La Reina De África: Granada, siglo XIV CAPÍTULO 32. La transformación de Idris
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CAPÍTULO 32. La transformación de Idris

Me giré hacia la voz con la lentitud de quien se mueve dentro de un sueño, con el cuerpo entumecido por el dolor y la incredulidad y una esperanza tan frágil que temía romperla con el simple acto de respirar.

Allí estaba Elvira, de pie sobre la tierra negra con los rizos cobrizos cayéndole sobre los hombros y los ojos enormes y la boca entreabierta y las manos extendidas hacia mí como si llevara toda la vida esperándome, como si llevara toda la muerte esperándome, como si el tiempo entre su último aliento en la base de aquella escalera.

Pero este instante no hubiera existido, como si la cimitarra de Yusuf-Rodrigo no hubiera bajado nunca sobre su cuello, como si la sangre no hubiera empapado la piedra, como si yo no hubiera sostenido su cuerpo frío entre mis brazos y le hubiera cerrado los ojos y le hubiera cantado la canción del ruiseñor con la voz hecha pedazos.

—Elvira —murmuré, y el nombre me salió de la boca como una oración que no esperaba ser escuchada, como una plegaria que no esperaba ser respondida, como un sonido que pertenecía a otro mundo, a otra vida, a un tiempo en que las niñas de catorce años perseguían gatos atigrados por los patios de los arrayanes y no terminaban degolladas en la base de una escalera con la sangre empapándoles la camisa.

—Estoy aquí, Mencía. Estoy aquí. Estoy viva. Estoy aquí.

Pero no podía mirarla. No podía sostenerle la mirada.

No podía procesar el milagro de su existencia cuando a tres pasos de mí la estatua de oro de Idris brillaba bajo la luz cenicienta del amanecer con una belleza fría, insoportable, definitiva, y su mano extendida hacia mí seguía ofreciendo algo que ya no podía tomar, seguía pidiendo algo que ya no podía dar, seguía diciendo te amo, te amo, te amo en un idioma de metal y silencio que no necesitaba sonido para ser entendido.

Me arrastré de vuelta hacia la estatua. Con las rodillas sobre la tierra negra.

Con las manos temblorosas. Con los ojos llenos de lágrimas que no caían porque se habían agotado, porque el cuerpo ya no tenía agua que derramar, porque el dolor había superado la capacidad de las glándulas y se había instalado en un lugar más hondo, más seco, más permanente, un lugar donde las lágrimas no existen porque no hay nada que las produzca, solo una sequedad infinita, una aridez de alma que convierte a la persona en un desierto.

Toqué la estatua. Apoyé la palma contra el oro.

Frío. Liso. Perfecto. Con la textura del metal pulido y la temperatura del invierno y una inmovilidad que no era quietud sino ausencia, una ausencia tan total que me provocó un vértigo que me dobló el estómago y me obligó a apretar los dientes para no vomitar.

Busqué con los dedos la línea donde la carne se había convertido en metal, el punto exacto donde Idris había dejado de ser Idris y había comenzado a ser estatua, pero no encontré frontera.

No había costura. No había cicatriz. Solo oro.

Solo eternidad. Solo un cuerpo que había sido cálido y ahora era frío, que había respirado y ahora era silencio, que había latido y ahora era inmovilidad.

—Idris —susurré contra el metal. Apoyé la frente contra la superficie dorada.

Cerré los ojos. Sentí el frío del oro contra la piel, contra los párpados, contra los labios—.

Idris, no podéis hacerme esto. No podéis dejarme aquí.

No podéis iros. No podéis convertiros en esto.

No podéis ser una estatua. No podéis ser metal.

No podéis ser frío. No podéis ser silencio.

No podéis ser ausencia. No podéis. No os lo permito. No os lo permito.

El oro no respondió. El oro no respiró. El oro no latió. El oro no me sostuvo la nuca ni me llamó rosa castellana ni me besó la frente ni me dijo estoy aquí, estoy aquí, estoy aquí. El oro fue oro. Y el silencio fue silencio. Y la ausencia fue ausencia.

Yo fui una mujer arrodillada ante una estatua en un campo de batalla, con las manos manchadas de sangre y polvo dorado y la certeza de que acababa de perder al único hombre que me había amado sin encadenarme, sin poseerme, sin decidirme, sin robarme la muerte ni la vida ni la elección.

Elvira se arrodilló junto a mí. Me tocó el hombro.

Me acarició la espalda. Me sostuvo con una delicadeza que me rompió el alma porque era la delicadeza de una niña que no debería estar viva, que no debería estar aquí, que no debería haber visto lo que había visto ni sufrido lo que había sufrido ni muerto lo que había muerto.

—Mencía. Miradme. Miradme, por favor. Estoy aquí. Estoy viva. No sé cómo. No sé por qué. Pero estoy aquí. Y vos estáis aquí. Y estamos juntas. Y eso importa. Eso importa más que todo.

—Idris está muerto.

—No está muerto. Está aquí. Está en la estatua. Está en el oro. Está en el mundo. Está en cada amanecer que vais a ver. Está en cada canción que vais a cantar. Está en cada niño que va a crecer porque el mundo sigue girando. Está en mí. Está en vos. Está en todo lo que salvó.

—Está frío. Está inmóvil. Está callado. Está muerto.

—Está transformado. No es lo mismo. No es muerte.

Es otra cosa. Es algo que no tiene nombre.

Es algo que no entiendo. Pero no es muerte.

No puede serlo. No con la forma en que os miró.

No con la forma en que os tocó. No con la forma en que os dijo os amaré por toda la eternidad.

Eso no es muerte. Eso es promesa. Eso es juramento.

Eso es un hombre que se convierte en metal para que la mujer que ama pueda seguir respirando.

Me giré hacia ella. La miré. De verdad. Por primera vez desde que había pronunciado mi nombre.

La miré con los ojos secos y el corazón roto y la mente dividida entre el duelo y el milagro, entre la estatua de oro y la niña de rizos cobrizos que no debía existir.

Y vi en su rostro algo que no había visto antes.

Algo que no era la niña que perseguía gatos.

Algo que no era la hermana pequeña que me pedía que le contara historias del jardín.

Algo más viejo. Más hondo. Más sabio. Como si la muerte la hubiera cambiado.

Como si el otro lado la hubiera marcado.

Como si haber cruzado la frontera entre la vida y la ausencia le hubiera dejado una cicatriz invisible que le brillaba en los ojos como una estrella lejana.

—¿Cómo? —pregunté. Mi voz, un hilo. Un rasguño. Un sonido que no pertenecía a ningún ser vivo—. ¿Cómo estáis viva? Os vi morir. Os sostuve. Os cerré los ojos. Os canté. Os enterré en la memoria. ¿Cómo estáis aquí?

Elvira abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir. Y antes de que pudiera responder, antes de que pudiera pronunciar la explicación que yo necesitaba como el aire, el mundo cambió.

Un chirrido. Metálico. Hueco. Procedente del campo de batalla. De los mercenarios enloquecidos. De los que aún quedaban. De los que habían sobrevivido a la batalla.

De los que habían perdido al amo, al traidor, al dios que los controlaba, y ahora vagaban sin propósito, sin dirección, sin mandato, con las escamas doradas brillando bajo la luz cenicienta y los ojos vacíos buscando algo que destruir, algo que devorar, algo que llenara el vacío que el dios había dejado al desaparecer.

Se giraron hacia nosotras.

Todos. Al unísono. Como una jauría que huele sangre. Como una manada que encuentra presa. Como un organismo que necesita alimentarse y no distingue entre amiga y enemiga, entre viva y muerta, entre hermana y estatua.

—¡Atrás! —bramó el primer guardián, el de los ojos ciegos y el bastón de hueso, plantándose entre nosotras y los mercenarios con una determinación que no pertenecía a un anciano sino a algo más antiguo, más esencial, más inevitable—.

¡Proteged a la selladora! ¡Proteged a la niña! ¡Formad el círculo!

Los guardianes formaron el círculo. Los supervivientes de la ciudad de las máscaras se unieron.

Las lanzas de hueso se alzaron. Los escudos de cuero se cerraron.

Y los mercenarios enloquecidos se lanzaron contra el círculo con un chirrido colectivo que me taladró los tímpanos y me provocó una náusea que no era física sino espiritual, una náusea de alma, una náusea de mundo.

La batalla duró un minuto. Quizás dos. Quizás una eternidad. Los guardianes lucharon con una eficiencia que no era humana, que no pertenecía a hombres sino a fuerzas, a corrientes, a mareas que arrastran lo que encuentran a su paso. Los mercenarios caían.

Se levantaban. Caían de nuevo. Se arrastraban.

Mordían. Arañaban. Chirriaban. Y uno a uno, con una paciencia geológica, con una determinación que no admitía derrota, los guardianes los redujeron.

Los aplastaron. Los inmovilizaron. Los enterraron bajo la tierra negra con los bastones de madera negra y las oraciones en aquella lengua que precedía a todas las lenguas.

El último mercenario cayó. El silencio regresó. El amanecer avanzó. La luz cenicienta se volvió dorada, cálida, viva, como si el sol mismo respirara aliviado al ver que el dios había vuelto a dormir, que la puerta se había sellado, que el mundo seguía girando.

Me giré hacia la estatua de Idris. Hacia el oro. Hacia la mano extendida. Hacia el silencio. Hacia la ausencia.

A la sazón lo sentí.

Un calor. Mínimo. Casi imperceptible. Un calor que no pertenecía al sol.

Que no pertenecía al amanecer. Que no pertenecía a la tierra.

Un calor que venía de dentro. Del metal.

Del oro. Del corazón de la estatua. Un latido.

Uno solo. Breve. Débil. Casi inexistente. Pero real. Tangible. Inconfundible.

Apoyé la palma contra el pecho de la estatua. Cerré los ojos. Contuve el aliento. Esperé. Un segundo. Dos. Tres. Cuatro. Cinco.

Otro latido.

Más débil que el primero. Más lejano. Más profundo. Pero allí. Dentro del oro. Dentro del metal. Dentro de la estatua. Dentro de Idris.

Abrí los ojos. Miré la superficie dorada.

Y vi, bajo el brillo, bajo la perfección del metal, una grieta.

Fina. Casi invisible. Una línea que no era grieta sino costura.

Una línea que no era rotura sino posibilidad.

Una línea que decía no está completa, no está terminado, no está sellado del todo, no está muerto del todo, no se ha ido del todo.

—Idris —susurré. Apoyé la frente contra el oro. Cerré los ojos. Sentí el calor. Sentí el latido. Sentí la posibilidad—. Idris, estáis ahí. Estáis dentro. Estáis vivo. No del todo. No completamente. Pero estáis. Respiráis. Latís. Existís.

Elvira se acercó. Me tocó el hombro. Me miró con aquellos ojos que habían visto el otro lado.

—¿Qué ocurre?

—No está completo. La transformación no está completa. Hay un latido. Hay un calor. Hay una grieta. Hay una posibilidad. Hay una puerta que no se ha cerrado del todo. Hay un camino de vuelta.

Elvira me miró. Un largo instante. Un instante que contuvo todo. Todo lo que no sabíamos. Todo lo que no entendíamos. Todo lo que podía ser y todo lo que podía no ser.

—Entonces lo salvamos —murmuró. Con la voz de una niña de catorce años que había muerto y vuelto y no iba a permitir que la muerte se llevara a nadie más—.

Lo salvamos. Aunque tengamos que cruzar el mundo.

Aunque tengamos que subir montañas. Aunque tengamos que arrancarle el oro con las manos.

Lo salvamos. Porque nos salvó. Porque nos amó.

Porque se convirtió en estatua para que vos respirarais.

Y ahora vos vais a respirar por él. Y yo voy a respirar por él.

Y el mundo entero va a respirar por él. Porque se lo debe. Porque se lo debe todo.

Asentí. Me puse en pie. Me limpié las lágrimas. Me giré hacia el horizonte. Hacia el norte. Hacia las montañas. Hacia el lugar donde, si los ancianos del oasis tenían razón, existía un manantial. Un agua. Un antídoto. Una posibilidad.

Una posibilidad de devolverle la carne al metal. Una posibilidad de devolverle la voz al silencio. Una posibilidad de devolverle la vida a la estatua.

Después caminé. Hacia el norte. Hacia las montañas.

Hacia el agua. Hacia la esperanza. Con Elvira a mi lado.

Con los guardianes detrás. Con la estatua de Idris cargada en un camello, envuelta en tela, protegida del sol, cuidada como un recién nacido, como una promesa, como un juramento que no iba a romperse.

Caminé. Con los pies descalzos. Con el corazón latiéndome. Con la certeza de que el mundo me debía una vida. Y que iba a cobrarla.

Aunque tuviera que subir todas las montañas del mundo. Aunque tuviera que cruzar todos los desiertos. Aunque tuviera que arrancarle el oro a la estatua con los dientes. Aunque tuviera que morir en el intento.

No iba a dejarlo frío. No iba a dejarlo inmóvil. No iba a dejarlo callado. No iba a dejarlo solo.

No esta vez.

Nunca más.