La Reina De África: Granada, siglo XIV CAPÍTULO 20. La revelación de la sangre
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CAPÍTULO 20. La revelación de la sangre

El silencio aún me envolvía. El mundo, congelado. Los mercenarios, estáticos. Elvira, con el grito suspendido en la boca. Idris, con el puño alzado. Todo detenido. Todo atrapado en el instante.

Solo Kael-Amun y yo. Solo las brasas de sus ojos y las mías. Solo la vibración antigua llenándome el cráneo.

—Tres sangres —murmuró el sacerdote. La vibración, lenta, paciente, como quien desgrana una historia que ha repetido mil veces en la oscuridad de un sarcófago—.

Tres linajes. Tres destinos. Nacidos juntos.

Muertos juntos. Renacidos juntos. Una y otra vez.

Ciclo tras ciclo. Siglo tras siglo. Hasta que el mundo se agote o la puerta se selle para siempre.

Se giró. Señaló hacia Idris. Congelado. Con la sangre goteando de la nariz. Con los ojos dorados fijos en la nada.

—El príncipe. Hijo del Mansa. Sangre del sello. Descendiente directo de los primeros sacerdotes que encerraron al dios. Su sangre abre la puerta. Su sangre cierra la puerta. Su sangre es la llave y la cerradura.

Señaló hacia mí.

—Vos. Amara-Kael reencarnada. Sangre de la selladora. La que da la vida para cerrar. La que muere para que el mundo continúe. Vuestra sangre es el sacrificio. El precio. El peaje.

Y después señaló hacia la escalera. Hacia arriba. Hacia el lugar por donde Yusuf había desaparecido.

—Y el traidor. Yusuf ibn Ismail. Hijo bastardo del último rey nazarí.

Pero no solo eso. No simplemente eso. —La vibración se endureció.

Se volvió cortante—. Es el heredero. El legítimo.

El último de una dinastía que ha intentado abrir la puerta durante generaciones.

Desde antes de Granada. Desde antes de los nazaríes.

Desde antes del islam. Una dinastía de traidores que nació el día en que el primer hombre decidió que el poder del dios era más valioso que el mundo.

—¿Una dinastía? ¿Cuántas generaciones?

—Más de las que puedo contar. Más de las que el sol ha visto.

El padre de Yusuf lo intentó. Y el padre de su padre.

Y el padre del padre de su padre. Cada uno con un nombre distinto.

Cada uno con un rostro distinto. Cada uno con la misma locura.

La misma hambre. La misma certeza de que el dios les daría lo que el mundo les negó.

Pensé en el cofre de ébano. En la cabeza embalsamada.

En la corona de filigrana. En la sonrisa triste de Yusuf diciendo mi padre.

No un padre cualquiera. Un traidor. Un heredero de la traición.

Un hombre que había transmitido a su hijo no solo la sangre sino la misión.

La obsesión. La certeza de que el mundo le debía algo y que el dios se lo pagaría.

—Yusuf no busca un reino —murmuré. La certeza se instaló en mi pecho como una piedra—.

No busca oro. No busca venganza contra Castilla.

Busca el poder del dios. Busca la promesa.

Busca lo que su padre le prometió antes de morir.

Lo que su abuelo le prometió. Lo que cada generación le ha susurrado al oído desde la cuna.

—Sí. —Kael-Amun asintió. Un gesto lento, grave—.

Cada traidor cree que será distinto. Que podrá controlar al dios.

Que podrá tomar lo que quiere y devolverlo.

Que podrá abrir la puerta y cerrarla a voluntad.

Y cada traidor muere. Devorado. Consumido.

Convertido en nada. Porque el dios no da. El dios toma. Siempre toma.

—¿Y por qué yo? ¿Por qué esta vida? ¿Por qué este cuerpo?

—Porque el ciclo lo exige. Porque la sangre de Amara-Kael regresa cuando el traidor regresa.

Porque la selladora nace donde el traidor nace.

Porque el equilibrio lo demanda. —Kael-Amun se acercó.

Un paso. Dos. Las vendas crujieron—. Vos nacisteis el mismo día que Yusuf.

En el mismo año. Bajo la misma estrella.

Vuestras sangres se entrelazaron en el vientre de vuestras madres.

Vuestras vidas se entrelazaron en el momento en que vuestros destinos se cruzaron.

Y ahora, en esta cámara, en este instante, el ciclo se completa.

Uno de los tres debe morir. Solo uno. Para sellar la tumba.

Para cerrar la puerta. Para que el dios siga dormido.

—¿Y si no muere ninguno? ¿Y si los tres vivimos?

—El dios despierta. Y si el dios despierta, no habrá tres. No habrá uno. No habrá mundo. Solo el hambre. Solo la eternidad. Solo el vacío.

Miré hacia Idris. Congelado. Inmóvil. Con la sangre seca en la nariz y los ojos dorados abiertos.

Idris. El hombre que me había sostenido en el océano.

El hombre que había recibido cien latigazos por mí.

El hombre cuyos labios habían rozado los míos en la oscuridad de una tienda.

El hombre cuya sangre, junto a la mía, podía sellar la puerta.

Si él moría, yo vivía. Si yo moría, él vivía. Si ambos vivíamos, el mundo moría.

Y Yusuf. El traidor. El heredero. El hombre que me había arrancado del alcázar de los arrayanes. Que me había arrastrado por la bodega y el zoco y el desierto. Que me había encadenado y golpeado y vendido. Que me había puesto la cimitarra sobre el cuello.

Si él moría, la puerta se sellaba. Si él moría, el ciclo se rompía. Si él moría, Idris y yo vivíamos.

Pero Yusuf no iba a morir. Yusuf no iba a permitirlo. Yusuf iba a matar antes de ser matado. Iba a destruir antes de ser destruido. Iba a abrir la puerta aunque el mundo se hundiera.

—¿Cómo sé que no miente? —susurré, dirigiéndome a Kael-Amun—. ¿Cómo sé que todo esto es verdad? ¿Que no soy una mujer cualquiera atrapada en una historia que no me pertenece?

Kael-Amun me miró. Las brasas de sus ojos se suavizaron. Se volvieron tristes. Infinitamente tristes.

—Porque lo sentís. Porque siempre lo habéis sentido.

La certeza de que sois más. De que hay algo debajo de la piel que no es vuestro.

Que no nació con vos. Que estaba antes. Que espera.

Que recuerda. Lo habéis sentido desde niña.

Desde el primer sueño. Desde la primera pesadilla.

Desde la primera vez que tocasteis la tierra y sentisteis el latido de algo debajo.

Algo antiguo. Algo hambriento. Algo vuestro.

Cerré los ojos. Y lo sentí. Lo sentí con una claridad que me rompió.

El latido. Debajo de la piel. Debajo de la carne.

Debajo del hueso. Un latido que no era mi corazón.

Que era más antiguo. Más profundo. Más vasto.

Un latido que llevaba veinte años dormido y que ahora, en esta cámara, en este instante, en esta revelación, despertaba.

Amara-Kael. La primera sacerdotisa. La que selló la tumba. La que murió.

Yo. Mencía de Lara. La que iba a morir. O la que iba a matar.

El tiempo se reanudó.

De golpe. Sin transición. El sonido regresó como una ola. Los gritos. El goteo. El crepitar. Los mercenarios siguieron devorándose. Elvira terminó su grito. Idris bajó el puño. El mundo giró.

Y Yusuf regresó.

Bajó la escalera. Con el brazo vendado. Con la sangre empapando la tela. Con una sonrisa que no era la sonrisa torcida de siempre. Era otra. Más amplia. Más triunfante. Más vacía. Una sonrisa de hombre que ha ganado una partida que los demás no sabían que se estaba jugando.

Se detuvo en el centro de la cámara. Miró alrededor. Miró los cuerpos. Miró las estatuas. Miró a Idris. Me miró a mí.

—He derramado la sangre —anunció. Su voz, calma. Plana. Triunfante—. La sangre necesaria. La sangre del sacrificio. La sangre que la puerta exige.

Lo miré. No comprendí. No de inmediato. No en el primer instante.

Porque la mente, a veces, se niega. Se niega a procesar.

Se niega a aceptar. Se niega a traducir las palabras en significado porque el significado es demasiado grande, demasiado terrible, demasiado imposible para caber en un cerebro humano.

—¿Qué sangre? —susurré.

Yusuf sonrió. Más. Se giró. Señaló hacia la escalera. Hacia arriba. Hacia la entrada de la cámara.

—Vuestra hermana.

El mundo se detuvo. No por Kael-Amun. No por ningún poder antiguo. Por mí. Por la certeza que me golpeó el pecho como un mazo. Por la comprensión que me llenó las venas de hielo. Por el horror que me subió por la garganta como bilis.

—No.

Una palabra. Pequeña. Absurda. Inútil.

—Mientras estabais congelada. Mientras el tiempo se detenía.

Mientras vos escuchabais las revelaciones del sacerdote.

—Yusuf hablaba con una calma que me helaba la sangre—.

Subí. Bajé a la niña. La traje aquí. Y le abrí la garganta.

Con esta mano. Con esta cimitarra. Mientras vos estabais quieta.

Mientras vos no mirabais. Mientras vos no escuchabais.

—No. No. No. No.

Corrí. Hacia la escalera. Hacia arriba. Hacia la entrada. Hacia el lugar donde Elvira debía estar. Donde Elvira debía estar dormida, asustada, viva. Donde Elvira debía estar respirando, temblando, existiendo.

La encontré.

En la base de la escalera. Tumbada. Con los rizos cobrizos desparramados sobre la piedra. Con los ojos abiertos. Con la boca entreabierta. Con el cuello abierto. Con la sangre empapando la camisa. Con la sangre empapando el suelo. Con la sangre empapando las manos de Yusuf, que aún goteaban.

Elvira. Mi Elvira. Mi hermana. Mi niña. Mi responsabilidad. Mi alegría. Mi pequeña llama en un mundo que se empeñaba en apagarse.

Caí de rodillas. Junto al cuerpo. Le toqué la mejilla. Fría. Ya fría. Le cerré los ojos. Le aparté un rizo de la frente. Le limpié la sangre del cuello con los dedos. Con una delicadeza que no tenía sentido. Que no servía. Que no devolvía nada.

—Elvira —susurré—. Elvira, despertad. Elvira, miradme. Elvira.

No despertó. No me miró. No respiró. No existía.

Un sonido salió de mi pecho. No un grito.

No un llanto. Algo más hondo. Más antiguo.

Más animal. Un sonido que no tenía nombre.

Que no tenía forma. Que no pertenecía a ninguna lengua.

Un sonido que era la expresión pura, desnuda, total, de un alma al romperse.

De un corazón al estallar. De una mujer al perder lo único que le quedaba.

Idris llegó. Se arrodilló junto a mí. Me tomó por los hombros.

Me sostuvo. Me apretó contra su pecho. No habló.

No dijo nada. No hacía falta. Su corazón latía contra mi mejilla.

Rápido. Desesperado. Vivo. Un corazón que me decía estoy aquí, estoy aquí, no estás sola, no estás sola mientras yo sostenía el cuerpo de mi hermana y el mundo se deshacía a mi alrededor.

Yusuf observó desde el centro de la cámara. Con los brazos cruzados. Con la sonrisa torcida. Con la sangre de Elvira en las manos.

—La sangre está derramada —anunció—. El sacrificio está hecho. La puerta se abrirá. El dios despertará. Y yo, Yusuf ibn Ismail, hijo del rey, heredero de la traición, recibiré lo que me deben.

Se giró hacia la puerta de bronce. Hacia la escalera que descendía. Hacia la oscuridad que esperaba.

—Y vos, señora de Lara. Vos elegiréis. Sellar o no. Vivir o morir. Salvar al mundo o salvaros a vos misma. Pero sabed esto: si elegís sellar, moriréis. Y si elegís vivir, el mundo arderá. Y en el mundo que arda, no habrá Elvira. No habrá Rodrigo. No habrá Idris. No habrá azahar. No habrá nada.

Se alejó. Subió la escalera. Desapareció.

Pero yo, Mencía de Lara, Amara-Kael, selladora de la tumba, viuda de dos esposos, uno muerto por la cimitarra, otro por la distancia, hermana de una niña degollada, asesina de un marinero, cautiva sin cadenas, me quedé arrodillada en la sangre de Elvira.

Con el cuerpo frío entre mis brazos. Con los ojos secos.

Con la boca abierta en un grito que no salía.

En el silencio de la cámara, entre las estatuas de oro que rezaban y el sarcófago que exhalaba frío y el cuerpo de mi hermana enfriándose contra mi pecho, tomé una decisión.

No iba a elegir entre vivir y morir. No iba a elegir entre salvar al mundo y salvarme. No iba a elegir entre Idris y el destino. No iba a elegir entre el azahar y la sangre.

Iba a matar a Yusuf.

Iba a matarlo con mis manos. Con el cuchillo de obsidiana. Con los dientes. Con la frente. Con lo que fuera. Iba a arrancarle la garganta como él le había arrancado la vida a Elvira. Iba a hacerle sentir el frío del suelo contra la mejilla. Iba a hacerle oler la sangre de su propia muerte.

Y después, si el mundo necesitaba una selladora, si la puerta necesitaba sangre, si el dios necesitaba un sacrificio, me ocuparía de ello.

Pero primero, Yusuf. Primero, la venganza. Primero, la sangre. Primero, el precio.

Apreté el cuerpo de Elvira contra mi pecho. Le besé la frente. Fría. Ya fría. Le susurré la canción del ruiseñor. Bajo. Roto. Con la voz hecha pedazos.

—Dormid, pequeña —suspiré—. Dormid. Yo me encargo. Yo me encargo de todo.

La deposité en el suelo. Con cuidado. Con reverencia. Le cerré los ojos. Le coloqué las manos sobre el pecho. Le aparté los rizos de la frente.

Me puse en pie. Me limpié las manos en la camisa. Me giré hacia Idris. Hacia Kael-Amun. Hacia la escalera por donde Yusuf había desaparecido.

—Vamos —dije. Una sola palabra. Seca. Definitiva. Con la voz de los Lara. Con la voz de Amara-Kael. Con la voz de una mujer que ha perdido todo y ya no tiene nada que proteger excepto la certeza de que el hombre que le robó a su hermana va a morir.

Idris se puso en pie. Me miró. Asintió. No dijo nada. No hacía falta.

Kael-Amun giró la cabeza. Las brasas de sus ojos me siguieron. Y la vibración, suave, triste, antigua, me llenó el cráneo una última vez:

La sangre recuerda. La sangre siempre recuerda.

Subí la escalera. Con las manos manchadas de sangre. Con el cuchillo de obsidiana apretado contra el muslo. Con el fantasma de Elvira caminando a mi lado. Con la certeza de que el mundo iba a arder o iba a salvarse. Y de que, en ambos casos, Yusuf ibn Ismail iba a morir.

Aunque tuviera que arrastrar el infierno entero conmigo. Aunque tuviera que convertirme en ceniza. Aunque tuviera que sellar la puerta con mi propia sangre.

Primero, Yusuf. Primero, la venganza.

Primero, el precio.