La Reina De África: Granada, siglo XIV CAPÍTULO 22. La persecución por el Sahel
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CAPÍTULO 22. La persecución por el Sahel

El Sahel no es el Sáhara. No es arena. No es vacío.

Es algo peor: es vida que se pudre. Es tierra roja agrietada por la sequía.

Es hierba amarilla que se quiebra bajo los pies.

Es arbustos espinosos que arañan la piel.

Es un horizonte que no termina, que se repite, que se burla.

Colina tras colina. Aldea tras aldea. Río seco tras río seco.

Un paisaje que parece habitado y está muerto. Que parece muerto y te observa.

Tres días llevábamos persiguiendo la caravana de Yusuf.

Tres días con el amuleto de obsidiana ardiéndome contra el pecho.

Tres días sintiendo la vida escaparse como arena entre los dedos.

No mucho. Un hilo. Un goteo. Una gota de sangre que se pierde cada hora.

Pero lo sentía. En el cansancio que no se iba con el sueño.

En el frío que no se iba con el sol. En la palidez que Idris me señalaba cada mañana con una mirada preocupada que yo fingía no ver.

No éramos solos. Los supervivientes de la ciudad de las máscaras nos habían seguido.

Quince personas. Hombres, mujeres, niños.

Con las pinturas faciales borradas por el polvo y las lágrimas.

Con las máscaras rotas colgando del cuello como reliquias.

Con los ojos vacíos de quien ha visto arder su hogar y no ha podido apagar las llamas.

Nos guiaban. Conocían el Sahel. Conocían los pozos, los senderos, los vados.

Conocían las aldeas donde se podía cambiar agua por trabajo.

Conocían los lugares donde la tierra era blanda y se podía dormir sin que los escorpiones te mordieran.

Y conocían el rastro de Yusuf. Porque Yusuf dejaba rastro.

Siempre dejaba rastro. Un rastro de ceniza y sangre que se extendía tras su caravana como la estela de un cometa.

La primera aldea la encontramos al segundo día.

Quemada. No destruida. Quemada. Con las casas de adobe reducidas a montones de ceniza.

Con los graneros saqueados. Con el pozo envenenado.

Con los cuerpos apilados en el centro de la plaza.

No muchos. Diez. Quince. Hombres. Mujeres.

Un niño con la cabeza aplastada. Un anciano con las manos cortadas.

Una mujer con el vientre abierto y las tripas esparcidas sobre la tierra roja como una ofrenda obscena.

Elvira habría vomitado. Elvira habría gritado. Elvira habría cerrado los ojos y se habría acurrucado contra mí y habría susurrado no mires, no mires, no mires.

Pero Elvira estaba muerta. Y yo miraba. Porque mirar era lo único que podía hacer. Porque mirar era lo único que me quedaba. Porque cada cuerpo, cada casa quemada, cada pozo envenenado, era un clavo más en el ataúd de Yusuf. Un clavo que yo iba a hundir con mis propias manos.

La segunda aldea, al tercer día. Peor. Más cuerpos. Más ceniza. Más sangre seca en la tierra. Un bebé clavado en una estaca. Una mujer crucificada contra la pared de una casa. Un anciano con los ojos arrancados y las cuencas llenas de hormigas.

La tercera, al cuarto día.

No quedaban cuerpos. No quedaban casas. No quedaba nada. Solo tierra negra. Solo ceniza. Solo el olor dulce, empalagoso, de la carne quemada que se pegaba a la lengua y no se iba.

Y en el centro de la nada, una figura.

Zoe.

La encontré entre las cenizas. Tumbada. De lado.

Con la túnica azul rasgada. Con la cicatriz de la mejilla brillante bajo el sol.

Con los ojos grises, abiertos, mirando un punto fijo del horizonte.

Con un charco de sangre oscura bajo el vientre.

Con una herida en el costado que le había abierto la carne hasta el hueso.

Viva. Aún viva. Apenas. Con la respiración superficial. Con los labios moviéndose. Con los dedos arañando la tierra como si intentara escribir algo. Como si intentara dejar un mensaje. Como si intentara aferrarse al mundo un minuto más. Un minuto. Solo uno.

Me arrodillé junto a ella. Le tomé la mano. Fría. Ya fría. Con las uñas rotas. Con la piel pálida, translúcida, de quien se vacía.

—Zoe.

Sus ojos se movieron. Me encontraron. Me reconocieron. Y en su mirada, bajo el dolor, bajo la muerte, bajo los cuatro años de esclavitud, vi algo que no esperaba. Alivio. Un alivio profundo, total, de quien al fin puede soltar lo que ha cargado durante demasiado tiempo.

—Castellana —murmuró. Su voz, un hilo. Un susurro que el viento casi se llevó—. Qué ironía. Vos. Aquí. Al final.

—¿Qué os ha pasado?

—Yusuf. —La palabra salió con un esfuerzo que le arrancó un gemido—. El oro. El maldito oro. Lo ha cambiado. Lo ha consumido. Lo ha convertido en algo que no es hombre. Que no es nada.

—¿Qué queréis decir?

Zoe tosió. La sangre le brotó de los labios. Roja. Oscura. Brillante. Se limpió con el dorso de la mano. Me miró. Con una urgencia que la muerte no había logrado borrar.

—Escuchad. Escuchadme. No tengo tiempo. No tengo sangre. No tengo aliento. Escuchad.

Apreté su mano. Le sostuve la cabeza. Le limpié la sangre de los labios.

—Yusuf no vende el oro. No lo lleva a Egipto. No lo lleva a ningún mercado. No lo lleva a ningún comprador.

—¿Entonces?

—Lo funde. Lo está fundiendo. En la costa. En un horno. Un horno enorme. Con fuelles de cuero y carbón de acacia. Lo funde para crear una estatua. Una estatua del dios. Del dios antiguo. Del que duerme debajo. Del que espera.

El aire se espesó. Se volvió sólido. Irrespirable.

—¿Una estatua?

—Del tamaño de una torre. De veinte varas.

Con brazos. Con piernas. Con boca. Con ojos.

Una estatua que no es estatua. Que es un cuerpo.

Un cuerpo para el dios. Un cuerpo de oro para un dios sin forma.

Porque el dios no tiene cuerpo. Nunca lo tuvo.

Y si le dan uno, si le dan un cuerpo de oro maldito, el dios se mete dentro.

El dios se encarna. El dios despierta. No dormido.

No sellado. Despierto. Con ojos. Con manos. Con hambre.

—¿Cómo lo sabéis?

—Porque lo vi. Porque lo ayudé. Porque Yusuf me obligó.

Cuatro años en su lecho. Cuatro años en su tienda.

Cuatro años escuchando sus planes. Sus sueños.

Sus pesadillas. —Zoe cerró los ojos. Los abrió.

La muerte se acercaba. Lo veía en la palidez.

En la respiración. En la forma en que sus dedos se aflojaban en torno a los míos—.

Me obligó a cargar el oro. A alimentar el horno.

A soplar los fuelles. Y cuando me negué, me cortó.

Me cortó y me dejó aquí. En la ceniza. Para que muriera. Para que nadie me escuchara.

—Zoe.

—No. No me interrumpáis. No tengo tiempo.

—Me apretó la mano. Con una fuerza sorprendente.

Desesperada—. La estatua está casi terminada.

Tres días. Cuatro. No más. Cuando esté completa, cuando el último trozo de oro se enfríe, Yusuf hará el ritual.

Derramará sangre sobre la estatua. Sangre de Elvira.

Sangre de vuestra hermana. Y el dios entrará. Y el mundo terminará.

Miré hacia el horizonte. Hacia la costa. Hacia el lugar donde Yusuf fundía el oro. Donde creaba el cuerpo. Donde despertaba al dios. Tres días. Cuatro. No más.

—¿Cómo se detiene? ¿Cómo se destruye la estatua?

Zoe sonrió. Una sonrisa triste, torcida, cansada. La sonrisa de quien sabe demasiado y no puede hacer nada con lo que sabe.

—No se destruye. No se puede. El oro maldito no se rompe. No se funde. No se quema. Solo se sella. Solo se encierra. Solo se entierra. Como la primera vez. Como Amara-Kael hizo. Como vos debéis hacer.

—¿Yo?

—Vos. La selladora. La sangre de reina. La descendiente. La única. —Zoe tosió. Más sangre. Más oscura. Más espesa—. Perdonadme, castellana. Por el harén. Por las catorce tumbas. Por las veces que os miré y no os ayudé. Por las veces que supe y callé.

—No hay nada que perdonar.

—Sí lo hay. Siempre lo hay. Pero vos sois demasiado buena para decirlo.

—Sonrió. Más débil. Más tenue. Más lejana—.

Cuidad al príncipe. Al africano. Al de los ojos dorados.

Os quiere. Os quiere de una forma que yo nunca vi en cuatro años.

De una forma que Yusuf nunca me quiso. De una forma que no existe en este mundo.

—Zoe.

—Id. Perseguid. Matad. Sella. Y cuando termine, cuando el dios duerma, cuando la puerta se cierre, recordadme. No como la favorita. No como la esclava. Como Zoe. De Tesalónica. Hija de un mercader. Que quería ver el mar una última vez.

Sus ojos se cerraron. Sus dedos se aflojaron. Su pecho dejó de subir. El aliento se detuvo. El mundo siguió girando.

Le cerré los ojos. Le coloqué las manos sobre el pecho. Le limpié la sangre de los labios. Le aparté un mechón rubio de la frente. Un gesto pequeño. Inútil. Necesario.

Me puse en pie. Me giré hacia Idris. Hacia los supervivientes. Hacia el horizonte. Hacia la costa.

—Tres días —murmuré—. Tres días para llegar a la costa. Tres días para detener la fundición. Tres días para destruir lo que no se puede destruir.

Idris me miró. Asintió. No dijo nada. Me tomó la mano. Me apretó los dedos.

Pero en el silencio del Sahel, entre la ceniza y la sangre y el olor dulzón de la carne quemada, sentí el amuleto arder contra el pecho. Sentí otro día de vida escaparse. Sentí el frío subirme por los dedos. Sentí la muerte acercarse. No como enemiga. Como compañera. Como sombra. Como promesa.

Tres días. Tres días para salvar el mundo. Tres días para vengar a Elvira. Tres días para matar a Yusuf.

Tres días para morir.

Caminé. Hacia la costa. Hacia el horno. Hacia la estatua. Hacia el dios. Hacia el fin. Con el fantasma de Zoe susurrándome al oído. Con el fantasma de Elvira caminando a mi lado. Con el fantasma de Rodrigo esperándome al final del camino.

Pero el sol, blanco, vertical, implacable, golpeándome la nuca como un mazo. Como una sentencia. Como una cuenta atrás.