CAPÍTULO 23. El desierto de las almas perdidas
La arena se movía.
No con el viento. No con la gravedad. No con ninguna ley que yo conociera. Se movía sola. Con voluntad. Con propósito. Con una inteligencia antigua, reptiliana, que me helaba la sangre cada vez que la veía deslizarse entre las dunas como una serpiente entre la hierba.
El desierto de las almas perdidas. Así lo llamaban los supervivientes de la tribu.
Así lo susurraban con los labios apretados y los ojos fijos en el suelo, como si pronunciar el nombre demasiado alto pudiera despertar algo que dormía bajo la superficie.
Un lugar donde las dunas no eran dunas. Donde la arena no era arena.
Donde el viento no era viento. Donde todo era otra cosa.
Algo más viejo. Algo más hambriento. Algo que observaba.
Las serpientes de arena surgían al atardecer.
Cuando el sol se hundía en el horizonte y las sombras se alargaban como dedos huesudos sobre la tierra.
Entonces la superficie se ondulaba. Se rizaba.
Se levantaba en crestas que no pertenecían al viento.
Crestas que avanzaban. Que serpenteaban.
Que se acercaban. Que rodeaban la caravana como una jauría de lobos rodea a una recua.
—No las miréis —murmuró el anciano de la tribu, un hombre de rostro tatuado y ojos lechosos que caminaba con un bastón de hueso—. No las miréis. Si las miráis, os miran. Y si os miran, os recuerdan. Y si os recuerdan, os reclaman.
No pregunté qué significaba reclamar. No quería saberlo. No en aquel lugar. No con la arena moviéndose a mis pies como un organismo vivo. No con el amuleto de obsidiana ardiéndome contra el pecho y la vida escapándoseme gota a gota.
Idris caminaba a mi lado. Siempre a mi lado.
Desde la cámara dorada. Desde la muerte de Elvira.
Desde el juramento. No se separaba. No me perdía de vista.
Me observaba con una atención que no era vigilancia.
Era miedo. Un miedo callado, contenido, que le arrugaba la frente y le tensaba la mandíbula cada vez que yo me detenía.
Cada vez que yo giraba la cabeza. Cada vez que yo murmuraba un nombre que no era el suyo.
Elvira.
La vi por primera vez al segundo día.
Al caer la tarde. Cuando las serpientes de arena comenzaban a moverse y el cielo se teñía de un naranja enfermo, sanguinolento.
Caminaba con la cabeza baja, con los pies hundiéndose en la arena blanda, con el amuleto latiéndome contra el esternón como un segundo corazón.
Y entonces, entre dos dunas, a veinte varas de distancia, una figura.
Pequeña. Delgada. Con rizos cobrizos. Con una camisa blanca que brillaba bajo la luz moribunda. Con los pies descalzos sobre la arena. Caminando. Alejándose. Hacia el sur. Hacia la costa. Hacia el lugar donde Yusuf fundía el oro.
—Elvira.
La palabra salió sola. Un susurro. Un aliento. Un nombre que me arrancó del cuerpo como una astilla arrancada de la carne.
La figura se detuvo. Giró la cabeza. Me miró.
A veinte varas de distancia, con el sol hundiéndose detrás, con las sombras alargándose, con las serpientes de arena ondulando a sus pies.
Me miró. Y sonrió. Con aquella sonrisa de cascabeles.
Con aquella sonrisa de niña que perseguía gatos.
Con aquella sonrisa que llevaba muerta cinco días.
—Elvira —repetí. Di un paso. Dos. Tres—. Elvira, esperad. Elvira, volved.
La figura negó con la cabeza. Extendió la mano.
Señaló hacia el sur. Hacia la costa. Hacia el horno.
Hacia la estatua. Y después siguió caminando.
Alejándose. Desvaneciéndose. Fundiéndose con la arena y la sombra y la luz moribunda hasta que no quedó nada.
Solo la duna. Solo el silencio. Solo las serpientes ondulando.
Me quedé inmóvil. Con la mano extendida. Con la boca abierta. Con el corazón latiéndome en la garganta.
—Mencía. —Idris me tocó el hombro. Su voz, tensa, preocupada—. ¿Qué ocurre? ¿Qué habéis visto?
—Elvira.
Silencio. Un silencio largo. Cargado. Idris me miró. Y en sus ojos dorados vi lo que temía. Lo que no quería decir. Lo que no podía callar.
—Mencía. Elvira está muerta.
—Lo sé.
—Entonces, ¿qué habéis visto?
—La he visto. Entre las dunas. Caminando. Señalando hacia el sur. Hacia la costa.
Idris me tomó por los hombros. Me giró. Me obligó a mirarlo. Sus manos, calientes, temblorosas, me apretaron con una urgencia que me asustó.
—No es Elvira. No puede serlo. El desierto juega trucos. La sed. El cansancio. El amuleto. Os está consumiendo. Os está robando la vida y os está robando la mente. Lo que habéis visto no es real.
—Lo es.
—No lo es. —Su voz se quebró. Se volvió ronca. Desesperada—. No lo es, Mencía. No puede serlo. Elvira está muerta. Yo la vi. Yo vi su cuerpo. Yo vi la sangre. Yo vi a Yusuf llevársela. No puede caminar entre las dunas. No puede sonreíros. No puede enseñaros el camino.
—¿Y si puede? ¿Y si la muerte no es el final? ¿Y si la sangre recuerda? ¿Y si Elvira, desde donde esté, intenta guiarme?
Idris me soltó. Retrocedió un paso. Me miró.
Y en su rostro, bajo la preocupación, bajo el miedo, bajo la certeza de que estaba perdiendo la razón, vi algo peor.
Amor. Un amor desesperado, impotente, que no sabía cómo protegerme de lo que me estaba ocurriendo.
Que no sabía cómo salvarme de una hermana muerta que caminaba entre las dunas.
—Si os está guiando —murmuró, con la voz rota—, entonces seguidla. Pero no me dejéis atrás. No me dejéis solo. No me dejéis perderos también.
Asentí. Le tomé la mano. Le apreté los dedos. Y seguí caminando. Hacia el sur. Hacia la costa. Hacia el lugar donde Elvira señalaba.
Las visiones se repitieron. Cada tarde. Al caer el sol.
Cuando las serpientes de arena se movían y las sombras se alargaban.
Elvira aparecía. Entre las dunas. Caminando.
Señalando. Sonriendo. Nunca hablando. Nunca acercándose.
Nunca dejando que la alcanzara. Solo señalando.
Solo guiando. Solo existiendo en el límite entre la luz y la oscuridad, entre la vida y la muerte, entre lo real y lo imposible.
Idris las veía. No a Elvira. A mí. Me veía detenerme.
Girar la cabeza. Extender la mano. Murmurar un nombre.
Y cada vez, su rostro se tensaba más. Se oscurecía.
Se llenaba de un miedo que no era por él.
Era por mí. Por la mujer que amaba. Por la mujer que se estaba perdiendo.
Por la mujer que hablaba con los muertos y caminaba hacia ellos con los brazos abiertos.
Al cuarto día, dejamos de ver serpientes de arena. Al quinto, el paisaje cambió. La arena se volvió más fina. Más blanca. Más silenciosa. Las dunas se suavizaron. Se redondearon. Se volvieron casi gentiles. Como si el desierto, al fin, hubiera decidido dejar de luchar.
Entonces, el oasis.
No como el de Fray Anselmo. No como un charco entre palmeras.
Un oasis enorme. Vivo. Con un lago de agua clara rodeado de árboles que no supe nombrar.
Con hojas plateadas que brillaban bajo la luna.
Con raíces que se hundían en la tierra como venas.
Con un aire que olía a incienso y a tierra mojada y a algo más antiguo, más profundo, que no tenía nombre.
Y gente.
No muchos. Veinte. Treinta. Hombres y mujeres de piel oscura, con los rostros pintados con líneas blancas y los cuerpos envueltos en telas de lino.
Con los ojos cerrados. Con las manos extendidas.
Con los labios moviéndose en una oración que no era árabe.
Que no era cristiana. Que no pertenecía a ninguna fe que yo conociera.
Nos vieron. Abrieron los ojos. Se giraron. Nos miraron. Y en sus miradas no había sorpresa. No había miedo. No había hostilidad.
Reconocimiento.
Como si nos esperaran. Como si supieran que vendríamos. Como si llevaran años, décadas, siglos, aguardando este momento.
Un anciano se adelantó. Más viejo que Fray Anselmo. Más viejo que Kael-Amun. Con la piel arrugada como pergamino. Con los ojos blancos, ciegos, que sin embargo veían. Con un bastón de madera negra en la mano. Con una voz que sonaba como piedras al chocar.
—La selladora ha llegado.
No una pregunta. Una afirmación. Una certeza. Una constatación que llevaba milenios esperando ser pronunciada.
—¿Quiénes sois? —pregunté. Mi voz, ronca, cansada, vacía.
—Los guardianes. Los últimos. Los descendientes de los primeros sacerdotes.
Los que sellaron la tumba. Los que encerraron al dios.
Los que dieron su sangre para cerrar la puerta.
—El anciano golpeó el suelo con el bastón.
Tres veces—. Llevamos generaciones esperando.
Generaciones vigilando. Generaciones preservando el ritual.
El ritual que sella. El ritual que cierra.
El ritual que duerme al dios para siempre.
—¿Qué ritual?
El anciano me miró. Con aquellos ojos ciegos que veían. Con aquella voz de piedras. Con aquella certeza de milenios.
—El ritual de las siete lunas. Siete noches. Siete ayunos. Siete oraciones. Siete sangres. Un ritual que solo puede realizar una persona. Una sangre. Una mujer. De la sangre de Amara-Kael. De la sangre de la primera selladora. De la sangre de la que murió para que el mundo continuara.
Me miró. Fijamente. Con aquellos ojos ciegos que me veían más que cualquier ojo vivo.
—Vuestra sangre, señora. Solo vuestra sangre. Solo vuestra vida. Solo vuestra muerte. Nadie más puede hacerlo. Nadie más puede sellar. Nadie más puede cerrar la puerta. Nadie más puede dormir al dios. Solo vos. Solo Mencía de Lara. Solo Amara-Kael. Solo la selladora.
El silencio cayó sobre el oasis. Denso. Total. Irrevocable.
Idris me apretó la mano. Me miró. Y en sus ojos dorados vi la pregunta que no se atrevía a formular. La pregunta que ambos conocíamos. La pregunta que llevaba días ardiendo entre nosotros como una brasa bajo ceniza.
¿Vais a morir?
No respondí. No hacía falta. Ambos conocíamos la respuesta.
El anciano golpeó el suelo con el bastón. Una última vez.
—El ritual comienza mañana. Al caer la luna. Siete noches. Siete sangres. Siete pasos hacia la muerte. Y al final, la puerta se sella. El dios duerme. El mundo vive.
Se giró. Caminó hacia el lago. Hacia los árboles de hojas plateadas. Hacia la oscuridad.
—Pero sabed esto, selladora. El ritual no perdona. El ritual no se detiene. El ritual no se interrumpe. Una vez que comienza, termina. Con la puerta sellada. O con la selladora muerta. No hay tercera opción. No hay regreso. No hay vuelta atrás.
Desapareció.
Pero yo, Mencía de Lara, me quedé de pie en el oasis de los guardianes.
Con el amuleto ardiendo contra el pecho.
Con la vida escapándoseme gota a gota. Con el fantasma de Elvira sonriéndome desde las dunas.
Con Idris apretándome la mano. Con la certeza de que mañana, al caer la luna, iba a comenzar a morir.
Siete noches. Siete pasos hacia la muerte. Y al final, el mundo viviría. O yo viviría. Pero no ambas. Nunca ambas.
Miré hacia el sur. Hacia la costa. Hacia el horno donde Yusuf fundía el oro. Hacia la estatua que crecía. Hacia el dios que despertaba.
Tres días. Tres días para que la estatua estuviera completa. Tres días para que Yusuf derramara la sangre. Tres días para que el dios entrara en el cuerpo de oro y abriera los ojos.
Pero yo, con siete noches de ritual por delante. Con la muerte acercándose. Con la vida escapándose. Con el amuleto devorándome.
Una carrera. Contra el tiempo. Contra la muerte. Contra el dios. Contra mí misma.
Una carrera que solo podía terminar de una forma. Con la puerta sellada. O con el mundo ardiendo.