La Reina De África: Granada, siglo XIV CAPÍTULO 36. La prueba de los monjes
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CAPÍTULO 36. La prueba de los monjes

Las brasas ocupaban el centro del patio como una lengua de fuego aplastada contra la piedra, un rectángulo de tres varas de largo por una de ancho donde las ascuas brillaban con un naranja profundo, casi rojo, casi negro en los bordes, y el calor que emanaba de aquella superficie era visible, tangible, una cortina de aire trémulo que distorsionaba las columnas del fondo y convertía el rostro de los monjes en máscaras ondulantes, irreales, como reflejos en un estanque perturbado por una piedra.

El amanecer apenas había comenzado. El sol asomaba tras los picos nevados con una lentitud ceremonial que parecía deliberada, como si el astro mismo quisiera ser testigo, como si el cielo necesitara ver lo que yo iba a hacer antes de decidir si merecía seguir iluminándome.

Elvira me apretó la mano. Me miró. No dijo nada. No hacía falta. Su silencio contenía todo lo que las palabras no podían: el miedo, la confianza, la certeza de que iba a lograrlo y el terror de que no, la promesa de que estaría allí al otro lado, esperándome, sosteniéndome, recogiéndome si caía.

—No miréis las brasas —murmuró el monje del centro, aquel de voz grave y ojos sin emoción—.

Mirad hacia adelante. Mirad hacia el otro lado.

Mirad hacia lo que os espera. El dolor existe solo donde lo miráis.

Si no lo miráis, no existe. Si no lo alimentáis, no crece. Si no le dais nombre, no tiene forma.

Asentí. Me quité los jirones de tela que me envolvían los pies.

La piel estaba en carne viva, ampollada, sangrante, con las heridas aún abiertas de tres días de nieve y roca y sendero de cabras.

Apoyé los pies desnudos sobre la piedra helada que rodeaba las brasas y sentí el contraste como una bofetada.

El frío mordiendo las plantas, el calor lamiéndome los tobillos desde un palmo de distancia, y entre ambos extremos, yo, Mencía de Lara, viuda, asesina, selladora, mujer con los pies destrozados y el corazón latiéndome por última vez, a punto de caminar sobre fuego porque un hombre de oro me esperaba al otro lado del mundo.

—¿Estáis lista? —preguntó el monje.

—No.

—Entonces caminad. La preparación es un lujo de quienes tienen tiempo. Vos no tenéis tiempo. Vos tenéis un hombre dentro de una estatua y una vida que se agota y un agua que no va a esperar.

Di el primer paso.

El dolor no fue como lo había imaginado.

No fue un grito. No fue una explosión. Fue una invasión.

Un calor que no se quedaba en la superficie, sino que penetraba, que se metía entre las fibras de la piel, que se instalaba en la carne, que mordía el hueso, que se adueñaba del pie entero y lo convertía en una sola terminación nerviosa, en un solo alarido que no podía salir porque la boca estaba cerrada, porque los dientes estaban apretados, porque los Lara no gritan, porque los Lara no lloran, porque los Lara no se detienen.

El segundo paso. El tercero. El cuarto. Cada uno una eternidad.

Cada uno una negociación con el cuerpo, con la mente, con el alma.

No mires las brasas. Mira hacia adelante.

Mira hacia el otro lado. Mira hacia Idris.

Mira hacia el agua. Mira hacia la vida. Cada paso un nombre pronunciado en silencio.

Idris. Idris. Idris. Idris. Como un conjuro.

Como una oración. Como un ancla que me impedía detenerme, que me impedía caer, que me impedía gritar.

El calor me subió por las piernas. Me llenó el vientre.

Me apretó el pecho. Me nubló la visión. El mundo se volvió naranja, rojo, negro, naranja de nuevo.

Los monjes observaban. Inmóviles. Con los ojos abiertos.

Con las manos cruzadas. Con una expresión que no era crueldad sino expectativa, que no era sadismo sino medición, que no era juicio sino espera.

A mitad del rectángulo, el pie izquierdo me falló.

La piel se abrió. La carne tocó la brasa directamente.

El dolor fue tan absoluto, tan total, tan imposible de contener, que la boca se me abrió, que el grito me subió por la garganta, que el cuerpo entero se tensó como una cuerda a punto de romperse.

No grité.

Abrí la boca. Abrí los ojos. Abrí las manos.

Abrí todo lo que podía abrirse. Pero el sonido no salió.

Se quedó dentro. Se quedó atrapado entre los dientes y la lengua y el paladar, un sonido mudo, invisible, que me recorrió la columna vertebral como un rayo y se disolvió en la base del cráneo sin llegar a los labios, sin llegar al aire, sin llegar al oído de los monjes que me observaban.

Elvira, al otro lado de las brasas, me miraba.

Con los ojos enormes. Con las manos apretadas contra el pecho.

Con los labios moviéndose en una oración que no oía pero sentía, una oración que me sostenía, que me empujaba, que me decía un paso más, solo uno, solo el siguiente, solo el último, solo el que te separa de mí, solo el que te separa del agua, solo el que te separa de Idris.

Di el último paso.

El pie derecho tocó la piedra fría del otro lado.

El contraste fue tan brutal, tan violento, tan absoluto, que las rodillas me fallaron y caí hacia adelante, hacia Elvira, hacia sus brazos, hacia su pecho, hacia su calor, hacia su voz que me susurraba lo habéis logrado, lo habéis logrado, lo habéis logrado, estáis aquí, estáis entera, estáis viva, estáis al otro lado.

Me sostuve. Me puse en pie. Me giré hacia los monjes. Con los pies humeando. Con la piel chamuscada. Con el olor a carne quemada llenándome las fosas nasales. Con los ojos secos. Con la mandíbula apretada. Con la espalda recta. Con la barbilla alzada.

El monje del centro asintió. Una sola vez. Con una lentitud que contenía siglos de pruebas, de mujeres que habían caminado sobre brasas antes que yo, de pies que se habían quemado antes que los míos, de gritos que se habían ahogado antes que el mío.

—La medida es suficiente —murmuró—. El corazón es digno. El agua es vuestra.

Se giró. Caminó hacia el manantial. Se arrodilló junto al cuenco de piedra.

Hundió las manos en el agua. La luz azulada le iluminó el rostro, le suavizó las arrugas, le devolvió una juventud que no le pertenecía.

Llenó un odre de cuero con una delicadeza que me sorprendió, una delicadeza que no pertenecía a un monje guerrero sino a un padre, a un cuidador, a un hombre que sabe que lo que sostiene entre las manos no es líquido sino vida, no es agua sino milagro, no es sustancia sino posibilidad.

Me entregó el odre. Nuestras manos se rozaron al pasarlo. Sus dedos estaban fríos. Los míos ardían. El contraste me arrancó un escalofrío que no pude ocultar.

—Usadla con sabiduría —murmuró el monje—. El agua no es infinita. El agua no se repone. El agua es lo que es y no será más. Una vida por una vida. Un milagro por un milagro. No más. No menos. No hay segunda oportunidad. No hay segundo intento. No hay retorno.

Asentí. Tomé el odre. Lo apreté contra el pecho.

Sentí el agua moverse dentro, sentir el frío del líquido a través del cuero, sentir la vida latiendo dentro de aquel recipiente como un corazón pequeño, frágil, precioso, que podía detenerse en cualquier instante si no lo cuidaba, si no lo protegía, si no lo llevaba hasta donde debía llegar.

—Gracias —murmuré.

El monje no respondió. Cerró los ojos. Volvió a su inmovilidad. Volvió a su vigilancia. Volvió a su eternidad de piedra y silencio y espera.

Bajamos la montaña con una urgencia que no permitía descanso, que no permitía pausa, que no permitía detenerse a contemplar el paisaje ni a vendar los pies ni a recuperar el aliento, porque el tiempo apremiaba, porque el agua era finita, porque Idris estaba dentro del oro y cada hora que pasaba era una hora más de silencio, una hora más de frío, una hora más de ausencia.

Elvira caminaba delante de mí con una velocidad que me asombraba, con una determinación que me sostenía, con una fortaleza que me empujaba hacia abajo, hacia la base, hacia Tariq, hacia la estatua, hacia el momento en que pudiera verter el agua sobre el oro y sentir la carne volver, el aliento regresar, el latido recuperarse.

Llegamos al campamento al caer la tarde.

El campamento estaba vacío.

No vacío de personas. Vacío de estatua.

Tariq estaba allí. De pie. Con las cuerdas cortadas.

Con la tela de lino rasgada. Con la seda azul arrancada.

Con las alforjas vacías. Con los ojos desorbitados.

Con un temblor que le recorría las patas y le hacía golpear el suelo con los cascos como si intentara advertirnos, como si intentara decirnos lo que había ocurrido, como si intentara señalar con el hocico la dirección por donde se habían ido.

La estatua de Idris no estaba.

Elvira se giró hacia mí. Tenía el rostro ceniciento. Tenía los ojos enormes. Tenía la boca abierta en una palabra que no salía.

—Mencía.

—Lo sé.

—La estatua.

—Lo sé.

—Se la han llevado.

—Lo sé.

Miré el suelo. Miré las huellas. Miré las marcas en la tierra. Huellas de botas. Huellas de camellos. Huellas de arrastre. Huellas que iban hacia el sur. Hacia el desfiladero. Hacia las montañas bajas que se extendían al pie del Atlas como una mano abierta con dedos de roca y sombra.

Los mercenarios. Los restos de la tripulación de Yusuf. Los que nos habían perseguido. Los que habíamos dejado atrás con el muro invisible de los guardianes. Los que habían encontrado otro camino. Los que habían rodeado la montaña. Los que habían esperado. Los que habían robado.

No por el oro. No por el valor. No por la codicia.

Por venganza. Por la certeza de que aquella estatua era lo único que me quedaba, lo único que me importaba, lo único que me hacía caminar, respirar, existir.

Y si me la robaban, me robaban la razón.

Y si me robaban la razón, me robaban la vida.

Y si me robaban la vida, la venganza estaba completa.

Me arrodillé junto a Tariq. Le toqué el hocico. Le sostuve la mirada. Le susurré una pregunta que no podía responder pero que necesitaba formular, que necesitaba decir en voz alta para que el mundo la oyera, para que el cielo la registrara, para que la tierra la grabara en sus entrañas.

—¿Hacia dónde?

Tariq golpeó el suelo con el casco. Giró la cabeza. Señaló con el hocico hacia el sur. Hacia el desfiladero. Hacia las montañas bajas. Hacia la sombra.

Me puse en pie. Miré hacia el sur. Miré hacia la sombra. Miré hacia el lugar donde Idris estaba, donde Idris esperaba, donde Idris latía dentro del oro con un latido cada vez más débil, cada vez más lejano, cada vez más cerca del silencio.

Elvira me tomó la mano. Me apretó los dedos. Me sostuvo.

—Los alcanzamos —murmuró. No era una pregunta.

No era una sugerencia. Era una orden. Era una certeza.

Era una promesa—. Los alcanzamos. Les arrancamos la estatua.

Les arrancamos las manos si hace falta. Les arrancamos la vida si hace falta.

Pero la recuperamos. Lo recuperamos. A Idris.

A la estatua. Al latido. Al oro. Al hombre. Al amor. Lo recuperamos.

Asentí. Le apreté la mano. Miré hacia el sur. Hacia el desfiladero. Hacia la sombra. Hacia los mercenarios que se llevaban a Idris como un trofeo, como una burla, como una herida más en un cuerpo que ya no tenía espacio para heridas.

Después caminé. Hacia el sur. Hacia la sombra. Hacia el desfiladero. Hacia los mercenarios. Hacia la estatua. Hacia Idris.

Con los pies quemados sobre la tierra fría. Con el odre de agua sagrada apretado contra el pecho. Con la certeza de que el mundo me debía una vida.

Pero que iba a cobrarla. Aunque tuviera que arrancarla de las manos de los muertos. Aunque tuviera que caminar sobre brasas otra vez. Aunque tuviera que quemarme entera.

Aunque tuviera que arder.