CAPÍTULO 31. El sacrificio
Caminé hacia la estatua con los pies descalzos sobre la tierra negra y el polvo dorado de Rodrigo aún cayéndome sobre los hombros como una nevada cálida, y cada paso que daba era un paso menos hacia la vida y un paso más hacia el lugar donde Amara-Kael había muerto milenios atrás para que el mundo pudiera seguir girando, para que los ríos siguieran corriendo, para que las madres siguieran cantando a sus hijos la canción del ruiseñor sin saber que aquella melodía era un eco, un resto, una ceniza de la primera oración que una selladora pronunció antes de entregar su sangre a la tierra.
El dios rugió de nuevo. La estatua dio otro paso, y el suelo se abrió bajo el impacto como una herida, y los mercenarios enloquecidos que aún quedaban se arrastraron hacia ella como insectos hacia una llama, chirriando, suplicando, ofreciendo sus cuerpos de escamas doradas como ofrenda, como combustible, como materia prima para un hambre que no podía saciarse con nada que existiera sobre la superficie de la tierra.
El aire se volvió denso, irrespirable, cargado de un olor a metal fundido y a tierra removida que se me instaló en la lengua y no se iba, que se me metía en las fosas nasales y me provocaba una náusea que no era física sino espiritual.
Como si el estómago del alma se me revolviera ante la proximidad de algo que no debía existir, que no debía estar despierto, que no debía mirar el mundo con aquellos ojos rojos que acababan de abrirse en las cuencas vacías de la estatua.
Me detuve a tres pasos del tobillo de oro.
El amuleto de obsidiana seguía clavado en la tierra donde Rodrigo se había desintegrado, y la piedra brillaba con una luz negra, hambrienta, que pulsaba al ritmo de mi corazón, que se alimentaba de cada latido, que me robaba la vida gota a gota como un parásito paciente que ha esperado milenios para llegar a este instante.
Sentía la vida escapándoseme por las heridas invisibles que el ritual me había dejado en el pecho, en las palmas, en las plantas de los pies, y cada bocanada de aire que tomaba era más superficial que la anterior, más escasa, más insuficiente, como si el oxígeno mismo se negara a entrar en un cuerpo que ya no le pertenecía.
Alcé las manos. Hacia la estatua. Hacia el dios. Hacia la boca abierta que era un abismo sin labios. Hacia los ojos rojos que me miraban con un hambre geológica, tectónica, un hambre que había existido antes del sol y seguiría existiendo después de que la última estrella se apagara.
En aquel momento comencé a pronunciar las palabras que los ancianos me habían enseñado, las palabras del ritual, las palabras de Amara-Kael, las palabras que no pertenecían a ninguna lengua viva sino a una lengua muerta, anterior a la muerte, anterior a la vida, anterior a todo lo que tiene nombre y forma y contorno.
—Mencía.
La voz llegó desde atrás. Rota. Jadeante.
Arrastrándose sobre la tierra negra como un cuerpo herido que se niega a morir.
Me giré. Idris se arrastraba hacia mí con la lanza aún atravesándole el muslo, con la sangre empapándole la venda de la espalda, con los ojos dorados fijos en mí con una intensidad que me heló la sangre más que el frío del amuleto, más que la cercanía del dios, más que la certeza de mi propia muerte.
—No —dije. Una sola palabra. Plana. Definitiva. Una palabra que era un muro, una puerta cerrada, una orden—. No, Idris. Quedaos donde estáis. No os acerquéis. No me interrumpáis. No me detengáis.
—No voy a deteneros. —Se arrastró un paso más. La sangre le dejaba un surco rojo en la tierra negra. La lanza le atravesaba el muslo y cada movimiento le arrancaba un gemido que intentaba ahogar entre los dientes—. No voy a deteneros. Voy a reemplazaros.
El mundo se detuvo. No por Kael-Amun. No por ningún poder antiguo.
Por mí. Por la comprensión que me golpeó el pecho como un mazo.
Por la certeza de lo que acababa de oír.
Por el horror y la ternura y la furia y el amor que me llenaron las venas al mismo tiempo, como cuatro ríos desembocando en un mismo mar.
—¿Qué estáis diciendo?
—Lo que habéis oído. —Idris se detuvo a dos pasos de mí. Se apoyó en la lanza. Se puso en pie con un esfuerzo que le arrancó un grito ahogado, un sonido de animal herido que me atravesó el esternón—. No vais a morir, Mencía. No hoy. No aquí. No de esta manera.
—La sangre de Amara-Kael. La sangre de la selladora. La sangre de reina. Solo mi sangre puede sellar la puerta. Los ancianos lo dijeron. Kael-Amun lo dijo. El ritual lo exige. No hay alternativa. No hay sustituto. No hay otro camino.
—Hay otro camino. —Idris me miró. Y en sus ojos dorados, bajo el dolor, bajo la sangre, bajo la certeza de lo que iba a hacer, vi una calma que me asustó más que cualquier furia.
Una calma de hombre que ha tomado una decisión y no va a cambiarla.
Una calma de príncipe que ha aceptado su destino—.
Yo también soy descendiente de los guardianes.
Las palabras cayeron entre nosotros como piedras en un pozo. Me quedé inmóvil. Con las manos aún alzadas hacia la estatua. Con los labios aún formando las palabras del ritual. Con el corazón latiéndome de una manera que no era vida sino incredulidad.
—¿Qué?
—Mi madre. La madre del Mansa. La mujer que me dio a luz.
No era solo la esposa del rey. Era la última de una línea.
Una línea que se entrelaza con la vuestra.
Con la de Amara-Kael. Con la de los primeros sacerdotes.
Con la de los que sellaron la tumba. —Idris dio un paso hacia mí.
La sangre le corría por la pierna. La lanza le atravesaba el muslo.
El cuerpo le temblaba de agotamiento y dolor y una determinación que no pertenecía a un hombre herido sino a algo más antiguo, más esencial, más inevitable—.
Mi sangre es sangre de guardián. Mi sangre es sangre de sello.
Mi sangre puede hacer lo que la vuestra puede hacer.
Puede cerrar la puerta. Puede dormir al dios. Puede sellar la tumba.
—No. —Retrocedí un paso. Dos. Negué con la cabeza.
Negué con todo el cuerpo. Negué con el alma—.
No. No vais a hacerlo. No vais a morir por mí.
No vais a cargar con lo que me pertenece.
No vais a robarme la muerte como me robasteis la libertad en el desierto.
No vais a encadenarme a la vida como me encadenasteis en aquella tienda. No.
—No es una cadena. —Idris sonrió. Una sonrisa torcida, dolorosa, llena de sangre y de una ternura que me rompió el corazón en pedazos tan pequeños que nunca podría recomponerlos—.
Es un regalo. Es lo único que puedo daros.
Lo único que tengo. Lo único que soy. Mi sangre.
Mi vida. Mi muerte. Os las doy. Os las entrego.
Os las pongo en las manos como un príncipe pone la corona en las manos de la mujer que ama.
—No quiero vuestra muerte. No quiero vuestra sangre.
No quiero vuestra corona. Os quiero a vos.
Os quiero vivo. Os quiero respirando. Os quiero caminando.
Os quiero en Malí. Os quiero en el trono.
Os quiero viejo. Os quiero arrugado. Os quiero con el cabello blanco y las manos temblorosas y la voz ronca de los años.
Os quiero vivo, Idris. Vivo. No dorado. No frío. No muerto. Vivo.
—Lo sé. —Me tomó las manos. Me apretó los dedos.
Me sostuvo la mirada con una firmeza que no admitía réplica, que no admitía súplica, que no admitía negociación—.
Lo sé. Y por eso mismo. Porque me queréis vivo, me dejáis morir.
Porque si muero en vuestro lugar, vos vivís.
Y si vos vivís, yo vivo en vos. En vuestro recuerdo.
En vuestra voz. En vuestro nombre pronunciado al viento.
En cada amanecer que veáis. En cada canción que cantéis.
En cada niño que nazca y crezca y ría y juegue porque el mundo sigue girando porque una mujer castellana vive para verlo.
Me soltó las manos. Retrocedió un paso. Dos. Se giró hacia la estatua. Hacia el dios. Hacia la boca abierta. Hacia los ojos rojos. Hacia el hambre. Hacia el abismo.
—Idris, no. —Mi voz se quebró. Se deshizo. Se convirtió en un sonido que no era palabra, que no era súplica, que no era nombre. Un sonido de animal al que le arrancan las entrañas. Un sonido de mujer al que le arrancan el corazón—. Idris, no podéis. No os lo permito. No os lo permito.
—No necesitáis permitírmelo. —Se detuvo ante la estatua.
Alzó la mano. La apoyó contra el tobillo de oro.
El metal brilló bajo sus dedos. Pulsó. Latido.
Como un corazón—. Solo necesitáis recordar.
Recordarme. Recordar que os amé. Que os amé desde la bodega de la galera.
Que os amé en el océano. Que os amé bajo la manta.
Que os amé en la tienda. Que os amé en el desierto.
Que os amé en el oasis. Que os amé en cada paso que di hacia vos.
Que os amé en cada latido. Que os amé en cada herida.
Que os amé en cada cadena. Que os amé en cada beso.
Que os amé en cada muerte. Que os amaré en cada eternidad.
—Idris.
—Amadme, Mencía. Amadme vivo en vuestro recuerdo.
Amadme dorado en la estatua. Amadme frío en el metal.
Amadme ausente en el silencio. Amadme como yo os amé.
Con todo. Sin reservas. Sin condiciones.
Sin cadenas. Sin jaulas. Sin posesión. Solo amor.
Solo entrega. Solo la certeza de que existí.
De que respiré. De que os toqué. De que os besé.
De que os sostuve en el océano y os dije estáis a salvo y lo decía de verdad.
Se lanzó contra la estatua.
No con un salto. No con un grito. Con un paso.
Un solo paso. Tranquilo. Deliberado. Definitivo.
Un paso que cruzó la distancia entre su cuerpo y el oro maldito, entre la vida y la eternidad, entre la carne y el metal.
Un paso que no podía deshacerse. Un paso que no podía recorrerse hacia atrás.
Un paso que era una puerta que se cerraba para siempre.
Su mano tocó el oro. Y el oro lo tocó a él.
Comenzó por los dedos. Por las yemas. Por la piel que rozaba la superficie brillante.
El color cambió. La piel se volvió rígida.
Brillosa. Dorada. La transformación subió por los dedos como una marea lenta, inexorable, hermosa, terrible, que convertía la carne en metal, la sangre en oro, el calor en frío, la vida en eternidad. Subió por la mano.
Por la muñeca. Por el antebrazo. Deteniéndose en cada articulación, en cada tendón, en cada vena, como si el oro saboreara cada centímetro de piel que devoraba, como si se deleitara en la conversión, como si convirtiera cada hueso en una obra de arte, cada músculo en una escultura, cada latido en un silencio.
Idris me miró. Una última vez. Con los ojos dorados que ya no eran dorados por la vida sino por el metal. Con la mitad del cuerpo convertido en oro. Con la otra mitad aún carne. Aún caliente. Aún viva. Aún mía.
—Os amo —susurró. Con una voz que ya no era voz. Que era metal. Que era vibración. Que era el sonido de una campana al enfriarse—. Os amaré por toda la eternidad. Incluso convertido en metal. Incluso frío. Incluso inmóvil. Incluso muerto. Os amaré. Os amaré. Os amaré.
El oro le cubrió el rostro. Le cubrió los ojos. Le cubrió los labios. Le cubrió la sonrisa. Le cubrió todo. Lo envolvió. Lo selló. Lo convirtió. Lo eternizó.
Donde había estado Idris ben-Zeyad, hijo del Mansa, príncipe de Malí, hombre que me sostuvo en el océano y me besó bajo la manta y me encadenó y me liberó y me amó con todo lo que era y todo lo que tenía y todo lo que iba a ser, había ahora una estatua de oro macizo.
Brillante. Hermosa. Fría. Eterna. Con la mano extendida hacia mí. Con los dedos abiertos. Con la palma hacia arriba. Como si ofreciera algo. Como si pidiera algo. Como si dijera toma, es tuyo, siempre fue tuyo, siempre será tuyo.
La estatua de Idris brilló. Pulsó. Emite una vibración que recorrió la tierra, que sacudió el aire, que hizo temblar el mar y el cielo y los huesos de los vivos y los muertos.
Y la estatua del dios, la estatua de veinte varas, la estatua de ojos rojos y boca abierta, se detuvo.
Se quedó inmóvil. Se agrietó. Se rompió.
Se derrumbó en un torrente de oro que se fundió con la tierra, que se hundió en el suelo, que desapareció bajo la superficie como si nunca hubiera existido.
El dios volvió a dormir. La puerta se selló.
El mundo continuó.
Yo caí de rodillas junto a la estatua de Idris.
Con las manos extendidas. Con los dedos tocando el metal frío.
Con los labios pegados a la superficie dorada.
Con las lágrimas cayendo sobre el oro. Con el corazón latiéndome de una manera que no era vida sino ausencia.
Con la boca abierta en un grito que no salía.
Que no iba a salir. Que nunca iba a salir.
Detrás de mí, en el silencio del amanecer, en la quietud del mundo recién salvado, una voz me llamó.
Una voz que no podía existir. Una voz que llevaba muerta semanas.
Una voz de niña. De catorce años. De cascabeles.
—Mencía.
Me giré.