La Reina De África: Granada, siglo XIV CAPÍTULO 39. El regreso de Idris
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CAPÍTULO 39. El regreso de Idris

El agua sagrada corrió por las grietas del oro como sangre por una herida que comienza a cerrar, y donde el líquido tocaba el metal, el metal cedía, se ablandaba, se volvía poroso, dejaba de ser estatua y comenzaba a ser piel, dejaba de ser silencio y comenzaba a ser aliento, dejaba de ser eternidad y comenzaba a ser tiempo, tiempo finito, tiempo humano, tiempo que se mide en latidos y no en siglos.

Observé la transformación con las manos aún sosteniendo el odre vacío y las rodillas clavadas en la roca fría del desfiladero, y cada partícula de oro que caía al suelo llevaba consigo un fragmento de la espera, un trozo de los meses que Idris había pasado dentro del metal, consciente, latiendo, amándome desde un lugar donde el amor no tiene boca ni manos ni ojos, donde el amor es solo una vibración que no puede tocarse pero no puede apagarse.

El oro cayó. Se desprendió. Se deshizo como escarcha al sol.

Y debajo apareció la carne.

Primero los dedos. Después las manos. Después las muñecas, los antebrazos, los codos.

La piel emergía del metal con una lentitud que parecía deliberada, casi reverente, como si el cuerpo necesitara recordar cómo se siente tener piel, cómo se siente tener sangre, cómo se siente tener un corazón que late no porque el oro lo obligue sino porque la vida lo exige.

Idris abrió los ojos.

Dorados. Vivos. Brillantes con una luz que no pertenecía al metal sino al alma, una luz que había estado atrapada dentro del oro durante semanas y ahora salía, ahora respiraba, ahora existía.

Me miró. Parpadeó. Parpadeó de nuevo. Como si necesitara verificar que lo que veía era real, que yo era real, que el desfiladero era real, que el cielo sobre nosotros era real y no otro sueño, otro espejismo, otro truco de la muerte.

—Mencía.

Mi nombre en su boca. Ronco. Quebrado. Nuevo. Como si las cuerdas vocales necesitaran reaprender la forma de las vocales después de semanas de silencio metálico.

Me lancé sobre él. No con elegancia. No con gracia.

Con la torpeza desesperada de una mujer que lleva demasiado tiempo conteniendo el impulso de tocar un cuerpo que creía perdido.

Le hundí los dedos en el cabello. Le mordí el hombro.

Le besé la frente, las mejillas, los párpados, la mandíbula, los labios, todo, cada centímetro de piel que el oro había cubierto y ahora me devolvía caliente, respirando, latiendo.

Idris me sostuvo. Me envolvió con los brazos.

Me apretó contra su pecho con una fuerza que me arrancó el aire de los pulmones y no me importó, porque el aire no importaba, porque respirar no importaba, porque lo único que importaba era aquel cuerpo caliente contra el mío, aquel corazón latiendo contra mi mejilla, aquella voz ronca susurrándome al oído.

—Estoy aquí. Estoy vivo. Estoy caliente. Estoy respirando.

—Lo sé. Lo sé. Lo sé.

—Estoy aquí, Mencía. No me he ido. No me voy.

—Lo sé.

Lloré contra su cuello. Lloré con el cuerpo entero, con los hombros sacudiéndose, con las manos arañándole la espalda, con la boca abierta en un sollozo que no era palabra.

Lloré por Idris. Por Rodrigo. Por Yusuf.

Por Zoe. Por Fray Anselmo. Por Kael-Amun.

Por todos los que no estaban. Por todos los que no iban a estar.

Idris me sostuvo hasta que las lágrimas se agotaron. Hasta que el cuerpo dejó de temblar. Hasta que pude levantar la cabeza y mirarlo y ver sus ojos dorados llenos de una pregunta que no se atrevía a formular.

—¿Dónde está Elvira?

El silencio que siguió duró tres latidos. Tres latidos en los que el viento sopló entre las paredes del desfiladero y los mercenarios caídos gemían y el cielo se despejaba sobre un mundo que no sabía que había estado a punto de dejar de existir.

Me giré. Señalé la estatua de mármol blanco. La señalé con un dedo que temblaba. La señalé como se señala una tumba. Como se señala una herida. Como se señala algo que no puede nombrarse sin romperse.

Idris miró. Vio. Entendió.

Se quedó inmóvil durante un instante que pudo ser un segundo o una hora, y en su rostro vi la alegría del regreso deshacerse como se deshace la escarcha al sol, vi la gratitud del agua sagrada agrietarse como se agrieta el oro, vi la vida que acababa de recuperarle convertirse en una carga que no había pedido, porque vivir cuando la persona que te salvó se convirtió en piedra es una forma de deuda que no puede pagarse, una forma de culpa que no puede borrarse.

—No —murmuró. Una sola palabra. Pequeña. Absurda. Inútil—. No. No. No.

Se puso en pie. Caminó hacia la estatua de mármol blanco. Se arrodilló ante ella. Apoyó la frente contra la superficie fría. Cerró los ojos.

—Elvira —susurró contra la piedra—. Elvira, no teníais que hacerlo. No teníais que salvarme. No teníais que morir por mí. No teníais que convertiros en esto. No teníais que dejarme vivir con el peso de saber que vuestra vida compró la mía.

El mármol no respondió. El mármol no respiró. El mármol no le dijo no fue por vos, fue por el mundo, fue por Mencía, fue por la puerta, fue por el dios, fue por el equilibrio, fue por la sangre, fue por el propósito. El mármol fue mármol. Y el silencio fue silencio.

Idris se quedó arrodillado un largo rato.

Con la frente contra la piedra. Con las manos en el suelo.

Con los hombros temblando. Con los labios moviéndose en una oración que no era cristiana ni musulmana ni pagana, una oración que pertenecía a un príncipe de Malí que había sido esclavo y estatua y hombre y ahora era solo un hombre arrodillado ante una niña convertida en piedra.

Cuando se levantó, tenía los ojos secos. La mandíbula apretada. La espalda recta. La expresión de un hombre que ha llorado todo lo que podía llorar y ahora solo le queda la acción, solo le queda el propósito, solo le queda la promesa.

—Voy a construir un reino —murmuró, mirándome a los ojos—.

Un reino que lleve su nombre. Un reino donde la codicia no tenga trono.

Donde la guerra no tenga nombre. Donde el oro no sea jaula.

Donde los dioses no despierten. Donde las niñas de catorce años persigan gatos en lugar de morir en desfiladeros.

—Idris.

—Un reino donde las mujeres no caminen sobre brasas para merecer un vaso de agua.

Donde los hombres no se conviertan en estatuas para salvar a las mujeres que aman.

Donde nadie tenga que convertirse en mármol para que el mundo pueda seguir girando.

Un reino digno de Elvira. Un reino que la recuerde. Un reino que no la olvide.

Me acerqué a él. Le tomé el rostro entre las manos. Le sostuve la mirada. Le acaricié la mejilla con el pulgar.

—Construidlo —murmuré—. Construidlo juntos. Construidlo por ella. Construidlo por Rodrigo. Construidlo por todos los que no van a ver el amanecer. Construidlo y no lo olvidéis. No la olvidéis. No me olvidéis. No os olvidéis de quién sois.

Idris asintió. Me apretó las manos. Me sostuvo. Me ancló.

Detrás de nosotros, los guardianes recogieron la estatua de mármol blanco. La envolvieron en tela de lino. La cargaron sobre Tariq con una delicadeza que me conmovió, una delicadeza que no pertenecía a hombres sino a algo más antiguo, más esencial, más reverente.

El camello de pelaje rojizo aceptó la carga sin un gemido. Sin una protesta. Como si entendiera que lo que llevaba sobre el lomo no era peso sino persona, no era mercancía sino promesa.

Elvira, la niña de catorce años que perseguía gatos atigrados, viajaba ahora envuelta en tela sobre un camello, camino de un jardín donde iba a descansar bajo un árbol de mango, camino de un palacio donde los niños iban a tocarla y las madres iban a contar su historia, camino de un reino que iba a llevar su nombre.

Y nosotros caminábamos detrás. Hacia el sur. Hacia Malí. Hacia el trono. Hacia la coronación. Hacia la vida que íbamos a construir sobre las cenizas de todo lo que habíamos perdido.

El sol se hundía en el horizonte. Teñía el cielo de un naranja que no era sangre ni amenaza sino promesa, un naranja que decía el día termina pero la noche no es el final, la noche es un pasillo, la noche es una espera, la noche es un lugar donde se descansa antes de volver a caminar.

Idris caminaba a mi lado. Me tomó la mano.

Me apretó los dedos. No dijo nada. No hacía falta.

Su silencio contenía todo lo que las palabras no podían: la gratitud, la culpa, el amor, la promesa, la certeza de que íbamos a caminar juntos hasta que los pies se nos rompieran y el corazón se nos detuviera y el mundo entero dijera basta, ya es suficiente, ya podéis descansar.

Caminamos. Hacia Malí. Hacia el trono. Hacia la corona. Hacia el reino. Hacia la vida.

Con Elvira a nuestras espaldas, envuelta en tela, viajando sobre un camello, camino de un jardín donde iba a descansar para siempre.

Con el sol hundiéndose detrás de nosotros.

Con la tierra extendiéndose delante.

Con la certeza de que el mundo seguía girando porque una niña de catorce años se convirtió en mármol para que pudiera.