La Reina De África: Granada, siglo XIV CAPÍTULO 26. La liberación
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CAPÍTULO 26. La liberación

Los ancianos nos esperaban.

De pie junto al lago. En semicírculo. Con los brazos cruzados.

Con los rostros pintados de líneas blancas que brillaban bajo la luna.

Con los ojos fijos en Idris. Con una expresión que no era ira.

Era algo más antiguo. Más frío. Más definitivo.

La expresión de quienes han juzgado durante milenios y no conocen la clemencia.

El bastón del primer anciano golpeó la tierra. Una vez. Dos. Tres. El sonido resonó entre los árboles de hojas plateadas como una sentencia.

—El príncipe de Malí ha robado a la selladora. Ha interrumpido el ritual. Ha profanado el círculo. Ha desafiado la ley de los guardianes. —La voz, plana, despojada, terrible—. La ley exige sangre. La sangre del traidor. La muerte del que interrumpe.

—No —dije. Una sola palabra. Seca. Definitiva. Me planté entre Idris y los ancianos. Con las marcas de los grilletes aún en las muñecas. Con el cuerpo temblando de agotamiento. Con la voz firme—. No vais a matarlo.

—La ley no se negocia, selladora.

—La ley me pertenece. El ritual es mío. La sangre es mía. La muerte es mía. Y yo decido quién vive y quién muere en torno a mi sacrificio. No vosotros. No la ley. No la tradición. Yo.

El primer anciano me miró. Con aquellos ojos ciegos que veían. Con aquella calma de milenios. Con aquella certeza de quien ha tenido esta conversación antes. En otro siglo. Con otra selladora.

—El príncipe os encadenó. Os drogó. Os robó. Os trató como mercancía. Como Yusuf. Como los mercaderes del zoco. Y vos lo defendéis.

—Lo defiendo porque me ama. Porque me ama mal. Porque me ama con miedo. Porque me ama con torpeza. Pero me ama. Y un hombre que ama mal no merece la muerte. Merece el perdón. O el silencio. O el olvido. Pero no la muerte.

Idris, a mi espalda, emitió un sonido. Un gemido. Bajo. Quebrado. No de dolor físico. De algo más hondo. De algo que se rompía y se recomponía al mismo tiempo. De algo que se deshacía y volvía a formarse con una forma distinta. Más frágil. Más honesta. Más humana.

Los ancianos se miraron. Murmuraron. En aquella lengua antigua que no comprendía. Que no necesitaba comprender. Que se entendía por la vibración. Por el tono. Por el peso de las palabras.

El primer anciano golpeó el suelo con el bastón. Una última vez.

—La selladora ha hablado. El príncipe vive. Pero no pisa el círculo. No participa en el ritual. No interfiere. No interrumpe. Si lo hace, la ley se cobra lo que es suyo. Con o sin vuestra intercesión.

Asentí. Me giré hacia Idris. Lo miré. Un instante.

Largo. Cargado. Con todo lo que no habíamos dicho.

Con todo lo que no podíamos decir. Con todo lo que quedaba entre nosotros: las marcas de los grilletes, la saliva en la mejilla, la droga en la sangre, el perdón que no había llegado y quizás nunca llegaría.

—Quedaos fuera —murmuré—. Esperad. Mirad si necesitáis mirar. Pero no entréis. No me toquéis. No me habléis. No me detengáis. Pase lo que pase. Duela lo que duela.

Idris asintió. Retrocedió. Se sentó junto al lago.

Lejos del círculo. Lejos del ritual. Lejos de mí.

Con las manos en el regazo. Con los ojos dorados fijos en el suelo.

Con la mandíbula apretada. Con el cuerpo inmóvil.

Con la expresión de un hombre que ha soltado lo único que le daba sentido y ahora no sabe qué hacer con las manos.

El ritual se reanudó.

Comprimido. Acelerado. Sin las pausas que los ancianos habían previsto.

Sin los descansos. Sin las noches de recuperación.

Cuatro noches en tres. Tres noches en dos.

El tiempo apremiaba. El tiempo se agotaba.

El tiempo, aquel enemigo invisible, aquel ladrón silencioso, nos devoraba los días como el amuleto me devoraba la vida.

La cuarta noche: el agua. Me sumergieron en el lago. Bajo la luna. Con el cuerpo desnudo. Con la piel erizada por el frío. Con los pulmones ardiendo. Con el amuleto sumergido contra el pecho. Con la vida escapándoseme en cada brazada. En cada inmersión. En cada segundo bajo la superficie.

La quinta noche: el canto. No el mío. El de los ancianos.

Un canto que no era melodía. Que no era letra.

Que era vibración pura. Frecuencia pura.

Un sonido que me desmontaba por dentro. Que me separaba los huesos.

Que me vaciaba los órganos. Que me convertía en un instrumento.

En una cuerda. En un diapasón que vibraba con la frecuencia del dios dormido.

La sexta noche llegó. Y con ella, Elvira.

No como las visiones del desierto. No como la figura lejana entre las dunas. No como la sonrisa de cascabeles a veinte varas de distancia. Esta vez, cerca. Íntima. Real. Tangible.

Estaba arrodillada en el círculo. Con las manos en el regazo.

Con los ojos cerrados. Con el cuerpo vacío.

Con la mente abierta. Con el espíritu expuesto.

Y ella apareció. No entre las dunas. No en el horizonte.

A mi lado. A un palmo. Con los rizos cobrizos.

Con la camisa blanca. Con los pies descalzos.

Con los ojos abiertos. Con la boca entreabierta.

Con una expresión que no era sonrisa. No era tristeza.

Era urgencia. Era necesidad. Era escúchame, escúchame, escúchame antes de que sea demasiado tarde.

—Elvira.

Su nombre en mi boca. Un susurro. Un aliento. Una oración.

—Mencía. —Su voz. Su voz real. No la del desierto. No la de la distancia. Su voz de niña. De catorce años. De cascabeles. De contadme algo de casa. De tengo miedo. De no cierres los ojos. — Escúchame. No tengo mucho tiempo. No tengo mucho espacio. No tengo mucha muerte que gastar. Escúchame.

—Os escucho.

—Yusuf. Yusuf no es quien dice ser.

Fruncí el ceño. Abrí los ojos. La vi. A un palmo. Con los rizos cobrizos brillando bajo la luna. Con los ojos enormes. Con la boca moviéndose. Con las manos retorciéndose. Con una urgencia que me heló la sangre.

—¿Qué queréis decir?

—No es Yusuf ibn Ismail. No es el hijo bastardo del rey nazarí. No es el pirata. No es el corsario. No es el traidor. —Elvira me tomó las manos. Sus dedos, fríos, transparentes, me atravesaron la piel como el hielo—. Es Rodrigo.

El mundo se detuvo.

No por Kael-Amun. No por ningún poder antiguo. Por mí. Por la certeza que me golpeó el pecho como un mazo. Por la comprensión que me llenó las venas de hielo. Por el horror que me subió por la garganta como bilis.

—No.

—Sí. Es Rodrigo. Vuestro esposo. Don Rodrigo de Lara. El hombre que os besó la frente bajo el azahar. El hombre que os llamó rosa castellana. El hombre cuya cabeza rodó por las losas del patio.

—Rodrigo está muerto. Le cortaron la cabeza. Lo vi. Lo vi morir. Lo vi caer.

—El dios lo resucitó. —La voz de Elvira, urgente, desesperada, al borde de la desaparición—.

El dios antiguo. El que duerme. El que espera.

Resucita a los muertos. Los toma. Los usa.

Los llena. Los vacía. Los convierte en instrumentos.

En marionetas. En cáscaras que caminan y hablan y matan con la voz del dios.

—No. No. No.

—Eligió a Rodrigo. Porque Rodrigo os amaba.

Porque su amor era fuerte. Porque su amor era un ancla.

Un ancla que lo ataba al mundo de los vivos.

Que lo impedía irse. Que lo obligaba a quedarse.

Y el dios usó esa ancla. Usó ese amor. Resucitó a Rodrigo y lo llenó de sí mismo.

Y ahora, dentro de Yusuf, dentro del pirata, dentro del traidor, está Rodrigo.

Vuestro Rodrigo. El hombre que os amó. El hombre que os llamó rosa castellana.

El hombre que os pidió que protegierais a Elvira.

Las lágrimas me cayeron por las mejillas. No de dolor. De algo peor. De comprensión. De una comprensión tan vasta, tan terrible, tan imposible, que el cerebro se negaba a procesarla.

Rodrigo. Dentro de Yusuf. Dentro del hombre que me había arrastrado por la bodega y el zoco y el desierto.

Dentro del hombre que me había golpeado y encadenado y vendido.

Dentro del hombre que le había cortado la garganta a Elvira.

Dentro del hombre que había fundido el oro y construido la estatua y despertado al dios.

Rodrigo. Mi esposo. Mi amor. Mi rosa castellana.

Dentro del monstruo.

—¿Cómo lo sabéis? —susurré. Mi voz, un hilo. Un aliento. Un sonido que no pertenecía a ningún ser vivo.

—Porque lo vi. Cuando me mató. Cuando la cimitarra bajó.

Vi sus ojos. Detrás de los ojos de Yusuf.

Detrás de la locura. Detrás del oro. Detrás de las escamas.

Vi sus ojos. Los ojos de Rodrigo. Mirándome.

Reconociéndome. Llorando. Llorando mientras me mataba.

Llorando mientras la mano bajaba. Llorando porque no podía detenerse.

Porque el dios lo controlaba. Porque el dios lo usaba.

Porque el dios lo obligaba a matar a la niña que había jurado proteger.

Elvira se desvaneció. No de golpe. No con un chasquido. Lentamente. Como la niebla al amanecer. Como el humo al viento. Como una vela que se apaga. Sus dedos se volvieron transparentes. Sus rizos, borrosos. Su voz, un eco. Un susurro. Un recuerdo.

—Sella la puerta, Mencía. Sella la puerta. Libera a Rodrigo. Libera su alma. Devuélvelo a la tierra. Devuélvelo al descanso. Devuélvelo al sueño. No lo dejes en el dios. No lo dejes en el oro. No lo dejes en la eternidad. Libéralo. Libéralo. Libéralo.

Desapareció.

Y yo me quedé arrodillada en el círculo. Con las manos vacías. Con los ojos abiertos. Con las lágrimas secándose en las mejillas. Con la luna brillando sobre el lago. Con los ancianos cantando. Con Idris observando desde la orilla. Con el amuleto ardiendo contra el pecho.

Con la certeza de que el hombre que iba a matar, el hombre que iba a destruir, el hombre que iba a sellar bajo la puerta, no era un pirata. No era un traidor. No era un enemigo.

Era mi esposo. Era Rodrigo. Era el hombre que me besó la frente bajo el azahar. Para sellar la puerta, no solo debía matarlo.

Debía liberarlo. Debía arrancarle el dios de dentro. Debía devolverle el alma. Debía besarlo una última vez. Y después, dejarlo ir.

La séptima noche me esperaba. La última. La definitiva. La que terminaba con la puerta sellada o con el mundo ardiendo.

Me puse en pie. Me limpié las lágrimas. Me giré hacia los ancianos. Hacia Idris. Hacia el lago. Hacia la luna.

—Mañana —murmuré—. Mañana termino. Mañana sello. Mañana muero.

Pero en la orilla del lago, bajo los árboles de hojas plateadas, Idris alzó la cabeza. Me miró. Y asintió. Una sola vez. Con los ojos dorados llenos de un amor que no sabía cómo salvarme. Que no sabía cómo soltarme. Que no sabía cómo existir sin mí.

Pero asintió. Porque amar, al final, no es retener. Es abrir la mano. Es dejar caer. Es ver volar.