CAPÍTULO 24. El ritual de las siete lunas
Los ancianos me enseñaron el ritual al caer la tarde.
Sentados en círculo junto al lago, bajo los árboles de hojas plateadas que brillaban como monedas bajo la luna creciente.
Siete ancianos. Siete rostros arrugados.
Siete pares de ojos que me miraban con una mezcla de reverencia y lástima que me helaba la sangre.
Porque miraban a una mujer viva como se mira a una mujer muerta.
Como se mira a una vela encendida que se sabe apagada antes del amanecer.
El primero habló. Con una voz de piedras. Con una cadencia que no pertenecía a ninguna lengua viva. Con palabras que Idris traducía a mi lado, en susurros roncos, tensos, como si cada frase le costara un trozo de alma.
—La primera noche: el ayuno. No comeréis. No beberéis. No dormiréis. El cuerpo debe vaciarse. Debe convertirse en un recipiente limpio. Un vaso sin contenido. Porque el espíritu solo puede entrar donde la carne no estorba.
El segundo anciano continuó.
—La segunda noche: la oración. No con palabras. No con labios. Con la sangre. Cortaréis la palma. Dejaréis caer siete gotas sobre la tierra. Y mientras caen, recordaréis. Cada gota, un recuerdo. Cada recuerdo, una vida. Cada vida, un nombre. Los nombres de los que murieron para que vos vivierais.
El tercero.
—La tercera noche: el fuego. Caminaréis sobre brasas. Descalza. Sin gritar. Sin llorar. Sin deteneros. El fuego purifica. El fuego sella. El fuego marca. Y la marca queda. En la piel. En el alma. En la sangre.
El cuarto. El quinto. El sexto. Cada noche, un paso más. Cada paso, más hondo. Más oscuro. Más cercano a la muerte. Cada noche, un trozo de vida entregado. Un trozo de alma derramado. Un trozo de Mencía de Lara que no volvería.
El séptimo anciano habló. El último. El más viejo. Con los ojos tan hundidos que parecían cuencas vacías. Con la voz tan baja que apenas fue un susurro.
—La séptima noche: la entrega. Daréis lo que queda. Lo último. Lo que no se puede recuperar. Daréis la vida. Y la puerta se sellará. Y el dios dormirá. Y el mundo continuará. Sin vos. Pero continuará.
Silencio. El lago brillaba. Los árboles susurraban. La luna, creciente, colgaba sobre nosotros como una hoz. Como una promesa. Como una sentencia.
Idris se puso en pie.
No con calma. No con dignidad. Con furia. Con una furia que le hinchó las venas del cuello, que le tensó la mandíbula, que le convirtió los ojos dorados en dos brasas. Se puso en pie y miró a los ancianos con una rabia que me asustó. Que me asombró. Que me rompió el corazón.
—No.
Una palabra. Seca. Definitiva. Cargada de una violencia contenida que amenazaba con estallar.
—No va a hacerlo. No va a morir. No va a caminar sobre brasas. No va a vaciarse. No va a entregarse. No.
El primer anciano lo miró. Con calma. Con paciencia. Con la certeza de quien ha tenido esta conversación antes. En otro siglo. Con otro príncipe. Con otra sangre.
—No es una elección, hijo del Mansa. Es un destino.
—Me importa un carajo el destino. —Idris dio un paso hacia el anciano.
Otro. Otro—. Me importa ella. Me importa esta mujer.
Me importa su vida. Me importa su sangre.
Me importa su risa. Me importa que respire.
Que coma. Que duerma. Que exista. Que siga existiendo.
Que no muera en un ritual de siete noches para sellar una puerta que otro abrió.
—La puerta se abre con sangre de traidor. Se sella con sangre de selladora. Es la ley. Es el equilibrio. Es el precio.
—Entonces que pague el traidor. Que muera Yusuf. Que muera el que abrió. Que muera el que destruyó. No ella. No Mencía. No la mujer que ha perdido todo. Que ha perdido al esposo. Que ha perdido la hermana. Que ha perdido el hogar. Que ha perdido la vida entera. Que no le quede también la muerte.
Los ancianos guardaron silencio. Se miraron. Bajaron las cabezas. No con vergüenza. Con tristeza. Con la tristeza antigua, infinita, de quienes han visto este dolor repetirse durante milenios. De quienes han visto a cada selladora llorar, suplicar, negarse. Y morir. Siempre morir.
Me puse en pie. Me acerqué a Idris. Le tomé el rostro entre las manos. Le obligué a mirarme. Sus ojos dorados, húmedos, ardiendo. Su mandíbula, tensa. Sus labios, apretados. Su cuerpo, temblando. Temblando de rabia. De miedo. De un amor que no sabía cómo salvarme y se rompía intentándolo.
—Idris.
—No.
—Idris. Miradme.
Me miró. Las lágrimas le surcaban las mejillas. No las ocultaba. No las limpiaba. Las dejaba caer. Como si cada una fuera una palabra que no podía pronunciar. Como si cada una fuera una súplica que no podía formular.
—No voy a dejaros morir —murmuró. Su voz, rota. Deshecha. La voz de un niño—. No voy a dejaros. No puedo. No sé cómo. No sé quién soy sin vos. No sé cómo respirar sin vos. No sé cómo existir en un mundo donde vos no estáis.
—Lo sé. Lo sé, Idris. —Le acaricié la mejilla.
Le limpié una lágrima con el pulgar—. Lo sé.
Y os amo. Os amo de una forma que no tiene nombre.
De una forma que no tiene derecho. De una forma que Rodrigo no habría perdonado.
Pero os amo. Y porque os amo, no puedo dejaros morir.
No puedo dejar que el mundo arda. No puedo dejar que Yusuf despierte al dios.
No puedo dejar que Elvira haya muerto para nada.
—Elvira. —El nombre le arrancó un sollozo—. Elvira no querría esto. Elvira no querría que murierais. Elvira querría que vivierais. Que respirarais. Que vierais el sol. Que olierais el azahar.
—Elvira querría que el mundo continuara. Que los niños crecieran. Que las madres cantaran. Que los ríos corrieran. Que el sol saliera cada mañana. Y eso solo ocurre si la puerta se sella. Si el dios duerme. Si yo muero.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí, Idris. Sí. —Le apreté el rostro. Le sostuve la mirada.
Le obligué a ver lo que veía. La certeza.
La calma. La paz terrible de quien ha aceptado lo inaceptable—.
Sí. Voy a morir. Voy a caminar sobre las brasas.
Voy a vaciarme. Voy a entregarme. Voy a sellar la puerta.
Y vos vais a vivir. Vais a volver a Malí.
Vais a ser Mansa. Vais a gobernar. Vais a recordar.
Vais a contar la historia. Vais a decir mi nombre.
Vais a decir el nombre de Elvira. Vais a decir que existimos.
Que luchamos. Que morimos para que el mundo continuara.
Idris me abrazó. Me apretó contra su pecho. Me envolvió con los brazos. Me sostuvo con una fuerza que no era posesión. Era desesperación. Era no te vayas, no te vayas, no te vayas dicho con el cuerpo porque la boca no podía.
Lloró. Contra mi cabello. Contra mi hombro. Con los hombros sacudiéndose. Con los dientes apretados. Con un sonido que no era sollozo. Era rugido. Era el sonido de un león al que le han arrancado el corazón y aún así sigue respirando.
Le sostuve. Le acaricié la espalda. Le besé la coronilla. Le susurré palabras que no significaban nada. Que no consolaban. Que no reparaban. Que solo existían. Que solo estaban. Que solo decían aquí estoy, aquí estoy, aquí estoy mientras el mundo se deshacía.
La primera noche comenzó al caer la luna.
Me llevaron al centro del oasis. A un círculo de piedras negras, dispuestas en un patrón que no reconocí. Que no pertenecía a ninguna geometría que hubiera estudiado. Que parecía más antiguo que la geometría misma. Más antiguo que las matemáticas. Más antiguo que el pensamiento.
Me arrodillé. Con las manos en el regazo. Con la cabeza baja. Con el estómago vacío. Con la garganta seca. Con el amuleto de obsidiana ardiendo contra el pecho. Con la vida escapándoseme gota a gota. Con el frío subiendo por los dedos. Con la certeza de que cada latido me acercaba al final.
Los ancianos cantaron. Una melodía sin palabras. Sin letra. Sin idioma. Solo sonido. Solo vibración. Solo una frecuencia que se instalaba en los huesos y hacía vibrar la médula. Que hacía vibrar la sangre. Que hacía vibrar el alma.
Cerré los ojos. Me vacié. De pensamiento. De memoria. De deseo. De miedo. De todo. Me convertí en un recipiente. En un vaso. En una cáscara. En nada.
En la nada, la visión llegó.
No con los ojos. Con la mente. Con el alma. Con el lugar vacío que el ayuno había creado. Un lugar sin forma. Sin color. Sin sonido. Y en aquel lugar, una imagen. Lejana. Borrosa. Después nítida. Cercana. Real.
La costa. El mar. Un horno. Enorme. De piedra negra. Con fuelles de cuero que bombeaban aire. Con carbón de acacia ardiendo. Con oro derritiéndose. Fluyendo. Goteando. Cayendo en moldes. En formas. En brazos. En piernas. En un torso. En una cabeza.
La estatua. Creciendo. Tomando forma. Adquiriendo volumen. Adquiriendo presencia. Adquiriendo una horrible, terrible, inconfundible semejanza con algo que no era humano. Que nunca lo había sido. Que nunca lo sería.
Yusuf. De pie junto al horno. Con el brazo vendado. Con la túnica empapada de sudor. Con los ojos verdes brillando bajo la luz de las llamas. Con una sonrisa que no era sonrisa. Que era mueca. Que era rictus. Que era la expresión de un hombre que ha cruzado una frontera de la que no existe regreso.
En sus manos. En sus manos desnudas. En la piel expuesta de sus brazos, de su cuello, de su rostro.
Escamas. Escamas doradas. Pequeñas. Brillantes.
Como monedas incrustadas en la carne. Como joyas cosidas a la piel.
Creciendo. Extendiendo. Consumiendo. El oro maldito, devorándolo desde dentro.
Convirtiéndolo. Transformándolo. Convirtiéndolo en algo que no era hombre.
Que no era pirata. Que no era príncipe. Que era otra cosa. Algo más. Algo peor. Algo que brillaba.
Yusuf alzó la mirada. Hacia el cielo. Hacia las estrellas. Hacia mí. Como si me viera. Como si supiera que lo observaba desde el otro lado del desierto. Desde el otro lado del mundo. Desde el otro lado de la muerte.
Sonrió. Con los labios dorados. Con los dientes brillantes. Con los ojos verdes que ya no eran verdes. Que eran dorados. Que eran escamas. Que eran hambre.
Y la visión se cortó.
Abrí los ojos. Jadeando. Temblando. Con el sudor empapándome la frente.
Con el corazón desbocado. Con las manos arañando la tierra.
Con los ancianos cantando. Con la luna brillando.
Con Idris observándome desde el borde del círculo.
Con los ojos dorados llenos de miedo. De amor. De una impotencia que lo mataba.
—Ha comenzado —murmuré. Mi voz, ronca, quebrada, ajena—. Ha comenzado a fundir. La estatua crece. Yusuf cambia. El oro lo consume. El dios lo reclama.
Idris se arrodilló junto a mí. Me tomó las manos. Me apretó los dedos. Me sostuvo.
—¿Cuánto tiempo?
—Tres días. Cuatro. No más. Zoe lo dijo. Tres días para que la estatua esté completa. Tres días para que Yusuf derrame la sangre. Tres días para que el dios entre.
—Y vos tenéis siete noches de ritual.
—Sí.
—Entonces no hay tiempo.
—No.
—¿Qué hacemos?
Lo miré. Le sostuve la mirada. Le apreté las manos.
—Corremos. Hacemos el ritual más rápido. Comprimimos las siete noches en cuatro. En tres. En lo que haga falta. Porque si Yusuf termina la estatua antes de que yo termine el ritual, el mundo muere. Y yo muero para nada. Y Elvira muere para nada. Y todo muere para nada.
Idris asintió. Me apretó las manos. Me sostuvo. Me ancló.
—Entonces corred. Haced lo que tengáis que hacer. Y yo estaré aquí. Cada noche. Cada paso. Cada gota de sangre. Estaré aquí. Sosteniéndoos. Mirándoos. Amándoos. Hasta el final.
Hasta el final. Hasta la muerte. Hasta la puerta sellada. Hasta el mundo salvado. Hasta el último latido.
Cerré los ojos. Volví al vacío. Volví al recipiente. Volví a la nada. Y la segunda noche comenzó. La sangre cayó. El mundo siguió girando.
Y yo seguí muriendo. Un poco más. Un poco más.
Un poco más.