CAPÍTULO 38. El sacrificio de Elvira
La luz dorada que brotaba de las grietas de la estatua de Idris llenó el desfiladero con una intensidad que no pertenecía al sol ni al fuego ni a ninguna fuente que yo pudiera nombrar, y en aquella luz, en aquel resplandor cálido y hambriento que se adhería a la piel como polen, como ceniza, como una enfermedad dulce, vi a Elvira caminar hacia la estatua con una calma que me heló la sangre más que cualquier grito, más que cualquier carrera, más que cualquier gesto de pánico, porque la calma de una niña que ha decidido morir es más terrible que el pánico de un hombre que intenta sobrevivir.
Se movía con los pies descalzos sobre la roca fría del desfiladero, con los rizos cobrizos cayéndole sobre los hombros y meciéndose con cada paso como péndulos de cobre, con la camisa blanca empapada de sudor pegada al cuerpo delgado, y sus ojos estaban cerrados, completamente cerrados, y sus labios se movían en una oración que no lograba escuchar porque el aire del desfiladero se había vuelto sólido, denso, cargado de una presión que aplastaba los tímpanos y convertía cada sonido en un murmullo lejano, como si el mundo entero estuviera sumergido bajo una campana de cristal.
—Elvira —llamé, y mi voz salió rota, ajena, un sonido que no reconocí, un sonido que pertenecía a otra mujer, a una mujer que no había caminado sobre brasas ni besado a un muerto ni sellado una tumba ni perdido una hermana dos veces—. Elvira, deteneos. Elvira, miradme. Elvira, no hagáis esto.
No se detuvo. No abrió los ojos. No giró la cabeza.
Siguió caminando hacia la estatua agrietada con aquella calma terrible, absoluta, de quien ha cruzado una frontera y ya no puede volver, de quien ha visto el otro lado y ha entendido que el otro lado no es un lugar sino un propósito, no es un destino sino una tarea, no es una muerte sino un encargo que alguien le puso en las manos antes de nacer y que ha llevado consigo durante catorce años sin saberlo.
El primer guardián, el de los ojos ciegos y el bastón de hueso, me agarró del brazo cuando intenté correr hacia ella. Su mano, fría, huesuda, sorprendentemente fuerte, me detuvo con una firmeza que no admitía réplica.
—No la detengáis —murmuró el anciano, y su voz tenía una textura que no le había oído antes, una textura de tristeza antigua, de reconocimiento, de alguien que ha visto esto antes, en otro siglo, con otra niña, con otra sangre—.
No podéis detenerla. No debéis detenerla.
La sangre que ha cruzado la frontera es la única que puede sellar desde dentro.
La sangre que ha muerto y vuelto es la única que puede contener al dios.
Es la ley. Es el equilibrio. Es el precio. Y el precio no se negocia.
Me solté de su mano. Di un paso hacia Elvira.
Otro. El guardián no me detuvo de nuevo.
No hacía falta. Me detuve yo sola. Me detuve porque vi la expresión de Elvira cuando abrió los ojos, cuando giró la cabeza, cuando me miró por última vez antes de tocar la estatua, y en aquella expresión no había miedo, no había duda, no había súplica, no había nada que yo pudiera usar para detenerla, para convencerla, para arrancarla de su propósito.
Había paz. Una paz tan vasta, tan profunda, tan antigua, que me llenó el pecho como una marea y me arrancó las piernas de debajo del cuerpo y me obligó a caer de rodillas sobre la roca fría porque las rodillas ya no podían sostener el peso de lo que estaba viendo.
—Mencía —murmuró Elvira, y su voz tenía la textura de una caricia, de una mano que se apoya en la mejilla por última vez—.
Escuchadme. No voy a pediros permiso. No voy a pediros perdón.
No voy a pediros que me entendáis. Solo voy a pediros una cosa.
Una sola cosa. La última cosa que voy a pediros en esta vida.
—Lo que queráis. Lo que queráis, Elvira. Lo que queráis.
—Cantadme la canción del ruiseñor. Ahora.
Aquí. Antes de que toque la estatua. Cantadme la canción que madre cantaba.
Cantadme la canción que vos me cantabais en la bodega de la galera.
Cantadme la canción que me cantasteis cuando me sostuvisteis muerta entre vuestros brazos.
Cantadme la canción una última vez. Cantadme la canción para que lo último que oiga no sea el rugido del dios sino la voz de mi hermana.
Cantadme la canción para que lo último que sienta no sea el frío del mármol sino el calor de vuestra voz.
Las lágrimas me cayeron por las mejillas. No las limpié. No las ocultaba. No me importaba. Abrí la boca. Cerré los ojos. Y canté.
Canté la canción del ruiseñor. La canción de madre.
La canción que no tenía letra, que no tenía nombre, que no pertenecía a ningún cancionero ni a ninguna tradición, que era solo una melodía, un hilo de sonido que subía y bajaba como un pájaro entre las ramas, como un pez entre las olas, como un alma entre la vida y la ausencia.
Canté con la voz rota, con la garganta ardiendo, con el pecho sacudiéndose, con las manos apretadas contra el suelo de roca, con los ojos cerrados y las lágrimas cayendo y el mundo entero reduciéndose a aquella melodía, a aquella niña, a aquel instante, a aquel adiós que no iba a pronunciarse porque no hacía falta, porque el adiós ya estaba cantado, porque el adiós ya estaba entregado, porque el adiós era la canción misma.
Elvira cerró los ojos. Sonrió. Aquella sonrisa de cascabeles.
Aquella sonrisa que había visto por primera vez en el patio de los arrayanes, persiguiendo al gato atigrado, y por última vez en el desierto, entre las dunas, señalando hacia el sur.
Sonrió. Y caminó. Los últimos tres pasos.
Los últimos tres pasos de una vida de catorce años.
Los últimos tres pasos de una niña que había muerto y vuelto y ahora iba a morir de nuevo, esta vez para siempre, esta vez sin regreso, esta vez sin Kael-Amun que la recogiera, esta vez sin lugar intermedio donde esperar, esta vez sin otra mano que la devolviera.
Tocó la estatua.
Y el mundo se detuvo.
No con un sonido. No con un estallido. No con un rugido.
Con un silencio. Un silencio tan absoluto, tan total, tan vasto, que el desfiladero entero pareció dejar de existir, que las paredes de roca parecieron disolverse, que el cielo pareció borrarse, que los mercenarios enloquecidos parecieron evaporarse, que los guardianes parecieron extinguirse, que todo pareció desaparecer excepto Elvira y la estatua y la luz dorada que brotaba de las grietas y se metía en su cuerpo por los poros, por los ojos, por la boca, por las yemas de los dedos, por cada centímetro de piel que tocaba el oro agrietado.
La luz la llenó. La penetró. La invadió.
Se instaló en sus huesos y en su sangre y en su alma y la convirtió en un recipiente, en un vaso, en una jaula para el dios que ya no cabía en el oro, que ya no cabía en la estatua, que ya no cabía en ninguna materia que no fuera un cuerpo que hubiera muerto y vuelto, un cuerpo que conociera el otro lado, un cuerpo que supiera cómo se sella una puerta desde dentro, un cuerpo que llevara en la sangre la memoria del silencio, la memoria de la ausencia, la memoria del lugar intermedio donde el tiempo no existe y el dolor no existe y solo hay espera y paciencia y la certeza de que alguien vendrá a buscarte.
Elvira gritó. Un grito breve. Agudo. Total.
Un grito que contuvo catorce años de vida y una muerte y una resurrección y un continente cruzado y una hermana amada y un gato atigrado y una canción sin letra y un patio de arrayanes y un zoco de esclavos y un desierto de arena y una ciudad de máscaras y una cámara de oro y un desfiladero de roca y un adiós cantado con la voz rota.
Un grito que fue lo último humano que salió de su boca antes de que la luz la llenara del todo y la convirtiera en otra cosa, en algo que ya no era niña ni mujer ni hermana ni hija ni Lara, sino sello, sino puerta, sino muro, sino eternidad.
Y después, silencio.
La luz dorada se apagó. Las grietas de la estatua se cerraron.
El oro se solidificó. El dios se calló. Los mercenarios cayeron al suelo, inmóviles, vacíos, libres, con las escamas doradas desprendiéndose de sus cuerpos como pétalos marchitos y los ojos recuperando un color que no era dorado sino marrón, sino verde, sino humano.
El desfiladero dejó de temblar. El cielo dejó de oscurecerse.
El aire dejó de pesar. El mundo respiró.
Pero donde había estado Elvira, donde había estado mi hermana, mi niña, mi cascabel, mi pequeña llama en un mundo que se empeñaba en apagarse, donde había estado la niña que perseguía gatos atigrados y me pedía que le contara historias del jardín y me apretaba la mano antes de dormir y me miraba con los ojos enormes y la boca entreabierta y me decía Mencía, tengo miedo, había ahora una estatua de mármol blanco.
Blanca como la nieve del Atlas. Blanca como la leche.
Blanca como la luna. Blanca como el silencio.
Con los rizos cobrizos convertidos en vetas rosadas que recorrían la superficie como ríos en un mapa.
Con los ojos cerrados. Con las manos extendidas, las palmas hacia arriba, como si ofreciera algo, como si pidiera algo, como si sostuviera algo invisible que solo ella podía ver.
Con una sonrisa en los labios de piedra.
Con una paz en el rostro que no pertenecía a la muerte sino al descanso, al cumplimiento, al propósito completado, a la tarea terminada, al encargo entregado.
Me arrastré hacia la estatua. Con las rodillas sobre la roca.
Con las manos arañando el suelo. Con los pies quemados dejando surcos rojos en la piedra.
Me arrastré como un animal herido, como una cosa rota, como una mujer que ha perdido todo y no sabe cómo perder una vez más sin deshacerse.
Llegué ante la estatua. Apoyé la frente contra el mármol.
Frío. Liso. Perfecto. Con la textura de la piedra pulida y la temperatura del invierno y una inmovilidad que no era quietud sino ausencia, una ausencia tan total que me provocó un vértigo que me dobló el estómago.
—Elvira —murmuré contra la piedra. Una sola palabra.
Un nombre. Un sonido que no iba a obtener respuesta.
Un sonido que iba a rebotar contra el mármol y volver a mí vacío, hueco, sin eco, sin calor, sin vida—.
Elvira, despertad. Elvira, miradme. Elvira, cantadme la canción.
Elvira, perseguid al gato. Elvira, apretadme la mano.
Elvira, existid. Elvira, respirad. Elvira, volved. Elvira, volved. Elvira, volved.
El mármol no respondió. El mármol no respiró. El mármol no latió. El mármol no me sostuvo la nuca ni me llamó hermana mayor ni me pidió que le contara historias del jardín ni me apretó la mano antes de dormir. El mármol fue mármol. Y el silencio fue silencio. Y la ausencia fue ausencia.
Me quedé así. Con la frente contra la piedra.
Con las manos en el suelo. Con el cuerpo sacudido por espasmos que no eran llanto ni risa ni grito sino algo más hondo, más antiguo, más primitivo, algo que no tenía nombre porque no había palabra en ninguna lengua para describir el sonido de un alma al romperse por segunda vez, al perder a la misma persona dos veces, al sostener el mismo cuerpo frío dos veces, al cantar la misma canción dos veces, al decir adiós dos veces.
Idris apareció junto a mí. No habló. No me tocó. Se arrodilló a mi lado. Se quedó allí. Existiendo. Respirando. Latiendo. Un cuerpo vivo junto a un cuerpo roto. Una presencia cálida junto a una ausencia fría. Un latido junto a un silencio.
Después, el odre. El agua sagrada. La promesa de los monjes del Atlas. Una vida por una vida. Un milagro por un milagro. El agua que podía deshacer lo que el oro había hecho. El agua que podía devolver la carne al metal. El agua que podía devolver el aliento al silencio.
Lo tomé. Lo destapé. Lo sostuve sobre la estatua de Idris, sobre el oro agrietado que aún latía débilmente, que aún contenía un calor mínimo, una posibilidad mínima, un hombre mínimo.
Vertí el agua.
El líquido tocó el oro. Frío. Cristalino.
Brillante con aquella luz azulada que no pertenecía a ningún astro.
El agua corrió por la superficie dorada, se metió en las grietas, se infiltró en las costuras, se hundió en el metal como una raíz se hunde en la tierra, como una promesa se hunde en la memoria, como un nombre se hunde en el alma.
Y el oro tembló.
Un temblor mínimo. Casi imperceptible. Un temblor que podía ser imaginación, que podía ser esperanza, que podía ser el último latido de una estatua que se apaga. Pero era real. Tangible. Inconfundible. El oro tembló. El oro latió. El oro respiró.
Fue cuando yo, Mencía de Lara, arrodillada entre una estatua de mármol blanco y una estatua de oro que temblaba, con las manos manchadas de agua sagrada y las rodillas sangrando sobre la roca fría, miré el oro temblar y sentí algo que no sentía desde hacía semanas, desde hacía meses, desde hacía una vida entera.
Sentí que el mundo me debía algo.
Y que esta vez, por primera vez, iba a pagarme.