CAPÍTULO 18. La maldición del oro
El primer mercenario tocó la estatua.
Un hombre joven, de barba rubia y ojos azules, que se adelantó al grupo con una sonrisa codiciosa y las manos extendidas. Sus dedos se cerraron en torno al brazo de una figura dorada. Una mujer de oro, con los pechos pequeños y las caderas anchas y la boca abierta en un grito silencioso.
El oro brilló. No con reflejo. Con pulsación. Un latido interno, cálido, que recorrió la superficie de la estatua como una onda en un estanque. El mercenario sonrió. Más. Se relamió. Sus ojos, azules, se dilataron. Se volvieron brillantes. Hambrientos.
—Es mío —murmuró. Bajo. Casi inaudible—. Todo es mío.
Arrancó la estatua de su base. Con un esfuerzo que le hinchó las venas del cuello. La apretó contra el pecho. La abrazó. La besó. Besó el rostro de oro con los labios abiertos, con la lengua extendida, con una lujuria que no pertenecía al metal sino a algo más hondo, más enfermo, más antiguo.
El segundo mercenario tocó otra estatua. Un tercero. Un cuarto. Cinco. Diez. Quince. Manos que se cerraban sobre el oro. Dedos que arañaban la superficie. Bocas que se relamían. Ojos que brillaban.
Y entonces, el cambio.
Sutil al principio. Casi imperceptible. Una tensión en los hombros.
Una rigidez en la mandíbula. Una mirada que se volvía un grado más fija, un grado más vacía.
El mercenario de barba rubia dejó de besar la estatua.
La apretó más. Más fuerte. Hasta que los nudillos se le volvieron blancos.
Hasta que los dedos se le hundieron en el oro como si fuera carne.
Como si pudiera poseerla. Como si pudiera meterla dentro de sí.
—Mío —repitió. Más fuerte. Con una urgencia que no era deseo. Era necesidad. Era hambre. Era la necesidad del adicto que no ha probado la droga en tres días—. Mío. Mío. Mío.
Otro mercenario se acercó. Extendió la mano hacia la estatua que el primero sostenía.
—Compartid, hermano. Hay suficiente para todos.
El de barba rubia giró la cabeza. Y en sus ojos, azules, ya no había reconocimiento. No había camaradería. No había humanidad. Solo hambre. Solo posesión. Solo la certeza absoluta, irracional, de que aquello que sostenía era suyo. Solo suyo. Y que cualquiera que lo tocara debía morir.
Le arrancó la garganta con los dientes.
No con un arma. No con una cimitarra. Con los dientes.
Con la boca abierta, con los labios tirando de la carne, con un sonido húmedo, obsceno, que me llenó las fosas nasales y me provocó una arcada que no pude contener.
La sangre brotó. Caliente. Inmediata. Empapando la estatua de oro, tiñendo el metal de rojo.
El grito del mercenario degollado se cortó a la mitad. Cayó. Se retorció. Murió. Y la cámara estalló.
No fue un motín. No fue una batalla. Fue una epidemia.
Una locura contagiosa que se propagó de mano en mano, de ojo en ojo, de estatua en estatua.
Los mercenarios se lanzaron unos contra otros.
Con las cimitarras. Con los puños. Con los dientes.
Con las uñas. Con todo lo que un cuerpo humano puede convertir en arma.
Uno se arrancó los ojos. Con los dedos. Con una calma metódica que era peor que la violencia.
Se sacó los globos oculares de las órbitas como quien pela una fruta, los apretó entre los dedos, los dejó caer al suelo, y después siguió caminando.
Ciego. Con las cuencas vacías goteando sangre.
Caminando hacia la estatua más cercana. Tanteando. Buscando. Necesitando.
Otro se abrió el vientre. Con la cimitarra.
Con un corte limpio, horizontal, que le derramó las tripas sobre los pies.
No gritó. Sonrió. Miró hacia abajo, hacia sus propias entrañas, y sonrió como si hubiera encontrado algo.
Algo valioso. Algo suyo. Se arrodilló. Recogió las tripas con las manos.
Las apretó contra el pecho. Como un niño que abraza un juguete.
Tres se devoraron. Literalmente. Se arrancaron trozos de carne los unos a los otros.
Con los dientes. Con las manos. Con un hambre que no era hambre.
Que era codicia. Que era la necesidad de poseer, de tragar, de meter dentro de sí todo lo que existía, hasta que no quedara nada fuera.
Hasta que el mundo entero estuviera dentro.
Hasta que no hubiera otro. Hasta que solo existiera yo. Solo yo. Solo mío.
Elvira gritó. Un grito agudo, desgarrado, que me arrancó del estupor. La agarré. La apreté contra mi pecho. Le cubrí los ojos. Le tapé los oídos. Le susurré que no mirara. Que no escuchara. Que no existía. Que nada de aquello existía.
Mentira. Existía. Existía con una violencia que me llenaba las fosas nasales, que me empapaba la camisa de sangre ajena, que me teñía las manos de rojo cada vez que intentaba apartar un cuerpo, una mano, un trozo de carne que volaba por el aire.
Idris me agarró del brazo. Me arrastró hacia la pared. Lejos del centro. Lejos de las estatuas. Lejos de la carnicería.
—No toquéis el oro —jadeó—. No toquéis nada. No miréis las estatuas. No las miréis.
—¿Qué es esto? ¿Qué les ocurre?
—La maldición. La codicia. El oro no es metal.
Es hambre. Es la manifestación física de la necesidad.
De la posesión. Del mío. Quien lo toca, se convierte en esclavo de lo que desea.
Y el deseo no se sacia. Nunca. Crece. Crece hasta que no queda nada que desear.
Hasta que el único deseo que queda es uno mismo.
Y entonces se devoran. Se devoran a sí mismos.
Miré hacia el centro de la cámara. Hacia el infierno.
Hacia los hombres que se arrancaban la piel, que se mordían las manos, que se tragaban los dedos de otro con una sonrisa vacía en los labios.
Hacia las estatuas de oro que seguían brillando.
Que seguían rezando. Que seguían suplicando con sus bocas abiertas y sus ojos cerrados.
Y comprendí. Comprendí con una claridad que me heló la sangre.
El oro no estaba maldito. El oro era la maldición.
No una maldición impuesta. No un castigo divino.
La codicia misma. Hecha materia. Hecha metal.
Hecha objeto. La codicia que vivía en cada hombre, en cada mujer, en cada niño que alguna vez había deseado algo que no le pertenecía.
Concentrada. Solidificada. Convertida en estatuas que brillaban y llamaban y devoraban.
Pero Yusuf.
Yusuf no tocó las estatuas. Yusuf no se lanzó sobre el oro. Yusuf permaneció de pie en el centro de la carnicería. Inmóvil. Con los brazos a los costados. Con los ojos verdes recorriendo la escena. Con una expresión que no era horror. No era sorpresa. No era asco.
Era satisfacción.
Una satisfacción fría, calculada, de quien observa un experimento y confirma la hipótesis.
De quien ha visto esto antes. En sueños.
En pesadillas. En las noches de su infancia, cuando Kael-Amun le susurraba traidor desde la oscuridad y él se despertaba gritando con las manos llenas de sangre imaginaria.
—Lo sabía —murmuró Yusuf. Bajo. Para sí mismo. Con una sonrisa que le curvó los labios—. Lo sabía. El oro no me toca. No puede tocarme. Porque yo no deseo el oro. Yo deseo lo que hay debajo. Lo que el oro guarda. Lo que el oro protege.
Se giró. Me vio. A mí. Acurrucada contra la pared, con Elvira en mis brazos, con Idris protegiéndonos con su cuerpo. Me vio. Y su sonrisa se ensanchó.
—Ah. La selladora. La descendiente de los primeros sacerdotes. La sangre de reina.
Dio un paso hacia mí. Dos. Tres. La carnicería rugía a su alrededor. Los mercenarios se devoraban. Se arrancaban. Se mataban. Y Yusuf caminaba entre ellos como un hombre camina entre la lluvia. Sin mojarse. Sin inmutarse. Sin que una sola gota de sangre le tocara la túnica.
—Soltadla —ordenó a Idris. Su voz, plana, despojada—. Soltadla u os mato.
Idris no lo soltó. Se interpuso. Su cuerpo entre Yusuf y yo. Su pecho contra el filo de la cimitarra. Sus ojos dorados, ardiendo.
—No la tocaréis.
—No es una petición, príncipe. Es una orden.
—No me importa.
Yusuf lo golpeó. El pomelo de la cimitarra contra la sien. Un golpe seco, brutal, que hizo caer a Idris de rodillas. El príncipe se tambaleó. Cayó. Se golpeó la cabeza contra el suelo de piedra. No se levantó.
—¡Idris!
Me lancé hacia él. Hacia su cuerpo inmóvil. Hacia la sangre que le brotaba de la sien. Pero Yusuf fue más rápido. Siempre era más rápido. Siempre estaba un paso por delante.
Me agarró del cabello. Tiró. Me arrancó un grito. Me arrastró. Por el suelo de piedra. Entre los cuerpos. Entre la sangre. Entre los mercenarios que seguían devorándose, que seguían arrancándose, que seguían muriendo con las manos llenas de oro y los ojos llenos de nada.
Me arrastró hacia el sarcófago. Hacia el bloque de obsidiana que exhalaba frío. Hacia la tapa abierta. Hacia el interior vacío, negro, profundo, que me miraba como una boca sin dientes.
—El dios necesita sangre —murmuró Yusuf. Su voz, baja, íntima, casi tierna. La voz de un amante que susurra al oído—. Sangre de selladora. Sangre de reina. Sangre de los primeros sacerdotes. Y yo voy a dársela.
Me levantó. Me sostuvo sobre el sarcófago. Mis pies colgaban sobre el vacío. Mis manos arañaban el aire. Elvira gritaba. Idris, en el suelo, intentaba levantarse. Kael-Amun, inmóvil, observaba. Con las brasas de sus ojos fijas en mí. Fijas en Yusuf. Fijas en el sarcófago.
—No —jadeé. Pataleé. Arañé. Le clavé las uñas en el rostro. Le arranqué sangre de la mejilla—. No me sacrificaréis. No me mataréis. No soy vuestra.
—No sois mía. Sois del dios. Sois del sello. Sois de la puerta. Y la puerta exige sangre. Siempre ha exigido sangre. Siempre la exigirá.
Me inclinó. Mi espalda contra el borde del sarcófago. Mi cabeza sobre el vacío. El frío subiendo desde abajo. El aliento del dios. El hambre del dios. La espera del dios.
Yusuf alzó la cimitarra. La hoja brilló bajo la luz enferma de las estatuas. Brilló con un resplandor dorado, hambriento, que no era reflejo. Era promesa. Era sentencia. Era la certeza de que el filo iba a caer.
—Perdonad, señora de Lara —murmuró Yusuf.
Y en su voz, bajo la determinación, bajo la locura, bajo la certeza del traidor que cumple su destino, vi algo que no esperaba.
Lágrimas. Lágrimas que le surcaban las mejillas.
Lágrimas de un niño que no quiere hacer lo que hace pero no sabe cómo detenerse—.
Perdonad. Pero mi reino lo exige. Mi padre lo exige. Mi sangre lo exige.
Alzó la cimitarra. Más alto. Hasta que la punta tocó el techo invisible de la cámara. Hasta que la sombra del filo me cubrió el rostro como una mortaja.
Pero en el silencio que precedió al golpe, en el instante suspendido entre la vida y la muerte, entre el aliento y el corte, entre el latido y el vacío, vi los ojos de Idris. Abiertos. Desesperados. Dorados. Mirándome. Suplicando. Prometiendo.
Después vi los ojos de Kael-Amun. Las brasas. Fijas. Pacientes. Antiguas. Vi los ojos de Elvira. Vacíos. Ausentes. Lejos. Vi la cimitarra caer.
Y el mundo se detuvo.