CAPÍTULO 21. La muerte de Elvira
No lloré.
No en el primer instante. No en el segundo.
No en el décimo. El cuerpo se negó. La mente se negó.
Algo dentro de mí, algún mecanismo antiguo, primitivo, diseñado para proteger al animal del dolor que lo destruiría, se activó y cerró todas las compuertas.
Cerró los ojos al horror. Cerró la garganta al grito.
Cerró el pecho al sollozo. Y me dejó de rodillas junto al cuerpo de Elvira con las manos manchadas de su sangre y la boca abierta en un silencio que era peor que cualquier alarido.
La toqué. Le acaricié la mejilla. Fría. Ya fría.
Con la piel de porcelana que comenzaba a adquirir la rigidez de la cera.
Le aparté un rizo cobrizo de la frente. Le cerré los párpados con las yemas de los dedos.
Le coloqué las manos sobre el pecho. Le alisé la camisa empapada.
Le limpié la sangre del cuello con el dobladillo de mi propia manga.
Con una delicadeza absurda. Con una ternura que no servía. Que no devolvía. Que no reparaba.
—Elvira —murmuré. Su nombre en mi boca. Una vez. Dos. Tres. Como si repetirlo pudiera invocarla. Como si el sonido de aquella palabra, aquella palabra que había pronunciado mil veces —Elvira, venid a cenar; Elvira, soltad al gato; Elvira, no corráis por el corredor—, pudiera devolverle el aliento.
No lo devolvió.
Idris se arrodilló detrás de mí. No habló. No me tocó. No aún. Se limitó a estar. A existir a mi espalda. A ser una presencia cálida, sólida, viva, en un mundo que se había vuelto frío y hueco y muerto.
Y después, los brazos. Me rodearon. Desde atrás. Desde los hombros. Me envolvieron con una firmeza que no era posesión. Era sostén. Era caed si necesitáis caer, que yo os recojo. Rompeos si necesitáis romperos, que yo sostengo los pedazos.
Me dejé caer. Contra su pecho. Contra su calor.
Contra el latido de su corazón que me golpeaba la espalda como un tambor lejano.
Y las compuertas se abrieron. No todas. No de golpe.
Una. Solo una. La del pecho. La que contenía el sollozo.
El primero. El que llevaba veinte minutos atrapado detrás de las costillas.
Un sonido. Bajo. Roto. Animal. Un sonido que no era llanto.
No aún. Era el sonido de algo al romperse.
De una viga al ceder. De un muro al agrietarse.
El sonido de Mencía de Lara, señora de la casa de los arrayanes, viuda de don Rodrigo, asesina de un marinero, selladora de una tumba, al partirse por la mitad.
Idris me apretó. Más. Me acunó. Como se acuna a un niño. Como se acuna a un moribundo. Como se acuna a lo único que queda cuando todo lo demás se ha perdido.
—Estoy aquí —susurró contra mi cabello. Su voz, ronca, quebrada—. Estoy aquí. No os soltaré. No os soltaré nunca.
Luego lloré.
Lloré como no había llorado desde la muerte de madre.
Desde la peste. Desde aquella noche en que el médico cerró la puerta de la alcoba y no volvió a abrirla.
Lloré con el cuerpo entero. Con los hombros sacudiéndose.
Con las manos arañando el suelo. Con la frente contra la piedra fría.
Con la boca abierta en un aullido que no era palabra, que no era nombre, que no era súplica.
Que era solo dolor. Dolor puro. Dolor sin forma ni fondo ni orilla.
Dolor que me llenaba y me vaciaba y me llenaba de nuevo en un ciclo infinito, como las olas del mar que me había traído hasta aquí.
Lloré por Elvira. Por sus catorce años. Por sus rizos cobrizos.
Por su risa de cascabeles. Por la forma en que me apretaba la mano antes de dormir.
Por la forma en que perseguía al gato atigrado.
Por la forma en que me pidió que le contara historias del jardín en la bodega de la galera.
Por la forma en que me miró desde la plataforma del zoco con los ojos enormes y suplicantes. Mencía. Mencía, sálvame.
No la salvé. No la salvé. No la salvé.
La frase se repetía en mi cráneo como una campana.
Como un martillo. Como una sentencia. No la salvé.
Cuando el marinero la miró en la bodega, la salvé.
Cuando el jeque del zoco la tocó, la salvé.
Cuando la tormenta la arrastró, la salvé.
Pero al final, cuando importaba, cuando el filo de la cimitarra bajó sobre su cuello, no la salvé.
Estaba congelada. Estaba escuchando. Estaba aprendiendo que era una reencarnación, una selladora, una elegida.
Estaba ocupada con mi destino mientras el destino de Elvira se agotaba en la base de una escalera.
—No fue vuestra culpa.
La voz de Idris. Baja. Ronca. Contra mi oído. Como si me leyera el pensamiento. Como si conociera cada palabra que me martillaba el cráneo.
—Sí fue mi culpa.
—No.
—Estaba allí. Estaba a diez pasos. Diez pasos. Y no hice nada. No pude hacer nada.
—Hicisteis lo que pudisteis.
—No fue suficiente.
—Nunca es suficiente. —Idris me apretó. Más. Su barbilla contra mi coronilla. Su pecho contra mi espalda. Su calor contra mi frío—. Nunca es suficiente para los que amamos. Nunca es suficiente para los que perdemos. Pero no fue vuestra culpa. Fue la suya. Solo la suya.
Su culpa. Yusuf. El nombre me golpeó como una bofetada. Me arrancó del sollozo. Me arrancó del dolor. Me arrancó de la ternura de Idris y me arrojó a un lugar más oscuro. Más frío. Más afilado.
Me incorporé. Me giré. Miré hacia la escalera. Hacia el lugar por donde Yusuf había subido. Hacia el lugar donde su caravana esperaba. Donde sus mercenarios cargaban el oro. Donde sus camellos se preparaban para partir.
Y entonces lo vi.
Yusuf bajaba la escalera. Con un bulto sobre el hombro. Un bulto pequeño. Ligero. Envuelto en una tela. Con rizos cobrizos asomando por un extremo. Con una mano pequeña, inerte, colgando.
Elvira.
Se la llevaba.
Se llevaba el cuerpo de mi hermana. Como un trofeo. Como una pieza de caza. Como un recordatorio. Como una burla. Como una promesa de que ni siquiera la muerte la protegería de él.
—¡No!
Me lancé. Hacia la escalera. Hacia Yusuf. Hacia el cuerpo de Elvira. Idris me agarró. Me sostuvo. Me retuvo.
—¡Soltadme! ¡Soltadme! ¡Es mi hermana! ¡Es mi hermana!
—No podéis. No ahora. No así. —Idris me apretó. Me sostuvo. Me ancló—. Si subís, os matará. Y entonces Elvira habrá muerto para nada. Para absolutamente nada.
Forcejeé. Pataleé. Arañé. Le clavé las uñas en el antebrazo. Le mordí la mano. Intenté soltarme. Intenté subir. Intentar alcanzar aquel cuerpo pequeño, aquel cuerpo frío, aquellos rizos cobrizos que se alejaban escalera arriba, escalera arriba, escalera arriba, hasta desaparecer.
Y después, silencio.
El silencio más denso que he conocido. Más denso que el de la bodega. Más denso que el del océano. Más denso que el de la cámara dorada. Un silencio que tenía el peso de un cuerpo. De un cuerpo pequeño. De catorce años. De rizos cobrizos. De risa de cascabeles.
Me desplomé. Contra Idris. Contra su pecho. Contra su calor. Y ya no lloré. Ya no grité. Ya no forcejeé. Me quedé quieta. Vacía. Hueca. Como una cáscara de huevo a la que le han arrancado el contenido. Como una casa a la que le han arrancado el corazón.
Idris me sostuvo. Un minuto. Dos. Cinco. Diez. Sin hablar. Sin moverse. Sin soltarme. Solo sostener. Solo existir. Solo ser el suelo bajo mis pies cuando el suelo había desaparecido.
Y cuando al fin me aparté, cuando al fin me puse en pie, cuando al fin miré el mundo con los ojos secos y la mandíbula apretada y el corazón convertido en una piedra fría, dura, irrompible, Idris me miró. Y en sus ojos dorados vi el reflejo de lo que yo era. De lo que me había convertido.
Una mujer sin lágrimas. Sin miedo. Sin piedad. Una mujer con un solo pensamiento. Un solo propósito. Un solo destino.
Matar a Yusuf.
—Lo perseguiré —murmuré. Mi voz, plana. Despojada.
Sin temblor. Sin duda. Sin humanidad—. Lo perseguiré hasta el fin del mundo.
Hasta el fondo del mar. Hasta las puertas del infierno.
Lo perseguiré y le arrancaré la garganta con los dientes.
Y después sellaré la puerta. Y después moriré si hace falta.
Pero primero, Yusuf. Primero, su sangre. Primero, el precio.
Idris asintió. No dijo nada. No hacía falta. Me tomó la mano. Me apretó los dedos. Un apretón firme. Definitivo. Un juramento silencioso. Iré con vos. Hasta el infierno. Hasta el fin. Hasta la muerte.
Kael-Amun apareció al anochecer.
No subió la escalera. No caminó. Estaba allí.
De pie junto al sarcófago. Con las vendas de lino colgando.
Con las brasas de los ojos brillando. Como si siempre hubiera estado.
Como si nunca se hubiera ido. Como si el tiempo, para él, fuera una cortesía que concedía a los demás pero que no necesitaba para sí mismo.
Me miró. Miró a Idris. Miró el lugar donde Elvira había estado. Donde la sangre de Elvira aún manchaba la piedra. Donde el contorno de un cuerpo pequeño seguía grabado en el suelo como una sombra.
—El traidor ha partido —murmuró la vibración—. Con el oro. Con el cuerpo. Con la sangre derramada. Se dirige a la costa. A fundir. A crear. A despertar.
—Lo sé.
—No tenéis tiempo. El ciclo se acelera. El dios siente la sangre. El dios siente el oro. El dios despierta. Cada hora que pasa, la puerta se debilita. Cada día que pasa, el sello se agrieta.
—Lo sé.
—Entonces tomad esto.
Kael-Amun extendió la mano. Envuelta en lino.
Con los dedos largos, huesudos. Y en la palma, un objeto.
Pequeño. Negro. Brillante. Un amuleto. De obsidiana.
Del mismo material que el cuchillo. Del mismo material que el sarcófago.
Del mismo material que la noche sin estrellas.
Una piedra ovalada, del tamaño de una moneda, con una inscripción tallada en la superficie.
La misma inscripción que la puerta de bronce.
La misma lengua muerta. El mismo alfabeto imposible.
—Con esto rastrearéis al traidor —la vibración, lenta, grave—. La obsidiana recuerda la sangre. La sangre del traidor está en la piedra. En la cámara. En la puerta. El amuleto os guiará. Os llevará hasta él. A través del desierto. A través del mar. A través de la muerte misma.
Tomé el amuleto. Lo apreté en la palma. Estaba frío. Helado. Con un frío que no pertenecía a la piedra. Que pertenecía a algo más hondo. Más antiguo. Más hambriento.
—¿El precio? —pregunté. Porque siempre hay un precio. Porque en este mundo, en esta historia, en esta sangre, nada se da sin tomar. Nada se ofrece sin exigir.
Kael-Amun guardó silencio. Un silencio largo. Antiguo. Cargado. Las brasas de sus ojos se suavizaron. Se volvieron tristes. Infinitamente tristes.
—Vuestra vida.
Dos palabras. Planas. Definitivas. Sin adornos. Sin disculpas. Sin paliativos.
—El amuleto se alimenta de la sangre de quien lo porta.
De vuestra sangre. De vuestra vida. Cada día que lo llevéis, cada hora que lo uséis, cada legua que os guíe, tomará un trozo de vos.
Un día de vida. Una semana. Un mes. No lo sé.
No puedo saberlo. Depende de la distancia.
Depende de la urgencia. Depende de cuánto os quede.
—¿Y si me queda poco?
—Entonces el amuleto tomará lo poco que queda. Y moriréis. No de una herida. No de una enfermedad. De vacío. De ausencia. De vida que se agota como un candil sin aceite.
Miré el amuleto. La obsidiana brillaba en mi palma. Fría. Negra. Hambrienta. Esperando.
Pensé en Elvira. En sus catorce años. En sus rizos cobrizos. En su mano pequeña, inerte, colgando del hombro de Yusuf.
Pensé en Rodrigo. En su sonrisa. En el crujido. En la sangre en las losas.
Pensé en Idris. En sus ojos dorados. En sus labios contra los míos. En su mano bajo la manta.
Pensé en el azahar. En los cirios. En la canción del ruiseñor.
Y apreté el amuleto contra el pecho. Contra el corazón. Contra el lugar donde Elvira había vivido. Donde Elvira había reído. Donde Elvira había existido.
—Acepto.
Una palabra. Seca. Definitiva. Sin temblor. Sin duda. Sin vuelta atrás.
Kael-Amun asintió. Un gesto lento. Grave. Final.
—Entonces id. Perseguid. Matad. Sella. Y cuando el ciclo termine, cuando la puerta se cierre, cuando el dios vuelva a dormir, recordad: la sangre recuerda. La sangre siempre recuerda.
Se giró. Hacia el sarcófago. Hacia la oscuridad. Hacia el frío. Se detuvo. Miró por encima del hombro.
—Y una cosa más. El traidor no va solo. Lleva el cuerpo de vuestra hermana. Como trofeo. Como ancla. Como recordatorio de lo que os ha quitado. No lo olvidéis. No lo perdonéis. No lo dejéis vivir.
Desapareció. Se fundió con la oscuridad. Con el frío. Con el silencio. Como si nunca hubiera existido. Como si fuera un sueño. Como si fuera una pesadilla.
Me quedé de pie en la cámara vacía. Con el amuleto de obsidiana contra el pecho. Con la sangre de Elvira en las manos. Con Idris a mi espalda. Con el silencio llenándome los oídos. Con la certeza de que mi vida tenía un precio y que lo pagaría hasta la última gota.
—Vamos —murmuré. Una sola palabra. Seca. Definitiva. Con la voz de los Lara. Con la voz de Amara-Kael. Con la voz de una mujer que ha perdido todo y ya no tiene nada que proteger excepto la venganza.
Idris me tomó la mano. Me apretó los dedos. No dijo nada. No hacía falta.
Subimos la escalera. Salimos de la cueva. Salimos de la ciudad en ruinas. Salimos al desierto. Al sol. Al viento. A la arena. Y caminamos. Hacia el sur. Hacia la costa. Hacia Yusuf. Hacia la muerte. Hacia el fin.
Con el amuleto ardiendo contra el pecho. Con el fantasma de Elvira caminando a mi lado. Con la certeza de que cada paso me acercaba al final. Al mío. Al suyo. Al de todos.
Y en el horizonte, al caer la tarde, vi la caravana de Yusuf. Pequeña. Lejana. Una línea oscura sobre la arena dorada. Llevándose el oro. Llevándose el cuerpo. Llevándose mi hermana. Llevándose mi vida.
Apreté el amuleto. Sentí el frío morderme la palma. Sentí un día de vida escaparse entre los dedos. Un día. El primero. De muchos. De todos.
Pero seguí caminando. Porque los Lara no se detienen. Aunque les cueste la vida. Aunque les cueste el alma.
Aunque les cueste todo lo que son.