La Reina De África: Granada, siglo XIV CAPÍTULO 25. La traición de Idris
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CAPÍTULO 25. La traición de Idris

La tercera noche me encontró vacía.

No de hambre. No de sed. No de sueño. Vacía de mí.

De Mencía. De la mujer que bordaba flores de seda y leía romances y lloraba por un halcón herido.

Aquella mujer había muerto en algún punto entre la primera y la segunda noche, entre el ayuno y la sangre, entre el fuego y la oración.

Lo que quedaba era un cuerpo. Un recipiente.

Una cáscara que caminaba sobre brasas y no gritaba porque ya no tenía voz.

Las palmas de las manos, abiertas. Los cortes, profundos. La sangre, escasa. Cada noche, menos. Cada noche, más difícil arrancar una gota. Como si el cuerpo se resistiera. Como si la vida, incluso la que se entrega, se aferrara con uñas y dientes a la carne que la contiene.

Me arrodillé en el círculo de piedras. Los ancianos cantaron. La vibración me llenó los huesos. Cerré los ojos. Me vacié. Me preparé para el tercer paso. Para el fuego. Para las brasas. Para el dolor que purifica.

Idris estaba allí. En el borde del círculo. Como cada noche. Como cada paso. Con los ojos dorados fijos en mí. Con las manos apretadas a los costados. Con la mandíbula tensa. Con el cuerpo rígido. Con una expresión que no era admiración. No era respeto. No era amor.

Era agonía.

La agonía de un hombre que ve morir a la mujer que ama y no puede detenerlo.

Que no puede impedirlo. Que no puede hacer nada excepto mirar.

Sostener. Estar. Existir a tres pasos de distancia mientras la mujer que ama se vacía gota a gota, se quema los pies, se corta las palmas, se acerca a la muerte con la calma de quien camina hacia una cita inevitable.

Lo miré. Una última vez antes del fuego. Lo miré y vi lo que él veía. Una mujer delgada. Pálida. Con las ojeras hundidas. Con los labios agrietados. Con el cabello opaco. Con la piel tirante sobre los huesos. Una mujer que se moría. Que se estaba muriendo. Que iba a morir.

En sus ojos, bajo la agonía, bajo el amor, bajo la impotencia, vi algo nuevo. Algo que no había visto antes. Algo que me heló la sangre.

Resolución.

Una resolución fría. Desesperada. Absoluta. La resolución de un hombre que ha tomado una decisión. Que ha cruzado una línea. Que ya no puede volver atrás.

No la comprendí. No entonces. No en aquel instante.

La comprendí después.

El té llegó con la cuarta luna.

Una de las ancianas me lo trajo. En una taza de barro. Con hierbas del oasis. Con un aroma dulce, floral, que me recordó el azahar. Que me recordó el patio de los arrayanes. Que me recordó una vida que ya no existía.

—Bebed, selladora. Os dará fuerzas para las brasas.

Bebí. Sin sospechar. Sin dudar. Sin preguntar. Porque en aquel lugar, en aquel oasis, en aquel círculo de piedras, los ancianos eran sagrados. Eran antiguos. Eran los guardianes. Y una selladora no cuestiona a los guardianes. No los duda. No los traiciona.

El sabor, amargo bajo la miel. Extraño. Metálico. Un regusto que no pertenecía a ninguna hierba que conociera. Que no pertenecía a ningún té que hubiera probado.

Miré la taza. Miré a la anciana. Miré a Idris. Idris no estaba en el borde del círculo. Estaba detrás de mí. Cerca. Demasiado cerca. Con una expresión que no era la de cada noche. Que no era agonía. Que no era amor. Que no era impotencia.

Era culpa.

—Idris. ¿Qué habéis hecho?

Las palabras salieron lentas. Espesas. Como si la lengua se me hubiera vuelto de plomo. Como si el aire se hubiera espesado. Como si el mundo comenzara a inclinarse.

—Perdonadme.

Dos palabras. Un susurro. Rotas. Desesperadas. Pronunciadas con los labios temblorosos y los ojos llenos de lágrimas.

—Idris. ¿Qué me habéis dado?

—No luchéis. No os resistáis. Dormid. Solo dormid. Y cuando despertéis, estaremos lejos. Lejos del oasis. Lejos del ritual. Lejos de la muerte.

Las piernas me fallaron. El suelo se inclinó. El círculo de piedras giró. Los ancianos dejaron de cantar. O quizás seguían cantando y yo ya no los oía. El mundo se volvió blando. Esponjoso. Lejano. Como si alguien hubiera envuelto la realidad en algodón y la hubiera alejado de mí.

—No. —Intenté ponerme en pie. Las rodillas no respondieron. Intenté gritar. La voz no salió. Intenté mover las manos. Los dedos no obedecieron—. No. No. No podéis. No tenéis derecho.

—Lo sé. Lo sé. Perdonadme. Perdonadme. Perdonadme.

La voz de Idris, cada vez más lejana. Más borrosa.

Más irreal. Como si viniera del fondo de un pozo.

Como si viniera de otro mundo. De otra vida.

De un lugar donde las mujeres no mueren para sellar puertas.

Donde los príncipes no pierden a las mujeres que aman.

Donde el azahar sigue floreciendo y los cirios siguen ardiendo y los esposos siguen sonriendo bajo la luz de las antorchas.

La oscuridad me tragó.

Desperté con el sabor del metal en la boca.

No en el oasis. No en el círculo de piedras. No en la arena blanca junto al lago. En una tienda. Pequeña. De tela oscura. Con una esterilla en el suelo. Con un brasero apagado. Con el aire cargado de polvo y sudor y un olor a cuero viejo que me revolvió el estómago.

Encadenada.

Las muñecas. Los tobillos. Grilletes de hierro. Cadenas de eslabones gruesos. Atadas a una argolla del suelo. Con el metal mordiendo la piel. Con el frío subiendo por los huesos. Con la cabeza doliéndome como si alguien me la hubiera golpeado con un mazo.

Me incorporé. Con esfuerzo. Con las manos temblorosas. Con la boca seca. Con el estómago revuelto. Con el amuleto de obsidiana aún contra el pecho. Aún ardiendo. Aún devorándome.

Y lo vi.

Idris. Sentado en el rincón de la tienda.

Con la espalda contra la pared. Con las manos en el regazo.

Con los ojos dorados fijos en mí. Con las mejillas surcadas de lágrimas.

Con la barba incipiente. Con la ropa arrugada.

Con el cuerpo tenso. Con la expresión de un hombre que ha cometido un crimen y sabe que no tiene perdón.

Me miró. Yo lo miré. Un silencio largo. Denso. Cargado. Un silencio que pesaba más que las cadenas. Más que los grilletes. Más que el desierto entero.

—¿Dónde estoy? —Mi voz, ronca. Quebrada. Ajena.

—Lejos. A dos días del oasis. Hacia el norte. Hacia la costa. Hacia el Mediterráneo.

—¿Hacia el Mediterráneo?

—Hacia un puerto. Hacia un barco. Hacia cualquier lugar donde no haya rituales. Donde no haya puertas. Donde no haya dioses. Donde no haya tumbas. Donde podáis vivir. Donde podáis respirar. Donde podáis existir sin que nadie os pida la vida.

Lo miré. Un largo instante. Con las manos encadenadas en el regazo. Con el frío del hierro en las muñecas. Con el sabor del metal en la boca. Con la certeza de lo que había hecho. De lo que me había hecho. De lo que me había robado.

Y la furia llegó.

No como una ola. No como una marea. Como una explosión. Como un volcán. Como una estrella al morir. Una furia roja, blanca, total, que me llenó el pecho y me subió por la garganta y me estalló detrás de los ojos.

Me lancé hacia él. Las cadenas me detuvieron. Tiré. Tiré hasta que el hierro me mordió los tobillos. Hasta que la sangre me corrió por las muñecas. Hasta que los eslabones se tensaron y crujieron.

—¡Soltadme!

—No.

—¡Soltadme! ¡Soltadme ahora! ¡Soltadme o juro por la sangre de los Lara que os mato! ¡Que os mato con los dientes! ¡Que os arranco la garganta como vos me habéis arrancado el destino!

Idris no se movió. No retrocedió. No se defendió. Se quedó sentado. Con las manos en el regazo. Con las lágrimas cayendo. Con los ojos fijos en mí. Con una calma que era peor que cualquier resistencia. Una calma de mártir. De hombre que acepta el castigo. Que lo merece. Que lo busca.

—Matadme si queréis —murmuró—. Matadme. Lo merezco. Lo sé. Pero no voy a soltaros. No voy a dejaros volver. No voy a dejaros morir.

—No tenéis derecho.

—Lo sé.

—No tenéis derecho a decidir por mí. No tenéis derecho a robarme la muerte. No tenéis derecho a robarme la elección. No tenéis derecho a convertirme en una cautiva. Otra vez. Otra maldita vez.

—No sois una cautiva.

—¡Llevo cadenas! ¡Cadenas en las muñecas! ¡Cadenas en los tobillos! ¡Cadenas que vos me habéis puesto! ¡Como Yusuf! ¡Como los mercaderes del zoco! ¡Como todos los hombres que deciden qué hago con mi cuerpo! ¡Con mi vida! ¡Con mi muerte!

Idris cerró los ojos. Las lágrimas le surcaron las mejillas. La mandíbula se le tensó. Se le quebró. Se le deshizo.

—No sois una cautiva. Sois la mujer que amo. Y no puedo veros morir. No puedo. No sé cómo. No sé quién soy sin vos. No sé cómo respirar. No sé cómo existir. No sé cómo.

—No os importa cómo. No os importa quién sois. No os importa nada excepto vos mismo. Excepto vuestro dolor. Excepto vuestra incapacidad de soltar. De dejar ir. De aceptar.

—No es incapacidad. Es amor.

—No. El amor no encadena. El amor no droga. El amor no roba. El amor no decide. El amor no convierte a la mujer que ama en una prisionera. Eso no es amor. Eso es posesión. Eso es Yusuf. Eso es el zoco. Eso es la bodega de la galera.

Idris abrió los ojos. Y en ellos, bajo las lágrimas, bajo la culpa, bajo el amor, vi algo romperse. Algo ceder. Algo deshacerse. Como una viga al partirse. Como un muro al agrietarse. Como un hombre al descubrir que la cosa que más ama en el mundo lo odia.

Me arrastré hacia él. Las cadenas tintinearon.

El hierro me mordió. La sangre me corrió por las muñecas.

Me detuve a un palmo de su rostro. Lo miré.

De arriba abajo. Con la barbilla alzada.

Con los ojos secos. Con la voz de los Lara.

Con la voz de Amara-Kael. Con la voz de una mujer que ha perdido todo y no va a perder también la muerte.

Le escupí en el rostro.

La saliva le golpeó la mejilla. Le corrió por la piel. Le brilló bajo la luz del brasero. Un gesto. Pequeño. Brutal. Definitivo. Un gesto que no era violencia. Era sentencia. Era ruptura. Era ya no sois mío, ya no os pertenezco, ya no tenéis derecho sobre mí.

Idris no se limpió. No se movió. No parpadeó. Dejó que la saliva le corriera por la mejilla. Dejó que le goteara del mentón. Dejó que le marcara la piel como una quemadura.

—Si me amáis de verdad —murmuré, con la voz baja, plana, terrible en su calma—, me soltaréis.

Me llevaréis de vuelta al oasis. Me dejaréis caminar sobre las brasas.

Me dejaréis cortarme las palmas. Me dejaréis vaciarme.

Me dejaréis morir. Me dejaréis sellar la puerta.

Me dejaréis cumplir lo que la sangre exige.

Me dejaréis ser lo que soy. Y después, cuando el mundo continúe, cuando el sol salga, cuando los ríos corran, cuando los niños crezcan, me recordaréis.

Me nombraréis. Me contaréis. Y eso será suficiente.

Eso será todo. Eso será lo único que os pido.

Silencio.

Idris me miró. Un largo instante. Un instante que contuvo una vida entera. Un amor entero. Una traición entera. Un perdón que no iba a llegar. Una despedida que ya había comenzado.

Se puso en pie. Se arrodilló ante mí. Me tomó las muñecas. Me miró a los ojos. Y con una llave que sacó del bolsillo, con unos dedos que temblaban, con unos ojos que se deshacían, abrió los grilletes.

Las cadenas cayeron. El hierro tintineó contra el suelo. Las muñecas, libres. Los tobillos, libres. El cuerpo, libre.

Idris se quedó arrodillado. Con la llave en la mano. Con las lágrimas cayendo. Con la saliva aún en la mejilla. Con la expresión de un hombre que acaba de soltar lo único que le daba sentido a la existencia.

—Perdonadme —susurró. Una última vez. Con una voz que no era voz. Que era ceniza. Que era humo. Que era el sonido de algo al extinguirse—. Perdonadme por amaros así. Por amaros mal. Por amaros con cadenas. Por amaros con miedo. Perdonadme por ser débil. Por ser humano. Por no poder dejaros morir.

No lo perdoné. No entonces. No en aquel instante. No con las marcas de los grilletes aún en las muñecas. No con el sabor de la droga aún en la boca. No con la furia aún ardiendo en el pecho.

Pero le tomé la mano. Le apreté los dedos.

Un apretón breve. Seco. Sin ternura. Sin perdón.

Solo reconocimiento. Solo aceptación. Solo la certeza compartida de que el amor, a veces, se demuestra soltando.

De que amar, a veces, significa dejar morir.

De que la mayor prueba de amor no es retener. Es abrir la mano.

—Volved al oasis —murmuré—. Volved. Terminamos el ritual. Y no volváis a encadenarme. Nunca. Pase lo que pase. Duela lo que duela. Coste lo que cueste. Nunca.

Idris asintió. Se puso en pie. Me ofreció la mano. La tomé. Me ayudó a levantarme. Me sostuvo. Me ancló.

Pero caminamos. Hacia el sur. Hacia el oasis. Hacia las brasas. Hacia la sangre. Hacia la muerte.

Juntos. En silencio. Con las manos entrelazadas. Con las marcas de los grilletes en las muñecas. Con la certeza de que el perdón vendría después. O no vendría. Que importaba.

Importaba el camino. Importaba el destino. Importaba la puerta. Y la puerta, al final del camino, esperaba. Hambrienta. Paciente.

Eterna.