CAPÍTULO 35. Las montañas del Atlas
Las montañas nos recibieron con un silencio que no era paz sino advertencia, un silencio de cumbres nevadas y bosques oscuros y aire tan frío que al entrar en los pulmones los convertía en cristal.
Aquel frío, después de semanas de sol vertical y arena que quemaba las plantas de los pies y un horizonte sin sombra donde el mundo parecía una lámina de metal al rojo, aquel frío fue como una bofetada, como un bautismo, como una mano helada que me arrancara del letargo del desierto.
Pero me obligara a recordar que el cuerpo tiene límites, que la carne se agrieta, que los huesos se vuelven frágiles cuando el invierno los muerde y no hay sol que los caliente ni manta que los proteja ni voluntad que los sostenga más allá de lo que la naturaleza permite.
Subimos durante tres días por un sendero de cabras que serpenteaba entre rocas cubiertas de líquenes y pinos encorvados por siglos de viento, y a cada hora que pasaba el aire se volvía más delgado, más escaso, más insuficiente.
Como si la montaña nos robara el aliento con una paciencia de prestamista que sabe que la deuda se pagará aunque el deudor no quiera, aunque el deudor no pueda, aunque el deudor se arrastre sobre la nieve con los labios azules y los dedos entumecidos y la certeza de que el siguiente paso será el último porque el cuerpo ya no responde, ya no obedece, ya no recuerda cómo se camina cuando la tierra se convierte en hielo y el cielo se convierte en plomo y el mundo entero se reduce a un palmo de nieve bajo los pies y un palmo de aire en los pulmones.
Los guardianes habían quedado abajo, en la base de la montaña, sosteniendo el muro invisible contra los jinetes de Yusuf que nos habían perseguido durante dos días y dos noches por el Sahel hasta que el terreno se volvió demasiado escarpado para los camellos y demasiado estrecho para las cimitarras.
Los jinetes se habían detenido al pie de la montaña con los puños alzados y las voces roncas de gritar promesas de venganza que el viento se llevaba hacia arriba, hacia nosotras, hacia la estatua de Idris envuelta en seda azul que Tariq cargaba con una terquedad que me conmovía, porque aquel camello de pelaje rojizo parecía entender que su carga no era peso sino persona, no era mercancía sino promesa, y caminaba con una determinación que no pertenecía a ningún animal sino a algo más antiguo, más esencial, más inevitable.
Elvira caminaba delante de mí. Siempre delante.
Siempre un paso por encima. Siempre un aliento más entero.
Y aquella fortaleza, aquella certeza, aquella forma de subir la montaña con los rizos cobrizos pegados a la frente por el sudor que se congelaba al instante y las mejillas enrojecidas por el frío y una sonrisa que no era alegría sino terquedad, aquella terquedad de los Lara que había heredado de madre como se hereda el color de los ojos o la forma de las manos, me sostenía más que cualquier bastón, más que cualquier mano, más que cualquier palabra de aliento que pudiera pronunciar.
—Vamos, Mencía —me decía, girándose cada cien pasos, cada doscientos, cada vez que me veía detenerme con las manos en las rodillas y el aliento saliéndome de la boca en nubes de vapor que se deshacían al instante—.
Vamos. Un paso más. Solo uno. No penséis en la cima.
No penséis en los monjes. No penséis en el agua.
Pensad solo en el siguiente paso. En el siguiente.
En el siguiente. En el siguiente. Y después en el siguiente.
Y después en el siguiente. Y cuando queráis daros cuenta, habréis llegado.
Yo caminaba. Un paso. Otro. Otro. Con los pies descalzos sobre la nieve porque las zapatillas se habían roto hacía días y no había cuero ni tela ni nada que pudiera reemplazarlas, y la nieve me mordía las plantas con una ferocidad que me arrancaba gemidos que intentaba ahogar entre los dientes porque Elvira no debía oírme, porque
Elvira no debía saber que cada paso era una tortura, que cada metro era una batalla, que cada respiración era un triunfo sobre un cuerpo que se negaba a seguir, que se negaba a existir, que se negaba a cargar con el peso de una misión que no había pedido, que no había elegido, que le había caído encima como una losa de piedra sobre un cuerpo que ya estaba roto.
La tercera noche la pasamos en una cueva.
Pequeña. Húmeda. Con las paredes cubiertas de hielo que brillaba a la luz de la hoguera que Elvira logró encender con manos temblorosas y una determinación que me asombró, porque aquella niña de catorce años que había muerto y vuelto y cruzado un continente y sobrevivido a piratas y zocos y desiertos y masacres y dioses antiguos, aquella niña que perseguía gatos atigrados por los patios de los arrayanes, aquella niña que me pedía que le contara historias del jardín en la bodega de una galera, aquella niña era ahora una mujer, una mujer forjada en un fuego que yo no había encendido, una mujer que había cruzado la frontera entre la vida y la ausencia y había vuelto con las manos llenas de una fortaleza que no pertenecía a ninguna edad, a ninguna experiencia, a ninguna educación, sino a algo más hondo, más antiguo, más esencial: la sangre de los Lara, la sangre que no se rinde, la sangre que no se dobla, la sangre que camina aunque los pies sangren y el aire falte y el mundo entero diga detente, ríndete, muere.
Me senté junto a la hoguera. Me quité los jirones de tela que me envolvían los pies. La piel estaba en carne viva. Ampollada. Sangrante. Con la nieve incrustada en las heridas como sal en una herida abierta. Elvira se arrodilló ante mí. Me tomó los pies.
Me los limpió con nieve derretida. Me los vendó con jirones de su propia camisa.
Me sostuvo los tobillos con una delicadeza que me rompió el alma porque era la delicadeza de una hermana menor que cuida a la mayor, que invierte el orden natural de las cosas, que se convierte en madre de la mujer que la crio.
—¿Por qué no os rendís? —pregunté. Mi voz, ronca. Quebrada. Apenas un susurro sobre el crepitar de la hoguera—. ¿Por qué seguís? ¿Por qué no os quedáis aquí, en esta cueva, con el fuego y el silencio y la certeza de que nadie os persigue? ¿Por qué seguís subiendo?
Elvira me miró. Me sostuvo los pies entre las manos. Me sostuvo la mirada con una firmeza que no pertenecía a una niña de catorce años sino a algo más viejo, más sabio, más curtido.
—Porque vos no os rendís. Porque vos nunca os habéis rendido.
Porque desde la noche de los cirios rotos, desde la bodega de la galera, desde el zoco de Túnez, desde el desierto, desde la masacre, desde la muerte de Rodrigo, desde la muerte de Idris, desde la muerte de todo lo que amábamos, vos habéis caminado.
Habéis luchado. Habéis matado. Habéis besado.
Habéis sellado. Habéis salvado. Y si vos no os rendís, yo no me rindo.
Si vos camináis, yo camino. Si vos subís, yo subo.
Si vos morís, yo muero. Pero no voy a dejaros sola.
No voy a dejaros caminar sola. No voy a dejaros subir sola.
No voy a dejaros morir sola. Nunca. Ni en esta vida. Ni en la siguiente. Ni en ninguna.
Las lágrimas me cayeron por las mejillas. No de dolor. No de agotamiento. De gratitud. De una gratitud tan vasta, tan profunda, tan antigua, que me llenó el pecho como una marea y me arrancó un sollozo que no pude contener, que no quise contener, que dejé salir porque
Elvira merecía oírlo, porque Elvira merecía saber que su fortaleza me sostenía, que su terquedad me anclaba, que su existencia me devolvía la razón para seguir respirando cuando la razón se había agotado hacía semanas.
Le tomé el rostro entre las manos. Le limpié las lágrimas con los pulgares. Le besé la frente. Le aparté un rizo de la cara. Le sostuve la mirada.
—Gracias —murmuré. Una sola palabra. Con todo el peso del mundo—. Gracias por existir. Gracias por volver. Gracias por caminar. Gracias por no soltarme. Gracias por ser mi hermana. Gracias por ser mi ancla. Gracias por ser mi razón.
Elvira sonrió. Me apretó las manos. Me sostuvo. Me ancló.
Llegamos a la cima al cuarto día.
No con un grito de triunfo. No con un estallido de alegría.
Con un silencio. Un silencio tan profundo, tan absoluto, tan cargado, que el mundo entero pareció detenerse para escucharlo.
Un silencio que tenía la textura de la nieve recién caída, la densidad del aire enrarecido, la gravedad de un lugar que ha sido sagrado durante más tiempo del que la memoria humana puede contener.
El manantial estaba allí. En el centro de un patio de piedra negra rodeado de columnas talladas con figuras que no reconocí, que no pertenecían a ninguna religión que hubiera estudiado, que parecían más antiguas que la religión misma, más antiguas que la fe, más antiguas que la necesidad de creer.
El agua brotaba de una roca en el centro del patio.
No con un chorro. No con una cascada. Con un llanto. Un llanto lento, constante, cristalino, que caía gota a gota en un cuenco de piedra y desbordaba y corría por canales tallados en la roca y desaparecía bajo la tierra como una vena que se hunde en el cuerpo del mundo.
Y el agua brillaba. No con reflejo. No con sol.
Con una luz propia, interna, que no pertenecía a ningún astro.
Una luz azulada, suave, que pulsaba con un ritmo que no era el mío, que no era el de Elvira, que no era el de ningún ser vivo.
Un ritmo más antiguo. Más lento. Más esencial.
El ritmo de la tierra antes de que la tierra tuviera nombre.
El ritmo del agua antes de que el agua tuviera forma.
El ritmo de la vida antes de que la vida tuviera conciencia.
Pero frente al manantial, custodiándolo como una muralla de carne y hueso y voluntad, estaban los monjes.
Doce. Altos. Delgados. Con las cabezas rapadas y los cuerpos envueltos en túnicas grises que brillaban bajo la nieve.
Con los ojos cerrados. Con las manos cruzadas sobre el pecho.
Con los pies descalzos sobre la piedra helada.
Con una inmovilidad que no era quietud sino vigilancia, una vigilancia tan antigua, tan paciente, tan absoluta, que parecía haber comenzado antes de que la primera piedra se colocara sobre la segunda y no iba a terminar hasta que la última piedra se derrumbara.
Elvira y yo nos detuvimos ante ellos. Con los pies sangrando sobre la nieve.
Con los cuerpos temblando de frío y agotamiento.
Con la estatua de Idris envuelta en seda azul a nuestra espalda, cargada por Tariq, que se había detenido junto a nosotras con una paciencia que no pertenecía a ningún animal.
El monje del centro abrió los ojos. Me miró. Me recorrió de arriba abajo con una atención que no era curiosidad sino evaluación, que no era interés sino juicio, que no era bienvenida sino interrogatorio.
—Nadie pasa —murmuró. Su voz, grave, plana, despojada de cualquier emoción que no fuera la certeza—.
Nadie bebe. Nadie toma. Nadie se lleva el agua.
El manantial es sagrado. El manantial es eterno.
El manantial no pertenece a los vivos. El manantial pertenece a la tierra.
Y la tierra no da. La tierra exige. La tierra prueba.
La tierra mide. Y solo si la medida es suficiente, solo si la prueba se supera, solo si el corazón es digno, el agua se entrega.
—Necesito el agua —murmuré. Mi voz, ronca, quebrada, apenas un hilo de sonido sobre el viento helado de la cima—.
Necesito el agua para salvar a un hombre.
Para devolverle la carne al metal. Para devolverle la vida a la estatua.
Para devolverle el aliento al silencio. Necesito el agua.
La necesito como necesito el aire. La necesito como necesito la sangre.
La necesito como necesito la certeza de que el amor no es en vano, de que el sacrificio no es en vano, de que la muerte no es el final.
El monje me miró. Un largo instante. Un instante que contuvo todo. Todo lo que no sabía. Todo lo que no entendía. Todo lo que podía ser y todo lo que podía no ser.
—La prueba comienza mañana al amanecer —murmuró—.
Caminaréis sobre las brasas. Descalza. Sin gritar.
Sin llorar. Sin deteneros. Sin suplicar.
Sin pedir. Sin mostrar dolor. Si lo lográis, el agua es vuestra.
Si no lo lográis, os marcháis. Y el agua se queda.
Y el hombre se queda. Y la estatua se queda. Y el silencio se queda. Para siempre.
Asentí. Una sola vez. Con la mandíbula apretada. Con los pies sangrando sobre la nieve. Con el cuerpo temblando de frío y agotamiento y una determinación que no pertenecía a la carne sino a algo más hondo, más antiguo, más inevitable.
Mañana al alba. Mañana sobre las brasas. Mañana con los pies descalzos y el dolor y el silencio y la certeza de que los Lara no gritan, no lloran, no se detienen, no suplican, no piden, no muestran dolor.
Mañana. Con Elvira a mi lado. Con Idris esperándome dentro del oro.
Con el mundo conteniendo el aliento.