La Reina De África: Granada, siglo XIV CAPÍTULO 19. El sacrificio interrumpido
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CAPÍTULO 19. El sacrificio interrumpido

La cimitarra no cayó.

No porque Yusuf se detuviera. No porque la voluntad le fallara. Sino porque un cuerpo se interpuso. Un cuerpo oscuro, delgado, sangrante. Un cuerpo que se lanzó desde el suelo con la fuerza de un animal herido, con la desesperación de quien ya no tiene nada que perder y todo que ganar.

Idris.

Se estrelló contra Yusuf. Con el hombro.

Con la cabeza. Con todo el peso de un cuerpo maltrecho, agotado, roto, que aún así conservaba la fuerza de un príncipe.

El impacto los arrancó a ambos del borde del sarcófago.

Los lanzó al suelo. Rodaron. Entre la sangre.

Entre los cuerpos. Entre las estatuas de oro que seguían brillando con su luz enferma, indiferente.

La cimitarra salió despedida. Giró en el aire. Cayó con un tintineo metálico a tres varas de distancia.

Y la lucha comenzó.

No fue elegante. No fue la lucha de dos caballeros en un torneo. Fue una pelea de animales. De hombres que han olvidado las reglas. Que han olvidado la técnica. Que solo recuerdan el instinto. Los puños. Los dientes. Las rodillas. Los codos. Todo lo que un cuerpo puede convertir en arma.

Idris golpeó primero. Un puñetazo en la mandíbula de Yusuf que le hizo girar la cabeza. Yusuf respondió. Un codazo en la sien. Un cabezazo en la nariz. Idris retrocedió. La sangre le brotó de las fosas nasales. Se limpió con el dorso de la mano. Volvió a lanzarse.

Rodaron sobre el suelo de piedra. Sobre la sangre de los mercenarios.

Sobre los trozos de carne que los enloquecidos habían arrancado.

Idris estaba encima. Golpeaba. Una vez. Dos.

Tres. Cuatro. Los puños cayendo sobre el rostro de Yusuf con una furia contenida durante semanas.

Semanas de cadenas. Semanas de latigazos.

Semanas de ver a la mujer que amaba encadenada, golpeada, vendida, arrastrada.

Yusuf escupió sangre. Sonrió. Con los labios rotos, con los dientes rojos, con los ojos verdes brillando bajo la paliza. Sonrió. Y aquella sonrisa era peor que cualquier golpe.

—Golpead, príncipe —jadeó, escupiendo un diente—. Golpead todo lo que queráis. No cambia nada. No cambia lo que sois. Un esclavo. Un animal encadenado. Un cuerpo sin reino.

Idris rugió. Le golpeó de nuevo. Otra vez. Otra. Hasta que los nudillos se le abrieron. Hasta que la sangre de ambos se mezcló en el suelo de piedra.

Pero Yusuf no caía. No cedía. No se rendía. Con cada golpe encajado, sus ojos brillaban más. Con cada puñetazo recibido, su sonrisa se ensanchaba. Como si el dolor lo alimentara. Como si la violencia fuera un idioma que hablaba con fluidez.

Se invirtieron. Yusuf quedó encima. Golpeó a Idris en el vientre. En las costillas. En la espalda destrozada, sobre las heridas aún abiertas, sobre la carne viva que los latigazos habían dejado al descubierto. Idris aulló. Un sonido animal, desgarrado, que me atravesó el pecho como una lanza.

Me puse en pie. Las piernas me temblaban. El cuerpo me dolía. El cabello, arrancado en mechones, me colgaba sobre el rostro. Pero me puse en pie. Y mi mano fue al dobladillo de la camisa. Al lugar donde el cuchillo de obsidiana esperaba. Cosido. Oculto. Paciente.

Lo arranqué. La tela se rasgó. La obsidiana brilló en mi mano. Negra. Afilada. Con el filo que me había cortado la yema del dedo la primera vez. Con el filo que había abierto la garganta del marinero en la bodega. Con el filo que esperaba, desde hacía días, desde hacía semanas, el momento exacto.

Corrí. Hacia Yusuf. Hacia su espalda. Hacia el brazo que sostenía a Idris contra el suelo. Hacia el cuello que se inclinaba sobre el príncipe con aquella sonrisa torcida, con aquella certeza de vencedor.

Yusuf me vio. En el último instante. Giró la cabeza. Sus ojos verdes se abrieron. No con sorpresa. Con reconocimiento. Como si hubiera esperado este momento. Como si lo hubiera visto en sueños.

—Ah. La rosa castellana. Con su espina.

No dudé. No pensé. No calculé. Hundí la obsidiana en su antebrazo. Con todo el peso del cuerpo. Con toda la rabia acumulada. Con tres semanas de bodega y cadenas y sangre y muerte concentradas en un solo gesto.

La obsidiana entró. Cortó. Mordió. Sentí la resistencia de la piel ceder, sentí el filo hundirse en la carne, sentí el calor de la sangre brotando alrededor de la hoja. Yusuf aulló. Un sonido que no le había oído antes. Un sonido de dolor real. De sorpresa. De vulnerabilidad.

Soltó a Idris. Retrocedió. Se llevó la mano al brazo. La obsidiana seguía clavada. Hundida hasta la empuñadura. La sangre manaba en torno al filo, oscura, brillante, goteando sobre el suelo de piedra.

—¡Maldita! —bramó Yusuf. Se arrancó el cuchillo. La sangre brotó con más fuerza. Me miró. Y en sus ojos verdes, bajo la furia, bajo el dolor, bajo la locura, vi algo nuevo. Respeto. Un respeto frío, calculado, de depredador que reconoce a otro depredador—. Me habéis herido. A mí. A mí.

—Os mataré —jadeé. Con la voz rota. Con las manos temblorosas. Con la sangre de Yusuf en los dedos—. Os mataré como vos matasteis a Rodrigo. Como vos matasteis a los ancianos. Como vos matasteis a los niños. Os mataré.

Yusuf rio. Una risa breve, seca, dolorosa. Se apretó el brazo. La sangre le goteaba entre los dedos.

—No hoy, señora. No hoy.

Se giró. Hacia la escalera. Hacia la salida. Cojeando. Sangrando. Con los ojos fijos en mí. Con una promesa en la mirada que me heló la sangre.

—Esto no ha terminado. Ni la puerta. Ni el dios. Ni vos.

Subió. Desapareció. Sus botas resonaron en la escalera. Se alejaron.

A la sazón, el silencio.

No el silencio de después de la batalla. No el silencio del agotamiento. Un silencio distinto. Total. Absoluto. Un silencio que no era ausencia de sonido. Era presencia de algo. De alguien. De una voluntad que se imponía sobre el mundo y lo detenía.

Miré.

Los mercenarios, los que seguían vivos, los que seguían devorándose, arrancándose, matándose, se detuvieron.

No cayeron. No murieron. Se detuvieron. En mitad del gesto.

Con las manos alzadas. Con las bocas abiertas.

Con los dientes hundidos en la carne de otro.

Congelados. Como insectos en ámbar. Como figuras de un fresco que alguien hubiera pintado y abandonado.

Elvira. Detenida. Con la boca abierta en un grito que no salía. Con las manos extendidas. Con las lágrimas suspendidas en las mejillas, brillantes, inmóviles.

Idris. En el suelo. Con el puño alzado. Con la sangre goteando de la nariz. Detenido. Inmóvil. Como una estatua. Como las estatuas de oro que nos rodeaban.

Pero Kael-Amun. Con la mano extendida. Con la palma abierta. Con los dedos separados. Con las brasas de los ojos brillando. Sosteniendo. Deteniendo. Congelando el mundo con un gesto. Con una voluntad. Con un poder que no tenía nombre.

Todos quietos. Todos inmóviles. Todos atrapados en el instante.

Excepto yo.

Me moví. Di un paso. Dos. El aire, en torno a mí, era distinto.

Más denso. Más frío. Como caminar bajo el agua.

Como moverse en un sueño. Los sonidos habían desaparecido.

No el goteo de la sangre. No el crepitar de las antorchas.

No la respiración de los cuerpos. Nada. Solo silencio. Solo yo. Solo Kael-Amun.

El sacerdote bajó la mano. Las vendas de lino crujieron. Se giró hacia mí. Las brasas de sus ojos me recorrieron. Y la vibración, suave, antigua, infinitamente triste, me llenó el cráneo.

—Mencía de Lara.

Mi nombre. En su boca. En aquella voz que no era voz.

En aquella vibración que no era sonido. Y sonó distinto.

Más antiguo. Más profundo. Como si no pronunciara mi nombre sino otro.

Uno que llevaba milenios sin pronunciarse.

Uno que había sido borrado de todas las lenguas, de todos los registros, de todas las memorias.

—No sois Mencía de Lara —continuó Kael-Amun.

La vibración, lenta, paciente, como quien desvela una verdad que ha esperado siglos para ser dicha—.

No sois la viuda de un señor castellano.

No sois la hija de un linaje de nobles. No sois la mujer que bordaba flores de seda y lloraba por un halcón herido.

—¿Qué soy? —Mi voz, un susurro. Un hilo de sonido en el silencio absoluto.

—Sois la reencarnación. La última. La definitiva. De Amara-Kael. La primera sacerdotisa. La que selló la tumba. La que encerró al dios. La que dio su sangre para cerrar la puerta. La que murió para que el mundo continuara.

Las palabras me golpearon. No como una revelación. Como un recuerdo. Como algo que siempre había sabido y que alguien, al fin, pronunciaba en voz alta. Como una llave que giraba en una cerradura oxidada y abría una puerta que llevaba veinte años cerrada.

—No —murmuré. Retrocedí un paso. Dos—. No. Yo soy Mencía. Soy castellana. Soy cristiana. Nací en un alcázar de piedra. Crecí entre naranjos. Me casé con Rodrigo. Lo amé. Lo perdí. Soy humana. Soy mortal. Soy una mujer.

—Sois todo eso. Y sois más. —Kael-Amun dio un paso hacia mí.

Las vendas crujieron. El polvo cayó de sus hombros como nieve—.

Amara-Kael selló la tumba hace más años de los que puedo contar.

Dio su sangre. Dio su vida. Cerró la puerta.

Y el mundo continuó. Pero la sangre no muere.

La sangre recuerda. La sangre regresa. Generación tras generación.

Siglo tras siglo. En cuerpos distintos. En nombres distintos.

En vidas distintas. Pero la sangre es la misma.

Siempre la misma. Y ahora, en este cuerpo, en este momento, en esta mujer llamada Mencía de Lara, la sangre ha despertado.

Miré mis manos. Las palmas. Los dedos. La piel blanca, suave, manchada de sangre. La sangre de Yusuf. La sangre de Idris. La sangre del marinero de la bodega. Mi propia sangre. Y bajo la piel, bajo la carne, bajo el hueso, algo más. Algo antiguo. Algo que pulsaba. Que latía. Que recordaba.

—¿Por qué yo? ¿Por qué este cuerpo? ¿Por qué esta vida?

—Porque el ciclo se completa. Porque el traidor ha regresado. Porque el dios despierta. Porque la puerta se abre. Y solo la sangre de Amara-Kael puede cerrarla. Solo vos. Solo vuestra vida. Solo vuestra muerte.

La palabra muerte cayó entre nosotros como una piedra en un pozo. Sin eco. Sin retorno. Sin posibilidad de ser recogida.

—¿Mi muerte?

—El sello exige sangre. La sangre exige vida. La vida exige muerte. Amara-Kael murió para sellar la tumba. Vos deberéis morir para sellarla de nuevo. Es el precio. Siempre ha sido el precio. Siempre lo será.

Miré hacia Idris. Congelado. Con el puño alzado.

Con la sangre en la nariz. Con los ojos dorados abiertos, fijos en un punto que no veía.

Idris. El hombre que me había sostenido en el océano.

El hombre que había recibido cien latigazos por mí.

El hombre cuyos labios habían rozado los míos en la oscuridad de una tienda en el desierto.

Si moría, lo perdía. Si moría, lo dejaba solo. Encadenado. Roto. En un mundo sin mí.

—No quiero morir —susurré. La verdad. La verdad más simple, más humana, más esencial que había pronunciado en mi vida—.

No quiero. Quiero vivir. Quiero ver a Elvira crecer.

Quiero sentir el sol en la piel. Quiero besarlo otra vez.

Quiero oler el azahar. Quiero recordar a Rodrigo sin que me duela. Quiero vivir.

Kael-Amun me miró. Las brasas de sus ojos se suavizaron. Se volvieron más cálidas. Más tristes. Más humanas.

—Lo sé. Amara-Kael dijo lo mismo. Hace más años de los que el sol ha visto. Dijo no quiero morir. Dijo quiero vivir. Dijo hay otro camino. Y no lo había. No lo hay. No lo habrá.

—Entonces, ¿para qué me lo decís? ¿Para qué me mostráis esto si no puedo cambiarlo?

Kael-Amun guardó silencio. Un silencio largo. Antiguo. Cargado. Después extendió la mano. Envuelta en lino. Me tocó la mejilla. Un gesto suave. Casi paternal. Casi tierno. Las vendas, secas, ásperas, me rozaron la piel.

—Para que no muráis sin saber. Para que no muráis sin entender.

Para que no muráis creyendo que sois una víctima.

Que sois una mujer cualquiera atrapada en un destino ajeno.

No sois una víctima. Sois la elegida. La única.

La que puede. La que debe. La que quiere, aunque no lo sepa.

Aunque no lo acepte. Aunque llore y suplique y diga no quiero morir.

Retiró la mano. Se giró. Hacia el sarcófago. Hacia la oscuridad vacía que exhalaba frío.

—El tiempo se reanuda. El traidor volverá. El dios despierta. Y vos, Amara-Kael, Mencía de Lara, selladora de la tumba, deberéis elegir. Sellar o no. Vivir o morir. Salvar al mundo o salvaros a vos misma.

Las brasas de sus ojos se clavaron en las mías. Una última vez.

—Pero sabed esto: si elegís vivir, el mundo muere. Y si elegís morir, el mundo vive. Y en el mundo vive Idris. Vive Elvira. Vive el recuerdo de Rodrigo. Vive el azahar. Vive todo lo que amáis. Todo lo que sois. Todo lo que fuisteis.

El tiempo se reanudó.

De golpe. Sin transición. Sin aviso. El sonido regresó.

Los gritos. El goteo de la sangre. El crepitar de las antorchas.

Elvira terminó su grito. Idris terminó su golpe.

Los mercenarios siguieron devorándose. El mundo siguió girando.

Como si nada hubiera ocurrido. Como si el silencio no hubiera existido.

Como si Kael-Amun no me hubiera revelado que yo no era yo.

Que yo era otra. Que yo era todas. Que yo era la primera y la última y la única.

Y en el centro de la cámara, entre las estatuas de oro que rezaban y el sarcófago que exhalaba frío y los cuerpos que se devoraban, me quedé inmóvil. Con el cuchillo de obsidiana en la mano. Con la sangre de Yusuf en los dedos. Con la revelación ardiéndome en el pecho como una marca. Como un sello.

Amara-Kael. La primera sacerdotisa. La que selló la tumba. La que murió para que el mundo continuara.

Yo. Mencía de Lara.

La que iba a morir para que el mundo continuara. O la que iba a vivir para verlo arder. Y la elección, aquella elección imposible, inhumana, terrible, me pesaba en las manos como el cuchillo de obsidiana. Como la sangre. Como el destino.

Como el mundo entero.