CAPÍTULO 12. El oasis de los muertos
Caminé un día. O dos. O tres.
En el desierto, sin sol que medir ni estrellas que contar, el tiempo se convierte en una abstracción líquida, un fluido espeso que se vierte sobre la consciencia sin medida ni compasión.
Caminé con los pies descalzos, porque las zapatillas se me habían perdido en la tormenta.
Caminé con la lengua pegada al paladar, los labios agrietados sangrando, los ojos reducidos a dos rendijas contra la luz blanca.
Caminé con el cuchillo de obsidiana en la mano, no como arma, sino como ancla.
Como recordatorio de que seguía viva. De que seguía siendo Mencía de Lara. De que los Lara no se rinden.
Al tercer amanecer, o al cuarto, qué importaba, las piernas me fallaron.
Las rodillas se doblaron. La arena me recibió con una caricia caliente, abrasadora, que me quemó las mejillas, las palmas, la frente.
Cerré los ojos. El sol me golpeaba la nuca como un mazo.
El aire olía a nada. A todo. A la nada que precede a la muerte.
Pensé en Elvira. En sus rizos cobrizos. En su risa de cascabeles. En la forma en que me apretaba la mano antes de dormir, cuando era pequeña, cuando el mundo aún tenía bordes seguros y madre cantaba la canción del ruiseñor.
Pensé en Rodrigo. En su sonrisa. En la mancha de vino en la manga. En el crujido. Siempre el crujido.
Pensé en Idris. En sus dedos bajo la manta. En su pulgar trazando aquel arco sobre el dorso de mi mano. En sus ojos dorados mirándome desde la penumbra con una ternura que no tenía derecho a existir.
Después, no pensé en nada.
Desperté con el sabor del agua en la boca.
No agua de odre. No agua rancia, salobre, guardada en cuero durante semanas. Agua viva. Fría. Dulce. Agua que corría, que cantaba, que me resbalaba por la garganta como una bendición olvidada.
Abrí los ojos.
Palmeras. Unas veinte. Altas, esbeltas, con las frondas meciéndose en una brisa que no existía en el resto del desierto.
Bajo ellas, un estanque. Pequeño, circular, con el agua tan clara que veía el fondo de piedras blancas y las raíces sumergidas de las palmeras.
Y hierba. Hierba verde, imposible, obscena en su verdor, creciendo en un círculo perfecto en torno al estanque.
Un oasis. Un oasis real. No un espejismo. No una alucinación de la sed. Sentía la humedad en la piel, el frescor en las fosas nasales, el aroma a tierra mojada y a hojas vivas.
Intenté incorporarme. El cuerpo me pesaba como si estuviera hecho de plomo.
Los músculos, atrofiados por días de marcha sin alimento, temblaban.
Me arrastré hacia el estanque. Hundí las manos.
El agua me lamió los dedos, las muñecas, los antebrazos.
Bebí. Con las manos ahuecadas, como un animal.
Con la cara hundida en la superficie, tragando, ahogándome, riendo, llorando, todo a la vez.
—Con calma, hija. Con calma. El agua que se traga de golpe se vomita.
La voz me heló la sangre.
Me giré. Sentada bajo una palmera, con la espalda apoyada en el tronco y las piernas cruzadas, había una figura.
Un hombre. Anciano. Tan anciano que la piel se le había vuelto translúcida, como pergamino estirado sobre los huesos.
El cabello blanco, largo, le caía sobre los hombros en mechones ralos.
La barba, del mismo blanco, le llegaba al pecho.
Vestía un sayo de lana parda, remendado mil veces, con los bordes deshilachados.
Y en el regazo, un rosario de madera. Desgastado.
Con las cuentas alisadas por décadas de dedos.
Un cristiano. En el corazón del Sáhara.
—¿Quién sois? —Mi voz salió como un graznido. Ronca. Quebrada. Inhumana.
—Fray Anselmo de Toledo. O lo que queda de él. —Sonrió. Una sonrisa desdentada, plácida, de quien ha dejado de temer hace mucho tiempo—. Llevo treinta años en este oasis. Treinta años contando las palmeras. Veinte. Siempre veinte. Ni una más. Ni una menos.
Treinta años. La cifra me golpeó como un puñetazo. Treinta años solo. En un oasis del tamaño de un pañuelo. En medio de un océano de arena. Sin voz humana. Sin rostro conocido. Sin más compañía que el agua y las palmeras y el silencio.
—¿Cómo llegasteis aquí?
—Como vos. Me perdí. —Se encogió de hombros. Un gesto mínimo que le arrancó un crujido de articulaciones—. Era joven. Veintitrés años. Misionero. Quería convertir a los tuaregs. Los tuaregs me convirtieron a mí. En esclavo. Escapé. Caminé. Y el desierto me trajo aquí. Y aquí me quedé.
—¿Por qué no buscasteis el camino de vuelta?
Fray Anselmo me miró. Y en sus ojos, hundidos en cuencas de hueso, vi algo que no era locura. Era paz. Una paz terrible, absoluta, de quien ha cruzado una frontera de la que no existe regreso.
—Porque no hay camino de vuelta, hija. No para mí. No para vos. El desierto no devuelve lo que traga.
Me arrastré hasta la sombra de una palmera. El frescor me envolvió. Cerré los ojos. El cuerpo me temblaba. La sed, el hambre, el agotamiento de tres días de marcha me pasaban factura de golpe, como una deuda acumulada que exigía pago inmediato.
—Comed. —Fray Anselmo me tendió un dátil. Arrugado. Seco. Pero real. Sólido. Lo tomé con dedos temblorosos. Lo mordí. El sabor, dulce, empalagoso, me llenó la boca como una oración.
Comí tres. Cuatro. Cinco. El anciano me observaba con una paciencia de santo. O de loco. En aquel lugar, ambas cosas se confundían.
—¿Adónde vais? —preguntó, cuando hube terminado.
—Al sur. Con una caravana. Hacia el Imperio de Malí.
Fray Anselmo se quedó inmóvil. El rosario dejó de moverse entre sus dedos. Su expresión cambió. La placidez se esfumó. En su lugar, algo más oscuro. Más antiguo. Miedo. Un miedo viejo, calcificado, que llevaba décadas pudriéndose en el fondo de aquellas pupilas.
—Malí —repitió. La palabra sonó distinta en su boca. Más pesada. Más cargada—. Las minas de oro.
—¿Las conocéis?
—Conozco la historia. La que los tuaregs cuentan en torno a las hogueras.
La que susurran los mercaderes que cruzan el Sáhara y vuelven con los ojos vacíos y las manos vacías.
—Se inclinó hacia mí. Su aliento olía a dátil y a tierra—.
Las minas de oro del Mansa están malditas, hija.
Malditas desde antes de que el primer hombre pusiera un pie en esta arena.
Malditas desde antes de que el islam llegara. Desde antes de que Cristo naciera.
Un escalofrío me recorrió la espalda. No de frío. De algo más hondo. Más primitivo.
—¿Qué clase de maldición?
—La codicia. —Fray Anselmo cerró los ojos.
Los abrió. En ellos, un brillo que no era locura.
Era memoria—. Quien entra en las minas buscando oro, sale con oro.
Pero el oro lo devora. No el metal. El deseo.
La necesidad. El hambre de más. Más oro.
Más poder. Más sangre. Quien saquea las minas se convierte en esclavo de lo que ha tomado.
Y el esclavo, hija, no muere de hambre. Muere de sed.
Una sed que ningún agua apaga. Una sed que solo se calma con más.
Siempre más. Hasta que no queda nada. Ni alma. Ni cuerpo. Ni nombre.
Pensé en Yusuf. En su sonrisa torcida. En sus ojos verdes que no brillaban con codicia cuando miraba el oro. No. Brillaban con algo peor. Con propósito. Con una determinación fría, calculada, que iba más allá de la riqueza.
—No busca oro —murmuré. La certeza me golpeó como una revelación—. Yusuf no busca las minas por el oro. Busca otra cosa. Algo que está en las minas. Algo que el oro guarda. Algo que la codicia protege.
Fray Anselmo me miró. Asintió. Un gesto lento, grave, de quien confirma una sentencia de muerte.
—Entonces sabéis más que yo. Porque yo solo conozco la historia. Vos conocéis al hombre. Y un hombre que no busca oro en una mina de oro busca algo que el oro esconde. Algo que duerme debajo. Algo que espera.
El silencio cayó sobre el oasis. Denso. Cargado. Las palmeras dejaron de mecerse. El agua del estanque se quedó quieta, inmóvil, como un espejo de cristal negro.
—¿Qué duerme debajo? —susurré.
Fray Anselmo abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir. Y en el instante en que iba a hablar, en el instante exacto en que la respuesta iba a cruzar sus labios, algo se movió en la hierba.
Un destello. Escamoso. Rápido. Una forma alargada, delgada, que se deslizó entre las raíces de la palmera con la velocidad de un látigo.
La víbora. Pequeña. Del color de la arena. Invisible hasta que fue demasiado tarde.
Mordió a Fray Anselmo en el tobillo.
El anciano miró hacia abajo. Con una calma que me heló la sangre. Como si observara una mancha en el sayo. Como si la muerte fuera un inconveniente menor, una molestia que interrumpía una conversación interesante.
—Ah —murmuró. Solo eso. Ah. Como quien descubre que ha llovido.
—¡No os mováis! —grité. Me lancé hacia él. Le agarré el tobillo. Intenté succionar el veneno. Escupí. Volví a succionar. La piel, bajo mis labios, ya estaba hinchándose. Enrojeciéndose. Volviéndose negra.
Fray Anselmo me detuvo. Su mano, huesuda, fría, me apartó con una firmeza sorprendente.
—No, hija. No hay antídoto. No aquí. No para mí. —Sonrió. Aquella sonrisa desdentada, plácida—. Treinta años. Treinta años esperando que el desierto me llevara. Y hoy, al fin, ha enviado a su mensajero.
—No vais a morir. No aquí. No ahora. No antes de decirme qué duerme debajo.
—Debajo duerme lo que siempre ha dormido.
Lo que estaba antes del oro. Antes de la arena.
Antes del hombre. —Su voz se debilitaba.
El veneno subía. Lo veía en sus labios, que comenzaban a amoratarse.
En sus ojos, que perdían el foco—. La ciudad.
La ciudad perdida. La que el oro protege. La que la codicia sella.
—¿Dónde? ¿Dónde está?
Fray Anselmo señaló su alforja. Un zurrón de cuero, viejo, agrietado, apoyado contra la raíz de la palmera.
—El mapa. En la alforja. Lo dibujé hace veinte años. De memoria. De lo que los tuaregs me contaron. De lo que vi en una noche de fiebre, cuando el desierto me mostró lo que no debía mostrarme.
Se desplomó. La cabeza contra el tronco de la palmera. Los ojos, entrecerrados, me miraban con una urgencia que la muerte no había logrado borrar.
—No vayáis sola. No entréis sin sangre de rey. La puerta no se abre sin sangre de rey. Recordadlo. Sangre de rey.
—¿Qué puerta? ¿Qué sangre?
Pero Fray Anselmo de Toledo ya no respondía. Sus ojos se cerraron. Su pecho dejó de subir. El rosario se deslizó entre sus dedos y cayó sobre la hierba con un sonido leve, de madera contra piedra. Un sonido pequeño. Final.
Treinta años. Treinta años contando palmeras. Y la muerte, al fin, con la forma de una víbora del color de la arena.
Me quedé arrodillada junto al cuerpo. Un instante.
Dos. Tres. Le cerré los ojos con los dedos.
Le coloqué el rosario entre las manos cruzadas.
Un gesto. Pequeño. Inútil. Pero necesario.
Porque un hombre no debe morir sin que alguien le cierre los ojos.
Sin que alguien le dé un último gesto de dignidad.
Después, la alforja.
La abrí con manos temblorosas. Dentro, un odre vacío. Un trozo de pan duro como piedra. Un cuchillo de hueso. Y un pergamino. Enrollado. Atado con una cuerda de cáñamo. Lo desenrollé.
Un mapa. Dibujado a mano, con tinta desvaída y trazos temblorosos.
El Sáhara. El Sahel. Los ríos. Las montañas.
Y en el centro, marcado con una cruz roja, un punto.
Un punto sin nombre. Sin coordenadas. Solo un símbolo: una puerta.
Una puerta dibujada con tinta negra, con dos hojas abiertas y, detrás, una escalera que descendía hacia la oscuridad.
Bajo la puerta, una inscripción. En un idioma que no reconocí. Ni castellano. Ni latín. Ni árabe. Algo más antiguo. Más profundo. Con letras que parecían grabadas más que escritas, como si el pergamino hubiera sido tallado con una punta de obsidiana.
En el margen, con la letra temblorosa de Fray Anselmo, una nota en castellano:
«La ciudad sin nombre. Donde el oro no es riqueza, sino jaula. Donde el dios no duerme, sino espera. No vayáis sin sangre de rey. No vayáis sin sangre de reina. La puerta exige ambas. La puerta exige todo.»
Sangre de rey. Sangre de reina.
Idris. Hijo del Mansa. Sangre de rey.
Pero yo. Señora de Lara. Viuda de un señor de Castilla. ¿Sangre de reina?
No. No tenía sentido. No aquí. No ahora. Guardé el mapa. Lo enrollé. Lo até. Lo escondí bajo la camisa, contra la piel, junto al cuchillo de obsidiana.
Me puse en pie. Miré el oasis. Las veinte palmeras. El estanque. El cuerpo de Fray Anselmo, ya inmóvil, ya lejano, ya parte del desierto.
Al sur. Hacia la caravana. Hacia Yusuf. Hacia Idris. Hacia la ciudad sin nombre que un mapa tembloroso señalaba con una cruz roja.
Caminé. Con los pies descalzos. Con la arena quemándome las plantas. Con el sol golpeándome la nuca. Con el mapa ardiéndome contra el pecho como una promesa. Como una sentencia.
En el horizonte, al caer la tarde, vi una sombra. Una línea oscura que se movía sobre la arena. Camellos. Hombres. Una caravana.
La caravana.
Corrí. Con las piernas temblorosas. Con el corazón desbocado. Con la boca abierta en un grito que el viento me arrancó antes de que llegara a ningún oído.
Corrí hacia ellos. Hacia Idris. Hacia Elvira. Hacia Yusuf.
Hacia lo que viniera.
Porque la ciudad sin nombre me esperaba. Y la puerta exigía sangre. Pero yo, Mencía de Lara, tenía las manos llenas de ella.