrellas brillando.

Con la estatua de mármol blanco en el jardín.

Con el latido nuevo bajo la palma. Con el silencio de la noche.

Con la paz. Con la certeza de que el mundo seguía girando.

Me puse en pie. Caminé hacia la ventana. Miré hacia el horizonte. Hacia el cielo estrellado. Hacia la tierra de Malí. Hacia el mundo que seguía girando. Hacia el amanecer que iba a llegar.