CAPÍTULO 13. El reencuentro
Me vieron antes de que yo los viera.
Un jinete. Después dos. Después cinco. Surgieron de la bruma de calor como espectros, con los turbantes ondeando y las cimitarras desenvainadas. Me rodearon. Me miraron desde arriba, con los ojos entrecerrados, como se mira a una aparición. Como se mira a un cadáver que camina.
—La castellana —murmuró uno. No con alivio. Con sorpresa. Con la incredulidad de quien ve regresar a un muerto.
Me arrastraron ante Yusuf.
El capitán estaba de pie junto a su camello blanco, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada. Al verme, no sonrió. No se relajó. Su expresión se endureció. Se volvió piedra. Se volvió cuchillo.
—Tres días —su voz, baja, plana, terrible en su calma—. Tres días perdida en el desierto. Tres días de caravana detenida. Tres días de agua consumida. Tres días de hombres que debían buscaros en lugar de avanzar.
—Me perdió la tormenta. No fue mi voluntad.
—Vuestra voluntad no me importa. Me importa el tiempo. Me importa el oro. Me importa la expedición. —Descruzó los brazos. Dio un paso hacia mí—. Y una cautiva que se pierde en el desierto es una cautiva que ha intentado huir.
—No huía. Sobrevivía.
—Lo mismo da.
Alzó la mano. El contramaestre desenrolló el gato de nueve colas.
Elvira gritó. Desde la tienda, envuelta en una manta, con los ojos enormes y la boca abierta en un aullido que me atravesó los tímpanos.
—¡No! ¡No la toquéis! ¡Mencía!
Me sujetaron. Dos mercenarios me agarraron por los brazos. Me obligaron a arrodillarme. La arena me mordió las rodillas. El sol me golpeaba la nuca. El gato de nueve colas silbó en el aire, describiendo su arco, preparándose para morder.
Entonces un cuerpo. Oscuro. Delgado. Encadenado. Se interpuso.
Idris.
Se plantó entre el contramaestre y yo. Con los grilletes colgando de las muñecas. Con la cuerda al cuello aún atada al camello. Con la espalda destrozada, aún vendada, aún supurante. Y una mirada. Una mirada fija en Yusuf que no suplicaba. No pedía. Exigía.
—Golpeadme a mí.
Tres palabras. En árabe. Con la voz plana, despojada, de quien enuncia un hecho. Como si dijera el sol sale por el este o la arena quema. Una constatación. Irrevocable.
Yusuf lo miró. Ladeó la cabeza. La cicatriz de la ceja se le tensó.
—¿Perdón?
—Golpeadme a mí. Cincuenta. Cien. Los que queráis. A mí. No a ella.
—¿Y por qué habría de hacerlo?
Idris no respondió con palabras. Se giró.
Se quitó los harapos de la espalda. Los dejó caer.
Y quedó al descubierto la carne. La carne nueva, rosada, aún brillante, que cubría las cicatrices del primer castigo.
Una espalda que aún no había sanado. Que aún sangraba bajo las vendas.
Que aún dolía con cada movimiento, cada respiración, cada latido.
—Porque yo os soy útil —murmuró, sin girarse—. Y ella también. Pero yo puedo caminar con la espalda abierta. Ella, no. Golpeadme a mí.
Silencio. El desierto respiraba. El viento arrastraba granos de arena sobre las losas invisibles del suelo.
Yusuf sonrió. Aquella sonrisa. Torcida. Lenta. De propietario que observa a sus esclavos disputarse el castigo como si fuera un privilegio.
—Cincuenta. Al africano. Con el gato. Y la castellana mira.
Me soltaron. Caí de rodillas. Idris se dejó atar al poste. El mismo poste de la galera. El mismo ritual. La misma ceremonia de dolor.
No cerré los ojos. No me lo permití. Conté. Como la primera vez. Un latigazo. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. La espalda de Idris se abrió. Las cicatrices nuevas se rajaron sobre las antiguas. La sangre brotó. Roja. Inmediata. Empapando las vendas, goteando sobre la arena.
Idris no gritó. Apretó los dientes. Los músculos de la espalda se le tensaron como cuerdas de arco. Un gemido bajo, contenido, se escapó entre sus labios. Nada más.
Diez. Quince. Veinte. Veinticinco.
—Basta —suspiré. No a Yusuf. A mí misma. A la parte de mí que quería cerrar los ojos, que quería huir, que quería no ver. No cierres los ojos. Mira. Recuerda. Paga.
Cincuenta.
El último latigazo. El gato cayó. El contramaestre retrocedió. Idris colgó del poste, con la cabeza caída, la respiración entrecortada, la espalda convertida en un surco de carne abierta.
Me acerqué. Me arrodillé ante él. Le tomé el rostro entre las manos. Le alcé la barbilla. Sus ojos dorados, desenfocados por el dolor, me encontraron.
—¿Por qué? —Mi voz, un hilo. Un susurro que el viento casi se llevó.
—Ya os lo dije. —Una sonrisa. Breve. Torcida. Dolorosa—. Porque un hombre que permite que golpeen a una mujer delante de sus ojos no merece llamarse hombre.
Me mordí el labio. Hasta sentir la sangre.
Hasta sentir el sabor metálico en la lengua.
No lloré. No lloraría. Pero algo dentro de mí, algo que llevaba diez días endureciéndose, cristalizándose, convirtiéndose en piedra, se rajó.
Se abrió. Y por la grieta brotó algo caliente, vivo, que no era dolor.
Que era peor. Que era gratitud. Y ternura.
Y un amor que no tenía nombre ni derecho ni futuro.
La noche cayó. El frío regresó. El desierto exhaló su aliento helado sobre la caravana.
Me dejaron entrar en la tienda de Idris.
Una tienda pequeña, de tela oscura, con una esterilla en el suelo y un brasero de cobre que apenas calentaba.
Idris estaba tumbado boca abajo, con la espalda expuesta, los vendajes retirados.
Las heridas brillaban bajo la luz del brasero. Rosadas. Húmedas. Abiertas.
Tenía ungüentos. Los había robado de la tienda de Yusuf durante la marcha: una pasta de aloe y grasa de camello que los mercenarios usaban para las quemaduras del sol. Un aceite de argán que calmaba la inflamación. Un polvo de corteza de acacia que detenía la sangre.
Me arrodillé junto a él. Apliqué la pasta con las yemas de los dedos. Con una delicadeza que me sorprendió. Con una lentitud que no era cautela. Era reverencia. Cada surco, cada corte, cada centímetro de carne abierta que mis dedos recorrían era una deuda. Una promesa. Un juramento silencioso.
Idris siseó. Se tensó. Después se relajó. Exhaló. Un suspiro largo, tembloroso, que le vació los pulmones.
—Duele —murmuró.
—Lo sé. Perdonad.
—No. No me duele el ungüento. Me duele veros arrodillada. Una señora de Lara, arrodillada en la arena, curando la espalda de un esclavo.
—No sois un esclavo.
—Llevo cadenas.
—Las cadenas no os hacen esclavo. Os hacen prisionero.
Un esclavo no tiene nombre. Un prisionero tiene uno.
Y vos tenéis uno, Idris ben-Zeyad. Hijo del Mansa.
Príncipe de Malí. Y yo, que soy viuda y cautiva y asesina, os curo la espalda porque me da la gana.
Porque nadie me lo ordena. Porque quiero.
Silencio. El brasero crepitó. El viento aulló fuera de la tienda.
Idris se giró. Con un esfuerzo que le arrancó un gemido, se puso de lado. Me miró. Desde abajo. Con los ojos dorados brillando a la luz del fuego. Con el rostro perlado de sudor. Con los labios secos, agrietados.
—Mencía.
—¿Sí?
—No deberíais estar aquí.
—Lo sé.
—Si Yusuf os ve. Si alguien os ve.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué?
Le apliqué el aceite de argán en el hombro. Mis dedos trazaron la línea del músculo, la curva del omoplato, la depresión bajo la clavícula. Un gesto. Mínimo. Inocente. Que no era inocente. Que no podía serlo.
—Porque si no estoy aquí, ¿quién está? —susurré—. ¿Quién os cura? ¿Quién os mira? ¿Quién os dice que no sois un animal encadenado sino un hombre? ¿Quién?
Idris alzó la mano. Me tomó la muñeca. Sus dedos, calientes, temblorosos, se cerraron en torno a mi pulso. Me detuvo. Me obligó a mirarlo.
—Mencía. Si seguís tocándome así, no voy a poder contenerme.
El aire se espesó. Se volvió sólido. Irrespirable. El brasero crepitó. El viento calló. El mundo se redujo a la tienda, a la esterilla, a la luz anaranjada que nos envolvía como un vientre.
—No os pido que os contengáis.
Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas. Antes de que la razón, el duelo, el juramento, la memoria de Rodrigo, pudieran interponerse. Salieron del fondo del vientre, del fondo del pecho, del fondo de un lugar que llevaba diez días callado, hambriento, esperando.
Idris me soltó la muñeca. Me tomó el rostro. Con ambas manos. Con los pulgares en las mejillas, los dedos en las sienes. Me atrajo hacia él. Lento. Dándome tiempo. Dándome espacio. Dándome la posibilidad de retroceder. De apartarme. De decir no. De decir Rodrigo. De decir no puedo.
No retrocedí.
Sus labios rozaron los míos. Un roce. Mínimo. Tembloroso. Como el de una mariposa que se posa sobre una flor y no sabe si quedarse. Como el de una pregunta que no exige respuesta. Como el de un hombre que ha sido golpeado, encadenado, vendido, azotado, y aún así pregunta con la boca ¿puedo?
Cerré los ojos. Me incliné. Y lo besé.
No fue un beso de novela. No fue un beso de juglar.
Fue torpe. Húmedo. Con sabor a sangre y a sal y a ungüento de aloe.
Con los labios agrietados, con los dientes chocando, con las manos temblorosas que no sabían dónde ponerse.
Fue un beso de dos personas rotas que se aferraban la una a la otra en la oscuridad de una tienda en medio del desierto, con el frío mordiendo la tela y las heridas supurando y el mundo entero conspirando para separarlas.
Idris gimió. Un sonido bajo, roto, que me vibró en el pecho.
Me apretó contra él. Sus manos en mi espalda, en mi cintura, en mi nuca.
Con una urgencia que no era lujuria. Era necesidad.
Era si no te toco, no eres real. Si no te beso, no existes.
Si no te siento, sigo en la bodega, sigo encadenado, sigo solo.
Le devolví el beso. Con las manos en su rostro. Con los dedos en su cabello. Con la boca abierta, hambrienta, desesperada. Besando como se respira. Como se reza. Como se suplica.
Nos separamos. Jadeando. Con los labios hinchados, brillantes. Con los ojos abiertos, asustados. Con la certeza compartida de que algo había cambiado. Algo irreversible. Algo que no tenía nombre ni futuro ni perdón.
—Perdonad —susurró Idris.
—No.
—Vuestro esposo.
—Está muerto. Y yo estoy viva. Y vos estáis aquí. Y esto —me toqué los labios con los dedos—, esto es lo único que me queda que es mío. Que nadie me ha robado. Que nadie me ha vendido. Que nadie me ha arrebatado.
Idris me miró. Un largo instante. Y después, con una lentitud deliberada, me atrajo de nuevo. Apoyó mi cabeza contra su pecho. Me rodeó con los brazos. Y me sostuvo. Sin hablar. Sin pedir. Sin exigir. Solo sostener.
Y yo, Mencía de Lara, viuda de diez días, asesina de un marinero, cautiva sin cadenas, lloré.
En silencio. Contra el pecho de un hombre que no era mi esposo.
Que no debía ser nada mío. Que era un príncipe encadenado con la espalda abierta y los ojos dorados y las manos que me sostenían como si yo fuera lo único sólido en un mundo de arena.
Lloré. Y no me avergoncé.
La voz llegó desde la entrada de la tienda.
—Qué tierno.
Me separé de Idris. Me giré. Zoe. De pie en la abertura, con los brazos cruzados, la cicatriz de la mejilla brillando bajo la luz del brasero.
Sus ojos grises, fríos, metálicos, nos recorrieron con una expresión que no era sorpresa.
Era confirmación. Como quien verifica una hipótesis largamente sostenida.
—Zoe —murmuré.
—Zoe. —La griega sonrió. Una sonrisa seca, sin humor—. Que ve a la castellana besando al africano en la tienda del africano. A tres varas de la tienda del capitán. Con la mitad de la caravana dormida y la otra mitad borracha.
Idris se incorporó. Se puso entre Zoe y yo. Un gesto instintivo, protector, que le arrancó un siseo de dolor.
—No dirás nada —murmuró.
—¿No? ¿Y por qué no? —Zoe ladeó la cabeza—. Yusuf os matará. A los dos. Y a la niña. Y a mí me ascenderá. De favorita a única. Un trato razonable.
Me puse en pie. Me enfrenté a ella. Con la barbilla alzada. Con los ojos secos. Con la voz firme.
—¿Qué queréis?
Zoe me miró. Un largo instante. Calculando. Midiendo. Después extendió la mano. La palma abierta. Hacia arriba. Una petición muda.
—Llevo cuatro años en este infierno. Cuatro años sin una moneda.
Sin un anillo. Sin una sola cosa que sea mía.
Solo el cuerpo. Solo la cicatriz. Solo Yusuf.
—Su voz, plana, despojada—. Dadme algo. Algo que pueda esconder.
Algo que pueda vender si logro escapar. Algo que me recuerde que antes de ser esclava fui hija de un mercader de Tesalónica.
Pensé. Un latido. Dos. Después llevé la mano al cabello.
Al moño deshecho, a los mechones pegados al cráneo.
Y tiré. De un mechón. De una horquilla. No.
De algo más pequeño. Más oculto. Una reliquia.
Un medallón de oro, del tamaño de una moneda, cosido en el forro del moño desde el día de mi boda.
Un regalo de Rodrigo. Una pieza de oro castellano con la imagen de la Virgen grabada en una cara y el escudo de los Lara en la otra.
Lo arranqué. Lo deposité en la palma de Zoe.
La griega cerró los dedos. Apretó el medallón contra el pecho. Y en sus ojos grises, bajo la frialdad, bajo el cálculo, vi algo que se parecía a la gratitud. A la emoción. A la humanidad que cuatro años de esclavitud no habían logrado matar del todo.
—No os he visto —murmuró. Se giró. Se detuvo en la entrada de la tienda. Miró por encima del hombro—. Pero la próxima vez, castellana, cerrad la maldita tela.
Desapareció.
El silencio regresó. El brasero crepitó. Idris me miró. Yo miré el espacio vacío donde Zoe había estado.
Pero en la oscuridad de la tienda, con el frío mordiendo la tela y las heridas supurando y el desierto rugiendo fuera, comprendí que el medallón de Rodrigo se había ido.
Que la última pieza de mi vida anterior, el último hilo que me unía al alcázar de los arrayanes, al azahar, a los cirios de cera virgen, se había disuelto en la palma de una esclava griega. Y que no me dolía.
Que no me dolía en absoluto.