CAPÍTULO 14. La ciudad de las máscaras
La vi antes de que la caravana la alcanzara.
Un destello. En el horizonte, donde el Sahel se ondulaba en colinas de tierra roja y hierba seca, algo brillaba. No el brillo del sol sobre la arena. No el reflejo del agua. Un brillo distinto. Metálico. Antiguo. Como si la tierra misma hubiera abierto un ojo y nos observara desde la distancia.
Al acercarnos, el destello se convirtió en forma. En volumen. En ciudad.
Una ciudad que no figuraba en ningún mapa.
Que no aparecía en las crónicas de Marco Polo ni en los relatos de los mercaderes que cruzaban el Sáhara.
Una ciudad construida en adobe rojo y piedra negra, con torres que se alzaban como dedos huesudos hacia un cielo sin nubes.
Con murallas de barro cocido que brillaban con vetas de mineral, de cobre quizás, o de algo más antiguo, más oscuro, que no supe nombrar.
Y máscaras. Máscaras por todas partes. Talladas en la piedra de las murallas.
Pintadas en las fachadas. Colgando de postes de madera en las calles.
Máscaras de madera, de hueso, de arcilla, de bronce.
Máscaras con cuernos. Con colmillos. Con ojos vacíos que parecían seguirte.
Con bocas abiertas en gritos silenciosos o en sonrisas que no eran sonrisas.
La caravana se detuvo ante la puerta principal. Un arco de piedra negra, de tres varas de altura, flanqueado por dos figuras talladas: hombres con cuerpos de serpiente y cabezas de halcón, con las alas extendidas y las garras cerradas sobre esferas de bronce.
—Qué lugar es este —murmuró Elvira, aferrada a mi brazo. Su voz, un hilo de asombro y miedo.
—No lo sé.
Pero lo intuía. Lo sentía en la piel. En el vello de la nuca.
En el latido acelerado del corazón. Aquella ciudad no era un asentamiento.
No era un mercado. No era un refugio. Era un templo.
Un templo disfrazado de ciudad. Un lugar donde lo sagrado y lo cotidiano se entrelazaban como las raíces de una palmera.
Los habitantes salieron a recibirnos.
No con miedo. No con hostilidad. Con una calma ceremonial que me heló la sangre.
Hombres y mujeres de piel oscura, alta, con los cuerpos pintados con líneas blancas y rojas que formaban geometrías complejas.
Con collares de hueso y cuentas de vidrio.
Con los rostros cubiertos por máscaras de madera tallada: máscaras de antílope, de cocodrilo, de búho, de algo que no tenía nombre en ninguna lengua que yo conociera.
Se detuvieron ante la caravana. En silencio. Observando. Sus ojos, visibles a través de las rendijas de las máscaras, nos recorrieron con una atención que no era curiosidad. Era reconocimiento. Era evaluación. Era juicio.
Fue cuando vieron a Idris.
El príncipe estaba encadenado al camello de carga, como siempre. Con los grilletes en las muñecas. Con la cuerda al cuello. Con la espalda vendada, supurante. Con la cabeza baja, agotada. Un esclavo. Un animal de tiro. Un cuerpo roto.
Pero lo vieron.
Y el mundo cambió.
Un murmullo recorrió la multitud. Un sonido que creció como una ola, de garganta en garganta, de máscara en máscara. Un sonido que no era palabra. Era canto. Era rezo. Era una vibración que salía del pecho y subía por la garganta y se escapaba por la boca como un aliento caliente.
Los habitantes cayeron de rodillas. Todos. Al unísono. Como un campo de trigo ante el viento. Las máscaras se inclinaron. Las manos tocaron la tierra. Y el canto se elevó, lleno, total, una armonía de voces graves y agudas que llenó el aire como el tañido de una campana enorme.
—Idris —susurré. Le toqué el hombro—. Idris, mirad. Mirad lo que hacen.
El príncipe alzó la cabeza. Vio. Y en su rostro, bajo el agotamiento, bajo el dolor, bajo diez días de cadenas y latigazos y sed, algo se rompió.
Algo se abrió. Una grieta en la armadura.
Una fisura por donde brotó una emoción que no era alegría.
Era algo más hondo. Más antiguo. Reconocimiento. Pertenencia. Hogar.
—Me conocen —murmuró. Su voz, apenas audible. Quebrada—. Me conocen.
Un anciano se adelantó. Más alto que los demás. Con una máscara de bronce que representaba un rostro humano estilizado, con ojos almendrados y labios gruesos. Un bastón de madera negra en la mano derecha. Un collar de dientes de león en torno al cuello.
Se detuvo ante Idris. Lo miró. Un largo instante. Después alzó el bastón y golpeó tres veces contra el suelo. Un sonido seco, definitivo, que silenció el canto.
Habló. En una lengua que no reconocí. Musical. Gutural. Con vocales largas y consonantes que chasqueaban como piedras al golpearse.
Idris respondió. En la misma lengua. Con una fluidez que me sorprendió. Con una voz que no era la del esclavo encadenado, sino la del príncipe que había sido. La del hijo del Mansa. La del heredero.
El anciano asintió. Se giró hacia la multitud. Alzó el bastón. Y habló. La multitud respondió con un rugido. Un rugido de celebración. De bienvenida. De alegría contenida durante demasiado tiempo.
—¿Qué dice? —pregunté a Idris.
El príncipe me miró. Y en sus ojos dorados, bajo las lágrimas que no se atrevía a derramar, vi una sonrisa. Pequeña. Frágil. Real.
—Dice que la sangre del Mansa ha regresado. Que el hijo perdido ha vuelto a la tierra de sus padres. Que los espíritus de la tierra han cumplido su promesa.
Los habitantes se acercaron. Con manos extendidas.
Con ofrendas: frutas, agua, telas de colores.
Desataron las cadenas de Idris. Los grilletes cayeron al suelo con un tintineo que sonó a liberación.
La cuerda del cuello se soltó. Y el príncipe de Malí, libre por primera vez en semanas, se puso en pie.
Erguido. Con la columna recta. Con la barbilla alzada.
Con la espalda destrozada y las muñecas marcadas y los ojos brillando como oro líquido.
Un príncipe. Al fin. De nuevo.
Me observó desde aquella altura nueva, aquella altura de hombre libre, y extendió la mano. Un gesto. Mínimo. Sencillo. Ven.
La tomé. Sus dedos se cerraron en torno a los míos. Y caminamos juntos hacia la ciudad. Hacia las máscaras. Hacia el canto. Hacia lo desconocido.
La ciudad me tragó.
No con violencia. Con ceremonia. Con una lentitud ritual que me obligó a caminar despacio, a observar, a absorber.
Las calles eran estrechas, de tierra apisonada, flanqueadas por muros de adobe pintados con símbolos que no lograba descifrar: espirales, ojos, manos abiertas, figuras que podían ser hombres o dioses o ambas cosas.
Elvira caminaba a mi lado, con los ojos enormes, la boca entreabierta. Una niña de catorce años en una ciudad de máscaras. Un cordero en un templo de lobos. Le apreté la mano. Le susurré que no tuviera miedo. Que yo estaba aquí. Que los Lara no temblaban ante lo desconocido.
Mentira. Temblaba. Pero Elvira no necesitaba saberlo.
Fue al caer la tarde cuando la vi.
En el centro de la ciudad, en una plaza circular rodeada de torres, había una estructura.
Una puerta. No una puerta cualquiera. Una puerta de bronce.
De dos hojas, de tres varas de altura, cubiertas de inscripciones.
De símbolos. De figuras talladas que se entrelazaban como serpientes, como raíces, como venas.
Una puerta que no conducía a ninguna casa.
Que no tenía edificio detrás. Solo la roca. La montaña. La tierra viva.
Una puerta que conducía hacia abajo.
Me acerqué. Los dedos me hormigueaban. El aire en torno a la puerta era distinto.
Más frío. Más denso. Con un olor que no era incienso ni tierra ni metal.
Era algo más antiguo. Más profundo. Un olor que se instalaba en la base del cráneo y provocaba un vértigo leve, como el de asomarse a un pozo sin fondo.
Las inscripciones. Las toqué con las yemas de los dedos.
No eran árabes. No eran latinas. No eran ninguna escritura que hubiera visto en la biblioteca de Rodrigo, en los tratados de Plinio, en las crónicas de los mercaderes.
Eran más antiguas. Más primitivas. Más esenciales.
Como si alguien hubiera tallado los símbolos antes de que existiera la escritura.
Antes de que existiera el lenguaje. Antes de que existiera el hombre.
—No toquéis.
La voz del anciano. A mi espalda. Me giré. El anciano de la máscara de bronce me observaba con una intensidad que me obligó a retirar la mano.
—La puerta no es para manos extranjeras —murmuró, en un castellano torpe, aprendido quizás de mercaderes, quizás de misioneros perdidos como Fray Anselmo—. La puerta exige sangre. Sangre de la tierra. Sangre del Mansa.
—¿Qué hay detrás?
El anciano me miró. Un largo instante. Después señaló hacia abajo. Hacia la roca. Hacia la oscuridad que la puerta protegía.
—Lo que estaba antes. Lo que estará después. Lo que no debe despertar.
Se alejó. Su bastón golpeó la tierra tres veces.
Y me quedé sola ante la puerta de bronce, con el frío subiéndome por los dedos, con el corazón latiéndome en la garganta, con la certeza de que aquella puerta guardaba algo que Yusuf buscaba.
Algo que las minas de oro escondían. Algo que Fray Anselmo había intentado decirme antes de que la víbora le cerrara la boca.
Yusuf llegó al anochecer.
No entró en la ciudad con la reverencia de los habitantes. No se arrodilló ante las máscaras. No inclinó la cabeza ante el canto. Entró como lo que era: un conquistador. Un hombre con cuarenta mercenarios armados y una voluntad de hierro y una sonrisa que no alcanzaba los ojos.
Se plantó en la plaza. Ante los ancianos. Ante la puerta de bronce. Ante Idris, que lo observaba desde la altura de un trono de madera que los nativos le habían ofrecido.
—Las minas —exigió Yusuf. Sin preámbulo. Sin cortesía. Sin la paciencia del negociador—. Decidme dónde están. Las minas de oro del Mansa. Sé que están aquí. Sé que esta ciudad las guarda. Decidme dónde.
El anciano de la máscara de bronce lo miró. Con una calma que no era indiferencia. Era desafío. Era la calma de quien sabe que la verdad es un arma más poderosa que cualquier cimitarra.
—No hay minas de oro.
—No me mintáis.
—No miento. No hay minas. Hay una tumba. Una tumba que el oro sella. Una tumba que la codicia protege. Y ningún hombre vivo la abrirá.
Yusuf sonrió. Aquella sonrisa. Torcida. Lenta. De depredador que ha acorralado a la presa y saborea el momento antes del mordisco.
—Entonces la abriré yo.
—No podéis. La puerta exige sangre de rey. Sangre del Mansa. Sin ella, la puerta no cede. Y el príncipe no os la dará.
Yusuf miró a Idris. Idris sostuvo la mirada. Un instante. Dos. Tres. Un duelo silencioso entre dos voluntades, dos orgullos, dos hambres.
—El príncipe —murmuró Yusuf, con una suavidad que me heló la sangre— hará lo que yo ordene. Porque el príncipe es mi esclavo. Y los esclavos no eligen.
—El príncipe es hijo del Mansa. No es esclavo de nadie.
—Es lo que yo digo que es. —Yusuf se giró hacia sus mercenarios. Alzó la mano—. Y si esta ciudad no me da lo que busco, la tomaré. Con sangre. Con fuego. Con el filo de cuarenta cimitarras.
Silencio.
Los ancianos se miraron. Las máscaras se inclinaron. El canto cesó. La ciudad contuvo el aliento.
Yusuf dio un paso hacia el anciano. Le puso la mano en el hombro. Un gesto casi gentil. Casi paternal.
—Os doy hasta el amanecer. Una noche. Una sola noche para decidir. Si al salir el sol no me habéis revelado la ubicación de las minas, quemaré esta ciudad. Mataré a cada hombre, a cada mujer, a cada niño. Y las máscaras, vuestras máscaras sagradas, las usaré como leña para la hoguera.
Retiró la mano. Se giró. Caminó hacia su tienda. Se detuvo. Miró por encima del hombro.
—Ah. Y una cosa más.
Sus ojos verdes barrieron la multitud. Se detuvieron en Elvira. En mí. En Idris.
—Si alguno de mis cautivos intenta huir esta noche, duplico la masacre. Mataré a los ancianos primero. A los niños después. Y a vuestras mujeres al final. Con calma. Con tiempo. Para que escuchen.
Desapareció en la tienda.
La noche cayó. Las máscaras observaron. Elvira se apretó contra mi costado. Idris, desde su trono de madera, miró hacia la puerta de bronce. Hacia la oscuridad que guardaba.
Pero yo, Mencía de Lara, con el mapa de Fray Anselmo ardiéndome contra el pecho y el cuchillo de obsidiana cosido al dobladillo, miré hacia Yusuf. Hacia su tienda. Hacia la sonrisa que no podía ver pero sentía, como una cuchilla apoyada contra la garganta.
Al amanecer, la sangre correría.
Y yo no sabía de qué lado.