CAPÍTULO 15. La masacre de los inocentes
El sol salió. Y con él, la muerte.
No hubo aviso. No hubo trompeta ni grito de guerra ni ultimátum repetido. Yusuf no necesitaba ceremonias. No necesitaba justificaciones. Salió de la tienda con la cimitarra desenvainada, señaló a los ancianos con la punta del filo, y dijo una sola palabra.
—Ahora.
Los cuarenta mercenarios se lanzaron.
El primer grito fue de mujer. Agudo. Desgarrado.
Procedente de una de las casas de adobe, donde una madre sostenía a un niño contra el pecho.
El grito se cortó a la mitad. El silencio que siguió fue peor.
Después, otro grito. Y otro. Y otro. Hasta que los gritos se convirtieron en un coro, en una sinfonía de horror que llenó la plaza, las calles, el aire, el cielo, todo, todo saturado de un sonido que no era humano, que no podía serlo.
—¡No!
Corrí. Hacia Yusuf. Hacia los mercenarios.
Hacia cualquier cosa que pudiera detener aquello.
Las piernas me llevaban antes de que la mente pudiera detenerlas.
La boca abierta en un grito que no era palabra, que no era súplica, que era un sonido animal, primitivo, arrancado del fondo de las entrañas.
—¡Deteneos! ¡En nombre de Dios, deteneos!
Yusuf me vio venir. No se apartó. No retrocedió. Esperó. Con la cimitarra baja, con los ojos verdes fijos en mí, con aquella sonrisa torcida que me helaba la sangre.
Me detuve ante él. Jadeando. Con las manos extendidas. Con la voz rota.
—No podéis hacer esto. Son inocentes. Son ancianos. Son niños. No podéis.
—Puedo. —Dos palabras. Planas. Sin peso. Sin emoción—. Puedo y lo hago. Y vos, señora de Lara, vais a mirar.
—No voy a mirar.
—Entonces miraréis desde el suelo.
El golpe llegó sin aviso. El dorso de la mano contra mi mejilla. Un revés que me cruzó la cara con la fuerza de un mazo. Caí. El sabor de la sangre me llenó la boca. El mundo giró. Se detuvo. Se volvió a poner en pie.
Yusuf me agarró del cabello. Tiró. Me arrastró por la tierra hasta un poste de madera, uno de los postes donde colgaban las máscaras. Me ató. Con cuerdas de cáñamo, apretadas, que me mordieron las muñecas hasta el hueso.
—Mirad —ordenó. Su voz, baja, íntima, casi tierna—. Mirad y aprended. Esto es lo que ocurre cuando me dicen que no.
Se alejó. Se giró hacia la masacre. Alzó la cimitarra. Y la carnicería continuó.
Vi. Dios me perdone, vi.
Vi a un mercenario arrancar una máscara del rostro de una mujer y después arrancarle la garganta con la misma mano.
Vi a otro perseguir a un niño entre las casas de adobe, riendo, con la cimitarra goteando.
Vi a tres hombres arrastrar a un anciano fuera de su casa y golpearlo contra el suelo hasta que el cráneo cedió con un sonido que no quiero recordar.
Vi la sangre en la tierra roja. Vi las máscaras caer al suelo, pisoteadas, rotas.
Vi el fuego. Las primeras llamas lamiendo los techos de paja.
El humo elevándose hacia un cielo indiferente.
Y no pude hacer nada. Nada. Atada al poste. Con las muñecas sangrando. Con la boca llena de mi propia sangre. Con los ojos abiertos. Porque Yusuf me había obligado a abrirlos. Porque cerrarlos significaba más muerte. Más dolor. Más Elvira.
Idris.
Lo vi desde el poste. Lo vi en el momento en que algo dentro de él se quebró.
No fue un grito. No fue una palabra. Fue un sonido.
Un rugido. Bajo. Profundo. Animal. Un sonido que no salía de la garganta sino del vientre, del pecho, de la médula.
Un sonido de león. De bestia herida. De príncipe al que le han robado todo y ya no tiene nada que perder.
Las cadenas. Los mercenarios lo habían encadenado al trono de madera.
Lo habían atado con cuerdas y grilletes.
Pero Idris tiró. Tiró con una fuerza que no era humana.
Que no pertenecía a un hombre con la espalda destrozada y las muñecas marcadas y tres semanas de hambre y sed.
Tiró con la fuerza de la sangre del Mansa.
Con la fuerza de un reino entero concentrada en dos brazos, en dos hombros, en una voluntad de hierro.
Las cuerdas se rompieron. Los grilletes cedieron. La madera del trono se astilló.
Y Idris se lanzó.
No contra Yusuf. Contra los mercenarios. Contra los hombres que mataban. Contra las cimitarras que brillaban bajo el sol. Se lanzó con las manos desnudas, porque no tenía arma. Con los dedos. Con los puños. Con los dientes. Con todo lo que un cuerpo humano puede convertir en filo.
El primer mercenario cayó con el cuello roto.
Idris le arrancó la cimitarra de la mano antes de que el cuerpo tocara el suelo.
Y con aquella cimitarra, con aquel filo robado, se convirtió en algo que no era hombre.
Era tormenta. Era venganza. Era la furia de un continente entero concentrada en un solo brazo.
Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Siete.
Siete mercenarios cayeron bajo la cimitarra de Idris.
Siete cuerpos que se desplomaron sobre la tierra roja, sobre las máscaras rotas, sobre la sangre de los inocentes.
Siete gargantas abiertas. Siete pechos atravesados.
Siete ojos que se apagaron con una expresión de sorpresa, de incredulidad, como si no pudieran creer que un esclavo encadenado los estaba matando.
—¡A él! —bramó Yusuf—. ¡A él! ¡Todos!
Los mercenarios restantes se giraron. Veinte.
Veinticinco. Se lanzaron contra Idris como una jauría contra un lobo solitario.
Lo golpearon. Lo patearon. Lo apuñalaron en el hombro, en el muslo, en la espalda.
Idris rugió. Cayó de rodillas. Se levantó.
Cayó de nuevo. La cimitarra se le escapó de los dedos.
Las manos se le llenaron de sangre propia.
Lo redujeron. Lo aplastaron contra el suelo. Le pusieron las rodillas en la espalda, en el cuello, en las muñecas. Le ataron de nuevo. Con más cuerdas. Con más cadenas. Con más peso.
Idris dejó de luchar. Su rostro, contra la tierra, estaba cubierto de sangre. De sudor. De lágrimas. Sus ojos, dorados, desorbitados, me buscaron. Me encontraron. Atada al poste. Inmóvil. Impotente.
En su mirada no había reproche. No había decepción. Solo una pregunta muda, desesperada: ¿Estáis viva? ¿Estáis entera?
Asentí. Un gesto mínimo. Casi invisible. Pero él lo vio. Y cerró los ojos. Y dejó de luchar.
Elvira.
La encontré después. Cuando Yusuf ordenó desatarme. Cuando la masacre terminó. Cuando el silencio cayó sobre la ciudad como una mortaja.
Elvira estaba en una tienda. Escondida. Acurrucada en un rincón, con las manos sobre los ojos, con el cuerpo sacudido por espasmos que no eran llanto. No lloraba. No gritaba. No se movía. Solo temblaba. Un temblor fino, constante, que le recorría la columna como una corriente eléctrica.
—Elvira. Elvira, miradme.
No respondió. No me miró. Sus manos seguían sobre los ojos. Sus labios se movían. Murmurando algo. Repitiendo algo. Me acerqué. Le aparté las manos.
Sus ojos. Vacíos. No vacíos de vida. Vacíos de infancia. Vacíos de la niña que perseguía gatos en el patio de los arrayanes. Vacíos de la niña que reía con cascabeles y me pedía que le contara historias del jardín.
—No cierres los ojos —susurró. Su voz, un hilo. Un sonido que no pertenecía a una niña de catorce años—. No cierres los ojos, Mencía. Si los cierras, los ves. Si los cierras, los oyes. El sonido. El sonido de las cabezas. El sonido de los niños.
La abracé. La apreté contra mi pecho. Le cubrí la cabeza con las manos. Le canté. La canción del ruiseñor. La canción de madre. Con la voz rota, con las lágrimas cayéndome por las mejillas, con la sangre seca en las manos y el horror pegado a la retina.
Elvira no dejó de temblar. No dejó de murmurar. No volvió a mirarme.
Algo se había roto en ella. Algo que no tenía reparación. Algo que ninguna canción, ningún abrazo, ninguna promesa de hermana mayor podría reconstruir. La infancia. La inocencia. La certeza de que el mundo tenía bordes seguros y que los adultos protegían y que el sol siempre volvía.
Se había roto. Y yo no había podido evitarlo. Atada al poste. Con los ojos abiertos. Mirando.
El anciano me encontró al caer la tarde.
La masacre había terminado. Los mercenarios celebraban. Bebían. Reían. Limpiaban las cimitarras con trapos empapados en sangre. Yusuf se había retirado a su tienda. La ciudad ardía. No toda. Solo las casas del norte. El humo se elevaba en columnas negras contra un cielo teñido de naranja.
Yo estaba junto al poste. Desatada, pero inmóvil. Con las muñecas en carne viva. Con la mirada perdida. Con Elvira dormida —o inconsciente— en mi regazo.
El anciano se arrastró hacia mí. El anciano de la máscara de bronce.
El que había hablado con Idris. El que se había negado ante Yusuf.
Estaba herido. Una cimitarra le había abierto el vientre.
Las tripas asomaban entre los jirones de tela, brillantes, húmedas, obscenas.
Se arrastraba dejando un surco rojo en la tierra.
Un surco largo. De diez varas. De quince.
Un surco de determinación que me heló la sangre.
Se detuvo ante mí. Alzó la mano. Me tocó la rodilla. Sus dedos, fríos, temblorosos, se aferraron a mi piel.
—Escuchad —jadeó. La sangre le burbujeaba entre los labios. Los ojos, tras la máscara agrietada, brillaban con una urgencia que la muerte no había logrado apagar—. La puerta. La puerta de bronce.
—No habléis. Perderéis la sangre.
—La sangre ya se ha perdido. Escuchad. —Me apretó la rodilla. Con una fuerza sorprendente. Desesperada—. La puerta no conduce a las minas. No hay minas. No hay oro. El oro es la jaula. La cerradura. La mentira que guarda la verdad.
—¿Qué verdad?
—Debajo duerme lo que estaba antes. Antes del oro. Antes de la arena. Antes del hombre. Un dios. Un dios antiguo. Sin nombre. Sin forma. Sin misericordia. Un dios que no duerme. Que espera. Que cuenta los días. Que cuenta las sangres.
—¿Qué sangre?
—La sangre de tres. Tres linajes. Tres guardianes. Uno que guarda. Uno que sella. Uno que traiciona. —Tosió. La sangre le salpicó los labios—. Yusuf. Yusuf es el traidor. El heredero del traidor. El que lleva generaciones intentando abrir la puerta. Intentando despertar lo que duerme.
—¿Por qué?
—Porque el dios promete. Promete poder. Promete un reino. Promete la venganza. Y Yusuf, hijo del rey sin corona, quiere su reino. Quiere su venganza. Y pagará el precio. Aunque el precio sea el mundo.
El anciano se desplomó. La cabeza contra la tierra. Los dedos aflojándose en torno a mi rodilla. La máscara de bronce se deslizó de su rostro y cayó al suelo con un tintineo metálico. Detrás, un rostro humano. Arrugado. Cansado. Con los ojos cerrados y una expresión de alivio que me partió el alma.
Murió. Allí. A mis pies. Con las tripas al aire y la sangre empapando la tierra roja y las máscaras rotas observando desde el suelo con sus ojos vacíos.
Me quedé inmóvil. Con Elvira en el regazo. Con el cadáver del anciano a mis pies. Con el humo llenándome las fosas nasales. Con las palabras del moribundo resonándome en el cráneo como una campana.
Un dios. Debajo de la puerta. Debajo del oro. Debajo de todo.
Un dios que esperaba.
Y Yusuf, hijo bastardo de un rey muerto, quería despertarlo.
Miré hacia la puerta de bronce. A lo lejos. En el centro de la ciudad en llamas. Brillando bajo el resplandor del fuego. Con sus inscripciones antiguas. Con sus serpientes talladas. Con su frío que subía por los dedos y se instalaba en la base del cráneo.
La puerta exigía sangre. Sangre de rey. Sangre de reina.
Idris. Hijo del Mansa. Sangre de rey.
Pero yo. Mencía de Lara. ¿Sangre de reina?
No lo sabía. No aún. Pero lo sabría. Porque la puerta me llamaba.
Porque el dios de debajo contaba los días.
Porque Yusuf contaba las sangres. Y porque yo, con el cuchillo de obsidiana cosido al dobladillo y el mapa de Fray Anselmo ardiéndome contra el pecho, no iba a permitir que ningún pirata sin corona despertara lo que debía seguir dormido.
Aunque tuviera que sellar la puerta con mi propia sangre. Aunque tuviera que convertirme en la guardiana que el anciano describió.
Aunque tuviera que morir.
El fuego crepitó. Las máscaras observaron. Y la noche, larga como una condena, se tragó lo que quedaba de la ciudad de los espíritus de la tierra.