La Reina De África: Granada, siglo XIV CAPITULO 34. La búsqueda del antídoto
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CAPITULO 34. La búsqueda del antídoto

El desierto quedó atrás al cuarto día de marcha, y con él la tierra negra y el olor a metal fundido y la memoria del amanecer ceniciento donde Idris se había convertido en oro, y el mundo comenzó a cambiar con una lentitud que solo percibía quien caminaba sin descanso, quien medía la distancia con los pies y el tiempo con las ampollas y la esperanza con cada legua que nos separaba de las montañas del Atlas, aquellas montañas que los ancianos habían señalado hacia el norte con dedos temblorosos y ojos ciegos que veían más que cualquier ojo vivo.

Íbamos veintitrés. Los siete guardianes del oasis, que caminaban con sus bastones de madera negra y murmuraban oraciones en aquella lengua anterior a todas las lenguas; los doce supervivientes de la ciudad de las máscaras, que cargaban los odres y las armas y la estatua de Idris envuelta en tela de lino sobre un camello de pelaje rojizo que se llamaba Tariq y que parecía entender, con una inteligencia que no pertenecía a ningún animal, que su carga no era mercancía sino persona, no era peso sino promesa.

Elvira, que caminaba a mi lado con los rizos cobrizos cayéndole sobre los hombros y una fortaleza nueva en la mirada que no había tenido antes de morir, una fortaleza forjada en el otro lado, en el lugar intermedio donde el tiempo no existe y el dolor no existe y solo hay espera y paciencia y la certeza de que alguien vendrá a buscarte; y yo, con los pies descalzos sobre la tierra roja y el amuleto de obsidiana aún latiéndome contra el esternón, aunque más débil ahora, más lento.

Como si la piedra supiera que su trabajo estaba casi terminado, que su hambre estaba casi saciada, que mi vida ya no le interesaba porque había otro objetivo, otra misión, otra razón para seguir latiendo.

La estatua de Idris viajaba envuelta en tres capas de tela.

Una de lino blanco, que los guardianes habían bendecido con aquella oración que no era oración sino vibración.

Una de lana gruesa, para proteger el oro del sol que caía vertical sobre el Sahel y convertía el aire en una lámina de metal caliente.

Pero una de seda azul, que Elvira había arrancado de una tienda abandonada en la segunda aldea que cruzamos, porque dijo que Idris merecía algo hermoso, algo que no fuera solo protección sino homenaje, algo que dijera eres valioso, eres amado, eres recordado, no eres solo metal, no eres solo estatua, eres Idris, eres el hombre que nos salvó, eres el hombre que nos amó, eres el hombre que vamos a devolver a la vida.

Cada noche, cuando acampábamos, desenvolvía la estatua. Solo un instante. Solo el tiempo de apoyar la palma contra el oro y sentir el latido. Débil. Casi inexistente.

Un latido que parecía venir de muy lejos, de muy hondo, de un lugar donde la carne y el metal se confundían y no se sabía cuál era cuál, cuál estaba vivo y cuál estaba muerto, cuál respiraba y cuál era silencio. Pero estaba.

Cada noche estaba. Cada noche latía. Cada noche me decía aquí estoy, aquí sigo, aquí espero, no me he ido del todo, no me iré del todo, no puedo irme del todo porque vos me retenéis, porque vuestro amor me retiene, porque vuestra memoria me ancla, porque vuestra voz me llama cada noche y yo, desde dentro del oro, desde dentro del metal, desde dentro de la eternidad, os oigo, os siento, os amo.

El quinto día, el paisaje se volvió verde.

No un verde exuberante, no un verde de jardín ni de bosque ni de primavera.

Un verde tímido, cansado, de hierba que lucha por crecer en una tierra que no quiere alimentarla.

Un verde de Sahel, de frontera, de tierra que no es desierto ni es savana sino algo intermedio, algo que se resiste a morir pero no termina de vivir.

Y con el verde llegaron los árboles. Acacias espinosas.

Baobabs con troncos como torres. Tamarindos que proyectaban sombras largas sobre la tierra roja.

Y con los árboles llegaron los pájaros. Y con los pájaros llegó un sonido que había olvidado: el canto.

El canto de un mundo que no está en guerra.

El canto de un mundo que no se desmorona.

El canto de un mundo que sigue girando porque una mujer castellana camina hacia el norte con una estatua de oro envuelta en seda azul y una hermana de catorce años que murió y volvió y un grupo de guardianes ciegos que murmuran oraciones en una lengua muerta.

El séptimo día, los vimos.

Aparecieron en el horizonte al caer la tarde, cuando el sol se hundía en el oeste y teñía el cielo de un naranja que esta vez sí era sangre, sí era amenaza, sí era la certeza de que el mundo no iba a dejarnos caminar en paz, de que el mundo no iba a permitirnos llegar al Atlas sin pagar un precio, de que el mundo siempre exige un peaje y el nuestro iba a cobrarse en violencia.

Ocho jinetes. Sobre camellos flacos, exhaustos, con las costillas marcadas bajo la piel y los ojos inyectados de una rabia que no era locura sino propósito.

Con turbantes negros. Con cimitarras desenvainadas.

Con los rostros cubiertos excepto los ojos, unos ojos que brillaban con una determinación fría, calculada, que no pertenecía a la sed de sangre sino a la obligación, al deber, a la certeza de que su capitán había muerto y la venganza era lo único que quedaba, lo único que importaba, lo único que daba sentido a un mundo que había perdido su centro.

Los restos de la tripulación de Yusuf. Los que habían huido cuando la estatua del dios se derrumbó.

Los que habían sobrevivido a la batalla.

Los que habían caminado durante días por el desierto con la sed mordiéndoles la garganta y la imagen de su capitán desintegrándose en polvo dorado grabada en las retinas.

Los que venían por mí. Los que venían por la mujer que había besado a su amo. Los que venían por la mujer que había clavado el amuleto. Los que venían por la mujer que había matado a Yusuf ibn Ismail, hijo del rey, heredero de la traición, último de una dinastía de traidores.

—Nos han encontrado —murmuró Elvira. Su voz, tensa. No asustada. Tensa. Como una cuerda de arco antes de soltar la flecha.

—Lo sé.

—¿Qué hacemos?

—Caminamos. No nos detenemos. No giramos.

No luchamos. No perdemos un solo instante en una pelea que no nos pertenece.

Caminamos hacia el norte. Hacia el Atlas.

Hacia el agua. Hacia Idris. Si nos alcanzan, que nos alcancen.

Si nos atacan, que nos ataquen. Pero no nos detenemos. No hoy. No aquí. No por ellos.

El primer guardián, el de los ojos ciegos y el bastón de hueso, se detuvo.

Se giró hacia los jinetes. Golpeó la tierra tres veces con el bastón.

Y los otros seis guardianes se detuvieron también.

Formaron un semicírculo. Con los bastones alzados.

Con las bocas moviéndose. Con las manos extendidas hacia los jinetes que se acercaban.

El aire cambió.

No con viento. No con temperatura. Con densidad. Con peso. Con una presión que se instaló entre los cuerpos y convirtió la distancia en un muro, en una barrera, en una frontera invisible que los jinetes no podían cruzar. Los camellos se detuvieron.

Se negaron a avanzar. Patalearon. Bramaron.

Giraron sobre sí mismos con los ojos desorbitados, como si el aire mismo se hubiera vuelto sólido, como si la tierra misma se hubiera vuelto muro, como si el mundo mismo se hubiera interpuesto entre los jinetes y nosotros y hubiera dicho no, no pasaréis, no hoy, no aquí, no a esta mujer, no a esta niña, no a esta estatua.

Los jinetes gritaron. Espolearon los camellos. Golpearon el aire con las cimitarras. Pero no avanzaron. No podían. El muro invisible los detenía. Los repelía. Los empujaba hacia atrás como una ola empuja un barco hacia la orilla.

—El tiempo que nos dan es limitado —murmuró el primer guardián, sin girarse, sin dejar de sostener el muro con la voluntad y el bastón y la oración—.

Horas. Quizás un día. Después, el muro cae.

Después, vuelven. Después, nos alcanzan.

Caminad. Caminad rápido. Caminad hacia el norte.

No os detengáis. No miréis atrás. No perdáis tiempo.

Caminamos. Corrimos, casi. Con los pies descalzos sobre la tierra roja.

Con la estatua de Idris balanceándose sobre Tariq.

Con Elvira apretándome la mano. Con los guardianes sosteniendo el muro a nuestra espalda.

Con los jinetes gritando al otro lado de la barrera invisible.

Con el sol hundiéndose en el oeste. Con las estrellas apareciendo una a una sobre el cielo que se oscurecía.

Corrimos durante la noche. Con la luna llena iluminando el camino. Con el frío del Sahel mordiéndonos la piel. Con el aliento convirtiéndose en vaho. Con los pies sangrando sobre la tierra. Con la estatua de Idris brillando bajo la tela de seda azul como una promesa que no iba a romperse.

A la aurora, cuando el sol asomó sobre el horizonte y el muro invisible se deshizo como niebla al calor, cuando los jinetes volvieron a avanzar y sus gritos llegaron hasta nosotros llevados por el viento, cuando la distancia entre ellos y nosotros se redujo a una legua, a media legua, a un cuarto de legua, vimos las montañas.

El Atlas.

No como las había imaginado. No como las había soñado.

No como las había temido. Las montañas del Atlas se alzaban ante nosotros con una majestad que no era belleza sino presencia, una presencia tan vasta, tan antigua, tan indiferente a todo lo humano, que me hizo sentir pequeña, insignificante, un grano de arena en la palma de un gigante.

Picos nevados que brillaban bajo el sol como dientes de un animal dormido.

Laderas cubiertas de bosques oscuros que se perdían en la niebla.

Valles profundos donde los ríos brillaban como hilos de plata.

Y en la cima del pico más alto, apenas visible entre las nubes, un destello.

Un destello que no era nieve. Que no era hielo. Que no era sol.

El manantial. El agua. La vida.

Idris.

—Allí —murmuró Elvira, señalando hacia la cima—. Allí está. Allí lo vamos a salvar.

Asentí. Le apreté la mano. Miré hacia atrás. Los jinetes estaban a media legua. Acercándose. Ganando terreno. Con las cimitarras brillando bajo el sol. Con los gritos llenando el aire. Con la venganza ardiéndoles en los ojos.

Miré hacia adelante. Hacia las montañas. Hacia la cima. Hacia el agua. Hacia Idris.

Fue cuando caminé. Hacia las montañas. Hacia la nieve. Hacia el frío. Hacia los monjes. Hacia la prueba. Hacia el agua. Hacia la vida.

Con los jinetes a mis espaldas. Con la estatua a mi lado. Con Elvira apretándome la mano.

Con la certeza de que el mundo me debía una vida. Y que iba a cobrarla.

Aunque tuviera que subir la montaña con los pies descalzos. Aunque tuviera que caminar sobre brasas. Aunque tuviera que arrancarle el agua a los monjes con los dientes. Aunque tuviera que morir en la cima.

No iba a detenerme. No esta vez.

Nunca más.