CAPÍTULO 17. El guardián de las arenas
La figura habló. Y Idris tradujo.
No con fluidez. No con la naturalidad del bilingüe.
Con esfuerzo. Con una concentración que le arrugaba la frente, le tensaba la mandíbula, le hacía cerrar los ojos como si las palabras no entraran por los oídos sino por la piel, por los huesos, por la memoria de una sangre más antigua que su nombre.
—Dice que se llama Kael-Amun —murmuró Idris, con la voz ronca, tensa—. Que no tiene otro nombre. Que el que tuvo antes se perdió cuando la lengua que lo pronunciaba se extinguió.
La figura, Kael-Amun, permanecía inmóvil. Con las vendas de lino colgando del cuerpo como jirones de niebla. Con las brasas de los ojos fijas en nosotros. Con las manos extendidas, palmas hacia arriba, como si sostuviera algo invisible. Algo que solo él podía ver.
—Dice que era sacerdote. De un templo que existía antes de que este desierto fuera desierto.
Antes de que la arena cubriera la tierra fértil.
Antes de que los hombres aprendieran a escribir.
—Idris tragó saliva. Se pasó la lengua por los labios secos—.
Un templo dedicado a un dios que no tiene nombre.
Que no puede tenerlo. Porque el nombre es una jaula, y este dios no puede ser enjaulado.
Elvira, a mi lado, tembló. Se apretó contra mi costado. Sus dedos se clavaron en mi brazo. No habló. No miró. Pero su cuerpo, rígido, tenso, escuchaba. Absorbía. Registraba cada palabra como una herida nueva.
—¿Qué dios? —susurré.
Idris escuchó. Cerró los ojos. La vibración de Kael-Amun cambió. Se volvió más grave. Más lenta. Más pesada. Como si cada palabra costara un esfuerzo físico, como si el sacerdote arrancara cada sílaba del fondo de un pozo sin fondo.
—Dice que el dios es anterior a todo. Al sol. A la tierra. Al tiempo. Que no creó el mundo. Que el mundo se creó a su alrededor. Como la corteza se forma en torno a una herida. Como la perla se forma en torno al grano de arena. Que el dios no es bueno ni malo. Que es. Que existe. Que espera.
—¿Espera qué?
Idris escuchó. Su rostro se tensó. Se oscureció. Una sombra le cruzó los ojos dorados, una sombra que no era miedo. Era comprensión. Era la certeza de entender algo que no quería entender.
—Espera ser liberado. Dice que lo sellaron. Que los primeros hombres, los que construyeron este templo, lo encerraron bajo la tierra. Bajo el oro. Bajo la puerta de bronce. Lo encerraron porque el dios no puede ser destruido. Solo contenido. Solo dormido. Solo olvidado.
—¿Y las minas? ¿El oro?
—El oro es la jaula. —Idris abrió los ojos.
Me miró. Y en su mirada vi el reflejo de mi propio horror—.
Las estatuas. Las que hemos visto. No son adornos.
No son tesoros. Son sellos. Cada estatua es un sello.
Cada figura de oro es una cadena. Juntas, forman la prisión.
El oro no es riqueza. Es cautiverio. Es la materia con la que los antiguos encadenaron a un dios.
Miré hacia las estatuas. Hacia las figuras doradas que rezaban con los ojos cerrados y las bocas abiertas. Hacia los hombres, las mujeres, los niños de oro macizo que brillaban con aquella luz enferma, interna, que no reflejaba nada externo.
No rezaban. Suplicaban. Suplicaban que alguien no despertara. Suplicaban que la jaula resistiera. Suplicaban que el traidor no viniera.
—¿Y vos? —pregunté, dirigiéndome a Kael-Amun. Mis palabras, en castellano, sonaron absurdas, pequeñas, en aquel espacio vasto y antiguo—. ¿Qué sois vos? ¿Por qué estáis aquí?
Idris tradujo. La vibración cambió. Se volvió más suave. Más triste. Más humana.
—Dice que era el guardián. El último de una orden de sacerdotes que custodiaba la tumba.
Que cuando los hombres olvidaron al dios, cuando los templos se derrumbaron, cuando las lenguas se extinguieron, él se quedó.
Se quedó porque alguien debía recordar. Alguien debía vigilar.
Alguien debía estar despierto cuando el traidor viniera.
—¿Cómo habéis sobrevivido? ¿Cómo es posible?
Idris escuchó. Su expresión cambió. Se volvió más compleja. Más difícil. Como si las palabras que Kael-Amun pronunciaba no tuvieran equivalente en ninguna lengua viva.
—Dice que no está vivo. No exactamente. No como vos y yo.
Dice que los rituales lo detuvieron. Que su cuerpo no envejece, no respira, no necesita alimento.
Que está entre la vida y la muerte. En un lugar que no tiene nombre.
Que los rituales lo mantienen así desde antes de que el primer hombre pusiera un pie en esta arena.
Desde antes de que el desierto existiera.
Treinta mil años. Cuarenta mil. Cien mil. No lo dijo. No hacía falta. La cifra se instaló en mi pecho como una piedra. Un ser que llevaba milenios inmóvil. Vigilando. Esperando. Con los ojos abiertos en la oscuridad. Con la mente despierta mientras el mundo cambiaba, moría, renacía, volvía a morir.
—¿Por qué ahora? —pregunté—. ¿Por qué os habéis despertado ahora?
La vibración de Kael-Amun se endureció. Se volvió cortante. Urgente.
—Porque la sangre ha regresado. —Idris traducía con la voz cada vez más tensa, más frágil—.
Porque los tres linajes están aquí. El guardián.
El sello. Y el traidor. Porque la puerta se ha abierto con sangre de rey.
Porque el ciclo se completa. Porque el dios ha sentido la sangre y ha comenzado a despertar.
—¿Qué ciclo? ¿Qué linajes?
Idris escuchó. Cerró los ojos. Cuando los abrió, estaban húmedos. Brillantes. Llenos de una emoción que no supe nombrar.
—Dice que hay tres sangres. Tres linajes que se entrelazan desde el principio.
El linaje del guardián: los que vigilan.
El linaje del sello: los que encierran. Y el linaje del traidor: los que intentan liberar.
Que los tres nacieron juntos. Que los tres morirán juntos.
Que solo uno puede sellar la tumba para siempre. Y solo uno puede abrirla.
—¿Y cuál es cuál?
Idris me miró. Un largo instante. Un instante en el que vi la respuesta formarse en sus ojos dorados. En el que vi el horror y la certeza y la aceptación luchar por el control de su rostro.
—El guardián es Kael-Amun. El traidor es Yusuf.
Y el sello —tragó saliva—, el sello somos nosotros.
Vos y yo. Sangre de reina y sangre de rey.
Los descendientes de los primeros sacerdotes que encerraron al dios.
Los únicos que pueden repetir el ritual.
Los únicos que pueden cerrar la puerta para siempre.
El silencio cayó sobre la cámara. Denso. Total. Un silencio que tenía peso, textura, sabor. Que me llenó los oídos como algodón empapado. Que me aplastó los hombros como una losa de piedra.
Yo. El sello. La descendiente de los primeros sacerdotes. La noble castellana que bordaba flores de seda y leía romances y lloraba por un halcón herido. La viuda de tres días. La asesina de un marinero. La cautiva sin cadenas.
El sello. La llave. La guardiana.
—No —murmuré. La palabra salió sola. Pequeña. Absurda—. No. Yo soy Mencía de Lara. Soy castellana. Soy cristiana. No soy descendiente de sacerdotes de un dios sin nombre. No soy un sello. No soy una llave. Soy una mujer. Solo una mujer.
Kael-Amun me miró. Las brasas de sus ojos brillaron. Y la vibración cambió. Se volvió suave. Casi tierna. Casi paternal.
—Dice que todos los sellos dicen lo mismo. Que todos los guardianes dicen lo mismo. Que la sangre no elige. Que la sangre es. Que no se puede ser otra cosa. Que no se puede huir.
—¿Y si me niego? ¿Y si no sello? ¿Y si no cierro la puerta?
Idris tradujo. Kael-Amun respondió. La vibración se volvió grave. Definitiva. Final.
—Entonces el dios despierta. Y si el dios despierta, no habrá puerta. No habrá oro. No habrá arena. No habrá mundo. Solo el dios. Solo el hambre. Solo la eternidad.
Elvira, a mi lado, emitió un sonido. Un gemido.
Bajo. Quebrado. Me giré. La niña estaba de rodillas.
Con las manos en el suelo. Con los ojos cerrados.
Con los labios moviéndose en una oración que no era cristiana.
Que no era musulmana. Que no pertenecía a ninguna fe que yo conociera.
Una oración más antigua. Más profunda. Más esencial.
—Elvira. —Me arrodillé junto a ella. Le tomé el rostro—. Elvira, miradme.
Abrió los ojos. Y en ellos, por un instante, vi algo que no era Elvira. Algo más antiguo. Más vasto. Algo que miraba a través de los ojos de una niña de catorce años como se mira a través de una ventana.
—La sangre recuerda —susurró. Con una voz que no era la suya—. La sangre siempre recuerda.
Después parpadeó. Y volvió. Volvió a ser Elvira. La niña asustada. La hermana pequeña. La que necesitaba que le cantara la canción del ruiseñor.
La abracé. La apreté contra mi pecho. Le cubrí la cabeza con las manos.
Fue entonces, el ruido.
Arriba. En la escalera. Pasos. Botas. Voces. El tintineo del metal. El choque de las armas. El rugido de hombres que descendían.
Yusuf.
Irrumpió en la cámara como una tormenta irrumpe en un valle. Con la cimitarra desenvainada. Con veinte mercenarios detrás. Con las antorchas ardiendo y las sombras danzando y la codicia brillándole en los ojos verdes.
—¡Aquí está! —bramó, señalando las estatuas de oro—. ¡El oro! ¡Las minas! ¡Lo sabía!
Se detuvo. Miró alrededor. Vio las estatuas. Vio el sarcófago. Vio las vendas de lino. Vio a Kael-Amun.
Luego se detuvo.
No con la pausa del hombre que evalúa. Con la parálisis del hombre que reconoce.
Del hombre que ve materializado el fantasma que lo ha perseguido durante décadas.
El fantasma que lo ha despertado a gritos en las noches de su infancia.
El fantasma que lo ha acompañado en cada pesadilla, en cada fiebre, en cada momento de oscuridad.
La cimitarra se le cayó de la mano. El metal golpeó la piedra con un tintineo que resonó en la cámara como una campana de difuntos.
—No —susurró Yusuf. Su voz, irreconocible. Quebrada. Infantil. La voz de un niño—. No. No puede ser. Vos. Vos sois el de mis sueños. El de las noches. El que me mira desde la oscuridad y dice traidor. El que me pone la mano en el pecho y dice pagarás.
Kael-Amun giró la cabeza. Lenta. Inexorable. Hacia Yusuf. Las brasas de sus ojos se clavaron en el capitán. Y la vibración cambió. Se volvió dura. Fría. Cortante como una hoja de obsidiana.
—Traidor —dijo. No Idris. No la vibración.
La palabra misma. En castellano. En un castellano perfecto, antiguo, con un acento que no pertenecía a ningún lugar ni a ningún tiempo—.
Hijo del traidor. Nieto del traidor. Semilla de la traición.
Has venido. Como vinieron tu padre. Y el padre de tu padre.
Y el padre del padre de tu padre. Generación tras generación.
Siglo tras siglo. Intentando abrir lo que no debe abrirse.
Intentando despertar lo que no debe despertar.
Yusuf retrocedió. Un paso. Dos. Tres. Su espalda chocó contra un mercenario.
El mercenario retrocedió. Y otro. Y otro.
Hasta que los veinte hombres estuvieron apiñados contra la pared de la escalera, con las antorchas temblando y las cimitarras olvidadas y los ojos fijos en la figura de lino que los miraba con aquellos ojos de brasa.
—No os tengo miedo —murmuró Yusuf. Pero su voz temblaba. Su cuerpo temblaba. Las manos, a los costados, se abrían y cerraban como las de un ahogado—. No os tengo miedo. Sois un cadáver. Un truco. Una ilusión.
Kael-Amun extendió la mano. Envuelta en lino. Hacia Yusuf. Y la vibración se volvió un latigazo. Un golpe invisible que hizo caer de rodillas a tres mercenarios. Que hizo sangrar la nariz de otros dos. Que obligó a Yusuf a inclinarse, a doblarse, a caer sobre una rodilla.
—No soy un cadáver —la vibración llenó la cámara, llenó los huesos, llenó la médula—.
Soy la memoria. Soy el testimonio. Soy el ojo que no se cierra.
Y tú, hijo del rey sin corona, vas a escuchar.
Vas a escuchar lo que tu padre no escuchó.
Lo que tu abuelo no escuchó. Lo que ningún traidor de tu sangre ha querido escuchar.
Yusuf alzó la mirada. Sus ojos verdes, normalmente fríos, calculados, dueños de todo lo que tocaban, estaban llenos de lágrimas. De terror. De una vulnerabilidad que nunca le había visto. Que nunca habría creído posible.
—El dios no os dará lo que buscáis —continuó Kael-Amun—.
No os dará un reino. No os dará venganza.
No os dará la corona que vuestro padre os negó.
El dios os dará lo que es. Hambre. Vacío.
Eternidad. Y cuando despierte, no habrá trono.
No habrá corona. No habrá Yusuf. Solo habrá el dios.
Y el dios tiene hambre. Y el hambre no se sacia. Nunca.
Yusuf se puso en pie. Temblando. Con las lágrimas surcándole las mejillas. Con la mandíbula apretada. Con los ojos clavados en Kael-Amun.
Y en su rostro, bajo el terror, bajo la vulnerabilidad, bajo las lágrimas, vi algo que me heló la sangre.
Determinación.
No se rendía. No iba a rendirse. El terror lo había golpeado, lo había arrodillado, lo había hecho llorar. Pero no lo había roto. No aún. No del todo.
—Entonces lo despertaré yo —murmuró Yusuf. Su voz, baja, rota, pero firme—. Aunque me cueste el alma. Aunque me cueste el mundo. Lo despertaré. Y le pediré lo que me deben. Y me lo dará. Porque soy el hijo del rey. Y lo que es mío, me pertenece.
Se giró hacia sus mercenarios. Alzó la mano.
—Saquead la cámara. Todo el oro. Todas las estatuas. Todo.
Kael-Amun giró la cabeza. Me miró. Las brasas de sus ojos se clavaron en las mías. Y la vibración, suave, urgente, desesperada, me llenó el cráneo:
Sellad la puerta. Antes de que toque el oro. Antes de que la codicia lo devore. Selladla. Con sangre. Con vuestra sangre. Antes de que sea demasiado tarde.
Yusuf dio un paso hacia la estatua más cercana. Extendió la mano.
Y el mundo contuvo el aliento.