CAPÍTULO 37. La persecución final
Las huellas de los mercenarios se hundían en la tierra blanda del desfiladero como cicatrices en una piel que no sana, y seguirlas fue sencillo durante la primera hora porque el rastro era ancho, torpe, desesperado, marcado por las patas de los camellos y los arrastrones de la estatua envuelta en tela que los ladrones no sabían sostener, que no sabían cuidar, que no sabían tratar con la reverencia que merece un cuerpo convertido en promesa, un hombre convertido en juramento, un príncipe convertido en la única razón que le quedaba a una mujer para seguir respirando.
Elvira corría a mi lado con el odre de agua sagrada apretado contra el pecho, y cada vez que tropezaba con una raíz o resbalaba sobre una piedra cubierta de musgo, se levantaba sin un gemido, sin una pausa, sin una mirada hacia atrás.
Pero seguía corriendo con una terquedad que me recordaba a madre, a la madre que no conocí pero que llevaba en la sangre, a la madre que según las historias había cabalgado tres días con una flecha en el hombro para llevar un mensaje al rey y no había soltado las riendas ni siquiera cuando el médico le arrancó la punta de hierro de la carne.
Los guardianes nos habían alcanzado al pie de la montaña, los siete ancianos de ojos ciegos que sostenían bastones de madera negra y murmuraban oraciones en una lengua muerta, y aunque el muro invisible que habían sostenido contra los jinetes se había disuelto con el amanecer, aunque los jinetes habían encontrado otro camino, aunque nos habían robado a Idris.
Los guardianes seguían caminando, seguían rezando, seguían existiendo a nuestro alrededor como una coraza de sonido y voluntad que no podía tocarse pero podía sentirse, una coraza que decía no estáis solas, no estáis desprotegidas, no estáis abandonadas.
El desfiladero se estrechó al caer la tarde.
Las paredes de roca se alzaron a ambos lados como las manos de un gigante que se cierran sobre una presa, y la luz del sol se redujo a una franja dorada en lo alto, una franja que apenas tocaba el suelo y dejaba el resto del camino en una penumbra fría, húmeda, cargada de un silencio que no era quietud sino espera, un silencio que tenía textura, que tenía peso, que tenía dientes.
Fue entonces cuando lo sentí.
Un tirón en el pecho. Un latido que no era el mío.
Una vibración que subía desde la tierra, desde la roca, desde las entrañas del desfiladero, y que me golpeó el esternón con la fuerza de un puño invisible.
El amuleto de obsidiana, que llevaba semanas dormido contra mi piel, que había dejado de arder, que había dejado de devorarme, se encendió de nuevo.
Un calor breve. Agudo. Urgente. Como una alarma. Como un grito. Como una mano que me sacudía por los hombros y me decía despierta, despierta, algo está ocurriendo, algo está cambiando, algo está rompiéndose.
Me detuve. Elvira se detuvo. Los guardianes se detuvieron.
—¿Lo sentís? —murmuré.
—Lo siento —respondió Elvira. Tenía los ojos cerrados.
Tenía las manos extendidas. Tenía el rostro inclinado hacia el suelo como si escuchara algo que venía de abajo, de muy abajo, de un lugar donde la roca se convertía en magma y el magma en memoria y la memoria en algo que no tenía nombre—.
Es Idris. Es la estatua. Algo le está ocurriendo a la estatua.
El primer guardián golpeó la tierra con el bastón. Una vez. Dos. Tres. El sonido resonó entre las paredes del desfiladero como una campana sumergida.
—Manos impuras —murmuró el anciano. Su voz, grave, tensa, cargada de un miedo que no le había oído antes, un miedo que no pertenecía a un hombre sino a algo más antiguo, más esencial, más vasto—.
Han tocado la estatua con manos impuras.
Han tocado el oro con dedos que no merecen tocarlo.
Han profanado el sello. Han abierto la grieta.
Y por la grieta, el dios respira. Por la grieta, el dios mira. Por la grieta, el dios sale.
Corrimos. Ya no con la urgencia de la persecución.
Con el pánico de quien sabe que el tiempo se ha acabado, que la cuenta atrás ha llegado a cero, que el mundo está a punto de cambiar de una manera que no tiene retorno.
Corrimos por el desfiladero con las paredes de roca cerrándose a nuestro alrededor y la franja de sol reduciéndose y la penumbra espesándose y el suelo temblando bajo nuestros pies con una vibración que no era terremoto sino latido, un latido enorme, profundo, geológico, que venía de debajo de la tierra, que venía de dentro de la estatua, que venía de un dios que llevaba milenios dormido y estaba despertando porque alguien, con manos impuras, con dedos indignos, con una venganza que no le pertenecía, había tocado lo que no debía tocarse.
Los encontramos al final del desfiladero.
En un ensanchamiento de la roca, un espacio circular rodeado de paredes verticales que se alzaban cincuenta varas hacia un cielo que ya no era dorado sino gris, plomizo, cargado de una electricidad que no pertenecía a ninguna tormenta.
Los ocho mercenarios estaban allí. Con los camellos.
Con las cimitarras. Con la estatua de Idris en el centro, arrancada de su envoltura de tela, desnuda, expuesta, brillante bajo la luz cenicienta que se filtraba desde lo alto.
Y la estatua se agrietaba.
No con un crujido. No con un estallido. Con una lentitud deliberada, casi ceremonial, como si el oro mismo decidiera dónde romperse, por dónde abrirse, por dónde dejar salir lo que llevaba dentro.
Las grietas aparecían en la superficie como venas en una piel translúcida, como raíces en una tierra seca, como ríos en un mapa visto desde muy arriba.
Y de las grietas, de cada grieta, de cada fisura, de cada rotura, brotaba una luz. Dorada. Cálida. Viva.
Una luz que no pertenecía al sol ni al fuego ni a ningún astro que yo conociera. Una luz que pertenecía al dios. Que era el dios. Que era el aliento del dios escapando por las grietas de una jaula que ya no podía contenerlo.
Los mercenarios retrocedían. Con los ojos desorbitados.
Con las cimitarras cayendo de manos que ya no podían sostenerlas.
Con las bocas abiertas en gritos que no salían porque el aire se había vuelto sólido, denso, irrespirable, cargado de una presión que aplastaba los pulmones y convertía cada respiración en una batalla.
Uno de ellos cayó de rodillas. Se llevó las manos a la cabeza. Se arrancó el turbante.
Se arrancó mechones de cabello. Abrió la boca y emitió un sonido que no era grito ni palabra ni gemido, un sonido de algo que se vacía, que se llena, que se convierte, que deja de ser lo que era y comienza a ser otra cosa.
El dios lo estaba tomando.
Lo veía en sus ojos. Lo veía en la forma en que las pupilas se dilataban hasta tragarse el iris, hasta tragarse el blanco, hasta que no quedaba nada más que oscuridad, una oscuridad que brillaba, una oscuridad dorada, una oscuridad que no era ausencia de luz sino exceso de algo, exceso de hambre, exceso de presencia, exceso de un ser que no cabía en un cuerpo humano y sin embargo se metía, se apretaba, se encajaba, se adueñaba.
—¡Mencía! —Elvira me agarró del brazo. Su voz, aguda, urgente, al borde del pánico—.
¡El agua! ¡El agua sagrada! ¡Si la estatua se rompe del todo, si el dios sale, si el dios toma a los mercenarios, si el dios toma el mundo, no habrá agua que valga!
¡No habrá estatua que salvar! ¡No habrá Idris que recuperar! ¡No habrá nada!
Lo sabía. Lo sabía con una certeza que me helaba la sangre y me vaciaba el estómago y me llenaba los ojos de una calma terrible, absoluta, definitiva, la calma de quien entiende que el mundo se está rompiendo y que la única forma de repararlo es correr hacia la rotura, meter las manos en la grieta, sostener los bordes con los dedos, aunque los dedos se quemen, aunque los dedos se rompan, aunque los dedos desaparezcan.
Corrí hacia la estatua. Hacia las grietas.
Hacia la luz dorada. Hacia el dios que despertaba.
Hacia Idris que se deshacía. Corrí con los pies quemados sobre la roca fría.
Corrí con el odre de agua sagrada apretado contra el pecho.
Corrí con Elvira detrás de mí y los guardianes detrás de Elvira y los mercenarios enloquecidos entre mí y la estatua y la luz dorada llenando el desfiladero y las paredes temblando y el cielo oscureciéndose y el mundo conteniendo el aliento.
Y entonces, a tres pasos de la estatua, a tres pasos de Idris, a tres pasos del oro agrietado que latía y se rompía y dejaba salir al dios, me detuve.
Porque la estatua me miró.
No con ojos. No tenía ojos. El oro no tiene ojos.
La estatua no tiene mirada. Pero me miró.
Me vio. Me reconoció. Y desde dentro del metal, desde dentro de las grietas, desde dentro de la luz dorada que brotaba como sangre de una herida, una voz me llamó.
Una voz que no era voz. Una vibración que no era sonido. Un nombre que no era nombre.
Mi nombre.
Pronunciado por Idris. Desde dentro del oro. Desde dentro de la muerte. Desde dentro de la eternidad.
Mencía.
Y el mundo se rompió.
No con un sonido. Con un silencio. Un silencio tan absoluto, tan total, tan vasto, que el desfiladero entero pareció dejar de existir, que las paredes de roca parecieron disolverse, que el cielo pareció borrarse, que los mercenarios parecieron evaporarse, que Elvira pareció desvanecerse, que los guardianes parecieron extinguirse, que todo pareció desaparecer excepto la estatua, excepto las grietas, excepto la luz dorada, excepto mi nombre en la boca de un hombre que ya no tenía boca.
Mencía.
Otra vez. Desde dentro. Desde el oro. Desde la grieta. Desde el lugar donde la carne y el metal se confundían y no se sabía cuál estaba vivo y cuál estaba muerto.
Mencía, venid. Mencía, salvadme. Mencía, sacadme de aquí. Mencía, no me dejéis solo. Mencía, no me dejéis frío. Mencía, no me dejéis callado. Mencía, no me dejéis morir.
Di el último paso.
Pero la estatua estalló en luz.