La Reina De África: Granada, siglo XIV CAPÍTULO 29. La batalla de las arenas doradas
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CAPÍTULO 29. La batalla de las arenas doradas

El amanecer no trajo luz. Trajo ceniza.

El sol se alzó sobre el horizonte marino envuelto en una bruma rojiza que teñía el cielo de sangre y convertía el campamento de Yusuf en una visión del averno, un lugar donde el aire mismo parecía arder y cada sombra proyectada por la estatua de oro se alargaba sobre la tierra negra como un dedo acusador señalando a los vivos, recordándoles que su tiempo se agotaba, que la cuenta atrás había comenzado, que el horno donde el último trozo de oro se derretía estaba a punto de apagarse y con él la última oportunidad de detener lo inevitable.

Los guardianes atacaron al primer rayo.

No con trompetas ni gritos de guerra ni ninguna de las ceremonias que los juglares castellanos atribuían a las batallas nobles.

Atacaron en silencio, con la determinación fría de quienes llevan generaciones preparándose para este instante, con los bastones de madera negra alzados y las bocas moviéndose en aquella oración que no pertenecía a ninguna fe viva.

El aire en torno a ellos se espesó, se cargó, se volvió tangible como el agua antes de la tormenta, y los supervivientes de la ciudad de las máscaras se lanzaron detrás con las lanzas de hueso y los escudos de cuero y un valor que no era valentía sino desesperación, la desesperación de quienes han perdido su hogar y sus muertos y su futuro y ya no tienen nada que proteger excepto la certeza de que el mundo no debe terminar así, devorado por un dios sin nombre, consumido por la codicia hecha metal.

Los mercenarios enloquecidos los recibieron.

Comprendimos, en los primeros segundos del combate, que no eran hombres. Que no habían sido hombres durante mucho tiempo. Que lo que caminaba bajo las escamas doradas y los ojos vacíos y las articulaciones torcidas era otra cosa.

Algo que el oro había tallado y vaciado y rellenado con una sustancia que no era vida ni muerte sino una tercera categoría, un estado intermedio, una existencia parasitaria que no podía detenerse con una lanza ni con una espada ni con ninguna arma forjada por manos humanas.

El primer guardián que cayó lo hizo con una lanza atravesándole el pecho.

El mercenario que lo mató tenía el brazo izquierdo arrancado de cuajo, las escamas doradas brillando en el muñón donde debía estar el hombro, y sin embargo seguía golpeando, seguía avanzando, seguía matando con la mano derecha y los dientes y la frente, como si la ausencia de un miembro fuera un inconveniente menor, una molestia que no merecía detener la función para la que había sido creado.

—¡No mueren! —gritó uno de los supervivientes, un hombre joven con la cara pintada de líneas blancas y el terror desbordándole los ojos—. ¡Les cortamos los brazos y siguen! ¡Les abrimos el vientre y siguen! ¡Les aplastamos el cráneo y siguen!

Idris se lanzó al combate con la furia que solo un príncipe puede reunir cuando ha sido despojado de todo: del reino, de la libertad, de la dignidad, de la mujer que ama.

Peleaba con una cimitarra robada y un escudo de cuero y el cuerpo vendado y la espalda supurante y una rabia que le salía por los ojos como vapor, como humo, como una llamarada dorada que no pertenecía al sol sino a la sangre del Mansa, a la sangre de reyes, a la sangre de hombres que habían gobernado un imperio y no iban a arrodillarse ante un dios de oro maldito.

Mató a tres. Cuatro. Cinco. Les cortó las piernas y cayeron, pero seguían arrastrándose.

Les abrió el cráneo y el líquido que brotó no era sangre sino una sustancia dorada, espesa, brillante, que olía a metal caliente y se adhería a la hoja de la cimitarra como miel.

Les arrancó las escamas con los dedos y debajo no había carne sino más oro, más brillo, más hambre.

—¡Mencía! —Idris giró la cabeza, me buscó entre el caos, me encontró a diez pasos de distancia con el amuleto ardiéndome contra el pecho y los pies descalzos sobre la tierra negra—. ¡Id hacia la estatua! ¡Yo los contengo! ¡Id!

—No voy a dejaros.

—¡Id! —El grito me golpeó como una bofetada.

Idris paró un golpe con el escudo, contraatacó con la cimitarra, le abrió el vientre a un mercenario que se derramó en oro líquido sobre la tierra—.

¡Si no llegáis a la estatua, todo esto es inútil!

¡Todo! ¡El ritual, las noches, la sangre, Elvira, todo! ¡Id!

Fui.

Corrí entre los cuerpos. Entre las escamas doradas. Entre los mercenarios que se arrastraban y golpeaban y mordían con una persistencia que no era vida sino programación, que no era voluntad sino mandato, que no era alma sino reflejo.

El amuleto me ardía contra el esternón con una intensidad nueva, urgente, como si la obsidiana supiera que se acercaba su momento, como si la piedra hubiera estado esperando este instante durante milenios y ahora vibrara con una anticipación que me recorría los huesos.

Un mercenario me cortó el paso. Se alzó ante mí con las manos extendidas, los dedos largos, afilados, cubiertos de escamas que brillaban bajo la luz cenicienta del amanecer. Abrió la boca. El chirrido metálico me taladró los tímpanos. Me lanzó las garras hacia el rostro.

Me agaché. Rodé. Sentí el aire cortarme el cabello. Me puse en pie. El amuleto pulsó. Y algo ocurrió. Algo que no esperaba. Algo que no comprendí hasta mucho después. La obsidiana emitió un sonido. No un sonido que se oyera con los oídos. Un sonido que se sentía con los huesos.

Una vibración baja, profunda, antigua, que recorrió la tierra bajo mis pies y se extendió en ondas como las que produce una piedra al caer en un estanque.

Y el mercenario se detuvo. Se quedó inmóvil.

Con las garras alzadas. Con la boca abierta.

Con los ojos vacíos fijos en un punto que no existía.

Como si la vibración lo hubiera congelado.

Como si la obsidiana, la piedra de la tumba, la piedra del dios, la piedra del sello, hubiera pronunciado una palabra en un idioma que las criaturas de oro entendían y obedecían.

Corrí. Aproveché el instante. Pasé junto al mercenario congelado, junto a otros dos que se habían detenido, junto a un tercero que giraba la cabeza con un movimiento espasmódico intentando localizar la fuente de la vibración.

El amuleto seguía pulsando. Seguía emitiendo.

Seguía hablando en aquel idioma de piedra y oscuridad que precedía a todas las lenguas.

La estatua se alzaba ante mí. Veinte varas de oro maldito.

Con la boca abierta. Con los ojos vacíos.

Con las manos casi completas. Con el último trozo de oro aún goteando del molde, aún enfriándose, aún adquiriendo forma.

Y junto a la estatua, con la espalda contra el tobillo de oro, con los brazos cruzados sobre el pecho, con las escamas cubriéndole el setenta por ciento del cuerpo y una lágrima solitaria brillándole en el ojo verde, estaba Yusuf.

O Rodrigo. O ambos. O ninguno. O algo que había sido los dos y ahora no era ninguno y pronto sería solo el dios.

Me detuve a cinco pasos. Jadeando. Con el cabello pegado al rostro. Con la camisa empapada de sudor y sangre ajena. Con los pies descalzos cortados por la tierra negra y las escamas rotas. Con el amuleto ardiendo. Con la vida escapándoseme. Con el corazón latiéndome por última vez.

Yusuf-Rodrigo me miró.

Pero abrió los brazos.

No con amenaza. No con desafío. No con la crueldad del pirata ni la locura del traidor.

Con ternura. Con una ternura que me arrancó el suelo de debajo de los pies.

Con una ternura que reconocí. Que había sentido.

Que había amado. Que había llorado. La ternura de Rodrigo.

La ternura del hombre que me sostenía la nuca cuando me besaba.

La ternura del hombre que me llamaba rosa castellana.

La ternura del hombre que me pidió que protegiera a Elvira antes de que la cimitarra le separara la cabeza del cuerpo.

—Venid, mi rosa.

La voz. No era la voz de Yusuf. No era la voz del pirata. Era la voz de Rodrigo. Grave. Perezosa. Con aquella cadencia de hombre que no necesita alzar el tono porque sabe que lo escuchan. Con aquel acento castellano que había olvidado. Que había enterrado. Que había creído perdido para siempre.

—Venid. Acercaos. No tengáis miedo. No voy a haceros daño.

No puedo. No sé cómo. El dios me obliga, pero yo no quiero.

Yo nunca quise. Yo os amo. Yo siempre os amé.

La muerte no pudo borrarlo. La resurrección no pudo borrarlo.

El dios no pudo borrarlo. Os amo, Mencía.

Os amo como os amé bajo el azahar. Os amo como os amé en el patio de los arrayanes.

Os amo como os amé en la noche de los cirios rotos, cuando la cimitarra bajó y lo último que vi fue vuestro rostro y lo último que pensé fue vuestro nombre y lo último que sentí fue el deseo de besaros una vez más, una última vez, antes de que la oscuridad me tragara.

Las lágrimas me cayeron por las mejillas.

No las limpié. No las ocultaba. No me importaba.

Nada me importaba excepto aquella voz. Aquella voz que había creído perdida.

Aquella voz que había llorado durante tres días en la bodega de una galera.

Aquella voz que me llamaba rosa castellana y me sostenía la nuca y me pedía que contara los años y me besaba la frente bajo el azahar.

—Rodrigo —susurré. Su nombre en mi boca. Un nombre que llevaba semanas sin pronunciar. Un nombre que había enterrado bajo la rabia y la supervivencia y la certeza de que los muertos no vuelven—. Rodrigo, sois vos. Sois realmente vos.

—Soy yo. Lo que queda de mí. Lo que el dios no ha podido devorar.

Lo que las escamas no han cubierto. Lo que el oro no ha ahogado.

Soy yo, Mencía. Soy vuestro esposo. Soy el hombre que os amó.

Soy el hombre que os ama. Soy el hombre que os amará hasta que la última estrella se apague y el último océano se seque y el último grano de arena se convierta en polvo.

Di un paso. Dos. Tres. Hacia él. Hacia los brazos abiertos. Hacia la sonrisa de Rodrigo en el rostro de Yusuf. Hacia la lágrima en el ojo verde. Hacia el amor que la muerte no había podido borrar. Hacia el beso que iba a darle. Hacia el amuleto que iba a clavar. Hacia la muerte que iba a tomar.

Detrás de mí, en el campo de batalla, oí el grito de Idris. Un grito que no era de furia. No era de combate. Era un grito de dolor. Un grito de cuerpo al romperse. Un grito de hombre al caer.

Me giré. Lo vi. A veinte pasos de distancia.

De rodillas. Con una lanza atravesándole el muslo.

Con la cimitarra caída. Con la sangre empapándole la venda de la espalda.

Con los ojos dorados fijos en mí. Mirándome.

Viéndome caminar hacia Yusuf. Viéndome caminar hacia Rodrigo. Viéndome caminar hacia la muerte.

Pero en su mirada, bajo el dolor, bajo la sangre, bajo la certeza de que me perdía, no había reproche. No había rabia. No había traición.

Había un asentimiento. Un último asentimiento.

Un ve, amor mío, ve, haz lo que debes, yo me quedo aquí, yo sostengo, yo miro, yo recuerdo, yo cuento tu nombre cuando el mundo continúe.

Me giré de nuevo hacia Yusuf-Rodrigo. Hacia los brazos abiertos. Hacia la sonrisa. Hacia la lágrima. Hacia el beso.

Di el último paso. Me detuve ante él. A un palmo. A un aliento. A la distancia de un adiós. Y susurré, con la voz rota, con los labios temblorosos, con el corazón latiéndome por última vez:

—Os amo, Rodrigo. Os amé. Os amaré. Y os suelto. Os dejo ir. Os devuelvo al descanso. Os devuelvo al sueño. Os devuelvo a la tierra. Ya podéis soltar el ancla. Ya podéis cerrar los ojos. Ya podéis dormir.

Pero él, con los brazos abiertos, con la sonrisa de Rodrigo, con la lágrima en el ojo verde, con las escamas doradas brillando bajo la luz cenicienta del amanecer, me atrajo hacia sí y me susurró al oído, con la voz grave y perezosa del hombre que me había llamado rosa castellana, del hombre que me había besado la frente bajo el azahar, del hombre que iba a besar una última vez antes de clavarle el amuleto en el pecho y arrancarle el dios de dentro y dejarlo ir para siempre:

—Gracias, mi rosa. Gracias por venir. Gracias por besarme. Gracias por dejarme dormir.

Luego el mundo contuvo el aliento. Yo cerré los ojos.

Y acerqué los labios.