CAPÍTULO 27. La verdad del esposo
No dormí aquella noche. No podía. No sabía cómo. El sueño se había convertido en un territorio enemigo, un lugar donde los muertos caminaban y los esposos degollados sonreían con bocas ajenas y las hermanas pequeñas susurraban verdades que ningún cerebro podía contener.
Me quedé junto al lago. Con los pies en el agua. Con la luna reflejándose en la superficie. Con el frío subiéndome por los tobillos. Con el amuleto de obsidiana latiéndome contra el esternón como un segundo corazón. Como un parásito. Como una cuenta atrás.
Rodrigo.
El nombre me llenaba la boca. Me llenaba el pecho. Me llenaba las manos. Rodrigo. Don Rodrigo de Lara. Señor del alcázar de los arrayanes. Esposo mío durante tres lunas. Tres lunas. Un suspiro. Una eternidad. Ambas cosas a la vez.
Recordé sus manos. Las manos que me sostenían la nuca cuando me besaba. Con los dedos hundidos en el cabello. Con los pulgares en las sienes. Con una firmeza que no era posesión. Era presencia. Era aquí estoy, aquí me quedo, aquí me quedo siempre.
Recordé su voz. Grave. Perezosa. Con aquella cadencia de hombre que no necesita alzar el tono porque sabe que lo escuchan. Mi rosa castellana. Venid. El juglar espera vuestra señal. Y la sonrisa. Aquella curva lenta que me dedicaba cuando creía que nadie lo veía.
Recordé la mancha de vino en la manga del sayo. El brial de seda granada. Los ciento cuarenta cirios. El laúd. El azahar. El patio de los arrayanes. El agua cantando en la fuente. Elvira persiguiendo al gato.
Y después, el crujido. Siempre el crujido. La cimitarra. La cabeza rodando. La sangre en las losas. El silencio después del grito. El silencio después del mundo.
Rodrigo estaba muerto. Lo había visto morir. Lo había llorado. Lo había enterrado en la memoria como se entierra a un esposo: con flores, con oraciones, con la certeza de que el amor sobrevive al cuerpo.
Pero ahora, Rodrigo estaba dentro de Yusuf. Dentro del pirata. Dentro del hombre que me había arrastrado por tres países. Dentro del hombre que le había cortado la garganta a Elvira. Dentro del hombre que fundía el oro y construía la estatua y despertaba al dios.
Rodrigo. Matando. Torturando. Destruyendo.
Con las manos de otro. Con la voz de otro.
Con la sonrisa de otro. Pero con los ojos.
Con los ojos de Rodrigo. Llorando. Llorando mientras la cimitarra bajaba.
Llorando mientras me golpeaba. Llorando mientras me encadenaba.
Llorando porque no podía detenerse. Porque el dios lo controlaba. Porque el dios lo usaba.
Me doblé sobre el agua. Vomité. Bilis. Ácido.
Nada. El estómago vacío no tenía nada que expulsar.
Pero el cuerpo necesitaba sacarlo. Necesitaba expulsar la verdad.
Necesitaba vomitar la certeza. Necesitaba arrancarse de dentro el conocimiento de que el hombre que amaba era el monstruo que perseguía.
—No podéis sellar la puerta matando al traidor.
La voz llegó desde atrás. No me giré. No hacía falta. Kael-Amun. El sacerdote. El guardián. El testigo. Con las vendas de lino. Con las brasas de los ojos. Con la vibración antigua llenándome el cráneo.
—¿Por qué? —Mi voz, ronca. Quebrada. Ajena.
—Porque el traidor no es un hombre. Es un recipiente. Un instrumento. Una cáscara. El dios no habita en Yusuf. El dios habita en el muerto que lleva dentro. En el ancla. En el amor. En el alma que no puede irse porque algo la retiene.
Me giré. Lo miré. Las brasas de sus ojos brillaban bajo la luna. Con una tristeza que no era nueva. Que llevaba milenios acumulándose. Que se había vuelto geológica. Estrato sobre estrato. Capa sobre capa. Dolor sobre dolor.
—Explicadme.
—El dios no puede actuar solo. No puede tocar el mundo de los vivos.
Está sellado. Está dormido. Está encerrado.
Pero puede hablar. Puede llamar. Puede resucitar.
Toma a los muertos. A los que aún tienen un hilo.
Un hilo que los ata al mundo. Un recuerdo.
Un amor. Una promesa sin cumplir. Y tira del hilo.
Y el muerto vuelve. No como vivo. Como instrumento.
Como marioneta. Como cáscara llena de dios.
—Rodrigo.
—Rodrigo. Sí. El dios lo eligió. Lo buscó.
Lo encontró. Porque Rodrigo os amaba. Os amaba con una fuerza que trascendía la muerte.
Que trascendía el cuerpo. Que trascendía la cabeza cortada y la sangre en las losas y el crujido de la cimitarra.
Su amor era un ancla. Un ancla tan fuerte que su alma no podía soltarse.
No podía irse. No podía descansar. Se quedaba.
Aferrada. Enganchada. Tirando del hilo. Y el dios tiró del otro extremo. Y Rodrigo volvió.
Las lágrimas me cayeron por las mejillas.
No las limpié. No las ocultaba. No me importaba.
Nada me importaba excepto la imagen de Rodrigo, dentro de Yusuf, llorando mientras me golpeaba.
Llorando mientras mataba a Elvira. Llorando mientras fundía el oro.
Llorando porque no podía parar. Porque el dios no lo dejaba parar.
—¿Por qué él? ¿Por qué Rodrigo? ¿Por qué no otro muerto? ¿Por qué no otro amor?
—Porque el dios necesita un ancla fuerte.
Un ancla que no se rompa. Un ancla que resista la muerte.
Que resista el olvido. Que resista el tiempo.
Y no hay ancla más fuerte que el amor de un esposo.
El amor que se jura ante el altar. El amor que se promete hasta la muerte.
El amor que no se rompe ni con la cimitarra.
Ni con la distancia. Ni con el olvido. Rodrigo os amaba así. Y el dios lo supo. Y lo usó.
Me dejé caer de rodillas. En el agua. Con la luna reflejándose en la superficie. Con el frío subiéndome por las piernas. Con el amuleto ardiendo. Con la vida escapándoseme. Con el mundo deshaciéndose.
—Entonces, ¿cómo lo detengo? ¿Cómo sello la puerta si no puedo matarlo? Si matarlo no basta. Si el dios sigue dentro. Si el alma sigue atrapada. Si Rodrigo sigue sufriendo.
Kael-Amun guardó silencio. Un silencio largo. Antiguo. Cargado. Las brasas de sus ojos se suavizaron. Se volvieron tristes. Infinitamente tristes.
—Debéis liberar el alma. Arrancar el dios de dentro. Separar al muerto del instrumento. Devolver a Rodrigo lo que es suyo. Su alma. Su descanso. Su sueño. Su paz.
—¿Cómo?
—Con amor. Con el mismo amor que lo ancla. Con el mismo amor que lo retiene. Con el mismo amor que el dios usó para resucitarlo. Debéis usarlo vos. Debéis darle lo que el dios le robó. Debéis darle la despedida. El adiós. El permiso de irse. El permiso de descansar. El permiso de soltar el ancla.
—¿Cómo se da un adiós a un muerto que camina? ¿Cómo se libera un alma que no sabe que está presa?
Kael-Amun se acercó. Un paso. Dos. Se arrodilló ante mí. Las vendas crujieron. El polvo cayó. Las brasas de sus ojos me miraron desde muy cerca. Desde un palmo. Desde la distancia de un secreto.
—Con un beso.
La palabra cayó entre nosotros como una piedra en un pozo. Sin eco. Sin retorno. Sin posibilidad de ser recogida.
—Un beso —repetí. Absurdo. Imposible. Ridículo.
—El beso del amor. El beso del adiós. El beso del perdón.
El beso que dice te amo, te suelto, te dejo ir.
El beso que rompe el ancla. Que corta el hilo.
Que libera al alma. Y en el momento del beso, en el instante en que vuestros labios toquen los suyos, clavaréis el amuleto.
El amuleto de obsidiana. En el pecho. En el corazón.
En el lugar donde el dios se aferra. Y el amuleto arrancará al dios.
Y el beso liberará a Rodrigo. Y ambos se irán.
El dios, de vuelta a la tumba. Rodrigo, de vuelta al descanso.
—¿Y yo? ¿Qué me pasa a mí?
Kael-Amun no respondió. No hacía falta. El silencio respondió por él. El silencio y las brasas de sus ojos y la tristeza antigua que le llenaba las cuencas.
Yo. La selladora. La sangre de Amara-Kael. La que da la vida para cerrar la puerta. La que muere para que el mundo continúe. Yo. Después del beso. Después del amuleto. Después de liberar a Rodrigo. Después de arrancar al dios.
Yo. Vacía. Sin vida. Sin sangre. Sin alma.
Yo. Muerta.
—Hay algo más —masculló Kael-Amun. Su voz, baja.
Grave. Cargada—. El amuleto, al arrancar al dios, os arrancará también.
Porque el amuleto se alimenta de vuestra vida.
Porque el amuleto es vuestro. Porque el amuleto sois vos.
Y al usarlo, al clavarlo, al arrancar al dios, el amuleto tomará lo último.
Lo que queda. Lo que no se puede recuperar.
—Mi vida.
—Vuestra vida.
Asentí. Una sola vez. Seca. Definitiva. Sin temblor.
Sin duda. Sin vuelta atrás. Porque ya lo sabía.
Ya lo había sabido desde el momento en que tomé el amuleto.
Desde el momento en que acepté el precio.
Desde el momento en que decidí que la vida de Elvira valía más que la mía.
Que la vida del mundo valía más que la mía.
Que la memoria de Rodrigo valía más que la mía.
—Entonces, ¿qué debo hacer?
—Ir a la costa. Enfrentar al traidor. Besar al muerto. Clavar el amuleto. Sellar la puerta. Morir.
Cinco pasos. Cinco acciones. Cinco palabras. Un camino. Un destino. Un final.
Me puse en pie. El agua me goteó de la camisa. La luna me iluminó el rostro. El amuleto me ardió contra el pecho. La vida me goteó entre los dedos.
Miré hacia el sur. Hacia la costa. Hacia el horno. Hacia la estatua. Hacia Yusuf. Hacia Rodrigo. Hacia el hombre que me besó la frente bajo el azahar y me llamó rosa castellana y me pidió que protegiera a Elvira.
Hacia el hombre que iba a besar una última vez. Hacia el hombre que iba a matar. Hacia el hombre que iba a liberar.
Hacia el hombre que iba a dejar ir.
Idris apareció junto al lago. No habló. No se acercó. Se quedó a diez pasos. Con los ojos dorados fijos en mí. Con las manos a los costados. Con la mandíbula apretada. Con el cuerpo inmóvil.
Lo miré. Un largo instante. Un instante que contuvo todo. Todo lo que habíamos sido. Todo lo que habíamos compartido. Todo lo que íbamos a perder.
—Mañana —murmuré. Una sola palabra. Con todo el peso del mundo—. Mañana voy a la costa. Mañana beso a Rodrigo. Mañana clavo el amuleto. Mañana sello la puerta. Mañana muero.
Idris cerró los ojos. Los abrió. Asintió. Una sola vez. Sin palabras. Sin súplicas. Sin cadenas. Sin traiciones. Solo un asentimiento. Solo una aceptación. Solo un te amo, te suelto, te dejo ir dicho con el cuerpo porque la boca no podía.
Pero en el silencio del oasis, bajo los árboles de hojas plateadas, con la luna reflejándose en el lago y el amuleto ardiéndome contra el pecho, me preparé para el último viaje.
El viaje hacia la costa. El viaje hacia Rodrigo. El viaje hacia el beso. El viaje hacia la muerte. El viaje hacia el final. Y el final, esta vez, tenía forma de labios.
De unos labios que había besado bajo el azahar. Que iba a besar una última vez.
Para decir adiós. Para decir te amo. Para decir vete. Para decir descansa. Para decir ya puedes soltar el ancla.
Para decir ya puedes dormir. Para decir ya puedes irte.
Para decir yo me quedo.