CAPÍTULO 30. El beso de la muerte
Lo besé con la boca llena de lágrimas y el corazón latiéndome de una manera que no era vida sino despedida, un latido largo, profundo, definitivo, como el último golpe de una campana que ha estado tañendo durante veinte años y al fin se detiene porque no queda nadie que la toque, porque no queda nadie que la escuche.
Porque el campanario se ha derrumbado y la campana rueda por la tierra y se entierra y el silencio que deja es más ensordecedor que cualquier sonido que haya producido jamás.
Sus labios sabían a sal y a metal y a algo más dulce, más antiguo, más profundo que cualquier sabor que hubiera conocido en vida: sabían a Rodrigo. A vino especiado y romero y pomada de árnica.
A la piel de un hombre que me había sostenido la nuca bajo el azahar y me había llamado rosa castellana con aquella voz grave y perezosa que se me había instalado en la médula como una melodía que no se puede olvidar aunque pasen los años y los siglos y las vidas.
Sabían a la noche de los cirios rotos. Sabían a la mancha de vino en la manga del sayo.
Sabían a tres lunas de matrimonio y una eternidad de ausencia.
Mientras lo besaba, mientras mis labios se apretaban contra los suyos y mis manos le acariciaban el rostro cubierto de escamas doradas y sentía bajo los dedos la piel de Yusuf y la piel de Rodrigo y la piel de ningún hombre y la piel de todos los hombres que habían muerto amándome, mi mano derecha bajó. Bajó hacia el pecho.
Bajó hacia el amuleto de obsidiana que ardía contra mi esternón como una brasa, como una promesa, como una cuenta atrás que llegaba a su último número.
Lo arranqué de la camisa. Lo empuñé. Sentí la piedra fría contra la palma, sentí las inscripciones talladas mordiéndome la piel, sentí la vibración antigua llenándome los huesos y los dientes y el fondo del cráneo.
Rodrigo me miró. Con el ojo verde. Con el ojo que aún era suyo.
Con el ojo que aún lloraba. Y en su mirada no había miedo.
No había sorpresa. No había traición. Había gratitud.
Una gratitud tan vasta, tan profunda, tan antigua, que me llenó el pecho como una marea y me arrancó un sollozo que se me quedó atrapado en la garganta porque la boca estaba ocupada besándolo, porque los labios estaban ocupados diciéndole adiós, porque la lengua estaba ocupada pronunciando un nombre que no iba a volver a pronunciar.
Clavé el amuleto.
No con rabia. No con violencia. No con la furia de quien mata a un enemigo. Con la delicadeza de quien entierra a un esposo. Con la reverencia de quien cierra los ojos de un muerto.
Con la ternura de quien arropa a un niño para que duerma.
Hundí la obsidiana en el pecho de Yusuf-Rodrigo, justo sobre el corazón, justo en el lugar donde el dios se aferraba, justo en el punto donde las escamas doradas brillaban con más intensidad, donde la luz enferma pulsaba con más fuerza, donde el hambre del dios latía con más urgencia.
La obsidiana entró. Cortó. Mordió. Y el mundo se detuvo.
No como Kael-Amun lo había detenido en la cámara dorada.
No con un gesto. No con una voluntad. Se detuvo porque el tiempo mismo necesitaba un instante para procesar lo que acababa de ocurrir.
Para registrar la muerte de un dios. Para registrar la liberación de un alma.
Para registrar el final de un ciclo que había girado durante milenios y al fin, al fin, se detenía.
Rodrigo se separó de mí. Un centímetro. Dos.
Lo suficiente para mirarme. Lo suficiente para que nuestros ojos se encontraran por última vez.
Verde contra verde. Porque yo también tengo los ojos verdes.
Porque los Lara tienen los ojos verdes. Porque Rodrigo tenía los ojos verdes.
Porque el verde es el color de los que aman y los que mueren y los que recuerdan.
—Gracias, mi rosa —susurró. Su voz, apenas un hilo. Apenas un aliento. Apenas un roce de aire contra la garganta—. Gracias por venir. Gracias por besarme. Gracias por dejarme ir. Gracias por no odiarme. Gracias por no culparme. Gracias por amar al hombre que fui y no al monstruo que me hicieron.
—Os amo —murmuré. Las palabras me salieron sueltas, libres, sin peso, sin carga, sin la urgencia de quien necesita decir algo antes de que sea demasiado tarde—.
Os amé desde el primer instante. Os amé bajo el azahar.
Os amé en la bodega. Os amé en el zoco. Os amé en el desierto.
Os amé en la cámara dorada. Os amé en cada paso que di hacia vos.
Os amé en cada latido que me quedaba. Y os amo ahora.
En este instante. En este beso. En esta muerte.
Os amo y os suelto y os dejo ir y os devuelvo a la tierra y os devuelvo al sueño y os devuelvo al descanso que os robaron.
Rodrigo sonrió. La sonrisa de Rodrigo. La curva lenta.
Perezosa. Aquella curva que me dedicaba cuando creía que nadie lo veía.
Aquella curva que significaba aquí estoy, aquí me quedo, aquí me quedo siempre.
Pero esta vez no significaba me quedo. Esta vez significaba me voy.
Esta vez significaba ya puedo irme. Esta vez significaba ya puedo soltar el ancla.
Las escamas doradas comenzaron a desprenderse.
No con violencia. No con dolor. Con una suavidad que me heló la sangre.
Se despegaban de la piel como pétalos de una flor marchita, como hojas de un árbol en otoño, como ceniza de una hoguera apagada.
Caían al suelo. Tintineaban contra la tierra negra.
Se deshacían. Se convertían en polvo. En un polvo dorado, fino, brillante, que flotaba en el aire como polen, como nieve, como las estrellas que había visto en el desierto la primera noche que Idris me sostuvo bajo la manta.
Debajo de las escamas, debajo del oro, debajo del dios, estaba Rodrigo.
No el cuerpo de Yusuf. No el cuerpo del pirata.
El cuerpo de Rodrigo. Delgado. Pálido. Con la barba incipiente.
Con el cabello oscuro. Con la mancha de vino en la manga del sayo que yo misma le había bordado con hilos de oro durante las noches de invierno.
Con los ojos verdes. Con la sonrisa lenta.
Con las manos que me habían sostenido la nuca bajo el azahar.
Rodrigo me miró. Una última vez. Me acarició la mejilla. Con los dedos. Con las yemas. Con una delicadeza que me rompió el alma.
—Decidle a Elvira que la quiero. Decidle que la quise como a una hija.
Decidle que lo siento. Decidle que no pude detenerme.
Decidle que el dios me obligó. Decidle que lloré mientras la mataba.
Decidle que la vi. Que la reconocí. Que intenté parar.
Que no pude. Que lo siento. Que lo siento. Que lo siento.
—Se lo diré —susurré. Aunque Elvira estaba muerta. Aunque Elvira no podía oírme. Aunque Elvira nunca sabría que el hombre que la mató había llorado mientras lo hacía—. Se lo diré, Rodrigo. Se lo diré.
Asintió. Cerró los ojos. Exhaló. Un suspiro largo, profundo, definitivo. Un suspiro que llevaba meses conteniendo. Que llevaba una muerte conteniendo. Que llevaba una resurrección conteniendo. Un suspiro que era un adiós. Que era un gracias. Que era un ya puedo dormir.
Luego se deshizo.
No cayó. No se desplomó. No murió como mueren los hombres. Se deshizo. Se convirtió en polvo dorado.
En un polvo fino, brillante, cálido, que flotó en el aire un instante, que me rozó las mejillas como una caricia, que me llenó las fosas nasales con un aroma a romero y vino y azahar, que se elevó hacia el cielo ceniciento del amanecer y se dispersó entre las nubes rojizas como una bandada de pájaros, como una oración, como un alma al fin libre.
Me quedé de pie. Con las manos vacías. Con los labios húmedos.
Con el amuleto clavado en la tierra donde Rodrigo había estado.
Con el polvo dorado cayéndome sobre los hombros como nieve.
Con el corazón latiéndome de una manera que no era vida sino ausencia.
Con la certeza de que acababa de besar a mi esposo por segunda y última vez.
De que acababa de matarlo por segunda y última vez.
De que acababa de liberarlo por segunda y última vez.
Fue cuando la estatua rugió.
No con sonido. No con voz. Con una vibración que recorrió la tierra bajo mis pies, que sacudió el aire, que hizo temblar el mar y el cielo y los huesos de los vivos y los muertos.
La estatua de oro, la estatua de veinte varas, la estatua que Yusuf-Rodrigo había construido con el oro maldito y la sangre de Elvira y la locura de un dios hambriento, comenzó a agitarse.
A temblar. A crujir. Las escamas doradas que la cubrían se agrietaron.
Las cuencas vacías de los ojos se llenaron de una luz roja, pulsante, hambrienta.
La boca abierta, el abismo sin labios, emitió un sonido que no era sonido sino presión, una presión que me aplastó los tímpanos, que me dobló las rodillas, que me obligó a caer de bruces sobre la tierra negra.
El dios. Furioso. Hambriento. Despojado de su instrumento.
Despojado de su ancla. Despojado de Rodrigo.
Solo. Vacío. Enfadado. Un enfado que no era humano.
Que no era divino. Que era algo más antiguo, más esencial, más terrible que cualquier emoción que un ser vivo pudiera sentir.
Un enfado geológico. Tectónico. Un enfado que movía continentes y hundía islas y borraba civilizaciones.
La estatua dio un paso. El suelo tembló.
Los mercenarios enloquecidos, los que aún quedaban, los que no habían caído bajo las lanzas de los guardianes, se giraron hacia la estatua.
Se arrodillaron. Abrieron las bocas. Emitieron el chirrido metálico.
Un chirrido que esta vez no era aleatorio.
Que tenía forma. Que tenía sentido. Que decía despierta, despierta, despierta, el instrumento ha muerto, el ancla se ha roto, despierta, despierta, despierta.
Me puse en pie. Temblando. Con las rodillas débiles.
Con el cuerpo vacío. Con la vida escapándoseme a chorros por la herida invisible que el amuleto me había dejado en el pecho.
Miré hacia la estatua. Hacia los ojos rojos.
Hacia la boca abierta. Hacia el paso que acababa de dar.
Hacia el segundo paso que se preparaba a dar.
Y comprendí.
Comprendí con una claridad que me heló la sangre, que me vació el estómago, que me llenó los ojos de una calma terrible, absoluta, definitiva. Comprendí que el ritual no estaba completo. Que el beso no bastaba. Que el amuleto no bastaba.
Que la muerte de Rodrigo no bastaba. Que la liberación del alma no bastaba. Que el dios seguía despierto. Que el dios seguía hambriento. Que el dios seguía libre. Porque faltaba el sello. Faltaba la puerta. Faltaba la sangre que cierra. Faltaba el sacrificio que duerme.
Faltaba yo.
El ritual de las siete lunas. El ritual de Amara-Kael.
El ritual de la selladora. No terminaba con la muerte del traidor.
No terminaba con la liberación del alma.
No terminaba con el beso ni con el amuleto ni con el polvo dorado flotando hacia el cielo.
Terminaba con la selladora. Terminaba con la sangre de reina.
Terminaba con la vida de la mujer que da todo para que el mundo continúe.
Terminaba conmigo.
Miré hacia Idris. A veinte pasos de distancia. De rodillas. Con la lanza en el muslo. Con la sangre empapándole la venda. Con los ojos dorados fijos en mí. Mirándome. Viéndome comprender. Viéndome aceptar. Viéndome morir antes de morir.
Le sonreí. Una sonrisa pequeña. Cansada. Tierna. Una sonrisa que decía lo siento, lo siento, lo siento, no puedo quedarme, no puedo vivir, no puedo ser vuestra, no puedo ser de nadie, no puedo ser más que esto, más que la selladora, más que la sangre, más que la puerta, más que el sacrificio.
Idris me devolvió la sonrisa. Una sonrisa rota.
Deshecha. Llena de un amor que no sabía cómo salvarme.
Que no sabía cómo soltarme. Que no sabía cómo existir sin mí.
Pero asintió. Una sola vez. Con los ojos llenos de lágrimas.
Con la mandíbula apretada. Con el cuerpo temblando. Con el alma deshaciéndose.
Me giré hacia la estatua. Hacia el dios. Hacia la boca abierta. Hacia los ojos rojos. Hacia el paso que se preparaba a dar. Hacia el mundo que iba a devorar si yo no lo detenía.
Luego caminé. Hacia la estatua. Hacia el dios.
Hacia la muerte. Hacia el final. Con los pies descalzos sobre la tierra negra.
Con el amuleto aún clavado en el suelo donde Rodrigo había estado.
Con el polvo dorado cayéndome sobre los hombros.
Con la vida escapándoseme. Con el corazón latiéndome por última vez.
Con los labios aún húmedos del beso de Rodrigo.
Con la certeza de que el mundo iba a continuar.
De que el sol iba a salir. De que los ríos iban a correr.
De que los niños iban a crecer. De que las madres iban a cantar. De que el azahar iba a florecer.
Sin mí. Pero iba a continuar. Y eso, al final, era suficiente. Era todo.
Era lo único que importaba.