CAPÍTULO 16. El secreto de la puerta
Corrimos.
No con la elegancia de quien huye en una novela de juglares.
No con la gracia de quien conoce el camino y confía en sus piernas.
Corrimos como animales. Como presas. Con el aliento roto, los pies tropezando, las manos arañando la oscuridad.
Elvira entre Idris y yo, con los dedos aferrados a mi muñeca y la mirada vacía, ausente, todavía atrapada en la tienda donde había visto lo que ninguna niña de catorce años debería ver.
La ciudad ardía. No toda. Solo el norte. El sur, donde los mercenarios celebraban con vino robado y canciones obscenas, estaba en penumbra. Y aquella penumbra era nuestra única aliada.
Idris nos guiaba. Conocía la ciudad. Los nativos lo habían llevado por las calles durante el día, le habían mostrado los pasadizos, las escaleras ocultas, los túneles bajo las casas de adobe. Conocía cada rincón. Cada sombra. Cada punto ciego donde un centinela no miraba.
—Por aquí —susurró, tirándome de la manga. Su voz, un hilo de aire. Apenas un roce de sonido contra la oscuridad—. Hay un pasadizo bajo la torre del este. Conduce a la plaza de la puerta.
—¿Y los guardias?
—Dos. En la entrada de la plaza. Los evitaré.
—¿Cómo?
Idris no respondió. Su mandíbula se tensó.
Sus manos, aún marcadas por las cuerdas, se cerraron en puños.
Y en la oscuridad, sus ojos dorados brillaron con una luz que no era reflejo.
Era determinación. Era hambre. Era la furia contenida de un hombre que había matado a siete y quería matar a cuarenta más.
—No —le corté. Le apreté el antebrazo—. No. No más muertes. No esta noche. Pasamos en silencio o no pasamos.
Me miró. Un instante. Largo. Tenso. Después asintió. Un gesto mínimo. Casi imperceptible.
Pasamos. De sombra en sombra. De muro en muro.
Con los pies descalzos sobre la tierra fría, con los cuerpos pegados a las paredes de adobe, con la respiración contenida hasta que los pulmones ardían.
Elvira no hacía ruido. No lloraba. No respiraba casi.
Caminaba como un autómata, con los pies moviéndose por voluntad propia, con los ojos fijos en un punto que solo ella veía.
Los dos guardias dormitaban junto a una hoguera.
Sus cabezas caían sobre los pechos. Las cimitarras apoyadas contra la pared.
Los odres de vino vacíos a sus pies. Idris los rodeó.
Con una lentitud felina, casi sobrenatural.
Un paso. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis.
Pasamos. Sin un sonido. Sin un roce. Sin un aliento.
La plaza. La puerta de bronce.
Allí estaba. En el centro de la plaza vacía, rodeada de máscaras rotas y ceniza y el olor dulzón de la sangre seca. Brillaba bajo la luz de las estrellas. Con sus inscripciones. Con sus serpientes talladas. Con su frío que irradiaba como un aliento de invierno en pleno desierto.
Me acerqué. Elvira se detuvo. Idris se detuvo. Los tres ante la puerta. Los tres en silencio. El aire, en torno al bronce, era distinto. Más denso. Más antiguo. Con un sabor metálico que se instalaba en la lengua y no se iba.
—La puerta exige sangre —murmuré. Las palabras del anciano resonándome en el cráneo—. Sangre de rey. Sangre del Mansa.
Idris me miró. Asintió. Se acercó a la puerta. Extendió la mano. Se mordió el pulgar. Apretó. La sangre brotó. Roja. Oscura. Brillante bajo la luz de las estrellas.
La apoyó contra el bronce.
El mundo se detuvo.
No fue un sonido. No fue un temblor. Fue una vibración. Una frecuencia que no se oía con los oídos sino con los huesos. Con la médula. Con el fondo del cráneo. Una vibración que subió desde la tierra, desde las raíces de la montaña, desde un lugar tan profundo que no tenía nombre.
Las inscripciones brillaron. No con luz.
Con oscuridad. Una oscuridad que se movía, que fluía por los surcos tallados como agua por un cauce.
Las serpientes de bronce parecieron retorcerse.
Las figuras talladas abrieron los ojos. O eso me pareció.
En la penumbra, con el corazón latiéndome en la garganta, no estaba segura de nada.
La puerta se abrió.
No con un chirrido. No con un crujido. Con un suspiro. Un suspiro largo, profundo, antiguo, como el de un ser que lleva siglos conteniendo el aliento y al fin, al fin, puede exhalar. Las dos hojas de bronce se separaron. Lento. Inexorable. Revelando una escalera que descendía hacia la oscuridad.
Una escalera de piedra negra. Con peldaños desgastados por pies que no habían caminado en milenios.
Con las paredes cubiertas de las mismas inscripciones que la puerta.
Con un aire que subía desde abajo. Frío.
Seco. Con un olor que no era tierra ni metal ni muerte.
Era algo más. Algo que no tenía nombre en ninguna lengua viva.
—Bajamos —murmuró Idris.
—Bajamos.
Elvira no habló. No protestó. Se limitó a apretarme la mano y seguir. Con los ojos vacíos. Con los pies moviéndose. Con el cuerpo presente y el alma ausente.
Descendimos.
Diez peldaños. Veinte. Cincuenta. Cien. La escalera se hundía en la montaña con una pendiente suave, constante, que no variaba ni un grado. Las paredes se estrechaban. El aire se enfriaba. La oscuridad se espesaba hasta volverse tangible, sólida, como si pudiera cortarse con un cuchillo.
Entonces, la cámara.
La escalera terminó en un espacio abierto. Enorme. Tan enorme que no veía las paredes. Tan alto que el techo se perdía en una negrura sin fondo. Y en el centro, iluminado por una luz que no tenía fuente, que no venía de ninguna parte y venía de todas, estaba el oro.
Estatuas. Decenas. Cientos. Estatuas de oro macizo, de tamaño natural, representando figuras humanas.
Hombres. Mujeres. Niños. Con los brazos extendidos.
Con las bocas abiertas. Con los ojos cerrados.
Como si rezaran. Como si gritaran. Como si suplicaran.
El oro brillaba con una luz propia, interna, que no reflejaba nada externo.
Una luz cálida, enferma, que teñía la piel de amarillo y hacía que las sombras se movieran en direcciones imposibles.
—No toquéis nada —susurré. La voz me salió ronca, ajena—. No toquéis el oro.
Idris asintió. Elvira no reaccionó. Seguía ausente. Seguía lejos.
Caminamos entre las estatuas. Con los pies descalzos sobre un suelo de piedra pulida, negra, que reflejaba las figuras doradas como un espejo oscuro.
Con el aire helado mordiendo la piel. Con el silencio tan denso que podía oír la sangre circulando por mis venas, el latido del corazón de Idris a tres pasos de distancia, la respiración superficial de Elvira.
Y al fondo. Al fondo de la cámara. Más allá de las estatuas. Más allá del oro.
El sarcófago.
De obsidiana. Negro. Absoluto. Un bloque de piedra volcánica de dos varas de largo y una de alto, sin tapa visible, sin inscripciones, sin adornos.
Solo la superficie lisa, pulida, que absorbía la luz en lugar de reflejarla.
Que tragaba la claridad y no devolvía nada.
Un vacío con forma. Una ausencia con volumen.
Me detuve. Idris se detuvo. Elvira, por primera vez desde la masacre, reaccionó.
Se apretó contra mi costado. Me clavó los dedos en el brazo.
Abrió la boca. No habló. Pero sus ojos, por un instante, volvieron.
Volvieron del lugar vacío donde se habían refugiado.
Y en ellos vi terror. Puro. Simple. Infantil.
El terror de una niña que ve algo que no debería existir.
—No os acerquéis —murmuré.
Pero el sarcófago nos llamó.
No con sonido. No con voz. Con una presión.
Una presión en el centro del pecho, en la base del cráneo, en el fondo del vientre.
Una atracción que no era física. Era más antigua.
Más profunda. Como la gravedad, pero invertida.
Como si el sarcófago no tirara de nosotros hacia él, sino que nos empujara hacia sí mismo desde dentro.
Desde un lugar que no era el cuerpo. Que era el alma.
Di un paso. Idris me agarró del brazo.
—Mencía. No.
—Lo siento. ¿Lo sentís? ¿La presión?
—La siento. Y por eso no debemos acercarnos.
Elvira tiró de mi mano. Me arrastró un paso atrás. Dos. Tres. Su boca se abrió. Y esta vez, habló. Con una voz que no era la suya. Que era más grave. Más antigua. Más vacía.
—No es un hombre.
La miré.
—¿Qué?
—Lo que hay dentro. No es un hombre. No es un muerto. No es un dios. Es algo que estaba aquí antes de que la tierra tuviera nombre. Antes de que el sol existiera. Antes de que el primer ser abriera los ojos y viera el cielo.
—Elvira. ¿Qué estáis diciendo?
No respondió. Cerró la boca. Cerró los ojos. Se acurrucó contra mí. Volvió a ausentarse. Volvió a irse al lugar vacío.
Después, el sarcófago se abrió.
No con un crujido. No con un golpe. Con una exhalación.
Un suspiro de aire frío, antiguo, que brotó de la junta entre la tapa y el cuerpo como el aliento de un cadáver que lleva siglos conteniendo la respiración.
La tapa de obsidiana se deslizó. Lenta. Inexorable.
Con un sonido de piedra contra piedra que me vibró en los dientes, en las costillas, en la médula.
Y del interior, emergió una figura.
Envuelta en vendas de lino. Blancas. Amarillentas.
Resecas por los siglos. Pegadas a un cuerpo que no debía existir.
Que no podía existir. Un cuerpo alto, delgado, con las proporciones de un hombre, pero la inmovilidad de una estatua.
Las vendas cubrían todo. El rostro. Las manos.
Los pies. Solo los ojos estaban visibles.
Dos aberturas en el lino. Dos huecos por donde asomaban dos puntos de luz.
No ojos. Brasas. Brasas rojas, anaranjadas, que brillaban con una intensidad que no pertenecía a ningún ser vivo.
Que no pertenecía a ningún fuego. Una luz interna, antigua, paciente, que me miró.
Que nos miró. Que me recorrió de arriba abajo con una atención que no era curiosidad. Era reconocimiento.
La figura se incorporó. Lenta. Con la rigidez de quien lleva milenios inmóvil. Las vendas crujieron. El polvo cayó. El aire se enfrió diez grados. Las estatuas de oro parecieron estremecerse, como si temblaran. Como si rezaran. Como si suplicaran.
La figura giró la cabeza. Hacia Idris. Hacia mí. Hacia Elvira. Y habló.
No con la boca. No con sonido. Con una vibración que se instaló en el cráneo, en los huesos, en el fondo del alma. Una vibración que no era palabra pero significaba. Que no era lengua pero comunicaba. Una vibración que decía:
Al fin.
Al fin habéis venido.
Al fin la sangre ha regresado.
Idris cayó de rodillas. No de miedo. De reconocimiento.
De algo más hondo que el miedo. Su boca se movió.
Formó una palabra en aquella lengua que solo él conocía.
Una palabra que no supe traducir. Que no necesitaba traducir.
Porque la sentí. Porque la vibración me la tradujo directamente al hueso, a la sangre, a la memoria.
La palabra significaba: Padre.
No. No padre. Algo más antiguo. Algo más vasto. Algo que no tenía equivalente en castellano ni en latín ni en lengua alguna forjada por la boca del hombre.
La figura extendió la mano. Envuelta en lino. Con los dedos largos, huesudos, que crujían al moverse. Señaló hacia mí. Hacia mi pecho. Hacia el lugar donde el mapa de Fray Anselmo ardía contra la piel.
Pero la vibración cambió. Se volvió más profunda. Más urgente. Más hambrienta.
La guardiana ha vuelto. La puerta debe sellarse. La sangre debe derramarse. Y el traidor debe pagar.
Las brasas de sus ojos se clavaron en las mías. Y en aquella mirada, en aquella luz antigua, paciente, infinita, vi algo que me heló la sangre. No maldad. No locura. No hambre.
Tristeza. Una tristeza tan antigua, tan profunda, tan vastamente acumulada, que hacía que la mía, la de Rodrigo, la de Elvira, la de todos los muertos del patio de los arrayanes, pareciera una gota en un océano sin fondo.
La figura abrió la boca. El lino se rasgó. Y detrás, no había dientes. No había lengua. No había garganta. Solo oscuridad. Una oscuridad que respiraba. Que esperaba. Que contaba.
Y en el silencio de la cámara, entre las estatuas de oro que rezaban y el sarcófago vacío que exhalaba frío, comprendí con una claridad terrible, absoluta, que lo que acababa de despertar no era un enemigo. No era un aliado. No era un dios ni un demonio ni un hombre.
Era un testigo.
Un testigo que llevaba siglos esperando. Esperando a que la sangre regresara. Esperando a que la puerta se abriera.
Esperando a que el traidor viniera.
Pero ahora, al fin, podía hablar.
Y lo que tenía que decir iba a cambiarlo todo.