La Reina De África: Granada, siglo XIV CAPÍTULO 28. La marcha hacia la costa
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CAPÍTULO 28. La marcha hacia la costa

Partimos antes del alba, cuando el cielo aún conservaba aquel tono grisáceo de ceniza mojada que precede a la luz y los árboles de hojas plateadas del oasis dejaban caer sobre nosotros una lluvia fina de rocío frío que se me metía por el cuello de la camisa y me hacía estremecer con una violencia que ya no pertenecía al cuerpo sino al alma, como si cada gota fuera un recordatorio de que seguía viva, de que aún respiraba, de que aún me quedaban horas antes de que el amuleto me devorara la última.

Íbamos treinta y dos. Los quince supervivientes de la ciudad de las máscaras, con las pinturas faciales renovadas y las lanzas de hueso en las manos; siete guardianes del oasis, ancianos de ojos ciegos que caminaban con bastones de madera negra y murmuraban oraciones en aquella lengua que precedía a todas las lenguas.

Idris, con la espalda vendada y la mandíbula apretada y los ojos dorados fijos en el horizonte como si pudiera arrancar la costa de su sitio con la mirada; y yo, con los pies descalzos sobre la tierra fría, con el amuleto de obsidiana latiéndome contra el esternón, con el cuerpo adelgazado hasta el hueso por seis noches de ritual y ayuno y sangre derramada sobre la tierra.

Nadie habló durante la primera hora. El silencio de una marcha fúnebre tiene una textura propia, una densidad que se instala entre los cuerpos y los convierte en islas, en fragmentos de un todo que se ha roto y no sabe cómo recomponerse.

Caminábamos uno detrás de otro por un sendero de tierra roja que serpenteaba entre arbustos espinosos y rocas erosionadas por siglos de viento, y el único sonido era el crujido de la grava bajo los pies y el jadeo contenido de quienes cargaban las armas y los odres y la certeza de que no todos volveríamos.

Idris caminaba a mi lado. No me tocaba. No me hablaba. No me miraba. Existía a medio brazo de distancia con una presencia que era a la vez consuelo y herida, como una mano extendida que no se atreve a cerrar los dedos.

Yo sentía su calor sin tocarlo. Sentía su respiración sin oírla.

Sentía el peso de su amor sin nombrarlo.

Y aquella distancia, aquel medio brazo de aire entre su piel y la mía, era más elocuente que cualquier abrazo.

Era una promesa. Era un estoy aquí sin poseerte, existo sin encadenarte, te acompaño sin retenerte.

Era la forma más pura de amor que me habían ofrecido en toda mi vida, y me dolía más que las cadenas, más que los latigazos, más que el filo de la obsidiana, porque sabía que iba a dejarlo. Que iba a soltarlo.

Que iba a caminar hacia la costa y besar a Rodrigo y clavar el amuleto y morir, y él se quedaría aquí, en este mundo, con las manos vacías y los ojos dorados llenos de un recuerdo que no podía tocar.

El paisaje cambió al mediodía. La tierra roja se volvió negra.

Los arbustos desaparecieron. El suelo se cubrió de una capa fina de polvo dorado que brillaba bajo el sol vertical y se adhería a la piel como polen, como ceniza, como una enfermedad.

El aire olía a metal. A azufre. A algo quemado que no era leña ni carne ni tela.

Algo más antiguo. Más esencial. El olor del oro al fundirse. El olor del dios al despertar.

Los guardianes se detuvieron. El primero, el de los ojos ciegos y el bastón de hueso, golpeó la tierra tres veces y señaló hacia el sur con una mano que temblaba.

—El campamento. A una legua. Lo siento. Lo siento en la tierra. Lo siento en el aire. Lo siento en los huesos. El dios está cerca. El dios despierta. El dios tiene hambre.

Reanudamos la marcha. Más lenta ahora. Más cautelosa. Con las armas desenvainadas y los cuerpos tensos y los ojos fijos en el horizonte donde una columna de humo negro se elevaba hacia el cielo como un dedo acusador, como una plegaria invertida, como una herida abierta en la bóveda celeste.

Los vimos antes de llegar.

Los mercenarios. Los cuarenta hombres que habían acompañado a Yusuf desde Túnez.

Los que habían masacrado la ciudad de las máscaras.

Los que habían saqueado las aldeas del Sahel.

Los que habían cargado el oro y alimentado el horno y obedecido las órdenes del traidor sin cuestionar, sin dudar, sin pensar.

Ya no eran hombres.

El oro maldito los había consumido. Les había cubierto la piel de escamas doradas, pequeñas, brillantes, incrustadas en la carne como monedas cosidas al cuerpo.

Les había vaciado los ojos, dejando en las cuencas dos puntos de luz amarillenta que no parpadeaban, que no enfocaban, que no reconocían.

Les había torcido las articulaciones, alargado los dedos, afilado los dientes.

Caminaban en torno al campamento con un movimiento espasmódico, mecánico, como marionetas cuyas cuerdas alguien moviera desde muy lejos, desde muy abajo, desde un lugar que no era la superficie sino las entrañas de la tierra.

Uno de ellos se giró hacia nosotros. Abrió la boca. No habló. Emitió un sonido. Un chirrido. Metálico. Hueco. Como el de una moneda al caer sobre piedra. Como el de una caja vacía al golpearse. Y después volvió a su patrón. A su deambular. A su existencia sin propósito ni memoria ni nombre.

Elvira habría gritado. Elvira habría cerrado los ojos.

Elvira se habría acurrucado contra mí y habría susurrado no mires, no mires, no mires.

Pero Elvira estaba muerta. Y yo miraba. Porque mirar era el precio.

Porque mirar era la penitencia. Porque cada horror que contemplaba era un clavo más en la cruz que cargaba hacia la costa.

El campamento se extendía junto al mar. Un mar gris, plomizo, agitado, que golpeaba la orilla con una violencia sorda, constante, como un corazón enfermo.

Y en el centro del campamento, dominándolo todo, eclipsando el cielo, ocupando el espacio con una presencia que aplastaba el aire y detenía la respiración, estaba la estatua.

Veinte varas de altura. De oro macizo. Con brazos. Con piernas. Con un torso ancho. Con una cabeza sin rostro. Con una boca abierta que no era boca sino abismo. Con unos ojos que no eran ojos sino cuencas vacías esperando ser llenadas.

El oro brillaba con aquella luz enferma, interna, que había visto en la cámara subterránea. Aquella luz que no reflejaba nada externo. Que no pertenecía al sol. Que pertenecía al dios. Que era el dios.

Pero junto a la estatua, con la mano apoyada en el tobillo de oro, con la cabeza inclinada hacia atrás contemplando su obra, estaba Yusuf.

O lo que quedaba de Yusuf.

Las escamas doradas le cubrían el setenta por ciento del cuerpo.

El rostro, la mitad. La mejilla izquierda, la frente, la sien.

El ojo izquierdo ya no era verde. Era dorado.

Brillante. Sin pupila. Sin iris. Solo luz.

Solo hambre. Solo dios. El brazo derecho, el que yo había apuñalado con la obsidiana en la cámara, estaba cubierto de escamas hasta la muñeca, y la herida, en lugar de cicatrizar, había florecido en una roseta de oro que brillaba con una belleza obscena, terrible, imposible.

Me detuve. El grupo se detuvo detrás de mí.

Idris se detuvo a mi lado. Los guardianes se detuvieron.

Los supervivientes se detuvieron. Treinta y dos cuerpos inmóviles en la tierra negra, mirando hacia la estatua, hacia el horno, hacia el hombre de escamas doradas que había sido un pirata, un príncipe, un esposo.

Yusuf giró la cabeza. Me vio.

Después sonrió.

No con la sonrisa torcida del corsario. No con la sonrisa calculada del traidor.

No con la sonrisa triunfante del hombre que ha ganado una partida.

Con otra sonrisa. Con una sonrisa que me arrancó el suelo de debajo de los pies.

Con una sonrisa que conocía. Que había visto mil veces.

Que había besado. Que había amado. Que había llorado.

La sonrisa de Rodrigo.

La curva lenta. Perezosa. Aquella curva que me dedicaba cuando creía que nadie lo veía.

Aquella curva que significaba aquí estoy, aquí me quedo, aquí me quedo siempre.

Aquella curva que había visto por última vez bajo el azahar, bajo los ciento cuarenta cirios, bajo la noche de mi vigésimo cumpleaños, tres lunas y una eternidad atrás.

La sonrisa de Rodrigo en el rostro de Yusuf. En el rostro del monstruo. En el rostro del traidor. En el rostro del hombre que le había cortado la garganta a mi hermana.

Pero debajo de la sonrisa, en el ojo derecho, en el único ojo que aún conservaba el verde, una lágrima.

Una sola lágrima. Brillante. Solitaria. Imposible.

Una lágrima que no pertenecía a Yusuf. Que pertenecía a Rodrigo.

Que pertenecía al hombre atrapado dentro del monstruo.

Al hombre que lloraba mientras mataba. Al hombre que sonreía mientras destruía. Al hombre que amaba mientras odiaba.

Alcé la mano. Hacia él. Hacia la estatua. Hacia la sonrisa de mi esposo muerto en el rostro del hombre que iba a matar. Y en aquel gesto, en aquella mano extendida hacia el horizonte dorado, no había saludo. No había rendición. No había súplica.

Había una promesa.

Voy a besarte. Voy a liberarte. Voy a dejarte ir. Voy a devolverte al descanso. Voy a cerrar los ojos que no cerré en el patio de los arrayanes. Voy a decirte adiós. Voy a decirte te amo. Voy a decirte vete.

Pero después voy a morir.

Bajé la mano. Me giré hacia Idris. Lo miré. Un largo instante. Un instante que contuvo todo lo que no íbamos a decir. Todo lo que no íbamos a ser. Todo lo que no íbamos a vivir.

—Mañana al amanecer —murmuré—. Cuando el sol toque la estatua. Cuando el horno se apague. Cuando Yusuf derrame la sangre. Ahí entro. Ahí beso. Ahí clavo. Ahí sello. Ahí muero.

Idris asintió. No dijo nada. No hacía falta. Me tomó la mano. Me apretó los dedos. Me sostuvo un instante. Después me soltó.

En la tierra negra, bajo el cielo plomizo, junto al mar gris que golpeaba la orilla como un corazón enfermo, me quedé mirando la estatua de oro.

Mirando la sonrisa de Rodrigo. Mirando la lágrima en el ojo verde.

Mirando el horno donde el último trozo de oro se derretía, se fundía, se vertía en el molde de una mano.

Una mano que pronto estaría completa. Una mano que pronto se alzaría.

Una mano que pronto señalaría al cielo y diría despierta, despierta, despierta.

Y el sol se hundió en el mar. Y la noche cayó sobre el campamento. Y la estatua brilló en la oscuridad como una promesa enferma. Como una herida abierta. Como una boca que se abría para tragar el mundo.

Yo, Mencía de Lara, me senté en la tierra negra y esperé al amanecer. Con el amuleto ardiendo. Con los labios preparados para el último beso.

Con el corazón latiéndome por última vez.